Cuentos de Hans Christian Andersen · Hans Christian Andersen

Capítulo XIII — El cuello falso

Capítulo 13 de 18 · 3 min de lectura

Había una vez un caballero distinguido, cuyas únicas pertenencias eran un sacabotas y un peine; pero tenía los cuellos postizos más finos del mundo, y es precisamente sobre uno de estos cuellos que vamos a escuchar una historia.

Era tan viejo, que comenzó a pensar en casarse; y sucedió que fue lavado junto con una liga.

—¡Vaya! —dijo el cuello—. Nunca he visto nada tan esbelto y tan fino, tan suave y tan pulcro. ¿Puedo saber su nombre?

—¡Eso no se lo diré! —respondió la liga.

—¿Dónde vive usted? —preguntó el cuello.

Pero la liga era tan tímida, tan modesta, y pensó que era una pregunta muy extraña de responder.

—Sin duda usted es una faja —dijo el cuello—; es decir, una faja interior. Veo bien que es usted tanto de utilidad como de adorno, mi joven dama.

—Le agradecería que no me hablara —dijo la liga—. Creo que no le he dado el menor motivo para ello.

—¡Oh, sí! Cuando se es tan hermosa como usted —dijo el cuello—, eso ya es motivo suficiente.

—No se acerque tanto, se lo ruego —dijo la liga—. Se parece usted mucho a esos caballeros.

—También soy un caballero distinguido —dijo el cuello—. Tengo un sacabotas y un peine.

Pero eso no era cierto, pues eran de su amo; pero él se jactaba.

—No se acerque tanto —dijo la liga—. No estoy acostumbrada a eso.

—¡Remilgada! —exclamó el cuello; y entonces lo sacaron de la tina de lavado. Lo almidonaron, lo colgaron sobre el respaldo de una silla al sol, y luego lo pusieron sobre la manta de planchar; entonces llegó la plancha caliente. —¡Querida señora! —dijo el cuello—. ¡Querida viuda! Siento mucho calor. Estoy completamente cambiado. Comienzo a desplegarme. Va a quemarme un agujero. ¡Oh! Le ofrezco mi mano.

—¡Trapo! —dijo la plancha; y pasó orgullosa sobre el cuello, pues se imaginaba que era una locomotora que iba por el ferrocarril arrastrando los vagones. —¡Trapo! —dijo la plancha.

El cuello estaba un poco deshilachado en el borde, y entonces llegaron las tijeras largas para cortar la parte deshilachada. —¡Oh! —dijo el cuello—. Usted es sin duda la primera bailarina de ópera. ¡Qué bien puede estirar las piernas! Es la actuación más elegante que he visto. Nadie puede imitarla.

—Lo sé —dijeron las tijeras.

—Usted merece ser una baronesa —dijo el cuello—. Todo lo que tengo es ser un caballero distinguido, un sacabotas y un peine. ¡Si tan solo tuviera la baronía!

—¿Busca usted mi mano? —dijeron las tijeras; pues estaban enojadas; y sin más, lo CORTARON, y entonces fue condenado.

—Ahora tendré que pedirle a la peineta. Es sorprendente lo bien que conserva sus dientes, señorita —dijo el cuello—. ¿Nunca ha pensado en comprometerse?

—¡Por supuesto! Puede estar seguro de eso —dijo la peineta—. ¡Estoy comprometida... con el sacabotas!

—¡Comprometida! —exclamó el cuello. Ahora no quedaba nadie más a quien cortejar, así que la despreció.

Pasó mucho tiempo, y entonces el cuello fue a parar al cesto de trapos en la fábrica de papel; allí había una gran compañía de trapos, los finos por un lado y los burdos por otro, como debe ser. Todos tenían mucho que contar, pero el cuello era el que más hablaba, pues era un verdadero fanfarrón.

—¡He tenido una cantidad inmensa de pretendientas! —decía el cuello—. ¡No podía tener paz! Es cierto, siempre fui un caballero bien almidonado. ¡Tenía tanto un sacabotas como un peine, que nunca usé! ¡Deberían haberme visto entonces, deberían haberme visto cuando me recostaba! Jamás olvidaré a MI PRIMER AMOR: era una faja, tan fina, tan suave y tan encantadora, ¡se arrojó a una tina de agua por mí! También hubo una viuda, que se puso al rojo vivo, pero la dejé de pie hasta que volvió a estar negra; también estuvo la primera bailarina de ópera, ella me dio ese corte con el que ahora ando, ¡era tan feroz! Mi propia peineta estaba enamorada de mí, perdió todos sus dientes de pura pena; sí, he visto mucho de ese tipo de cosas; pero siento muchísimo por la liga... quiero decir, la faja... que fue a parar a la tina de agua. Tengo mucho en la conciencia, ¡quiero convertirme en papel blanco!

Y así fue, todos los trapos se convirtieron en papel blanco; pero el cuello llegó a ser precisamente este pedazo de papel blanco que aquí vemos, y en el que está impresa la historia; y eso fue porque después se jactó terriblemente de lo que nunca le había sucedido. Nos convendría tener cuidado de no actuar de manera semejante, pues nunca sabemos si, con el tiempo, no acabaremos también en el cesto de trapos, y seremos convertidos en papel blanco, y entonces toda la historia de nuestra vida será impresa en él, incluso lo más secreto, y nos veremos obligados a ir por ahí contándola nosotros mismos, igual que este cuello.