Ana Karenina · Leo Tolstoy
Chapter 27
Capítulo 27 de 239 · 4 min de lectura
La casa era grande y anticuada, y Levin, aunque vivía solo, la hacía calentar y la utilizaba entera. Sabía que esto era una tontería, sabía que en realidad no estaba bien y que iba en contra de sus nuevos planes, pero esa casa era para Levin todo un mundo. Era el mundo en el que su padre y su madre habían vivido y muerto. Ellos habían llevado precisamente la vida que a Levin le parecía el ideal de perfección, y con la que él soñaba comenzar junto a su esposa, su familia.
Levin apenas recordaba a su madre. Su imagen era para él un recuerdo sagrado, y su futura esposa debía ser, en su imaginación, una repetición de aquel exquisito y santo ideal de mujer que había sido su madre.
Estaba tan lejos de concebir el amor por una mujer separado del matrimonio, que en realidad se imaginaba primero la familia, y solo en segundo lugar a la mujer que le daría esa familia. Sus ideas sobre el matrimonio, por lo tanto, eran muy distintas a las de la mayoría de sus conocidos, para quienes casarse era uno de los muchos hechos de la vida social. Para Levin era el asunto principal de la vida, de cuya felicidad dependía todo. Y ahora tenía que renunciar a eso.
Cuando entró en el pequeño salón donde siempre tomaba el té, y se acomodó en su sillón con un libro, y Agafia Mijáilovna le trajo el té y, como de costumbre, le dijo: “Bueno, me quedaré un rato, señor”, y se sentó en una silla junto a la ventana, sintió que, por extraño que pareciera, no se había separado de sus ensoñaciones, y que no podía vivir sin ellas. Ya fuera con ella, o con otra, de todos modos sería así. Leía un libro, pensaba en lo que leía, se detenía a escuchar a Agafia Mijáilovna, que charlaba sin cesar, y aun así, todo tipo de imágenes de la vida familiar y del trabajo futuro surgían desordenadas en su imaginación. Sentía que en lo más profundo de su alma algo había encontrado su lugar, se había asentado y quedado en paz.
Escuchaba a Agafia Mijáilovna hablar de cómo Projor había olvidado su deber con Dios y, con el dinero que Levin le había dado para comprar un caballo, se había dedicado a beber sin parar y había golpeado a su esposa hasta casi matarla. Escuchaba, leía su libro y recordaba toda la cadena de ideas que le sugería la lectura. Era el Tratado sobre el calor de Tyndall. Recordaba sus propias críticas a Tyndall por su complaciente satisfacción en la astucia de sus experimentos y por su falta de visión filosófica. Y de pronto le vino a la mente el alegre pensamiento: “Dentro de dos años tendré dos vacas holandesas; quizá Pava aún esté viva, una docena de hijas jóvenes de Berkoot y las otras tres... ¡qué maravilla!”
Volvió a tomar el libro. “Muy bien, la electricidad y el calor son lo mismo; pero, ¿es posible sustituir una cantidad por otra en la ecuación para resolver cualquier problema? No. Entonces, ¿qué importa? La conexión entre todas las fuerzas de la naturaleza se siente instintivamente... Sería especialmente bonito si la hija de Pava fuera una vaca con manchas rojas, y todo el rebaño se pareciera a ella, ¡y las otras tres también! ¡Magnífico! Salir con mi esposa y los visitantes a recibir al rebaño... Mi esposa dice: ‘Kostia y yo cuidamos de ese ternero como de un niño.’ ‘¿Cómo puede interesarte tanto?’, dice un visitante. ‘Todo lo que le interesa a él, me interesa a mí.’ Pero, ¿quién será ella?” Y recordó lo que había pasado en Moscú... “Bueno, no hay nada que hacer... No es culpa mía. Pero ahora todo seguirá de una manera nueva. Es absurdo fingir que la vida no lo permite a uno, que el pasado no lo deja. Hay que luchar por vivir mejor, mucho mejor.”... Levantó la cabeza y se puso a soñar. La vieja Laska, que aún no había digerido del todo su alegría por el regreso de Levin y había salido al patio a ladrar, volvió moviendo la cola, se acercó a él trayendo el aroma del aire fresco, metió la cabeza bajo su mano y gimió lastimosamente, pidiendo caricias.
—Vaya, ¿quién lo hubiera pensado? —dijo Agafia Mijáilovna—. La perra ahora... pues, entiende que su amo ha vuelto a casa y que está desanimado.
—¿Por qué desanimado?
—¿Cree usted que no lo noto, señor? Ya es hora de que conozca a los señores. Si hasta he crecido desde niña con ellos. No es nada, señor, mientras haya salud y la conciencia esté tranquila.
Levin la miró atentamente, sorprendido de lo bien que conocía sus pensamientos.
—¿Le traigo otra taza? —dijo ella, y tomando su taza salió.
Laska seguía metiendo la cabeza bajo su mano. Él la acarició, y ella enseguida se acurrucó a sus pies, apoyando la cabeza en una pata trasera. Y como señal de que todo estaba bien y en orden, abrió un poco la boca, chasqueó los labios y, acomodando sus pegajosos labios sobre los viejos dientes, se sumió en un plácido sueño. Levin observaba atentamente todos sus movimientos.
—Eso es lo que haré —se dijo—; ¡eso es lo que haré! No pasa nada... Todo está bien.



