Antigüedades judías · Flavius Josephus

Capítulo 3

Capítulo 164 de 196 · 16 min de lectura

Cómo surgieron grandes disturbios en la familia de Herodes al preferir a Antípatro, su hijo mayor, sobre los demás, hasta que Alejandro consideró esa ofensa con gran indignación.

1. Pero ahora los asuntos en la familia de Herodes estaban cada vez más desordenados, y se volvieron más graves para él, debido al odio de Salomé hacia los jóvenes (Alejandro y Aristóbulo), odio que descendía, por así decirlo, por herencia de su madre Mariamne; y así como ella había triunfado plenamente contra su madre, procedió hasta tal grado de locura e insolencia, que intentó que no quedara vivo ninguno de su descendencia, que pudiera tener el poder de vengar su muerte. Los jóvenes también tenían cierta disposición audaz e inquieta hacia su padre, motivada por el recuerdo de lo que su madre había sufrido injustamente y por su propia inclinación al dominio. El antiguo resentimiento también se renovó; y lanzaban reproches a Salomé y a Feroras, quienes respondían a los jóvenes con intenciones maliciosas y de hecho les tendían traicioneras trampas. Ahora bien, este odio era igual en ambos bandos, pero la manera de manifestarlo era diferente; pues los jóvenes eran impulsivos, reprochando y afrontando abiertamente a los otros, y eran tan inexpertos que pensaban que lo más noble era declarar sus pensamientos de esa manera intrépida; pero los otros no tomaban ese camino, sino que recurrían a calumnias de manera sutil y maliciosa, provocando constantemente a los jóvenes, e imaginando que su audacia podría con el tiempo llevarlos a atentar contra su padre; pues, en la medida en que no se avergonzaban de los supuestos crímenes de su madre, ni creían que ella hubiera sufrido justamente, aquellos suponían que podrían finalmente exceder todos los límites, y hacerles pensar que debían vengarse de su padre, aunque fuera dándole muerte con sus propias manos. Al final, la ciudad entera estaba llena de sus discusiones, y, como suele suceder en tales disputas, se compadecía la falta de habilidad de los jóvenes; pero la astucia de Salomé era demasiado para ellos, y las acusaciones que les imputaba llegaban a ser creídas, debido a la conducta de ellos mismos; pues quienes estaban tan afectados por la muerte de su madre, que mientras decían que tanto ella como ellos mismos estaban en una situación miserable, se quejaban vehementemente de su lastimoso final, que en verdad lo era, y decían que ellos también estaban en una situación lamentable, porque se veían obligados a vivir con quienes habían sido sus asesinos y a compartir con ellos.

2. Estos desórdenes aumentaron considerablemente, y la ausencia del rey en el extranjero había brindado una oportunidad propicia para ese aumento; pero tan pronto como Herodes regresó y pronunció el discurso antes mencionado ante la multitud, Feroras y Salomé dejaron caer palabras de inmediato como si él estuviera en gran peligro, y como si los jóvenes amenazaran abiertamente con no perdonarlo más, sino vengar la muerte de su madre sobre él. También añadieron otra circunstancia, que sus esperanzas estaban puestas en Arquelao, el rey de Capadocia, para que por su medio pudieran llegar hasta César y acusar a su padre. Al oír tales cosas, Herodes se perturbó de inmediato; y en verdad se asombró aún más, porque las mismas cosas le fueron relatadas también por otros. Entonces recordó su anterior calamidad, y consideró que los desórdenes en su familia le habían impedido disfrutar de consuelo alguno de aquellos que le eran más queridos o de su esposa, a quien amaba tanto; y sospechando que sus futuras tribulaciones serían pronto más graves y pesadas que las pasadas, se hallaba en gran confusión de ánimo; pues la Providencia Divina en realidad le había concedido muchas ventajas externas para su felicidad, incluso más allá de sus esperanzas; pero los problemas que tenía en casa eran tales que nunca esperó encontrar, y lo hacían desafortunado; es más, ambos tipos de adversidad le sobrevinieron en tal grado que nadie podría imaginar, y hacían dudar si, al comparar ambos, debía haber cambiado tan gran éxito en lo externo por tan grandes desgracias en casa, o si no debía haber preferido evitar las calamidades relacionadas con su familia, aunque como compensación nunca hubiera poseído la admirada grandeza de un reino.

3. Estando así perturbado y afligido, con el fin de deprimir a estos jóvenes, llevó a la corte a otro de sus hijos, que le nació cuando era un hombre privado; su nombre era Antípatro; sin embargo, no lo favoreció entonces como lo haría después, cuando quedó completamente dominado por él y le permitió hacer todo cuanto quiso, sino más bien con la intención de rebajar la insolencia de los hijos de Mariamne, y manejar esta elevación suya de modo que sirviera de advertencia para ellos; pues pensaba que esa conducta audaz de ellos no sería tan grande si se convencían de que la sucesión al reino no les correspondía solo a ellos, o que necesariamente debía llegarles. Así, presentó a Antípatro como su antagonista, y pensó que hacía una buena provisión para desalentar su orgullo, y que después de esto podría esperarse que los jóvenes tuvieran una mejor disposición; pero el resultado fue diferente a lo que pretendía, pues los jóvenes consideraron que se les hacía una gran injusticia; y como Antípatro era un hombre astuto, una vez que obtuvo ese grado de libertad y empezó a esperar cosas mayores de las que antes había soñado, tuvo un solo propósito en mente: perjudicar a sus hermanos, y no cederles en absoluto la preeminencia, sino mantenerse cerca de su padre, quien ya estaba alejado de ellos por las calumnias que había escuchado, y dispuesto a dejarse llevar por cualquier consejo que su celo contra ellos le sugiriera, para que fuera cada vez más severo con ellos. Así, todos los rumores que se difundían provenían de él, mientras él mismo evitaba la sospecha de que esas revelaciones procedieran de él; prefería valerse de personas para que lo ayudaran y que no fueran sospechosas, y que pudieran ser creídas por la buena voluntad que mostraban hacia el rey; y en verdad, ya había no pocos que cultivaban la amistad de Antípatro, con la esperanza de obtener algo de él, y estos eran los que más persuadían a Herodes, porque parecía que hablaban así por su buena voluntad hacia él; y con estas acusaciones conjuntas, que desde distintos orígenes se apoyaban mutuamente en su veracidad, los mismos jóvenes daban más ocasiones a Antípatro; pues se les veía llorar a menudo por la injusticia que se les hacía, y mencionaban a su madre; y entre sus amigos se atrevían a reprochar a su padre por no actuar justamente con ellos; todas estas cosas eran recordadas con mala intención por Antípatro para el momento oportuno; y cuando se las contaban a Herodes, con agravantes, aumentaban tanto el desorden que provocaban un gran tumulto en la familia; pues mientras el rey se enojaba mucho por las imputaciones hechas a los hijos de Mariamne, y deseaba humillarlos, seguía aumentando los honores que había concedido a Antípatro, y al final quedó tan dominado por sus persuasiones, que llevó también a su madre a la corte. Escribía con frecuencia a César en su favor, y lo recomendaba con mayor insistencia a su cuidado en particular. Y cuando Agripa regresaba a Roma, después de haber terminado su gobierno de diez años en Asia, Herodes zarpó de Judea; y cuando se encontró con él, no llevaba consigo a nadie más que a Antípatro, a quien entregó a Agripa para que lo llevara con él, junto con muchos regalos, para que así se hiciera amigo de César, de modo que las cosas ya parecían como si tuviera todo el favor de su padre, y que los jóvenes ya estaban completamente excluidos de cualquier esperanza del reino.

CAPÍTULO 4. Cómo durante la estancia de Antípatro en Roma, Herodes llevó a Alejandro y Aristóbulo ante César y los acusó. Defensa de Alejandro ante César y reconciliación con su padre.

1. Y lo que sucedió durante la ausencia de Antípatro aumentó el honor al que había sido promovido y su aparente preeminencia sobre sus hermanos; pues había causado gran impresión en Roma, porque Herodes había enviado recomendaciones suyas a todos sus amigos allí; solo le apenaba no estar en casa ni tener las oportunidades adecuadas para calumniar continuamente a sus hermanos; y su principal temor era que su padre cambiara de opinión y tuviera una opinión más favorable de los hijos de Mariamne; y, teniendo esto en mente, no desistió de su propósito, sino que enviaba constantemente desde Roma historias que esperaba pudieran afligir e irritar a su padre contra sus hermanos, bajo el pretexto de una profunda preocupación por su preservación, pero en realidad dictadas por su mente maliciosa, con el fin de obtener una mayor esperanza de sucesión, que ya de por sí era considerable: y así lo hizo hasta que provocó tal grado de ira en Herodes, que ya se mostraba muy mal dispuesto hacia los jóvenes; pero aún, mientras demoraba ejercer un disgusto tan violento contra ellos, y para no ser ni demasiado indulgente ni demasiado precipitado y así ofender, pensó que lo mejor sería navegar a Roma y allí acusar a sus hijos ante César, y no incurrir en ningún crimen que pudiera ser lo suficientemente grave como para ser sospechoso de impiedad. Pero mientras se dirigía a Roma, sucedió que se apresuró tanto que se encontró con César en la ciudad de Aquilea; así que, cuando llegó a hablar con César, pidió tiempo para escuchar este gran caso, en el que se consideraba muy desdichado, y presentó allí a sus hijos, acusándolos de sus acciones insensatas y de sus intentos contra él: que eran enemigos suyos y que, por todos los medios a su alcance, se esforzaban en mostrar su odio hacia su propio padre y querían quitarle la vida para obtener su reino de la manera más bárbara; que tenía poder de César para disponer de él, no por necesidad, sino por elección, a aquel que mostrara mayor piedad hacia él; mientras que estos, sus hijos, no deseaban tanto gobernar como, en caso de no lograrlo, arriesgar su propia vida con tal de privar a su padre de la suya; tan salvaje y corrompida se había vuelto su mente con el tiempo, debido a su odio hacia él: que, habiendo soportado por mucho tiempo esta desgracia, ahora se veía obligado a exponerla ante César y a contaminar sus oídos con tales palabras, mientras él mismo deseaba saber qué severidad habían sufrido de su parte, o qué dificultades les había impuesto para que se quejaran de él; y cómo podían considerar justo que él no fuera señor de ese reino que había obtenido tras mucho tiempo y gran peligro, y no permitirle conservarlo y disponer de él para quien más lo mereciera; y esto, junto con otros beneficios, lo proponía como recompensa a la piedad de aquel que en el futuro imitara el cuidado que él había tenido, y que tal persona pudiera obtener una recompensa tan grande como esa: y que era impío que ellos pretendieran intervenir antes de tiempo; pues quien tiene siempre el reino en la mira, al mismo tiempo cuenta con procurar la muerte de su padre, porque de otro modo no podría acceder al gobierno: que, por su parte, hasta ahora les había dado todo lo que podía y lo que correspondía a quienes están sujetos a la autoridad real y son hijos de un rey; los ornamentos que quisieran, con sirvientes y manjares delicados, y los había casado con las familias más ilustres, a uno [Aristóbulo] con la hija de su hermana, y a Alejandro con la hija del rey Arquelao; y, lo que era el mayor favor de todos, cuando sus crímenes eran tan graves y él tenía autoridad para castigarlos, no la había ejercido contra ellos, sino que los había llevado ante César, su bienhechor común, y no había usado la severidad que, ya como padre impíamente ultrajado, ya como rey traicioneramente atacado, podría haber ejercido, sino que los había puesto en igualdad de condiciones con él ante el juicio: que, sin embargo, era necesario que todo esto no quedara sin castigo, ni él mismo viviera en el mayor de los temores; es más, que no era para su propio bien ver la luz del sol después de lo que habían hecho, aunque escaparan en esta ocasión, ya que habían cometido las peores acciones y ciertamente sufrirían los mayores castigos que jamás se hubieran conocido entre los hombres.

2. Estas fueron las acusaciones que Herodes presentó con gran vehemencia contra sus hijos ante César. Ahora bien, los jóvenes, tanto mientras él hablaba como especialmente al concluir, lloraban y estaban confusos. En cuanto a ellos mismos, sabían en su conciencia que eran inocentes; pero, al ser acusados por su propio padre, comprendían, como era cierto, que les resultaba difícil defenderse, ya que, aunque tenían libertad para expresarse como la ocasión requería y podían refutar la acusación con fuerza y vehemencia, no era ahora decoroso hacerlo. Por lo tanto, había una dificultad en cómo podrían hablar; y las lágrimas, y finalmente un profundo gemido, siguieron, pues temían que, si no decían nada, pareciera que esa dificultad provenía de la conciencia de culpa; tampoco tenían una defensa preparada, debido a su juventud y al estado de confusión en que se encontraban; sin embargo, César no dejó de notar, al observarlos en su confusión, que su tardanza en defenderse no provenía de la conciencia de grandes delitos, sino de su inexperiencia y modestia. También fueron compadecidos especialmente por los presentes; y conmovieron los afectos de su padre tan sinceramente que le costó mucho disimularlos.

3. Pero cuando vieron que tanto en él como en César había surgido una disposición benévola, y que todos los demás o bien derramaban lágrimas, o al menos se afligían con ellos, uno de ellos, cuyo nombre era Alejandro, llamó a su padre e intentó responder a su acusación, diciendo: "Padre, la benevolencia que nos has mostrado es evidente, incluso en este mismo procedimiento judicial, pues si hubieras tenido alguna intención perniciosa hacia nosotros, no nos habrías presentado aquí ante el salvador común de todos, ya que estaba en tu poder, tanto como rey como padre, castigar a los culpables; pero al traernos así a Roma y hacer del propio César testigo de lo que sucede, das a entender que tu intención es salvarnos; porque nadie que tenga el propósito de matar a un hombre lo lleva a los templos y a los altares; sin embargo, nuestra situación es aún peor, pues no podemos soportar seguir viviendo si se cree que hemos ofendido a un padre como tú; es más, quizá sería peor para nosotros vivir bajo esta sospecha de haberte hecho daño, que morir sin tal culpa. Y si nuestra defensa abierta puede ser tomada como verdadera, seremos dichosos, tanto por apaciguarte como por escapar del peligro en que estamos; pero si esta calumnia prevalece, ya es suficiente para nosotros haber visto el sol este día; ¿para qué deberíamos verlo, si esta sospecha se fija sobre nosotros? Ahora es fácil decir de los jóvenes que desean reinar; y decir además que este mal proviene de la situación de nuestra desdichada madre. Esto es más que suficiente para producir nuestra presente desgracia a partir de la anterior; pero considera bien si tal acusación no corresponde a todos los jóvenes y no puede decirse de todos ellos indiscriminadamente; pues nada impide que quien reina, si tiene hijos y su madre ha muerto, el padre pueda sospechar de todos sus hijos, como si tramaran alguna traición contra él; pero una sospecha no basta para probar una acción tan impía. Ahora, que cualquiera diga si realmente hemos intentado insolentemente algo así, por lo cual acciones que de otro modo serían increíbles suelen hacerse creíbles. ¿Puede alguien probar que se ha preparado veneno? ¿O probar una conspiración de nuestros iguales, o la corrupción de sirvientes, o cartas escritas contra ti? Aunque en verdad, ninguna de esas cosas ha dejado de ser alguna vez fingida por calumnia, aun cuando nunca se hayan hecho; pues una familia real dividida contra sí misma es algo terrible; y eso que tú llamas recompensa de la piedad, a menudo se convierte, entre hombres muy malvados, en tal fundamento de esperanza, que no dejan de intentar ningún tipo de maldad. Nadie nos imputa malas acciones; pero en cuanto a calumnias de oídas, ¿cómo puede ponerles fin quien no quiere escuchar lo que tenemos que decir? ¿Hemos hablado con demasiada libertad? Sí; pero no contra ti, pues eso sería injusto, sino contra aquellos que nunca callan nada de lo que se les dice. ¿Ha lamentado alguno de nosotros a nuestra madre? Sí; pero no porque haya muerto, sino porque fue mal hablada por quienes no tenían razón para hacerlo. ¿Deseamos ese dominio que sabemos que nuestro padre posee? ¿Por qué razón podríamos hacerlo? Si ya tenemos honores reales, como los tenemos, ¿no estaríamos esforzándonos en vano? Y si no los tenemos, ¿acaso no los esperamos? O suponiendo que te hubiéramos matado, ¿podríamos esperar obtener tu reino? Pues ni la tierra nos dejaría pisarla, ni el mar navegarlo, después de tal acción; es más, la religión de todos tus súbditos y la piedad de toda la nación habrían prohibido a los parricidas asumir el gobierno y entrar en ese templo santísimo que tú edificaste. Pero supón que hubiéramos hecho caso omiso de otros peligros, ¿puede algún asesino quedar impune mientras César viva? Somos tus hijos, y no tan impíos ni tan insensatos como eso, aunque quizá más desafortunados de lo que te conviene. Pero si no encuentras causa de queja ni designios traicioneros, ¿qué prueba suficiente tienes para hacer creíble tal maldad de nuestra parte? Nuestra madre ha muerto, es cierto, pero lo que le sucedió podría servirnos de advertencia, no de incentivo para la maldad. Estamos dispuestos a hacer una defensa más extensa de nosotros mismos; pero de acciones nunca cometidas no cabe hablar. Es más, haremos este acuerdo contigo, y eso ante César, el señor de todos, que ahora es mediador entre nosotros: Si tú, padre, puedes, por la evidencia de la verdad, tener una mente libre de sospecha respecto a nosotros, permítenos vivir, aunque incluso entonces viviremos de manera desdichada, pues ser acusados de grandes maldades, aunque sea falsamente, es algo terrible; pero si aún tienes algún temor, continúa tú con tu vida piadosa, y nosotros daremos esta razón para nuestra conducta: nuestra vida no nos es tan deseable como para querer conservarla si ello ha de redundar en daño de nuestro padre, quien nos la dio."

4. Cuando Alejandro hubo hablado así, César, que antes no creía en tan grosera calumnia, se conmovió aún más por ello, y miró fijamente a Herodes, y notó que estaba algo confuso: los presentes sentían ansiedad por los jóvenes, y la fama que se difundía hacía que el rey fuera odiado, pues la misma incredulidad de la calumnia y la compasión por la lozanía y la belleza corporal de los jóvenes pedían ayuda para ellos, y más aún porque Alejandro había hecho su defensa con destreza y prudencia; es más, ellos mismos ya no mantenían el semblante anterior, cubierto de lágrimas y cabizbajo, sino que ahora en ellos surgía la esperanza de lo mejor; y el propio rey parecía no tener base suficiente para fundamentar tal acusación, pues no tenía pruebas reales con las que corregirlos. En realidad, necesitaba alguna excusa para hacer la acusación; pero César, tras cierta demora, dijo que aunque los jóvenes eran completamente inocentes de aquello por lo que se les calumniaba, sí habían tenido la culpa de no haberse comportado con su padre de modo que evitaran la sospecha que se difundía sobre ellos. También exhortó a Herodes a dejar de lado tales sospechas y reconciliarse con sus hijos; pues no era justo dar crédito a tales rumores sobre sus propios hijos; y que este arrepentimiento de ambas partes aún podía sanar las rupturas que habían surgido entre ellos, y mejorar su buena voluntad mutua, de modo que, excusando la precipitación de sus sospechas, resolvieran tener mayor afecto entre sí que antes. Tras darles esta amonestación, César hizo una señal a los jóvenes. Cuando ellos se dispusieron a postrarse para interceder ante su padre, él los levantó y los abrazó, mientras lloraban, y tomó a cada uno en sus brazos, de modo que no hubo uno solo de los presentes, fueran libres o esclavos, que no se sintiera profundamente conmovido por lo que veía.

5. Entonces dieron las gracias a César y se retiraron juntos; y con ellos fue Antípatro, con la hipócrita apariencia de alegrarse por esta reconciliación. Y en los últimos días que estuvieron con César, Herodes le hizo un regalo de trescientos talentos, pues en ese momento él ofrecía espectáculos y donativos al pueblo de Roma; y César le hizo un presente de la mitad de los ingresos de las minas de cobre de Chipre, y le confió el cuidado de la otra mitad, y lo honró con otros dones e ingresos; y en cuanto a su propio reino, dejó en su poder designar a cualquiera de sus hijos como sucesor, o repartirlo en partes entre todos, para que así la dignidad llegara a todos ellos. Y cuando Herodes quiso hacer tal disposición de inmediato, César le dijo que no le permitiría privarse, mientras viviera, del poder sobre su reino ni sobre sus hijos.

6. Después de esto, Herodes regresó nuevamente a Judea. Pero durante su ausencia, no fue poca la parte de su dominio en torno a Tracón que se había sublevado; sin embargo, los comandantes que dejó allí los vencieron y los obligaron a someterse de nuevo. Ahora bien, mientras Herodes navegaba con sus hijos y había llegado frente a Cilicia, a la isla Eleusa, que ahora ha cambiado su nombre por Sebaste, se encontró con Arquelao, rey de Capadocia, quien lo recibió amablemente, alegrándose de que se hubiera reconciliado con sus hijos y de que la acusación contra Alejandro, quien se había casado con su hija, hubiera terminado. También se hicieron mutuamente los presentes que correspondía a reyes intercambiar. Desde allí, Herodes fue a Judea y al templo, donde pronunció un discurso ante el pueblo acerca de lo que había sucedido durante su viaje. También les habló sobre la benevolencia de César hacia él y sobre tantos de los detalles de lo que había hecho como consideró conveniente que los demás supieran para su propio beneficio. Finalmente, dirigió su discurso a la amonestación de sus hijos; y exhortó a quienes vivían en la corte y a la multitud a la concordia; e informó que sus hijos reinarían después de él: Antípatro primero, y luego Alejandro y Aristóbulo, los hijos de Mariamna; pero deseaba que por el momento todos le prestaran atención a él y lo consideraran rey y señor de todo, ya que aún no estaba impedido por la vejez, sino que se hallaba en esa etapa de la vida en la que debía ser más hábil para gobernar; y que no carecía de otras artes de gobierno que le permitieran administrar bien el reino y también gobernar a sus hijos. Además, dijo a los gobernantes bajo su mando y a los soldados que, si solo lo consideraban a él, su vida transcurriría de manera pacífica y se harían mutuamente felices. Y cuando terminó de hablar, disolvió la asamblea. Este discurso fue bien recibido por la mayor parte de los presentes, aunque no por todos; pues la rivalidad entre sus hijos y las esperanzas que les había dado provocaron pensamientos y deseos de cambios entre ellos.