Antigüedades judías · Flavius Josephus

Capítulo 3 — Cómo José fue vendido por sus hermanos a Egipto, por

Capítulo 37 de 196 · 5 min de lectura

Razón de su odio hacia él; y cómo allí se volvió famoso e ilustre y tuvo a sus hermanos bajo su poder.

1. Ahora bien, estos hermanos se alegraron en cuanto vieron que su hermano se acercaba a ellos, no precisamente como ante la presencia de un pariente cercano, ni como ante alguien enviado por su padre, sino como ante un enemigo, y como alguien que, por Providencia Divina, había sido entregado en sus manos; y ya habían resuelto matarlo y no dejar pasar la oportunidad que tenían ante sí. Pero cuando Rubén, el mayor de ellos, los vio tan decididos y que habían acordado juntos ejecutar su propósito, trató de contenerlos, mostrándoles la gravedad de la empresa que estaban a punto de realizar y la horrenda naturaleza de la misma; que esa acción parecería malvada ante los ojos de Dios e impía ante los hombres, incluso si mataran a alguien que no fuera su pariente; pero mucho más atroz y detestable sería que pareciera que habían matado a su propio hermano, acto con el cual el padre sería tratado injustamente por la muerte del hijo, y la madre también estaría en perplejidad mientras lamenta que su hijo le ha sido arrebatado, y esto no de manera natural. Así que les suplicó que tuvieran consideración por sus propias conciencias y que pensaran sabiamente en el daño que les sobrevendría por la muerte de un hijo tan bueno y su hermano menor; que también temieran a Dios, quien ya era tanto espectador como testigo de los planes que tenían contra su hermano; que él los amaría si se abstenían de ese acto y cedían al arrepentimiento y la enmienda; pero que, en caso de que procedieran a hacerlo, toda clase de castigos los alcanzarían de parte de Dios por este asesinato de su hermano, ya que profanaban su providencia, que está presente en todas partes y que no pasa por alto lo que se hace, ya sea en desiertos o en ciudades; porque dondequiera que esté un hombre, debe suponer que Dios también está allí. Les dijo además que sus conciencias serían sus enemigas si intentaban llevar a cabo una empresa tan malvada, de la cual nunca podrían escapar, ya sea que tuvieran una buena conciencia o la que tendrían dentro de sí una vez que hubieran matado a su hermano. También añadió, además de lo que ya había dicho, que no era justo matar a un hermano, aunque los hubiera ofendido; que es bueno olvidar las acciones de amigos tan cercanos, incluso en cosas en las que pareciera que han fallado; pero que estaban a punto de matar a José, quien no había cometido ningún mal contra ellos, y en cuyo caso la debilidad de su corta edad debería más bien moverlos a la misericordia y a unirse en el cuidado de su preservación. Que la causa de matarlo hacía el acto mucho peor, ya que habían decidido deshacerse de él por envidia de su futura prosperidad, de la cual naturalmente participarían mientras él la disfrutara, pues no eran extraños para él, sino sus parientes más cercanos, ya que podían considerar como propio lo que Dios concediera a José; y que debían creer que la ira de Dios sería por esto más severa con ellos, si mataban a quien Dios había juzgado digno de esa prosperidad que se esperaba; y que, al asesinarlo, hacían imposible que Dios se la concediera.

2. Rubén dijo estas y muchas otras cosas, y les suplicó, tratando así de apartarlos del asesinato de su hermano. Pero al ver que su discurso no los había ablandado en absoluto y que se apresuraban a ejecutar el hecho, les aconsejó que al menos mitigaran la maldad que estaban por cometer en la manera de deshacerse de José; pues así como primero los había exhortado, cuando iban a vengarse, a desistir de hacerlo, ahora, ya que había prevalecido la sentencia de matar a su hermano, les dijo que no serían tan gravemente culpables si aceptaban seguir su consejo actual, que incluía lo que tanto deseaban, pero no era tan malo, sino, en la angustia en que estaban, de una naturaleza más leve. Por lo tanto, les rogó que no mataran a su hermano con sus propias manos, sino que lo arrojaran a la cisterna que estaba cerca, y así dejarlo morir; con lo cual al menos evitarían mancharse las manos con su sangre. Los jóvenes aceptaron de buena gana; así que Rubén tomó al muchacho, lo ató con una cuerda y lo bajó suavemente a la cisterna, que no tenía agua; y cuando hubo hecho esto, se fue a buscar pastos adecuados para alimentar sus rebaños.

3. Pero Judá, que también era uno de los hijos de Jacob, al ver a unos árabes, descendientes de Ismael, que llevaban especias y mercancías sirias desde la tierra de Galaad hacia Egipto, después de que Rubén se hubo marchado, aconsejó a sus hermanos sacar a José de la cisterna y venderlo a los árabes; pues si moría entre extraños, lejos de allí, se librarían de esa acción bárbara. Así lo resolvieron; sacaron a José de la cisterna y lo vendieron a los mercaderes por veinte piezas de plata. José tenía entonces diecisiete años. Pero Rubén, que llegó de noche a la cisterna, había decidido salvar a José sin que sus hermanos lo supieran; y cuando, al llamarlo, no obtuvo respuesta, temió que lo hubieran matado después de su partida; de esto se quejó ante sus hermanos; pero cuando le contaron lo que habían hecho, Rubén dejó de lamentarse.

4. Cuando los hermanos de José le hicieron esto, consideraron qué debían hacer para evitar las sospechas de su padre. Ahora bien, le habían quitado a José la túnica que llevaba puesta cuando llegó ante ellos, en el momento en que lo bajaron a la cisterna; así que pensaron conveniente romper esa túnica en pedazos y mojarla en sangre de cabra, para luego llevarla y mostrársela a su padre, de modo que creyera que había sido destruido por fieras salvajes. Y cuando así lo hicieron, fueron ante el anciano, pero no fue sino hasta que lo sucedido a su hijo ya había llegado a su conocimiento. Entonces dijeron que no habían visto a José, ni sabían qué desgracia le había ocurrido; pero que habían encontrado su túnica ensangrentada y hecha pedazos, de donde sospechaban que había caído en manos de fieras y así había perecido, si esa era la túnica que llevaba cuando salió de casa. Jacob, que antes tenía la esperanza de que su hijo solo hubiera sido hecho cautivo, ahora abandonó esa idea y supuso que esa túnica era una prueba evidente de que estaba muerto, pues recordaba bien que era la que llevaba cuando lo envió con sus hermanos; así que desde entonces lamentó al muchacho como si ya estuviera muerto, y como si hubiera sido padre de uno solo, sin hallar consuelo en los demás; y así también se sintió afectado por su desgracia antes de encontrarse con los hermanos de José, cuando también conjeturó que José había sido destruido por fieras. Se sentó entonces vestido de saco y en profunda aflicción, de modo que no halló alivio cuando sus hijos intentaron consolarlo, ni sus penas disminuyeron con el paso del tiempo.