Ann Veronica · H. G. Wells
Parte 3
Capítulo 95 de 106 · 1 min de lectura
Después de un rato, deambularon por un sendero serpenteante sobre la posada y se hicieron el amor el uno al otro. El viaje los había vuelto indolentes, la tarde era cálida y parecía imposible respirar un aire más dulce. Las flores y el césped, una fresa silvestre, una mariposa rara y otras pequeñas cosas íntimas se habían vuelto más interesantes que las montañas. Sus manos revoloteaban y siempre se tocaban. Profundos silencios surgían entre ellos...
—Había pensado seguir hasta Kandersteg —dijo Capes—, pero este es un lugar agradable. No hay un alma en la posada aparte de nosotros. Quedémonos aquí esta noche. Así podremos demorarnos y conversar cuanto queramos.
—De acuerdo —dijo Ann Veronica.
—Después de todo, es nuestra luna de miel.
—Todo lo que tendremos —dijo Ann Veronica.
—Este lugar es muy hermoso.
—Cualquier lugar sería hermoso —dijo Ann Veronica en voz baja.
Por un tiempo caminaron en silencio.
—Me pregunto —comenzó ella al cabo de un momento— por qué te amo... y te amo tanto... Ahora sé lo que es ser una mujer abandonada. SOY una mujer abandonada. No me avergüenzo... de las cosas que hago. Quiero ponerme en tus manos. Sabes... desearía poder enrollar mi pequeño cuerpo, hacerlo diminuto y apretarlo en tu mano y cerrar tus dedos sobre él. Fuerte. Quiero que me sostengas y me poseas ASÍ... Todo. Todo. Es una pura alegría de dar—darte a TI. Nunca he hablado de estas cosas con ningún ser humano. Solo las he soñado—y hasta huía de mis sueños. Es como si mis labios hubieran estado sellados sobre esto. Y ahora rompo los sellos—por ti. Solo desearía... desearía hoy ser mil veces, diez mil veces más hermosa.
Capes levantó su mano y la besó.
—Eres mil veces más hermosa —dijo él— que cualquier otra cosa que pudiera existir... Eres tú. Eres toda la belleza del mundo. La belleza no significa, nunca ha significado, nada—nada en absoluto excepto tú. Te anunciaba, te prometía...



