La autobiografía de Benjamín Franklin · Benjamin Franklin

Capítulo X — EL ALMANAQUE DEL POBRE RICHARD Y OTRAS ACTIVIDADES

Capítulo 11 de 20 · 16 min de lectura

En 1732 publiqué por primera vez mi Almanaque, bajo el nombre de Richard Saunders; lo continué durante unos veinticinco años, comúnmente llamado el Almanaque del Pobre Richard. Procuré hacerlo tanto entretenido como útil, y así llegó a tener tal demanda que obtuve de él un beneficio considerable, vendiendo anualmente cerca de diez mil ejemplares. Observando que era generalmente leído, pues apenas había vecindario en la provincia que no lo tuviera, lo consideré un vehículo apropiado para transmitir instrucción entre la gente común, que apenas compraba otros libros; por ello llené todos los pequeños espacios que quedaban entre los días notables del calendario con sentencias proverbiales, principalmente aquellas que inculcaban la industria y la frugalidad como medios para obtener riqueza y, por ende, asegurar la virtud; pues es más difícil para un hombre necesitado actuar siempre con honradez, ya que, usando aquí uno de esos proverbios, es difícil que un saco vacío se mantenga erguido.

El almanaque en aquel tiempo era una especie de publicación periódica, además de servir como guía de los fenómenos naturales y el clima. Franklin tomó su título de Poor Robin, un famoso almanaque inglés, y de Richard Saunders, un conocido editor de almanaques. Para los máximas del Pobre Richard, véanse las páginas 331-335.

Estos proverbios, que contenían la sabiduría de muchas épocas y naciones, los reuní y formé con ellos un discurso conectado que precedía al Almanaque de 1757, como la arenga de un anciano sabio a la gente que asistía a una subasta. El reunir todos estos consejos dispersos en un solo enfoque les permitió causar mayor impresión. La pieza, siendo universalmente aprobada, fue copiada en todos los periódicos del Continente; reimpresa en Gran Bretaña en una hoja suelta, para ser pegada en las casas; se hicieron dos traducciones al francés, y gran número de ejemplares fueron comprados por el clero y la nobleza para distribuir gratuitamente entre sus pobres feligreses e inquilinos. En Pensilvania, como desalentaba el gasto inútil en superfluidades extranjeras, algunos pensaron que tuvo parte de influencia en producir aquella creciente abundancia de dinero que se observó durante varios años después de su publicación.

Dos páginas del Almanaque del Pobre Richard para 1736. Tamaño del original. Reproducidas de un ejemplar en la Biblioteca Pública de Nueva York.

IV Mes. Junio tiene xxx días.

Página de junio de El pobre Richard.
Página de junio de El pobre Richard.

Las cosas que son amargas, más amargas que la hiel, los médicos dicen que siempre son medicinales: Ahora bien, las lenguas de las mujeres, si se pulverizan, pueden ser comidas en una poción o una píldora, y como no hay nada más amargo, me asombra que nunca usen las lenguas de las mujeres en la medicina. Yo mismo y otros que llevamos vidas inquietas, ahorraríamos ese miembro amargo de nuestras esposas.

1 3 buen tiempo, 4 Le 4 36 8 puesta de luna 10 12 tarde 2 4 Día de la Ascensión 5 19 4 35 8 El que puede tener 3 5 Marte Sáb. Ven. Repentino 6 Vi 4 35 8 Paciencia, puede 4 6 lluvias 6h 19 4 35 8 tener lo que 5 7 de lluvia. 7 Li 4 35 8 Primer cuarto. 6 C Eraudi 8 19 4 35 8 quiera. 7 2 Trígono Marte Merc. trueno, 9 Sc 4 35 8 Le. Vi. Li. 8 3 quizá granizo. 10 17 4 35 8 El sol entra en Cn. hoy 9 4 7* sale 2 15 10 Sa 4 34 8 haciendo el día más largo 10 5 muy caluroso, 11 13 4 34 8 día 14 h. 51 m. 11 6 San Bernabé. 12 26 4 34 8 Luna llena 12 día, 12 7 luego lluvia. 1 Cp 4 34 8 a la 1 de la mañana. 13 C Domingo de Pentecostés. 2 20 4 35 8 Sale la luna 8 20 tarde. 14 2 2h Aq 4 35 8 Ahora tengo una oveja 15 3 Proclama del Rey Jorge II 3 15 4 35 8 y una vaca, todos 16 4 ff. Sol Sáb. viento, lluvia, 4 27 4 35 8 me desean buen 17 5 Sxtil Sáb. Merc. granizo y 5 Pi 4 35 8 día. 18 6 trueno 6 21 4 35 8 Sale la luna 11 10 tarde. 19 7 Día más corto 2 m. 6h Ar 4 35 8 20 C Domingo de la Trinidad 7 15 4 36 8 Último cuarto 21 2 Si llueve cerca 8 27 4 36 8 Dios ayuda a quienes 22 3 del cambio, 9 Ta 4 36 8 se ayudan a sí mismos 23 4 Que mi lector no 10 22 4 36 8 24 5 San Juan Bautista 10 Gm 4 36 8 Sale la luna 2 de la mañana. 25 6 7* sale 1 8 11 18 4 37 8 ¿Por qué la 26 7 vc Sol Jup. piensa que 12 Cn 4 37 8 esposa del ciego 27 C es extraño. 1 16 4 38 8 Luna nueva 27 día, 28 2 Sxtil Sáb. Marte granizo y 2 Le 4 38 8 cerca del mediodía. 29 3 San Pedro y San Pablo 2h 15 4 39 8 se pinta? 30 4 Cuadratura Marte Ven. lluvia. 3 Vi 4 40 8 La luna se pone 9 30.

V Mes. Julio tiene xxxi días.

¿Quién puede acusar al ebrio de sed de riqueza? Mira cómo consume su dinero, su tiempo y su salud, en juergas de borrachera que todo lo confunden, descuida su granja, olvida labrar su tierra, su ganado disminuye, que podría conservarse fácilmente; en nada más que en tripas y deudas encuentra aumento. En la ciudad se tambalea como si quisiera derribar cada muro, pero los muros deben mantenerse en pie, pobre alma, o él debe caer.

1 5 Día más corto 11 min. 4 15 4 40 8 Nadie predica 2 6 7* sale 12 32 5 Li 4 41 8 mejor que la 3 7 tiempo ventoso. 6 15 4 41 8 hormiga, y ella no dice 4 C 2 Domingo p. Trinidad 6h Sc 4 42 8 Primer cuarto. 5 2 Vc Jup. Ven. ahora 7 14 4 43 8 nada. 6 3 clima agradable 8 27 4 44 8 La luna se pone 12 30 m 7 4 algunos días 9 Sa 4 45 8 Los ausentes 8 5 juntos, 10 23 4 48 8 nunca están sin 9 6 pero tiende a 10 Cp 4 47 8 culpa, ni los 10 7 caída 11 18 4 48 8 presentes sin 11 C 3 Domingo p. Trinidad 12 Aq 4 49 8 Luna llena 11 día, 12 2 Sxtil Sáb. Merc. clima. 1 13 4 50 8 2 de la tarde. 13 3 Comienzan los días de perro 2 25 4 50 8 sol en Leo 14 4 Días 14h. 20 m 2h Pi 4 51 8 Sale la luna 8 35 tarde. 15 5 San Swithin. 3 19 4 52 8 excusa. 16 6 Le 1 Li 4 Ar 4 53 8 17 7 conj. Sol Merc. lluvia 5 13 4 54 8 Los regalos rompen 18 C 7* sale 11 40 6 25 4 55 8 piedras 19 2 granizo o lluvia, 6h Ta 4 56 8 Último cuarto. 20 3 Sxtil Sol Sáb. trueno. 7 19 4 57 8 Sale la luna 11 52 tarde 21 4 7* sale 11 18 8 Gm 4 57 8 Si el viento sopla por 22 5 entonces fuerte 9 14 4 58 8 un agujero, 23 6 viento. 10 27 4 59 8 Haz tu testamento 24 7 op. Sol Júpiter 10 Cn 4 59 8 y cuida tu 25 C Santiago Apóstol. 11 25 5 0 7 alma. 26 2 granizo 12 Le 5 1 7 Luna nueva 26 día, 27 3 Luna cerca del corazón de Leo 1 24 5 2 7 cerca de las 8 de la tarde 28 4 op. Júp. Ven. aire claro 2 Vi 5 3 7 La luna se pone 8 de la tarde 29 5 aire; y buen 2h 24 5 4 7 La manzana podrida 30 6 clima 3 Li 5 5 7 echa a perder su 31 7 7* sale 10 40 4 23 5 6 7 Compañero.

Consideré mi periódico también como otro medio para comunicar instrucción, y con ese fin frecuentemente reimprimía en él extractos del Spectator y de otros escritores morales; y a veces publicaba pequeños textos de mi autoría, que primero habían sido compuestos para ser leídos en nuestra Junto. Entre ellos se encuentran un diálogo socrático, destinado a probar que, cualesquiera que fueran sus dotes y habilidades, un hombre vicioso no podía propiamente ser llamado hombre de sentido; y un discurso sobre la abnegación, mostrando que la virtud no estaba asegurada hasta que su práctica se volviera un hábito y estuviera libre de la oposición de inclinaciones contrarias. Estos pueden encontrarse en los periódicos hacia principios de 1735.

23 de junio y 7 de julio de 1730.—Smyth.

En la conducción de mi periódico, excluí cuidadosamente toda difamación e insulto personal, que en los últimos años se ha vuelto tan vergonzoso para nuestro país. Siempre que se me solicitaba insertar algo de ese tipo, y los autores alegaban, como solían hacer, la libertad de prensa, y que un periódico era como una diligencia en la que cualquiera que pagara tenía derecho a un lugar, mi respuesta era que imprimiría el texto por separado si así lo deseaban, y el autor podía tener cuantas copias quisiera para distribuirlas él mismo, pero que yo no me encargaría de difundir su difamación; y que, habiendo pactado con mis suscriptores proporcionarles lo que pudiera ser útil o entretenido, no podía llenar sus periódicos con disputas privadas, en las que no tenían interés, sin hacerles una manifiesta injusticia. Ahora, muchos de nuestros impresores no tienen reparo en satisfacer la malicia de individuos mediante falsas acusaciones contra los más honorables entre nosotros, aumentando la animosidad hasta llegar a provocar duelos; y son, además, tan indiscretos como para imprimir reflexiones injuriosas sobre el gobierno de estados vecinos, e incluso sobre la conducta de nuestros mejores aliados nacionales, lo que puede acarrear las consecuencias más perniciosas. Menciono estas cosas como advertencia para los jóvenes impresores, y para que se animen a no contaminar sus prensas ni deshonrar su profesión con tales prácticas infames, sino a rechazar firmemente, como pueden ver por mi ejemplo, que tal proceder no será, en conjunto, perjudicial para sus intereses.

En 1733 envié a uno de mis oficiales a Charleston, Carolina del Sur, donde se necesitaba un impresor. Le proporcioné una prensa y tipos, bajo un acuerdo de sociedad por el cual yo recibiría un tercio de las ganancias del negocio, pagando también un tercio de los gastos. Era un hombre instruido y honesto, pero ignorante en cuestiones de contabilidad; y, aunque a veces me enviaba remesas, no pude obtener de él ningún informe ni estado satisfactorio de nuestra sociedad mientras vivió. A su fallecimiento, el negocio fue continuado por su viuda, quien, habiendo nacido y crecido en Holanda, donde, según me han informado, el conocimiento de la contabilidad forma parte de la educación femenina, no solo me envió el estado más claro que pudo encontrar de las transacciones pasadas, sino que continuó rindiendo cuentas con la mayor regularidad y exactitud cada trimestre en adelante, y manejó el negocio con tal éxito que no solo educó dignamente a una familia de hijos, sino que, al expirar el plazo, pudo comprarme la imprenta y establecer en ella a su hijo.

Menciono este asunto principalmente con el fin de recomendar esa rama de la educación para nuestras jóvenes, pues es probable que les sea de mayor utilidad a ellas y a sus hijos, en caso de enviudar, que la música o el baile, ya que las preserva de pérdidas por engaños de hombres astutos y les permite continuar, quizá, una casa mercantil rentable, con correspondencia establecida, hasta que un hijo crezca lo suficiente para hacerse cargo y continuar con ella, para la ventaja duradera y el enriquecimiento de la familia.

Hacia el año 1734 llegó entre nosotros desde Irlanda un joven predicador presbiteriano, de nombre Hemphill, quien pronunciaba, con buena voz y aparentemente de manera improvisada, excelentes discursos que reunían a un considerable número de personas de diferentes creencias, quienes coincidían en admirarlos. Entre ellos, me convertí en uno de sus oyentes habituales, pues sus sermones me agradaban al tener poco de dogmatismo y recalcar fuertemente la práctica de la virtud, o lo que en el lenguaje religioso se llaman buenas obras. Sin embargo, aquellos de nuestra congregación que se consideraban presbiterianos ortodoxos desaprobaron su doctrina y se unieron a la mayoría del clero antiguo, quienes lo acusaron de heterodoxia ante el sínodo, con el fin de silenciarlo. Me convertí en su partidario entusiasta y contribuí en todo lo posible para formar un grupo a su favor, y luchamos por él durante un tiempo con alguna esperanza de éxito. Hubo muchas publicaciones a favor y en contra en la ocasión; y al notar que, aunque era un predicador elegante, era un escritor mediocre, le presté mi pluma y escribí por él dos o tres folletos y un artículo en la Gaceta de abril de 1735. Esos folletos, como suele suceder con los escritos polémicos, aunque fueron leídos con avidez en su momento, pronto pasaron de moda, y dudo que exista ahora una sola copia de ellos.

Véase "A List of Books written by, or relating to Benjamin Franklin", de Paul Leicester Ford. 1889. p. 15.—Smyth.

Durante la contienda, un desafortunado incidente perjudicó enormemente su causa. Uno de nuestros adversarios, habiéndolo escuchado predicar un sermón muy admirado, creyó haber leído ese sermón antes, o al menos una parte de él. Al investigar, encontró esa parte citada íntegramente en una de las revistas británicas, tomada de un discurso del Dr. Foster. Esta revelación disgustó a muchos de los nuestros, quienes en consecuencia abandonaron su causa, lo que provocó nuestra derrota más rápida en el sínodo. Sin embargo, yo me mantuve a su lado, pues prefería que nos diera buenos sermones compuestos por otros, antes que malos de su propia autoría, aunque esto último era la práctica de nuestros maestros habituales. Posteriormente, él me confesó que ninguno de los que predicaba era propio; añadió que su memoria le permitía retener y repetir cualquier sermón después de una sola lectura. Tras nuestra derrota, nos dejó en busca de mejor fortuna en otro lugar, y yo abandoné la congregación, sin volver a unirme a ella, aunque continué durante muchos años mi suscripción para el sostenimiento de sus ministros.

Dr. James Foster (1697-1753):—

"Que el modesto Foster, si así lo desea, supere a diez metropolitanos en el arte de predicar."

—Pope (Epílogo a las Sátiras, I, 132).

"Quienes no habían escuchado cantar a Farinelli ni predicar a Foster no estaban calificados para aparecer en sociedad distinguida", Hawkins. "Historia de la Música".—Smyth.

Había comenzado en 1733 a estudiar idiomas; pronto llegué a dominar el francés lo suficiente como para leer libros con facilidad. Luego emprendí el italiano. Un conocido, que también lo estaba aprendiendo, solía tentarme a jugar ajedrez con él. Al notar que esto ocupaba demasiado del tiempo que podía dedicar al estudio, finalmente me negué a jugar más, salvo bajo la condición de que el vencedor en cada partida tendría derecho a imponer una tarea, ya fuera memorizar partes de la gramática, traducir, etc., tareas que el vencido debía cumplir honrosamente antes de nuestro siguiente encuentro. Como jugábamos bastante parejo, así nos obligábamos mutuamente a aprender ese idioma. Posteriormente, con algo de esfuerzo, adquirí suficiente español como para leer también sus libros.

Ya he mencionado que solo recibí un año de instrucción en una escuela de latín, y que fue a muy temprana edad, tras lo cual descuidé por completo ese idioma. Pero, cuando llegué a familiarizarme con el francés, el italiano y el español, me sorprendió descubrir, al revisar un Nuevo Testamento en latín, que comprendía mucho más de ese idioma de lo que había imaginado, lo que me animó a dedicarme nuevamente a su estudio, y tuve más éxito, pues esos idiomas previos me habían allanado mucho el camino.

Por estas circunstancias, he pensado que hay cierta inconsistencia en nuestro modo común de enseñar idiomas. Se nos dice que es adecuado comenzar primero con el latín y, una vez adquirido, será más fácil aprender los idiomas modernos que de él derivan; y sin embargo, no empezamos con el griego para facilitar así el aprendizaje del latín. Es cierto que, si uno puede trepar y llegar a la cima de una escalera sin usar los escalones, le será más fácil bajarlos después; pero ciertamente, si se comienza por el escalón más bajo, se ascenderá con mayor facilidad hasta la cima; por ello, quisiera dejar a consideración de quienes supervisan la educación de nuestra juventud si, dado que muchos de los que comienzan con el latín lo abandonan tras pasar varios años sin haber hecho grandes progresos, y lo que han aprendido se vuelve casi inútil, de modo que su tiempo se ha perdido, no habría sido mejor empezar por el francés, seguir con el italiano, etc.; pues, aunque tras dedicar el mismo tiempo abandonaran el estudio de los idiomas y nunca llegaran al latín, habrían adquirido, sin embargo, una o dos lenguas más, que, al estar en uso moderno, podrían serles útiles en la vida cotidiana.

"La autoridad de Franklin, el hombre más eminentemente práctico de su época, en favor de reservar el estudio de las lenguas muertas hasta que la mente haya alcanzado cierta madurez, se ve confirmada por la confesión de uno de los eruditos más eminentes de cualquier época.

"Nuestras instituciones educativas", dice Gibbon, "no corresponden exactamente con el precepto de un rey espartano, de que el niño debe ser instruido en las artes que serán útiles al hombre; pues un erudito consumado puede salir de Westminster o Eton en total ignorancia de los negocios y la conversación de los caballeros ingleses a finales del siglo XVIII. Pero estas escuelas pueden atribuirse el mérito de enseñar todo lo que pretenden enseñar: las lenguas latina y griega."—Bigelow.

Tras diez años de ausencia de Boston, y habiendo alcanzado una situación económica desahogada, hice un viaje allí para visitar a mis parientes, lo cual antes no podía permitirme. Al regresar, pasé por Newport para ver a mi hermano, entonces establecido allí con su imprenta. Nuestras antiguas diferencias quedaron olvidadas, y nuestro encuentro fue muy cordial y afectuoso. Su salud declinaba rápidamente, y me pidió que, en caso de su muerte, que temía no le quedaba lejana, me hiciera cargo de su hijo, que entonces tenía solo diez años, y lo formara en el oficio de la imprenta. Así lo hice, enviándolo algunos años a la escuela antes de llevarlo al taller. Su madre continuó con el negocio hasta que él creció, cuando lo ayudé con un surtido de tipos nuevos, pues los de su padre estaban prácticamente gastados. Así fue como compensé ampliamente a mi hermano por el servicio que le había privado al dejarlo tan temprano.

En 1736 perdí a uno de mis hijos, un niño encantador de cuatro años, a causa de la viruela, contraída de la manera común. Durante mucho tiempo lo lamenté amargamente, y aún lamento no haberle aplicado la inoculación. Menciono esto en beneficio de los padres que omiten esa operación, suponiendo que nunca se perdonarían si un hijo muriera a causa de ella; mi ejemplo demuestra que el pesar puede ser igual de cualquier manera, y que, por lo tanto, debe elegirse la opción más segura.

Nuestras antiguas diferencias fueron olvidadas y nuestro encuentro fue muy cordial y afectuoso.
Nuestras antiguas diferencias fueron olvidadas y nuestro encuentro fue muy cordial y afectuoso.

Nuestro club, la Junto, resultó ser tan útil y proporcionó tanta satisfacción a los miembros, que varios deseaban introducir a sus amigos, lo cual no podía hacerse sin exceder el número que habíamos establecido como conveniente, es decir, doce. Desde el principio habíamos acordado mantener nuestra institución en secreto, lo cual se observó bastante bien; la intención era evitar solicitudes de personas inadecuadas para ser admitidas, a algunas de las cuales, quizá, nos resultaría difícil rechazar. Yo fui uno de los que se opusieron a aumentar nuestro número, pero, en lugar de ello, propuse por escrito que cada miembro, por separado, intentara formar un club subordinado, con las mismas reglas respecto a las cuestiones, etc., y sin informarles de la conexión con la Junto. Las ventajas propuestas eran: la mejora de muchos más jóvenes ciudadanos mediante el uso de nuestras instituciones; un mejor conocimiento de los sentimientos generales de los habitantes en cualquier ocasión, ya que el miembro de la Junto podía proponer las cuestiones que deseáramos y debía informar a la Junto lo que sucedía en su club separado; la promoción de nuestros intereses particulares en los negocios mediante una recomendación más amplia, y el aumento de nuestra influencia en los asuntos públicos, así como nuestro poder de hacer el bien al difundir, a través de los diversos clubes, los sentimientos de la Junto.

El proyecto fue aprobado, y cada miembro se comprometió a formar su club, pero no todos tuvieron éxito. Solo cinco o seis se completaron, y recibieron diferentes nombres, como la Vid, la Unión, la Banda, etc. Fueron útiles para ellos mismos y nos proporcionaron bastante diversión, información e instrucción, además de cumplir, en cierta medida, nuestros propósitos de influir en la opinión pública en ocasiones particulares, de las cuales daré algunos ejemplos en el transcurso del relato, según ocurrieron.

Mi primer ascenso fue ser elegido, en 1736, secretario de la Asamblea General. Ese año la elección se realizó sin oposición; pero al año siguiente, cuando fui propuesto de nuevo (la elección, como la de los miembros, era anual), un nuevo miembro pronunció un largo discurso en mi contra, para favorecer a otro candidato. Sin embargo, fui elegido, lo cual me resultó aún más grato, ya que, además del pago por el servicio inmediato como secretario, el puesto me brindaba una mejor oportunidad de mantener el interés entre los miembros, lo que me aseguraba el trabajo de imprimir los votos, leyes, papel moneda y otros encargos ocasionales para el público, que, en conjunto, resultaban muy lucrativos.

Por lo tanto, no me agradó la oposición de este nuevo miembro, quien era un caballero de fortuna y educación, con talentos que probablemente le darían, con el tiempo, gran influencia en la Cámara, lo cual, en efecto, sucedió después. Sin embargo, no procuré ganarme su favor mostrándole un respeto servil, sino que, pasado algún tiempo, adopté otro método. Habiendo escuchado que tenía en su biblioteca un libro muy raro y curioso, le escribí una nota expresando mi deseo de leer ese libro y solicitando que me hiciera el favor de prestármelo por unos días. Me lo envió de inmediato, y lo devolví al cabo de una semana con otra nota, expresando sinceramente mi agradecimiento por el favor. Cuando nos encontramos de nuevo en la Cámara, me habló (lo cual nunca había hecho antes) y con gran cortesía; y desde entonces mostró siempre disposición para servirme en toda ocasión, de modo que llegamos a ser grandes amigos, y nuestra amistad continuó hasta su muerte. Este es otro ejemplo de la verdad de un viejo adagio que había aprendido, que dice: "Quien una vez te ha hecho un favor estará más dispuesto a hacerte otro, que aquel a quien tú mismo has favorecido." Y muestra cuán más provechoso es eliminar prudentemente, que resentir, devolver y continuar procedimientos hostiles.

En 1737, el coronel Spotswood, exgobernador de Virginia y entonces director general de correos, insatisfecho con la conducta de su delegado en Filadelfia, debido a cierta negligencia en la rendición y falta de exactitud en sus cuentas, le retiró la comisión y me la ofreció a mí. La acepté de buen grado y encontré que era de gran ventaja; pues, aunque el salario era pequeño, facilitaba la correspondencia que mejoraba mi periódico, aumentaba la demanda del mismo, así como los anuncios que se insertaban, de modo que llegó a proporcionarme un ingreso considerable. El periódico de mi antiguo competidor decayó proporcionalmente, y yo quedé satisfecho sin tomar represalias por su negativa, cuando era director de correos, a permitir que mis papeles fueran transportados por los mensajeros. Así, él sufrió mucho por su descuido en rendir cuentas debidamente; y menciono esto como una lección para los jóvenes que puedan estar empleados en la administración de asuntos ajenos, para que siempre rindan cuentas y hagan remesas con gran claridad y puntualidad. La reputación de observar tal conducta es la más poderosa de todas las recomendaciones para nuevos empleos y aumento de negocios.