Antigüedades judías · Flavius Josephus

Capítulo 5 — Cómo, a causa de las disputas entre unos y otros por el Sumo

Capítulo 130 de 196 · 10 min de lectura

El sacerdocio. Antíoco emprendió una expedición contra Jerusalén, tomó la ciudad y saqueó los templos, causando gran aflicción a los judíos. Asimismo, muchos judíos abandonaron las leyes de su país; y los samaritanos siguieron las costumbres de los griegos y llamaron a su templo en el monte Gerizim el Templo de Júpiter Helénico.

1. Por este tiempo, tras la muerte de Onías el sumo sacerdote, entregaron el sumo sacerdocio a Jesús, su hermano, pues el hijo que Onías dejó [u Onías IV] era aún un niño; y, en su debido momento, informaremos al lector de todas las circunstancias que le acontecieron a este niño. Pero este Jesús, hermano de Onías, fue despojado del sumo sacerdocio por el rey, quien se enojó con él y se lo dio a su hermano menor, que también se llamaba Onías; pues Simón tuvo estos tres hijos, a cada uno de los cuales llegó el sacerdocio, como ya hemos informado al lector. Este Jesús cambió su nombre a Jasón, pero Onías fue llamado Menelao. Ahora bien, como el anterior sumo sacerdote, Jesús, provocó una sedición contra Menelao, quien fue designado después de él, la multitud se dividió entre ambos. Y los hijos de Tobías apoyaron a Menelao, pero la mayor parte del pueblo ayudó a Jasón; y de ese modo, Menelao y los hijos de Tobías se vieron en apuros y se retiraron ante Antíoco, informándole que deseaban abandonar las leyes de su país y la forma judía de vivir conforme a ellas, para seguir las leyes del rey y el modo de vida griego. Por ello, solicitaron su permiso para construir un gimnasio en Jerusalén. Y cuando él se los concedió, también ocultaron la circuncisión de sus genitales, de modo que, aun estando desnudos, parecieran griegos. Así, abandonaron todas las costumbres propias de su país e imitaron las prácticas de otras naciones.

2. Ahora bien, Antíoco, al ver la favorable situación de los asuntos de su reino, resolvió hacer una expedición contra Egipto, tanto porque deseaba conquistarlo, como porque despreciaba al hijo de Ptolomeo, pues era débil y aún no tenía la capacidad de manejar asuntos de tal importancia; así que llegó con grandes fuerzas a Pelusio, y mediante engaños, atrapó a Ptolomeo Filométor y se apoderó de Egipto. Luego llegó a los alrededores de Menfis; y cuando los hubo tomado, se apresuró a ir a Alejandría, con la esperanza de tomarla por asedio y someter a Ptolomeo, que allí reinaba. Pero fue expulsado no solo de Alejandría, sino de todo Egipto, por la declaración de los romanos, quienes le ordenaron dejar ese país en paz; tal como ya he relatado en otra ocasión. Ahora daré un relato detallado de lo que concierne a este rey, de cómo sometió Judea y el templo; pues en mi obra anterior mencioné estos hechos muy brevemente, y por ello ahora considero necesario repasar esa historia nuevamente, y con gran precisión.

3. El rey Antíoco, regresando de Egipto por temor a los romanos, emprendió una expedición contra la ciudad de Jerusalén; y estando allí, en el año ciento cuarenta y tres del reino de los seléucidas, tomó la ciudad sin luchar, pues los de su propio partido le abrieron las puertas. Y cuando se apoderó de Jerusalén, mató a muchos del partido contrario; y después de saquearla de gran cantidad de dinero, regresó a Antioquía.

4. Sucedió que, dos años después, en el año ciento cuarenta y cinco, el día veinticinco de ese mes que nosotros llamamos Casleu y los macedonios Apelleo, en la olimpiada ciento cincuenta y tres, el rey subió a Jerusalén y, fingiendo paz, se apoderó de la ciudad mediante traición; en ese momento no perdonó ni siquiera a quienes le permitieron entrar, debido a las riquezas que había en el templo; pero, guiado por su codicia [pues vio que había en él mucho oro y muchos ornamentos de gran valor dedicados al templo], y con el fin de saquear su riqueza, se atrevió a romper el pacto que había hecho. Así, dejó el templo despojado y se llevó los candelabros de oro, el altar de oro [del incienso], la mesa [de los panes de la proposición] y el altar [del holocausto]; y no se abstuvo ni siquiera de los velos, que eran de lino fino y escarlata. También vació el templo de sus tesoros secretos, y no dejó absolutamente nada; y de este modo sumió a los judíos en gran lamentación, pues les prohibió ofrecer los sacrificios diarios que acostumbraban ofrecer a Dios, conforme a la ley. Y después de saquear toda la ciudad, mató a algunos de los habitantes y a otros los llevó cautivos, junto con sus esposas e hijos, de modo que el número de cautivos vivos ascendió a unos diez mil. También incendió los edificios más hermosos; y después de derribar las murallas de la ciudad, construyó una ciudadela en la parte baja de la ciudad, pues el lugar era elevado y dominaba el templo; por ello la fortificó con altas murallas y torres, y puso en ella una guarnición de macedonios. Sin embargo, en esa ciudadela habitaba la parte impía y malvada de la multitud [judía], a causa de la cual los ciudadanos sufrieron muchas y graves calamidades. Y cuando el rey construyó un altar idolátrico sobre el altar de Dios, sacrificó cerdos sobre él, ofreciendo así un sacrificio que no era conforme a la ley ni al culto religioso judío en ese país. También los obligó a abandonar el culto que rendían a su propio Dios y a adorar a aquellos que él consideraba dioses; y les hizo construir templos y erigir altares idolátricos en cada ciudad y aldea, y ofrecer cerdos sobre ellos cada día. También les ordenó no circuncidar a sus hijos y amenazó con castigar a cualquiera que fuera hallado transgrediendo su mandato. Además, nombró supervisores que los obligaran a hacer lo que él ordenaba. Y en verdad hubo muchos judíos que cumplieron las órdenes del rey, ya sea voluntariamente o por temor a la pena anunciada. Pero los mejores hombres y los de alma más noble no le prestaron atención, sino que respetaron más las costumbres de su país que el castigo que él amenazaba a los desobedientes; por lo cual cada día sufrían grandes miserias y amargos tormentos; pues eran azotados con varas, sus cuerpos eran despedazados y eran crucificados estando aún vivos y respirando. También estrangularon a aquellas mujeres y a sus hijos a quienes habían circuncidado, como el rey había ordenado, colgando a sus hijos alrededor de sus cuellos mientras estaban en las cruces. Y si se encontraba algún libro sagrado de la ley, era destruido, y aquellos en cuyo poder se hallaban perecían miserablemente también.

5. Cuando los samaritanos vieron a los judíos sufrir tales calamidades, dejaron de confesar que eran sus parientes, ni que el templo en el monte Gerizim pertenecía al Dios Todopoderoso. Esto era propio de su naturaleza, como ya hemos mostrado. Y ahora decían que eran una colonia de medos y persas; y en verdad lo eran. Así que enviaron embajadores a Antíoco, junto con una carta cuyo contenido es el siguiente: "Al rey Antíoco, el dios Epífanes, un memorial de los sidonios que viven en Siquem. Nuestros antepasados, a causa de ciertas plagas frecuentes y siguiendo una antigua superstición, tenían la costumbre de observar aquel día que los judíos llaman sábado. Y cuando erigieron un templo en la montaña llamada Gerizim, aunque sin nombre, ofrecían en él los sacrificios correspondientes. Ahora bien, por el justo trato hacia estos malvados judíos, quienes administran sus asuntos, suponiendo que éramos parientes de ellos y que practicábamos como ellos, nos hacen responsables de las mismas acusaciones, aunque en realidad somos sidonios, como consta en los registros públicos. Por tanto, te suplicamos, benefactor y Salvador nuestro, que des orden a Apolonio, gobernador de esta parte del país, y a Nicanor, procurador de tus asuntos, para que no nos molesten ni nos imputen lo que se acusa a los judíos, ya que somos extranjeros respecto a su nación y costumbres; y que nuestro templo, que actualmente no tiene nombre alguno, sea llamado Templo de Júpiter Helénico. Si esto se hiciera, ya no seríamos perturbados, sino que nos dedicaríamos más a nuestras ocupaciones en tranquilidad, y así te aportaríamos mayores ingresos." Cuando los samaritanos solicitaron esto, el rey les envió la siguiente respuesta en una carta: "El rey Antíoco a Nicanor. Los sidonios que viven en Siquem me han enviado el memorial adjunto. Así que, al consultar con nuestros amigos sobre el asunto, los mensajeros enviados por ellos nos representaron que de ninguna manera están relacionados con las acusaciones que corresponden a los judíos, sino que eligen vivir según las costumbres de los griegos. En consecuencia, los declaramos libres de tales acusaciones y ordenamos que, conforme a su petición, su templo sea llamado Templo de Júpiter Helénico." También envió una carta similar a Apolonio, gobernador de esa parte del país, en el año cuarenta y seis, el día dieciocho del mes Hecatorabeón.

CAPÍTULO 6. Cómo, tras la prohibición de Antíoco a los judíos de usar las leyes de su país, Matatías, hijo de Asamoneo, solo despreció al rey y venció a los generales del ejército de Antíoco; así como acerca de la muerte de Matatías y la sucesión de Judas.

1. En ese tiempo había un hombre llamado Matatías, que vivía en Modín, hijo de Juan, hijo de Simeón, hijo de Asamoneo, sacerdote del orden de Joarib y ciudadano de Jerusalén. Tenía cinco hijos: Juan, llamado Gaddis; Simón, llamado Matatés; Judas, llamado Macabeo; Eleazar, llamado Auran; y Jonatán, llamado Afús. Matatías lamentaba ante sus hijos el triste estado de sus asuntos, la devastación de la ciudad, el saqueo del templo y las calamidades que sufría la multitud; y les decía que era mejor morir por las leyes de su país que vivir tan ignominiosamente como entonces lo hacían.

2. Pero cuando los enviados del rey llegaron a Modín para obligar a los judíos a cumplir lo que se les ordenaba y exigir a los presentes que ofrecieran sacrificios, como el rey había mandado, pidieron que Matatías, persona de gran prestigio entre ellos, tanto por otras razones como especialmente por su numerosa y digna familia, iniciara el sacrificio, pues sus conciudadanos seguirían su ejemplo y tal proceder le haría honrado por el rey. Pero Matatías dijo que no lo haría; y que aunque todas las demás naciones obedecieran las órdenes de Antíoco, ya fuera por temor o para complacerlo, ni él ni sus hijos abandonarían el culto religioso de su país. Apenas terminó su discurso, uno de los judíos se adelantó y sacrificó, como Antíoco había ordenado. Ante esto, Matatías se indignó grandemente y, junto con sus hijos, que llevaban espadas, arremetió contra él y mató tanto al hombre que sacrificó como a Apeles, el general del rey que los obligaba a sacrificar, junto con algunos de sus soldados. También derribó el altar idolátrico y exclamó: "Si alguno es celoso de las leyes de su país y del culto a Dios, que me siga." Y dicho esto, se apresuró al desierto con sus hijos, dejando todos sus bienes en la aldea. Muchos otros hicieron lo mismo y huyeron con sus hijos y esposas al desierto, viviendo en cuevas. Pero cuando los generales del rey oyeron esto, reunieron todas las fuerzas que tenían en la ciudadela de Jerusalén y persiguieron a los judíos hasta el desierto; y cuando los alcanzaron, primero trataron de persuadirlos para que se arrepintieran y eligieran lo más conveniente, y no los forzaran a tratarlos según la ley de la guerra. Pero al no ceder a sus persuasiones y mantenerse firmes en su decisión, lucharon contra ellos en sábado, y los quemaron en las cuevas, sin resistencia y sin siquiera bloquear las entradas. Y evitaron defenderse ese día porque no querían violar el honor debido al sábado, aun en tales apuros; pues nuestra ley exige que descansemos ese día. Unos mil, con sus esposas e hijos, fueron asfixiados y murieron en esas cuevas; pero muchos de los que escaparon se unieron a Matatías y lo nombraron su líder, quien les enseñó a luchar incluso en sábado; y les dijo que, si no lo hacían, serían sus propios enemigos al observar la ley [tan rigurosamente], mientras sus adversarios los atacarían ese día y ellos no se defenderían, y nada podría impedir que todos perecieran sin luchar. Este discurso los persuadió. Y esta regla continúa entre nosotros hasta hoy: si hay necesidad, podemos luchar en sábado. Así, Matatías reunió un gran ejército a su alrededor, derribó los altares idólatras y mató a quienes violaban las leyes, a todos los que pudo atrapar; pues muchos de ellos se dispersaron entre las naciones vecinas por temor a él. También ordenó que los niños que aún no estaban circuncidados fueran circuncidados entonces; y ahuyentó a quienes intentaban impedir tal circuncisión.

3. Pero cuando hubo gobernado un año y cayó enfermo, llamó a sus hijos y los reunió a su alrededor, y dijo: "Oh hijos míos, voy por el camino de toda la tierra; y les encomiendo mi resolución, y les ruego que no sean negligentes en mantenerla, sino que recuerden los deseos de quien los engendró y los crió, y que conserven las costumbres de su país, y recuperen su antigua forma de gobierno, que está en peligro de ser destruida, y no se dejen arrastrar por quienes, ya sea por inclinación propia o por necesidad, la traicionan, sino que sean hijos dignos de mí; que estén por encima de toda fuerza y necesidad, y dispongan sus almas de modo que estén listos, cuando sea necesario, para morir por sus leyes; convencidos, por razonamiento justo, de que si Dios ve que están así dispuestos, no los pasará por alto, sino que valorará mucho su virtud, y les devolverá lo que han perdido, y les restituirá aquella libertad en la que vivirán tranquilos y disfrutarán de sus propias costumbres. Sus cuerpos son mortales y sujetos al destino; pero reciben una especie de inmortalidad por el recuerdo de las acciones que han realizado. Y quiero que amen tanto esa inmortalidad, que busquen la gloria, y que, cuando hayan pasado por las mayores dificultades, no duden, por tales cosas, en perder la vida. Les exhorto, especialmente, a que estén de acuerdo entre ustedes; y que, en lo que uno sobresalga sobre otro, le cedan en esa medida, y así aprovechen las virtudes de cada uno. Consideren a Simón como su padre, porque es un hombre de extraordinaria prudencia, y déjense guiar por sus consejos. Tomen a Macabeo como general de su ejército, por su valor y fortaleza, pues él vengará a su nación y traerá venganza sobre sus enemigos. Admitan entre ustedes a los justos y piadosos, y aumenten su poder."

4. Cuando Matatías hubo hablado así a sus hijos y orado a Dios para que fuera su auxiliador y devolviera al pueblo su antigua constitución, murió poco después y fue sepultado en Modín; todo el pueblo hizo gran lamentación por él. Entonces su hijo Judas asumió la administración de los asuntos públicos, en el año ciento cuarenta y seis; y así, con la pronta ayuda de sus hermanos y de otros, Judas expulsó a sus enemigos del país y dio muerte a aquellos de su propio pueblo que habían transgredido las leyes, purificando la tierra de todas las impurezas que había en ella.