Ann Veronica · H. G. Wells

Parte 3

Capítulo 85 de 106 · 3 min de lectura

Durante un tiempo caminaron en silencio por las calles traseras que conducen hacia el sur desde el Colegio. Capes mostraba un rostro de infinita perplejidad.

—Lo que más me impulsa a decir, señorita Stanley —comenzó por fin—, es que esto es muy repentino.

—Ha estado gestándose desde que entré por primera vez al laboratorio.

—¿Qué quieres? —preguntó él, sin rodeos.

—¡A ti! —dijo Ann Veronica.

La sensación de estar en público, de gente yendo y viniendo a su alrededor, los mantenía a ambos sin emociones visibles. Y ninguno tenía esa teatralidad que exige gestos y expresiones faciales.

—Supongo que sabes que me gustas muchísimo —prosiguió él.

—Me lo dijiste en el Zoológico.

Sintió sus músculos temblar. Pero no había nada en su porte que un transeúnte pudiera notar, nada que delatara la emoción que la poseía.

—Yo... —parecía tener dificultad con la palabra—. Te amo. Prácticamente ya te lo he dicho. Pero ahora puedo llamarlo por su nombre. No tienes por qué dudarlo. Te lo digo porque eso nos pone en igualdad....

Continuaron un tiempo sin decir palabra.

—¿Pero no sabes nada de mí? —dijo él al fin.

—Algo. No mucho.

—Estoy casado. Y mi esposa no quiere vivir conmigo por razones que creo que la mayoría de las mujeres considerarían válidas... O si no, te habría cortejado hace mucho.

Volvió a reinar el silencio.

—No me importa —dijo Ann Veronica.

—Pero si sabías algo de eso...

—Lo sabía. No importa.

—¿Por qué me lo dijiste? Pensé... pensé que íbamos a ser amigos.

De pronto se mostró resentido. Parecía acusarla de haber arruinado su situación. —¿Por qué demonios me lo DIJISTE? —exclamó.

—No pude evitarlo. Fue un impulso. TENÍA que hacerlo.

—Pero eso lo cambia todo. Pensé que lo entendías.

—Tenía que hacerlo —repitió ella—. Estaba harta de fingir. ¡No me importa! Me alegro de haberlo hecho. Me alegro de haberlo hecho.

—¡Mira! —dijo Capes—, ¿qué demonios quieres? ¿Qué crees que podemos hacer? ¿No sabes cómo son los hombres, y cómo es la vida? ¡Venir a mí y hablarme así!

—Sé... algo, al menos. Pero no me importa; no siento ni una pizca de vergüenza. No le veo sentido a la vida si tú no estás en ella. Quería que lo supieras. Y ahora lo sabes. Y las barreras han caído para siempre. No puedes mirarme a los ojos y decir que no te importo.

—Ya te lo he dicho —respondió él.

—Muy bien —dijo Ann Veronica, con aire de dar por concluida la discusión.

Caminaron lado a lado un rato.

—En ese laboratorio uno aprende a dejar de lado estas pasiones —comenzó Capes—. Los hombres son animales curiosos, con la tendencia de enamorarse fácilmente de chicas de tu edad. Hay que entrenarse para no hacerlo. Me he acostumbrado a pensar en ti —como si fueras como cualquier otra chica que estudia en las escuelas— como alguien totalmente fuera de esas posibilidades. Aunque solo sea por lealtad a la coeducación, uno debe hacerlo. Aparte de todo lo demás, este encuentro nuestro es una violación de una buena regla.

—Las reglas son para todos los días —dijo Ann Veronica—. Esto no es un día cualquiera. Esto está por encima de todas las reglas.

—Para ti.

—¿No para ti?

—No. No; yo me atengo a las reglas... Es curioso, pero nada salvo clichés parece encajar en este caso. Me has puesto en una posición muy excepcional, señorita Stanley. —El tono de su propia voz lo exasperó—. Oh, ¡maldita sea! —dijo.

Ella no respondió, y por un momento él debatió algunos problemas consigo mismo.

—¡No! —dijo en voz alta al fin.

—El simple sentido común del caso —dijo— es que no podemos ser amantes en el sentido habitual. Eso, creo, es evidente. Sabes, no he hecho ningún trabajo en toda la tarde. He estado fumando cigarrillos en la sala de preparación y pensando en esto. No podemos ser amantes en el sentido habitual, pero podemos ser grandes y entrañables amigos.

—Lo somos —dijo Ann Veronica.

—Me has interesado enormemente....

Se detuvo, sintiéndose torpe. —Quiero ser tu amigo —dijo—. Lo dije en el Zoológico, y lo digo en serio. Seamos amigos, tan cercanos y unidos como puedan serlo los amigos.

Ann Veronica le mostró un perfil pálido.

—¿De qué sirve fingir? —dijo.

—No fingimos.

—Sí lo hacemos. El amor es una cosa y la amistad otra muy distinta. Porque soy más joven que tú... Tengo imaginación... Sé de lo que hablo. Señor Capes, ¿cree usted... cree que no sé lo que significa el amor?