Antigüedades judías · Flavius Josephus
Capítulo 4 — Acerca de la señalada castidad de José.
Capítulo 38 de 196 · 5 min de lectura
1. Ahora bien, Potifar, un egipcio que era jefe de los cocineros del rey Faraón, compró a José a los mercaderes que se lo vendieron. Le tuvo en gran estima, le enseñó los conocimientos propios de un hombre libre y le permitió disfrutar de una alimentación mejor que la asignada a los esclavos. También le confió el cuidado de su casa. Así, José gozaba de estas ventajas, pero no abandonó la virtud que ya poseía, a pesar del cambio en su condición; sino que demostró que la sabiduría es capaz de gobernar las pasiones inquietas de la vida, en quienes la poseen realmente y no solo la aparentan bajo un estado presente de prosperidad.
2. Porque cuando la esposa de su amo se enamoró de él, tanto por la belleza de su cuerpo como por su hábil manejo de los asuntos, y supuso que si se lo hacía saber podría persuadirlo fácilmente para que se acostara con ella, creyendo que él lo consideraría una suerte que su señora se lo pidiera, considerando su estado de esclavitud y no su carácter moral, que permanecía aun después de haber cambiado su condición. Así pues, ella le manifestó sus malas inclinaciones y le habló sobre acostarse con ella. Sin embargo, él rechazó sus ruegos, considerando que no era conforme a la religión ceder hasta ese punto, pues sería una afrenta y un daño para quien lo había comprado y le había concedido tan grandes honores. Por el contrario, la exhortó a dominar esa pasión y le expuso la imposibilidad de que lograra sus deseos, los cuales pensaba que podrían ser vencidos si ella no tenía esperanza de éxito; y le dijo que, en cuanto a él, soportaría cualquier cosa antes que dejarse persuadir, pues aunque era propio de un esclavo no contradecir a su señora, bien podía excusarse en un caso donde la contradicción era solo a ese tipo de órdenes. Pero esta oposición de José, inesperada para ella, hizo que su amor se volviera aún más violento; y, acosada por esa mala pasión, resolvió lograr su propósito con un segundo intento.
3. Así, cuando se acercaba una festividad pública en la que era costumbre que las mujeres asistieran a la ceremonia, ella fingió ante su esposo estar enferma, buscando así una oportunidad de soledad y tiempo libre para volver a suplicar a José. Aprovechando esa ocasión, le habló con palabras aún más amables que antes y le dijo que le habría convenido ceder a su primera solicitud y no rechazarla, tanto por la reverencia que debía a la dignidad de quien lo solicitaba, como por la vehemencia de su pasión, que la obligaba, aunque fuera su señora, a rebajarse de su posición; pero que ahora, tomando un consejo más prudente, podía borrar la imputación de su anterior necedad; pues, ya fuera que él esperara la repetición de sus ruegos, que ahora hacía con mayor insistencia, ya que había fingido enfermedad por ese motivo y había preferido su compañía a la festividad y su solemnidad; o ya fuera que él se opusiera a sus palabras anteriores por no creer que ella hablara en serio; ahora le daba suficiente seguridad, repitiendo su petición, de que no pretendía engañarlo en absoluto; y le aseguró que, si correspondía a sus afectos, podría esperar disfrutar de las ventajas que ya tenía, y si le era sumiso, tendría aún mayores beneficios; pero que debía esperar venganza y odio de su parte si rechazaba sus deseos y prefería la reputación de castidad antes que a su señora; pues no ganaría nada con tal proceder, ya que entonces ella se convertiría en su acusadora y fingiría ante su esposo que él había atentado contra su castidad; y que Potifar escucharía sus palabras antes que las de él, por muy verídicas que fueran.
4. Cuando la mujer hubo dicho esto, incluso con lágrimas en los ojos, ni la compasión disuadió a José de su castidad, ni el temor lo obligó a ceder; sino que se opuso a sus ruegos y no cedió ante sus amenazas, temiendo hacer algo malo y prefiriendo sufrir el castigo más severo antes que disfrutar de sus ventajas presentes haciendo lo que su conciencia sabía que justamente merecería la muerte. También le recordó que era una mujer casada y que debía convivir solo con su esposo; y le pidió que dejara que estas consideraciones pesaran más que el breve placer de un juego lujurioso, que luego la llevaría al arrepentimiento, le causaría problemas y no enmendaría lo hecho. Le sugirió también el temor de ser descubiertos y que la ventaja de ocultar el hecho era incierta, y que solo mientras la maldad no fuera conocida tendrían tranquilidad; pero que podía disfrutar de la compañía de su esposo sin peligro alguno. Le dijo que en la compañía de su esposo podría tener gran confianza por una buena conciencia, tanto ante Dios como ante los hombres. Es más, que actuaría mejor como su señora y usaría mejor su autoridad sobre él mientras persistiera en su castidad, que cuando ambos estuvieran avergonzados por la maldad cometida; y que es mucho mejor una vida buena y conocida como tal, que vivir con la esperanza de ocultar malas acciones.
5. José, diciendo esto y más, trató de contener la violenta pasión de la mujer y de llevar sus afectos a los límites de la razón; pero ella se volvió aún más incontrolable y vehemente en el asunto; y, al perder la esperanza de persuadirlo, puso sus manos sobre él y quiso forzarlo. Pero tan pronto como José logró escapar de su ira, dejando también su manto con ella, pues se lo dejó y salió corriendo de su habitación, ella temió mucho que él revelara su deshonestidad a su esposo y se sintió muy ofendida por el desprecio que él le había mostrado; así que decidió adelantarse a él y acusar falsamente a José ante Potifar, y de ese modo vengarse de él por su orgullo y desprecio; y consideró que era una acción prudente en sí misma y propia de una mujer, adelantarse así a su acusación. Por lo tanto, se sentó triste y confusa, fingiendo con tanta hipocresía y enojo que el dolor, que en realidad era por verse frustrada en su deseo, pareciera ser por el atentado contra su castidad; de modo que cuando su esposo llegó a casa y se inquietó al verla y preguntó la causa de su estado, ella comenzó a acusar a José: "Oh esposo," dijo, "no vivas un día más si no castigas al malvado esclavo que ha querido mancillar tu lecho; que no ha considerado quién era al llegar a nuestra casa, como para comportarse con modestia; ni ha recordado los favores que ha recibido de tu generosidad [pues sería un hombre muy ingrato si no se comportara en todo de manera acorde a nosotros]: este hombre, digo, tramó en secreto abusar de tu esposa, y esto en tiempo de fiesta, observando cuándo estarías ausente. Así que ahora está claro que su modestia, como antes parecía, solo era por el temor que te tenía, pero que en realidad no era de buen carácter. Esto ha sido causado por haberle dado honores más allá de lo que merecía y esperaba; tanto que concluyó que quien era digno de ser confiado con tus bienes y el gobierno de tu familia, y preferido sobre tus criados más antiguos, también podía permitirse tocar a tu esposa." Así, cuando terminó su discurso, le mostró su manto, como si él lo hubiera dejado con ella al intentar forzarla. Pero Potifar, incapaz de no creer lo que las lágrimas de su esposa mostraban, lo que ella decía y lo que él mismo veía, y seducido por su amor hacia ella, no se ocupó de examinar la verdad; sino que, dando por hecho que su esposa era una mujer modesta, y condenando a José como un hombre malvado, lo arrojó a la prisión de los malhechores; y tuvo aún mejor opinión de su esposa, y dio testimonio de que era una mujer de la debida modestia y castidad.



