Antigüedades judías · Flavius Josephus
Capítulo 8 — Del sacerdocio de Aarón.
Capítulo 54 de 196 · 8 min de lectura
1. Cuando lo que se ha descrito llegó a su conclusión, aún sin haberse presentado los dones, Dios se apareció a Moisés y le ordenó conferir el sumo sacerdocio a Aarón, su hermano, pues era quien más merecía obtener tal honor, debido a su virtud. Y cuando reunió a la multitud, les habló acerca de la virtud de Aarón, de su buena voluntad hacia ellos y de los peligros que había afrontado por su causa. Ante esto, cuando todos dieron testimonio de él y mostraron su disposición a recibirlo, Moisés les dijo: “Oh, israelitas, esta obra ya ha sido concluida de la manera más grata a Dios y según nuestras capacidades. Y ahora, ya que ven que él ha sido recibido en este tabernáculo, necesitaremos ante todo de alguien que oficie por nosotros y ministre en los sacrificios y en las oraciones que deban elevarse en nuestro favor. Y en verdad, si la elección de tal persona hubiese dependido de mí, habría pensado que yo mismo era digno de este honor, tanto porque todos los hombres sienten aprecio natural por sí mismos, como porque soy consciente del gran esfuerzo que he hecho por su liberación; pero ahora Dios mismo ha determinado que Aarón es digno de este honor y lo ha elegido como su sacerdote, sabiendo que es el más justo entre ustedes. Así que él debe vestir las vestiduras consagradas a Dios; debe cuidar de los altares y proveer para los sacrificios; y es él quien debe elevar oraciones por ustedes a Dios, quien las escuchará de buen grado, no solo porque él se preocupa por su nación, sino también porque serán presentadas por aquel a quien Él mismo ha escogido para este oficio.” Los hebreos se complacieron con lo dicho y aprobaron a quien Dios había designado; pues Aarón era, entre todos, el más merecedor de este honor, tanto por su linaje y don de profecía, como por la virtud de su hermano. En ese tiempo tenía cuatro hijos: Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar.
2. Entonces Moisés les ordenó usar todos los utensilios que excedían lo necesario para la estructura del tabernáculo, para cubrir el propio tabernáculo, el candelabro, el altar del incienso y los demás vasos, a fin de que no sufrieran daño alguno durante el viaje, ya fuera por la lluvia o por el polvo levantado. Y cuando reunió de nuevo a la multitud, dispuso que ofrecieran medio siclo por cada hombre, como ofrenda a Dios; el siclo es una moneda entre los hebreos, equivalente a cuatro dracmas atenienses. Ellos obedecieron prontamente lo que Moisés había mandado; y el número de los que ofrecieron fue de seiscientos cinco mil quinientos cincuenta. Ahora bien, este dinero, aportado por los hombres libres, fue dado por quienes tenían alrededor de veinte años, pero menos de cincuenta; y lo recaudado se empleó en los usos del tabernáculo.
3. Moisés purificó entonces el tabernáculo y a los sacerdotes; dicha purificación se realizó de la siguiente manera: les ordenó tomar quinientos siclos de mirra selecta, igual cantidad de casia y la mitad del peso anterior de canela y cálamo [este último es una especie de especia dulce]; machacarlos bien y mezclarlos con un hin de aceite de oliva [un hin es una medida local, que equivale a dos choas o congios atenienses]; luego mezclarlos y hervirlos, preparándolos según el arte del perfumista, hasta obtener un ungüento muy fragante; y después, llevarlo para ungir y purificar a los sacerdotes mismos, todo el tabernáculo y también los sacrificios. Había además muchas especias aromáticas de diversos tipos, de gran valor, destinadas al altar de oro del incienso; cuya naturaleza no describo ahora para no fatigar a mis lectores; pero el incienso debía ofrecerse dos veces al día, tanto antes de la salida del sol como al anochecer. También debían mantener aceite ya purificado para las lámparas; tres de ellas debían alumbrar todo el día sobre el candelabro sagrado, ante Dios, y las demás se encendían al anochecer.
4. Ahora todo estaba terminado. Besaleel y Aholiab resultaron ser los más hábiles de los artesanos; pues idearon obras más finas que las realizadas antes por otros, y tenían gran capacidad para aprender lo que antes ignoraban; y de ellos, Besaleel fue considerado el mejor. Todo el tiempo que dedicaron a esta obra fue de siete meses; y después de esto se cumplió el primer año desde su salida de Egipto. Pero al inicio del segundo año, en el mes Xántico, como lo llaman los macedonios, o Nisán, como lo llaman los hebreos, en la luna nueva, consagraron el tabernáculo y todos sus vasos, que ya he descrito.
5. Dios entonces mostró su complacencia con la obra de los hebreos y no permitió que sus esfuerzos fueran en vano; tampoco despreció usar lo que ellos habían hecho, sino que vino y habitó entre ellos, estableciendo su tabernáculo en la casa santa. Y así fue como vino: el cielo estaba despejado, pero sobre el tabernáculo había una niebla que lo rodeaba, no tan densa y espesa como las nubes del invierno, ni tan tenue como para que se pudiera ver a través de ella; de ella caía un rocío dulce, que manifestaba la presencia de Dios a quienes deseaban y creían en ella.
6. Cuando Moisés otorgó los honores correspondientes a los artesanos, como era justo que recibieran por su excelente labor, ofreció sacrificios en el atrio del tabernáculo, según Dios le había mandado: un toro, un carnero y un cabrito como ofrenda por el pecado. Ahora bien, hablaré de lo que hacemos en nuestros oficios sagrados en mi discurso sobre los sacrificios; y allí informaré en qué casos Moisés nos ordenó ofrecer holocaustos y en cuáles la ley permite que participemos de ellos como alimento. Y cuando Moisés roció las vestiduras de Aarón, a sí mismo y a sus hijos con la sangre de los animales sacrificados, y los purificó con aguas de manantial y ungüento, se convirtieron en sacerdotes de Dios. Así los consagró a ellos y a sus vestiduras durante siete días consecutivos. Lo mismo hizo con el tabernáculo y sus vasos, primero con aceite aromatizado, como ya mencioné, y luego con la sangre de toros y carneros, sacrificando uno de cada especie cada día. Pero al octavo día dispuso una fiesta para el pueblo y les ordenó ofrecer sacrificios según sus posibilidades. Así, compitieron entre sí, deseosos de superarse en los sacrificios que traían, cumpliendo así las órdenes de Moisés. Pero cuando los sacrificios estaban sobre el altar, un fuego repentino se encendió entre ellos por sí solo, y apareció ante los ojos como un relámpago, consumiendo todo lo que estaba sobre el altar.
7. Entonces sobrevino una aflicción a Aarón, considerada como hombre y como padre, pero la soportó con verdadera fortaleza; pues tenía en verdad firmeza de espíritu ante tales infortunios, y pensó que esta calamidad le sobrevino conforme a la voluntad de Dios: porque, como ya mencioné, tenía cuatro hijos, y los dos mayores, Nadab y Abiú, no ofrecieron los sacrificios que Moisés les había indicado, sino los que solían ofrecer antes, y murieron quemados. Cuando el fuego se abalanzó sobre ellos y comenzó a consumirlos, nadie pudo apagarlo. Así fue como murieron. Moisés ordenó a su padre y a sus hermanos que recogieran sus cuerpos, los sacaran del campamento y les dieran sepultura con magnificencia. La multitud los lloró y se conmovió profundamente por su muerte, que les sobrevino de manera tan inesperada. Pero Moisés rogó a sus hermanos y a su padre que no se afligieran por ellos, y que antepusieran el honor de Dios a su dolor; pues Aarón ya había vestido sus vestiduras sagradas.
8. Pero Moisés rehusó todo el honor que vio que la multitud estaba dispuesta a concederle, y no se ocupó de otra cosa que del servicio de Dios. No volvió a subir al monte Sinaí, sino que entraba en el tabernáculo y traía respuestas de Dios para aquello por lo que oraba. Su atuendo era también el de un hombre común, y en todo lo demás se comportaba como uno más del pueblo, deseando no distinguirse de la multitud, sino que se supiera que no hacía otra cosa que cuidar de ellos. También dejó por escrito la forma de su gobierno y aquellas leyes cuya obediencia les permitiría vivir de modo que agradaran a Dios y evitaran disputas entre ellos. Sin embargo, las leyes que estableció fueron las que Dios le sugirió; así que ahora hablaré sobre esa forma de gobierno y esas leyes.
9. Ahora trataré de lo que antes omití, la vestidura del sumo sacerdote: pues él [Moisés] no dejó lugar para las malas prácticas de los [falsos] profetas; pero si alguno de esa clase intentaba abusar de la autoridad divina, dejó en manos de Dios el estar presente en sus sacrificios cuando quisiera, y ausentarse cuando así lo deseara. Y quiso que esto se supiera, no solo entre los hebreos, sino también entre los extranjeros que allí estaban. Porque en cuanto a aquellas piedras, que antes mencionamos, que el sumo sacerdote llevaba sobre sus hombros, que eran sardónices, [y creo innecesario describir su naturaleza, pues todos las conocen,] una de ellas resplandecía cuando Dios estaba presente en sus sacrificios; me refiero a la que tenía la forma de un botón en su hombro derecho, de donde salían rayos brillantes que podían verse incluso desde lejos; este resplandor no era natural en la piedra. Esto ha parecido algo maravilloso para quienes no se han entregado tanto a la filosofía como para despreciar la revelación divina. Sin embargo, mencionaré algo aún más asombroso: Dios anunciaba de antemano, mediante aquellas doce piedras que el sumo sacerdote llevaba en su pecho, y que estaban incrustadas en su pectoral, cuándo serían victoriosos en la batalla; pues un gran resplandor salía de ellas antes de que el ejército comenzara a marchar, de modo que todo el pueblo percibía la presencia de Dios para ayudarlos. Por esto, los griegos que veneraban nuestras leyes, y que no podían contradecir este hecho, llamaron a ese pectoral el Oráculo. Ahora bien, tanto este pectoral como la sardónica dejaron de brillar doscientos años antes de que yo escribiera este libro, pues Dios se había disgustado por las transgresiones de sus leyes. De estas cosas hablaremos en otra ocasión más oportuna; pero ahora continuaré con mi narración propuesta.
10. Consagrado ya el tabernáculo y establecido un orden regular para los sacerdotes, la multitud juzgó que Dios habitaba entre ellos, y se entregaron a sacrificios y alabanzas a Dios, considerándose ya libres de toda expectativa de males y albergando esperanzas de tiempos mejores en el futuro. Ofrecieron también dones a Dios, algunos en nombre de toda la nación y otros de manera particular, tribu por tribu; pues los jefes de las tribus se unieron de dos en dos y trajeron un carro y un yugo de bueyes. Estos sumaron seis y servían para transportar el tabernáculo durante las jornadas. Además, cada jefe de tribu trajo un tazón, una bandeja y una cuchara de diez dáricos, llenos de incienso. La bandeja y el tazón eran de plata y juntos pesaban doscientos siclos, pero el tazón no costaba más de setenta siclos; y estaban llenos de flor de harina mezclada con aceite, como la que se usaba en el altar para los sacrificios. Trajeron también un becerro, un carnero y un cordero de un año para el holocausto, así como un macho cabrío para la expiación de los pecados. Cada uno de los jefes de las tribus trajo además otros sacrificios, llamados ofrendas de paz: cada día dos toros, cinco carneros, corderos de un año y cabritos. Estos jefes de tribu estuvieron sacrificando durante doce días, uno cada día. Ahora Moisés ya no subía al monte Sinaí, sino que entraba en el tabernáculo y allí aprendía de Dios lo que debían hacer y qué leyes debían establecerse; leyes que superaban a las ideadas por el entendimiento humano y que se observaron firmemente para siempre, pues se creía que eran un don de Dios, de modo que los hebreos no transgredieron ninguna de ellas, ni tentados por el lujo en tiempos de paz ni por la adversidad en tiempos de guerra. Pero no diré más aquí sobre ellas, porque he decidido componer otra obra sobre nuestras leyes.



