Antigüedades judías · Flavius Josephus
Capítulo 6 — Cómo Herodes mató a Hircano y luego se apresuró a ir ante César, y
Capítulo 159 de 196 · 9 min de lectura
Obtuvo también el reino de él; y cómo, poco tiempo después, recibió a César de la manera más honorable.
1. Los demás asuntos de Herodes marchaban ahora muy prósperamente, y no era fácil atacarlo por ningún flanco. Sin embargo, se presentó un peligro que amenazaba todo su dominio, después de que Antonio fue derrotado en la batalla de Accio por César [Octavio]; pues en ese momento tanto los enemigos como los amigos de Herodes perdieron la esperanza respecto a sus asuntos, ya que no era probable que permaneciera sin castigo quien había mostrado tanta amistad hacia Antonio. Así sucedió que sus amigos se desesperaron y no tenían esperanzas de que escapara; pero en cuanto a sus enemigos, todos aparentaban estar preocupados por su situación, aunque en privado se alegraban mucho, esperando obtener un cambio favorable. En cuanto al propio Herodes, vio que no quedaba nadie con dignidad real excepto Hircano, y por ello pensó que le convenía no permitir que siguiera siendo un obstáculo en su camino; pues, en caso de sobrevivir y escapar del peligro en que se hallaba, consideraba más seguro quitarle la posibilidad a tal hombre de intentar algo contra él en circunstancias tan críticas, siendo más digno del reino que él mismo; y si llegaba a ser muerto por César, la envidia lo impulsaba a desear matar a quien, de otro modo, sería rey después de él.
2. Mientras Herodes pensaba en estas cosas, se le presentó cierta ocasión: pues Hircano era de un carácter tan apacible, tanto entonces como en otras ocasiones, que no deseaba inmiscuirse en los asuntos públicos ni preocuparse por innovaciones, sino que dejaba todo al destino y se contentaba con lo que este le ofrecía; pero Alexandra [su hija] era amante de la discordia y deseaba con gran vehemencia un cambio de gobierno, y hablaba con su padre para que no soportara para siempre el trato injurioso de Herodes hacia su familia, sino que anticipara sus esperanzas futuras, como podía hacerlo con seguridad; y le pidió que escribiera sobre estos asuntos a Malco, quien entonces era gobernador de Arabia, para que los recibiera y los protegiera [de Herodes], pues si se marchaban y los asuntos de Herodes resultaban como era probable, debido a la enemistad de César hacia él, entonces serían las únicas personas que podrían tomar el gobierno; y esto, tanto por la familia real a la que pertenecían, como por la buena disposición de la multitud hacia ellos. Mientras ella insistía con estas persuasiones, Hircano pospuso su petición; pero como ella demostró ser una mujer, y además contenciosa, y no cesaba ni de día ni de noche, sino que siempre le hablaba de estos asuntos y de los designios traicioneros de Herodes, finalmente logró que confiara a Dositheo, uno de sus amigos, una carta en la que exponía su resolución; y pidió al gobernador árabe que le enviara algunos jinetes que lo recibieran y lo condujeran al lago Asfaltites, que está a trescientos estadios de los límites de Jerusalén; y confió esta carta a Dositheo porque era un atento servidor suyo y de Alexandra, y tenía no pocos motivos para aborrecer a Herodes; pues era pariente de un tal José, a quien Herodes había matado, y hermano de aquellos que fueron asesinados en Tiro por Antonio; sin embargo, estos motivos no indujeron a Dositheo a servir a Hircano en este asunto; pues, prefiriendo las esperanzas que tenía del rey actual a las que tenía de él, entregó la carta a Herodes. Este agradeció su lealtad y le ordenó, además, que hiciera lo que ya había hecho, es decir, que continuara sirviéndole, enrollando la carta, sellándola de nuevo y entregándola a Malco, y luego trajera la respuesta; pues sería mucho mejor si también podía conocer las intenciones de Malco. Y como Dositheo estuvo muy dispuesto a servirle también en esto, el gobernador árabe respondió que recibiría a Hircano y a todos los que vinieran con él, e incluso a todos los judíos de su partido; que, además, enviaría fuerzas suficientes para protegerlos en su viaje; y que no le faltaría nada de lo que deseara. Tan pronto como Herodes recibió esta carta, mandó llamar inmediatamente a Hircano y lo interrogó sobre la alianza que había hecho con Malco; y cuando lo negó, mostró su carta al Sanedrín y mandó matarlo de inmediato.
3. Y este relato lo damos al lector tal como está contenido en los comentarios del rey Herodes; pero otros historiadores no concuerdan con ellos, pues suponen que Herodes no encontró, sino que más bien creó, la ocasión para matarlo de este modo, tendiéndole una trampa traicionera; pues así escriben: que Herodes y él estaban una vez en un banquete, y que Herodes no dio motivo para sospechar [que estaba disgustado con él], pero le hizo a Hircano la pregunta de si había recibido cartas de Malco; y cuando respondió que sí, pero solo de saludo; y cuando preguntó además si no había recibido regalos de él; y cuando respondió que no más que cuatro caballos para montar, que Malco le había enviado; entonces fingieron que Herodes le imputó estos hechos como delitos de soborno y traición, y ordenó que lo llevaran y lo mataran. Y para demostrar que no había cometido ninguna falta cuando fue llevado a su fin, alegaron cuán apacible era su carácter, y que incluso en su juventud nunca había dado muestras de audacia o temeridad, y que lo mismo sucedió cuando llegó a ser rey, pues entonces confió la administración de la mayor parte de los asuntos públicos a Antípatro; y que ahora tenía más de ochenta años, y sabía que el gobierno de Herodes estaba en una situación segura. También cruzó el Éufrates y dejó a quienes lo honraban mucho más allá de ese río, aunque iba a quedar completamente bajo el gobierno de Herodes; y que era increíble que intentara algo por vía de innovación, lo cual no concordaba en absoluto con su carácter, sino que esto fue una trama ideada por Herodes.
4. Y este fue el destino de Hircano; así terminó su vida, después de haber soportado diversas y múltiples vicisitudes en su existencia. Pues fue nombrado sumo sacerdote de la nación judía al inicio del reinado de su madre Alejandra, quien gobernó nueve años; y cuando, tras la muerte de su madre, tomó el reino por sí mismo y lo mantuvo tres meses, lo perdió por obra de su hermano Aristóbulo. Luego fue restituido por Pompeyo, y recibió de él toda clase de honores, que disfrutó durante cuarenta años; pero cuando fue nuevamente despojado por Antígono, y mutilado en su cuerpo, fue hecho prisionero por los partos, y de allí regresó a su patria después de algún tiempo, por las esperanzas que Herodes le había dado; ninguna de las cuales se cumplió según sus expectativas, sino que siguió enfrentando muchas desgracias a lo largo de toda su vida; y, como ya hemos relatado, la más pesada de todas, llegó a un final que no merecía. Su carácter se mostró como el de un hombre de disposición apacible y moderada, y permitía que la administración de los asuntos fuera generalmente realizada por otros bajo su mando. Era reacio a involucrarse demasiado en lo público, ni tenía la sagacidad suficiente para gobernar un reino. Tanto Antípatro como Herodes alcanzaron su grandeza gracias a su mansedumbre; y al final encontró de ellos un final que no correspondía ni a la justicia ni a la piedad.
5. Ahora bien, Herodes, tan pronto como eliminó a Hircano, se apresuró a ir con César; y como no podía esperar bondad alguna de él, debido a la amistad que tenía con Antonio, sospechaba de Alexandra, no fuera que aprovechara la oportunidad para incitar a la multitud a una revuelta y provocar una sedición en los asuntos del reino; así que confió el cuidado de todo a su hermano Pheroras, y colocó a su madre Cipro, a su hermana [Salomé] y a toda la familia en Masada, encargándole que, si recibía alguna mala noticia sobre él, se hiciera cargo del gobierno. Pero en cuanto a Mariamna, su esposa, debido a la discordia entre ella y su hermana, y la madre de su hermana, lo que hacía imposible que vivieran juntas, la colocó en Alexandrion, junto con Alexandra, su madre, y dejó a su tesorero José y a Soemo de Iturea al cuidado de esa fortaleza. Estos dos le habían sido muy fieles desde el principio, y ahora quedaban como guardia de las mujeres. También tenían la orden de que, si escuchaban que le había ocurrido algún daño, debían matarlas a ambas y, en la medida de lo posible, preservar el reino para sus hijos y para su hermano Pheroras.
6. Cuando les hubo dado esta instrucción, se apresuró a ir a Rodas para encontrarse con César; y al llegar a esa ciudad, se quitó el diadema, pero no renunció a ninguna otra muestra de su dignidad habitual. Y cuando, al encontrarse con él, le pidió que le permitiera hablarle, mostró así un ejemplo mucho más noble de grandeza de alma; pues no recurrió a súplicas, como suelen hacer los hombres en tales ocasiones, ni le presentó ninguna petición, como si fuera un delincuente; sino que, con actitud intrépida, dio cuenta de lo que había hecho; pues habló así a César: Que tenía la mayor amistad por Antonio y que hizo todo lo posible para que alcanzara el gobierno; que en verdad no estuvo en el ejército con él, porque los árabes lo habían desviado, pero que le envió tanto dinero como trigo, lo cual era muy poco en comparación con lo que debió haber hecho por él; "pues si uno se reconoce amigo de otro y sabe que es su benefactor, está obligado a arriesgarlo todo, a emplear todas las facultades de su alma, cada miembro de su cuerpo y toda su riqueza por él, en lo cual confieso que he sido demasiado deficiente. Sin embargo, tengo la conciencia tranquila de que, al menos, he obrado bien al no abandonarlo tras su derrota en Actium; ni, ante el evidente cambio de su fortuna, he transferido mis esperanzas de él a otro, sino que me he conservado, aunque no como un valioso compañero de armas, sí ciertamente como un fiel consejero para Antonio, cuando le demostré que la única manera que tenía de salvarse y no perder toda su autoridad era dar muerte a Cleopatra; pues, una vez muerta ella, habría oportunidad para que él conservara su autoridad y, más bien, para que tú accedieras a llegar a un acuerdo con él, en vez de continuar enemistados. Ninguno de estos consejos quiso atender, sino que prefirió su propia y temeraria resolución, lo cual le ha resultado infructuoso a él, pero provechoso para ti. Ahora bien, si decides sobre mí y mi diligencia en servir a Antonio, conforme a tu enojo hacia él, reconozco que no tengo motivo para negar lo que he hecho, ni me avergonzaré de admitir, y públicamente, que le profesé gran afecto. Pero si dejas de lado su caso y solo examinas cómo me comporto con mis benefactores en general, y qué clase de amigo soy, comprobarás por experiencia que haremos y seremos lo mismo contigo, pues solo cambiarán los nombres, y la firmeza de la amistad que te profesaremos no será desaprobada por ti."
7. Con este discurso y con su comportamiento, que mostró a César la franqueza de su ánimo, logró ganarse mucho su favor, pues César era también de carácter generoso y magnánimo, tanto que aquellas mismas acciones que eran la base de la acusación en su contra le valieron la buena voluntad de César. En consecuencia, le devolvió su diadema y lo animó a mostrarse tan buen amigo suyo como lo había sido de Antonio, y desde entonces lo tuvo en gran estima. Además, añadió que Quinto Didio le había escrito informándole que Herodes le había ayudado muy prontamente en el asunto de los gladiadores. Así, al haber recibido tan buena acogida y haber conseguido, más allá de todas sus esperanzas, que su corona quedara más firmemente asentada sobre él que nunca, tanto por la donación de César como por el decreto de los romanos que César se encargó de obtener para su mayor seguridad, acompañó a César en su camino hacia Egipto y le hizo regalos, incluso más allá de sus posibilidades, tanto a él como a sus amigos, y en general se comportó con gran magnanimidad. También pidió a César que no ejecutara a un tal Alejandro, que había sido compañero de Antonio; pero César había jurado darle muerte y no pudo obtener que se le concediera esa petición. Y así regresó a Judea con mayor honor y seguridad que nunca, y atemorizó a quienes esperaban lo contrario, pues incluso de sus propios peligros obtenía mayor esplendor que antes, gracias al favor de Dios hacia él. Así se preparó para recibir a César, que salía de Siria para invadir Egipto; y cuando llegó, lo hospedó en Ptolemaida con toda la magnificencia real. También hizo regalos al ejército y les proveyó de abundantes víveres. Se mostró además como uno de los amigos más sinceros de César, organizó al ejército, cabalgó junto a César y tenía a ciento cincuenta hombres, bien equipados en todos los aspectos, de manera rica y suntuosa, para mejor recibirlo a él y a sus amigos. También les proveyó de todo lo necesario para cruzar el árido desierto, de modo que no les faltó ni vino ni agua, siendo esto último lo que más necesitaban los soldados; y además, obsequió a César con ochocientos talentos y se ganó la buena voluntad de todos, porque los ayudó en un grado mucho mayor y más espléndido de lo que su reino podía permitir; por lo cual demostró cada vez más a César la firmeza de su amistad y su disposición a ayudarlo; y lo que fue de mayor ventaja para él fue que su generosidad llegó en el momento oportuno. Y cuando regresaron de Egipto, sus ayudas no fueron en nada inferiores a los buenos oficios que antes les había prestado.



