Sistema de lógica, razonamiento y inducción · John Stuart Mill
Capítulo VI.
Capítulo 66 de 72 · 6 min de lectura
Consideraciones generales sobre la ciencia social.
§ 1. Inmediatamente después de la ciencia del hombre individual viene la ciencia del hombre en sociedad—de las acciones de masas colectivas de la humanidad y los diversos fenómenos que constituyen la vida social.
Si la formación del carácter individual ya es un tema de estudio complejo, este asunto debe ser, al menos en apariencia, aún más complejo; porque el número de causas concurrentes, todas ejerciendo más o menos influencia sobre el efecto total, es mayor, en la proporción en que una nación, o la especie en su conjunto, expone una superficie mayor a la acción de agentes, tanto psicológicos como físicos, que cualquier individuo en particular. Si fue necesario demostrar, en oposición a un prejuicio existente, que el más simple de los dos puede ser objeto de una ciencia, es probable que el prejuicio sea aún más fuerte contra la posibilidad de dar un carácter científico al estudio de la política y los fenómenos de la sociedad. En consecuencia, no es sino hasta hace muy poco que la concepción de una ciencia política o social ha existido en algún lugar fuera de la mente de uno que otro pensador aislado, generalmente muy mal preparado para su realización: aunque el tema mismo ha sido, más que ningún otro, objeto de la atención general, y motivo de discusiones interesadas y apasionadas, casi desde el principio de los tiempos registrados.
En efecto, la condición de la política como rama del conocimiento fue, hasta hace muy poco, y apenas ha dejado de serlo, aquella sobre la que Bacon hizo observaciones críticas, como el estado natural de las ciencias cuando su cultivo se abandona a los practicantes; no siendo desarrollada como una rama de investigación especulativa, sino solo con miras a las exigencias de la práctica diaria, y por lo tanto, los experimenta fructifera siendo el objetivo, casi en exclusión de los lucifera. Así era la investigación médica, antes de que la fisiología y la historia natural comenzaran a cultivarse como ramas del conocimiento general. Las únicas preguntas que se examinaban eran, qué dieta es saludable, o qué medicina curará cierta enfermedad dada; sin ninguna investigación sistemática previa sobre las leyes de la nutrición, y de la acción sana y mórbida de los diferentes órganos, de las cuales depende evidentemente el efecto de cualquier dieta o medicina. Y en política, las preguntas que captaban la atención general eran similares: ¿Es tal disposición, o tal forma de gobierno, beneficiosa o lo contrario—ya sea universalmente, o para alguna comunidad en particular? sin ninguna investigación previa sobre las condiciones generales por las cuales se determina la operación de las medidas legislativas, o los efectos producidos por las formas de gobierno. Así, los estudiantes de política intentaban estudiar la patología y la terapéutica del cuerpo social, antes de haber sentado la base necesaria en su fisiología; curar enfermedades sin entender las leyes de la salud. Y el resultado era el que siempre será cuando personas, incluso capaces, intentan abordar las cuestiones complejas de una ciencia antes de que se hayan establecido sus verdades más simples y elementales.
No es de extrañar que, cuando los fenómenos de la sociedad tan raramente han sido contemplados desde el punto de vista característico de la ciencia, la filosofía de la sociedad haya avanzado tan poco; que contenga pocas proposiciones generales lo suficientemente precisas y ciertas como para que los investigadores comunes reconozcan en ellas un carácter científico. La noción vulgar, en consecuencia, es que toda pretensión de establecer verdades generales sobre política y sociedad es charlatanería; que no se puede alcanzar universalidad ni certeza en tales asuntos. Lo que en parte excusa esta noción común es que realmente no carece de fundamento en un sentido particular. Una gran proporción de quienes han reclamado el carácter de políticos filosóficos han intentado no averiguar secuencias universales, sino formular preceptos universales. Han imaginado alguna forma de gobierno, o sistema de leyes, adecuado para todos los casos—una pretensión que bien merece el ridículo con que la tratan los practicantes, y que carece totalmente del respaldo de la analogía del arte al que, por la naturaleza de su objeto, la política debe estar más estrechamente vinculada. Ahora nadie supone posible que un solo remedio cure todas las enfermedades, o incluso la misma enfermedad en todas las constituciones y hábitos corporales.
Ni siquiera es necesario para la perfección de una ciencia que el arte correspondiente posea reglas universales, o incluso generales. Los fenómenos de la sociedad podrían no solo depender completamente de causas conocidas, sino que el modo de acción de todas esas causas podría reducirse a leyes de considerable simplicidad, y aun así no habría dos casos que pudieran ser tratados de manera exactamente igual. Podría ser tan grande la variedad de circunstancias de las que dependen los resultados en diferentes casos, que el arte no tendría un solo precepto general que dar, salvo el de observar las circunstancias del caso particular, y adaptar nuestras medidas a los efectos que, según los principios de la ciencia, resultan de esas circunstancias. Pero aunque, en una clase de temas tan complicada, es imposible establecer máximas prácticas de aplicación universal, no se sigue de ello que los fenómenos no se ajusten a leyes universales.
§ 2. Todos los fenómenos de la sociedad son fenómenos de la naturaleza humana, generados por la acción de circunstancias externas sobre masas de seres humanos; y si, por lo tanto, los fenómenos del pensamiento, sentimiento y acción humanos están sujetos a leyes fijas, los fenómenos de la sociedad no pueden sino ajustarse a leyes fijas, como consecuencia de lo anterior. En efecto, no hay esperanza de que estas leyes, aunque nuestro conocimiento de ellas fuera tan cierto y completo como lo es en astronomía, nos permitieran predecir la historia de la sociedad, como la de los fenómenos celestes, por miles de años en el futuro. Pero la diferencia de certeza no está en las leyes mismas, sino en los datos a los que esas leyes deben aplicarse. En astronomía las causas que influyen en el resultado son pocas, y cambian poco, y ese poco según leyes conocidas; podemos averiguar cuáles son ahora, y de ahí determinar cuáles serán en cualquier época de un futuro distante. Por lo tanto, los datos en astronomía son tan ciertos como las propias leyes. Por el contrario, las circunstancias que influyen en la condición y el progreso de la sociedad son innumerables, y cambian perpetuamente; y aunque todas cambian obedeciendo a causas, y por lo tanto a leyes, la multitud de causas es tan grande que desafía nuestras limitadas capacidades de cálculo. Sin mencionar que la imposibilidad de aplicar números precisos a hechos de tal naturaleza pondría un límite infranqueable a la posibilidad de calcularlos de antemano, aun si las capacidades del intelecto humano fueran por lo demás adecuadas para la tarea.
Pero, como se indicó antes, una cantidad de conocimiento totalmente insuficiente para la predicción puede ser sumamente valiosa para la orientación. La ciencia de la sociedad habría alcanzado un grado muy alto de perfección si nos permitiera, en cualquier condición dada de los asuntos sociales, en la condición, por ejemplo, de Europa o de cualquier país europeo en la actualidad, entender por qué causas ha llegado, en cada aspecto, a ser lo que es; si tiende a algún cambio, y a cuál; qué efectos es probable que produzca cada rasgo de su estado actual en el futuro; y por qué medios cualquiera de esos efectos podría ser prevenido, modificado o acelerado, o inducirse una clase diferente de efectos. No hay nada quimérico en la esperanza de que existan leyes generales suficientes para permitirnos responder estas diversas preguntas para cualquier país o época cuyos detalles particulares conozcamos bien; y que las otras ramas del conocimiento humano, que esta empresa presupone, estén tan avanzadas que el momento sea propicio para su inicio. Tal es el objetivo de la Ciencia Social.
Para que la naturaleza de lo que considero el verdadero método de la ciencia resulte más clara, mostrando primero lo que ese método no es, será conveniente caracterizar brevemente dos concepciones erróneas radicales sobre el modo adecuado de filosofar acerca de la sociedad y el gobierno, una u otra de las cuales es, ya sea explícitamente o, más a menudo, de manera inconsciente, sostenida por casi todos los que han reflexionado o argumentado sobre la lógica de la política, desde que la idea de tratarla con reglas estrictas y principios baconianos ha estado presente entre los pensadores más avanzados. Estos métodos erróneos, si puede llamarse método a tendencias erróneas que surgen de la falta de una concepción suficientemente clara de método, pueden denominarse el modo experimental, o químico, de investigación, y el modo abstracto, o geométrico. Comenzaremos con el primero.



