Ann Veronica · H. G. Wells
Parte 2
Capítulo 60 de 106 · 4 min de lectura
A la mañana siguiente, el día estaba tan oscuro y brumoso como si fuera pleno noviembre en vez de principios de marzo. Ann Veronica se despertó algo más tarde de lo habitual y permaneció unos minutos despierta antes de recordar cierta resolución que había tomado en la madrugada. Entonces, de inmediato, se levantó de la cama y procedió a vestirse.
No se dirigió al Imperial College. Pasó la mañana, hasta las diez, escribiendo una serie de cartas infructuosas a Ramage, que rompió sin terminar; finalmente desistió, se puso la chaqueta y salió a la oscuridad iluminada por faroles y las calles resbaladizas. Se encaminó con rostro resuelto hacia el sur.
Siguió por Oxford Street hasta Holborn, y allí preguntó por Chancery Lane. Allí buscó y por fin encontró el 107A, uno de esos heterogéneos edificios de oficinas que ocupan el lado este de la calle. Estudió los nombres pintados de firmas, personas y empresas en la pared, y descubrió que la Liga Femenina por la Libertad ocupaba varias suites contiguas en el primer piso. Subió las escaleras y dudó entre cuatro puertas con cristales esmerilados, cada una de las cuales proclamaba “La Liga Femenina por la Libertad” en letras negras y pulcras. Abrió una y se encontró en una sala grande y desordenada, con sillas algo fuera de lugar como si se hubiera celebrado una reunión la noche anterior. En las paredes había tablones de anuncios con recortes de periódicos, tres o cuatro grandes carteles de mítines multitudinarios, uno de los cuales Ann Veronica había presenciado junto a la señorita Miniver, y una serie de avisos escritos con tinta morada de copia; en una esquina había un montón de pancartas. No había nadie en esa sala, pero a través de la puerta entreabierta de uno de los pequeños despachos que daban a ella, vislumbró a dos chicas muy jóvenes sentadas ante una mesa llena de papeles, escribiendo con rapidez.
Cruzó la sala hacia ese despacho y, abriendo un poco más la puerta, descubrió la sección de prensa del movimiento en plena labor.
—Quisiera hacer una consulta —dijo Ann Veronica.
—En la puerta de al lado —respondió una joven de diecisiete o dieciocho años, con gafas, señalando impacientemente la dirección.
En el despacho contiguo, Ann Veronica encontró a una mujer de mediana edad con rostro cansado bajo el sombrero igualmente ajado que llevaba, sentada ante un escritorio abriendo cartas, mientras una joven morena y desaliñada, de unos veintiocho o veintinueve años, tecleaba afanosamente en una máquina de escribir. La mujer cansada levantó la vista en silencio interrogante ante la entrada vacilante de Ann Veronica.
—Quisiera saber más sobre este movimiento —dijo Ann Veronica.
—¿Está usted con nosotras? —preguntó la mujer cansada.
—No lo sé —respondió Ann Veronica—; creo que sí. Deseo mucho hacer algo por las mujeres. Pero quiero saber qué están haciendo ustedes.
La mujer cansada permaneció quieta un momento. —¿No habrá venido aquí a crear problemas? —preguntó.
—No —dijo Ann Veronica—, pero quiero saber.
La mujer cansada cerró los ojos con fuerza por un instante, y luego miró a Ann Veronica. —¿Qué puede hacer usted? —preguntó.
—¿Hacer?
—¿Está dispuesta a hacer cosas por nosotras? ¿Repartir volantes? ¿Escribir cartas? ¿Interrumpir reuniones? ¿Hacer campaña en elecciones? ¿Enfrentar peligros?
—Si quedo satisfecha...
—¿Si la convencemos?
—Entonces, si es posible, me gustaría ir a la cárcel.
—No es agradable ir a la cárcel.
—Me vendría bien.
—No es agradable llegar hasta allí.
—Eso es cuestión de detalles —dijo Ann Veronica.
La mujer cansada la miró tranquilamente. —¿Cuáles son sus objeciones? —dijo.
—No son objeciones exactamente. Quiero saber qué están haciendo; cómo creen que este trabajo realmente ayuda a las mujeres.
—Trabajamos por la igualdad de ciudadanía entre hombres y mujeres —dijo la mujer cansada—. Las mujeres han sido y son tratadas como inferiores a los hombres, queremos hacerlas sus iguales.
—Sí —dijo Ann Veronica—, estoy de acuerdo con eso. Pero...
La mujer cansada alzó las cejas en suave protesta.
—¿No es la cuestión más complicada que eso? —dijo Ann Veronica.
—Podría hablar con la señorita Kitty Brett esta tarde, si quiere. ¿Le hago una cita?
La señorita Kitty Brett era una de las líderes más destacadas del movimiento. Ann Veronica aprovechó la oportunidad y pasó la mayor parte del tiempo intermedio en la Sala Asiria del Museo Británico, leyendo y reflexionando sobre un pequeño libro acerca del movimiento feminista que la mujer cansada le había hecho comprar. Tomó un bollo y un poco de cacao en la pequeña sala de refrescos, y luego deambulo por las galerías del piso superior, llenas de ídolos polinesios y trajes de baile polinesios, y todos los simples y desinhibidos accesorios de la vida en la Polinesia, hasta un asiento entre las momias. Trataba de llevar sus problemas a una conclusión, pero su mente insistía en ser aún más dispersa y atmosférica que de costumbre. Generalizaba todo lo que le planteaba.
—¿Por qué las mujeres deben depender de los hombres? —se preguntó; y la cuestión se transformó de inmediato en una serie de variaciones sobre el tema de “¿Por qué las cosas son como son?”—“¿Por qué los seres humanos son vivíparos?”—“¿Por qué la gente tiene hambre tres veces al día?”—“¿Por qué uno se desmaya ante el peligro?”
Permaneció un rato mirando los miembros secos y el rostro aún humano de aquella momia desecada y sin vendas, proveniente de los albores de la vida social. Le parecía muy paciente, pensó, y un poco satisfecha de sí misma. Parecía como si hubiera aceptado su mundo tal como era y prosperado bajo esa suposición: un mundo en el que los niños eran educados para obedecer a sus mayores y la voluntad de las mujeres era anulada como cosa natural. Era asombroso pensar que ese ser había vivido, había sentido y sufrido. Tal vez alguna vez había deseado a otro ser humano de manera insoportable. Quizá alguien había besado esa frente ahora tan cadavérica, acariciado esa mejilla hundida con dedos amorosos, sostenido ese cuello enjuto con manos apasionadamente vivas. Pero todo eso estaba olvidado. “Al final”, parecía estar pensando, “me embalsamaron con el mayor respeto: especias elegidas para perdurar, ¡las mejores! Tomé mi mundo tal como lo encontré. ¡ASÍ SON LAS COSAS!”



