Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo X
Capítulo 11 de 28 · 54 min de lectura
Un capítulo de digresión y anécdotas, como un interludio que precede al que trata sobre la naturaleza y el origen de la Imaginación o Poder Plástico—Sobre la pedantería y las expresiones pedantescas—Consejos a los jóvenes autores respecto a la publicación—Varias anécdotas de la vida literaria del Autor y la evolución de sus opiniones en Religión y Política.
“Esemplástico. La palabra no figura en Johnson, ni la he encontrado en otro lugar.” Yo tampoco. La construí yo mismo a partir de las palabras griegas, eis en plattein, que significan dar forma a uno solo; porque, al tener que transmitir un sentido nuevo, pensé que un término nuevo ayudaría tanto a recordar mi significado como a evitar que se confundiera con el uso habitual de la palabra imaginación. “¡Pero esto es pedantería!” No necesariamente, espero. Si no estoy mal informado, la pedantería consiste en el uso de palabras inadecuadas para el momento, el lugar y la compañía. El lenguaje del mercado sería tan pedante en las escuelas, aunque tal vez no se le reproche con ese nombre, como el lenguaje de las escuelas en el mercado. El simple hombre mundano, que insiste en que no se empleen otros términos que los que se usan en la conversación común, y sin mayor precisión, es tan verdaderamente pedante como el hombre de letras que, ya sea sobrestimando los conocimientos de sus oyentes o engañado por su propia familiaridad con términos técnicos o escolásticos, conversa en la mesa de vino con la mente puesta en su museo o laboratorio; aunque este último pedante, en vez de pedirle a su esposa que prepare el té, le indique que añada al quant. suff. de thea Sinensis el óxido de hidrógeno saturado de calor. Usando la metáfora coloquial (y en verdad algo vulgar), si el pedante del claustro y el pedante del vestíbulo huelen igual de a tienda, el aroma de la encuadernación rusa de buenos y auténticos folios y cuartos antiguos es menos desagradable que los vapores de la taberna o el burdel. Es más, aunque la pedantería del erudito delate cierta ostentación, creo que una mente bien dispuesta toleraría más fácilmente la cola de zorro de la vanidad erudita que la sans culotterie de una ignorancia desdeñosa, que se atribuye mérito por mutilación en la autocomplaciente burla ante la pomposa carga de las colas.
La primera lección de la disciplina filosófica es apartar la atención del estudiante de los grados de las cosas, que solo forman el vocabulario de la vida común, y dirigirla hacia el tipo abstraído del grado. Así, al estudiante de química se le enseña a no asustarse ante disquisiciones sobre el calor en el hielo, o sobre la luz latente y fijable. En tales discursos, el instructor no tiene otra alternativa que usar palabras viejas con significados nuevos (el método adoptado por Darwin en su Zoonomia); o introducir nuevos términos, siguiendo el ejemplo de Linneo y los creadores de la actual nomenclatura química. El segundo modo es evidentemente preferible, aunque solo sea porque el primero exige un doble esfuerzo mental en un mismo acto. Pues se requiere que el lector u oyente no solo aprenda y recuerde la nueva definición, sino que desaprenda y mantenga fuera de su vista el significado antiguo y habitual; tarea mucho más difícil y desconcertante, y para la cual la mera apariencia de evitar la pedantería me parece una compensación insuficiente. Donde, en efecto, está en nuestro poder recuperar un término inapropiado que se había vuelto obsoleto sin razón suficiente, sin duda es un mal menor restaurarlo que acuñarlo de nuevo. Así, para expresar en una sola palabra todo lo que atañe a la percepción, considerada como pasiva y meramente receptiva, he adoptado de nuestros clásicos antiguos la palabra sensuous; porque sensual no se usa actualmente sino en sentido peyorativo, o al menos como distinción moral; mientras que sensitive y sensible transmitirían cada una un significado diferente. Así también he seguido a Hooker, Sanderson, Milton y otros, al designar la inmediatez de cualquier acto u objeto de conocimiento con la palabra intuición, usada a veces subjetivamente, a veces objetivamente, así como usamos la palabra pensamiento; unas veces como el pensamiento o acto de pensar, y otras como un pensamiento u objeto de nuestra reflexión; y lo hacemos sin confusión ni oscuridad. Las mismas palabras, objetivo y subjetivo, tan recurrentes en las escuelas de antaño, me he atrevido a reintroducir, porque no podía distinguir tan breve ni convenientemente el percipere del percipi con términos más familiares. Por último, he discriminado cuidadosamente los términos razón y entendimiento, animado y confirmado por la autoridad de nuestros genuinos teólogos y filósofos, anteriores a la Revolución.
—tanto la vida como el sentido, la fantasía y el entendimiento; de donde el alma recibe la razón, y la razón es su guía, discursiva o intuitiva: el discurso es más frecuente en ustedes, la última más en nosotros, diferenciándose solo en grado, siendo de la misma naturaleza.
Digo que fui confirmado por una autoridad tan venerable, porque ya tenía motivos previos y superiores en mi propia convicción de la importancia, es más, de la necesidad de la distinción, como condición indispensable y parte vital de toda especulación sana en metafísica, ética o teología. Establecer esta distinción fue uno de los principales objetivos de El Amigo; si es que aun en una biografía de mi propia vida literaria puedo con propiedad referirme a una obra que fue impresa más que publicada, o tan publicada que habría sido mejor para el desafortunado autor que hubiera permanecido en manuscrito. Incluso ahora tengo motivos amargos para recordar aquello que varios de mis suscriptores tienen solo un motivo trivial para olvidar. Esta efusión podría haberse evitado; pero quisiera halagarme pensando que el lector será menos severo que un profesor oriental del bastinado, quien, durante un intento de arrancar una confesión completa a un reo por el argumento del palo, interrumpió sus gritos de dolor recordándole que era “¡una simple digresión!” “¡Todo este ruido, señor! no viene al caso y no responde en absoluto a mis preguntas.” “¡Ah!, pero,” (replicó el sufriente), “es la respuesta más pertinente que existe a sus golpes.”
Un hombre imprudente pero de buen corazón no puede evitar desear que incluso sus imprudencias beneficien a otros, en la medida de lo posible. Si, por tanto, alguno de los lectores de esta semi-narración estuviera preparando o pensando en un trabajo periódico, le advierto, en primer lugar, que no confíe en el número de nombres en su lista de suscriptores. Porque no puede estar seguro de que los nombres hayan sido anotados con la debida autoridad; o, si eso se comprueba, aún queda por saber si no fueron obtenidos por la insistencia de algún amigo demasiado entusiasta; si el suscriptor no cedió su nombre simplemente por falta de valor para responder que no, y con la intención de abandonar la obra tan pronto como fuera posible. Un caballero me consiguió casi cien nombres para EL AMIGO, y no solo aprovechaba cada oportunidad para recordarme su éxito en la campaña, sino que se esforzaba en hacerme sentir la obligación que tenía con los suscriptores; pues, (como muy pertinentemente me advirtió), “cincuenta y dos chelines al año era una suma considerable para destinar a un solo individuo, habiendo tantos objetos de caridad con sólidos motivos para solicitar la ayuda de los benevolentes.” De esos cien patrocinadores, noventa abandonaron la publicación antes del cuarto número, sin aviso alguno; aunque sabían bien que, debido a la distancia y a la lentitud e irregularidad del envío, me veía obligado a abastecerme de papel timbrado para al menos ocho semanas por adelantado; cada hoja del cual me costaba cinco peniques antes de llegar a la imprenta; aunque el dinero de la suscripción no se recibía hasta la vigésima primera semana después del inicio de la obra; y, por último, aunque en nueve de cada diez casos me resultaba imposible recibir el dinero de dos o tres números sin pagar una suma igual en franqueo.
Para confirmar mi primera advertencia, seleccionaré un hecho entre muchos. En mi lista de suscriptores, entre varios nombres igualmente halagadores, figuraba el de un conde de Cork, con su dirección. Bien podría haber sido un conde de Botella, por lo que yo sabía de él, que me había conformado con reverenciar la nobleza en abstracto, más que en concreto. Por supuesto, EL AMIGO se enviaba regularmente hasta, si mal no recuerdo, el número dieciocho; es decir, hasta quince días antes de que se pagara la suscripción. ¡Y he aquí! Justo en ese momento recibí una carta de su Señoría, reprendiéndome en un lenguaje mucho más altanero que cortés por mi atrevimiento al dirigirle mis folletos, siendo que él no sabía nada de mí ni de mi obra. Diecisiete o dieciocho números de los cuales, sin embargo, su Señoría se dignó conservar, probablemente para la comodidad culinaria o post-culinaria de sus sirvientes.
En segundo lugar, advierto a todos los demás que no intenten apartarse del modo habitual de publicar una obra a través del comercio. Yo pensaba, en verdad, que para el comprador era indiferente si el treinta por ciento del precio de compra iba a los libreros o al gobierno; y que la comodidad de recibir la obra por correo en la puerta de su casa daría preferencia a lo segundo. Es duro, lo reconozco, haber trabajado durante años reuniendo y organizando los materiales; haber gastado hasta el último centavo que podía ahorrarse después de cubrir las necesidades básicas, en la compra de libros o en viajes para consultarlos o adquirir datos en la fuente original; luego comprar el papel, pagar la impresión y demás, todo al menos un quince por ciento más de lo que habría pagado el comercio; y después de todo, entregar un treinta por ciento no de las ganancias netas, sino del resultado bruto de la venta, a un hombre que solo debe dar espacio en estantería o almacén a los libros, y permitir que su aprendiz los entregue por el mostrador a quienes los soliciten; y esto ejemplar por ejemplar, aunque, si la obra trata de algún tema filosófico o científico, puedan pasar años antes de que se agote la edición. Todo esto, confieso, debe parecer una injusticia, y una a la que los productos del trabajo en ninguna otra forma de esfuerzo están sujetos. Sin embargo, incluso esto es mejor, mucho mejor, que intentar de cualquier modo unir las funciones de autor y editor. Pero el modo más prudente es vender los derechos de autor, al menos de una o más ediciones, por lo máximo que el comercio ofrezca. Solo unos pocos pueden esperar una gran remuneración; pero cincuenta libras y tranquilidad de espíritu son de más provecho real para un hombre de letras que la posibilidad de quinientas con la certeza de insultos y ansiedades degradantes. Se me habrá entendido muy mal si esta declaración se interpreta como escrita con el deseo de menoscabar el carácter de los libreros o editores. Los individuos no hicieron las leyes y costumbres de su oficio, sino que, como en cualquier otro oficio, las toman como las encuentran. Hasta que se demuestre que el mal puede ser eliminado, y sin la sustitución de una molestia igual o mayor, no sería ni sabio ni digno siquiera quejarse de ello. Pero usarlo como pretexto para hablar, o incluso para pensar o sentir, de manera hostil o injuriosa hacia los comerciantes, como individuos, sería algo peor que imprudente o indigno; sería inmoral y calumnioso. Mis motivos apuntan en una dirección muy diferente y hacia otros fines, como se verá al final del capítulo.
Un viejo clérigo erudito y ejemplar, que hace muchos años partió a su recompensa seguido por los lamentos y bendiciones de su feligresía, publicó a su propio costo dos volúmenes en octavo titulados UNA NUEVA TEORÍA DE LA REDENCIÓN. La obra fue tratada con suma severidad en THE MONTHLY o CRITICAL REVIEW, no recuerdo cuál; y esta hostilidad no provocada se convirtió en el tema favorito de conversación del buen anciano entre sus amigos. “¡Bueno!” (solía exclamar), “en la segunda edición tendré oportunidad de exponer tanto la ignorancia como la malicia del crítico anónimo.” Sin embargo, pasaron dos o tres años sin noticias del librero, quien se había encargado de la impresión y publicación de la obra, y quien estaba perfectamente tranquilo, pues se sabía que el autor era un hombre de gran fortuna. Por fin se solicitaron las cuentas; y al cabo de unas semanas fueron presentadas en persona por el viajante de la casa. Mi viejo amigo se puso los anteojos y, sosteniendo el rollo con mano no muy firme, comenzó: “Papel, tanto: ¡Oh, bastante moderado, nada fuera de lo que esperaba! Impresión, tanto: ¡bien! ¡bastante moderado! Encuadernación, cubiertas, anuncios, transporte, y demás, tanto.” —Aún nada fuera de lo normal. Selleridge (pues la ortografía no es parte necesaria de los conocimientos literarios de un librero) L3. 3s. “¡Dios mío! ¿solo tres guineas por el cómo se llama... el selleridge?” “No más, señor”, respondió el viajante. “¡Vaya, eso es demasiado poco!” replicó mi viejo amigo. “¿Solo tres guineas por vender mil ejemplares de una obra en dos volúmenes?” “¡Oh, señor!” (exclamó el joven viajante) “ha entendido mal la palabra. No se ha vendido ninguno; fueron devueltos de Londres hace tiempo; y estas L3. 3s. son por el cellaridge, o espacio de almacén en nuestro sótano de libros.” En consecuencia, la obra fue trasladada del ominoso sótano del editor al desván del autor; y, al obsequiar un ejemplar a un conocido, el anciano solía contar la anécdota con gran humor y aún mayor bondad.
Con igual falta de conocimiento mundano, fui un sufriente mucho mayor por ello, justo al inicio de mi carrera como autor. Hacia el final del primer año desde que, en una hora poco propicia, dejé los amigables claustros y el apacible bosque del siempre honrado Jesus College, Cambridge, fui persuadido por varios filántropos y antipolemistas para poner en marcha una publicación periódica titulada THE WATCHMAN, que, según el lema general de la obra, todos pudieran conocer la verdad, ¡y que la verdad nos hiciera libres! Para eximirla del impuesto de timbre, y también para contribuir lo menos posible a la supuesta culpa de una guerra contra la libertad, debía publicarse cada ocho días, treinta y dos páginas, gran octavo, impresas en letra apretada, y a solo cuatro peniques. Así pues, con un prospecto encendido —“El conocimiento es poder”, “Para anunciar el estado de la atmósfera política”,—y demás, emprendí un viaje al norte, de Bristol a Sheffield, con el propósito de conseguir suscriptores, predicando en el camino en la mayoría de las grandes ciudades, como voluntario sin sueldo, con un abrigo azul y chaleco blanco, para que no se viera en mí ni un jirón de la mujer de Babilonia. Pues en aquel entonces y mucho después, aunque era trinitario (es decir, ad normam Platonis) en filosofía, era un unitario fervoroso en religión; más exactamente, era un psilantropista, uno de aquellos que creen que nuestro Señor fue realmente hijo de José, y que ponen el énfasis principal en la resurrección más que en la crucifixión. ¡Oh! Jamás podré recordar aquellos días con vergüenza ni arrepentimiento. Porque fui sumamente sincero, desinteresado. Mis opiniones eran, en muchos y muy importantes puntos, erróneas; pero mi corazón era puro. La riqueza, el rango, la vida misma me parecían entonces poca cosa comparados con los intereses de lo que creía que era la verdad y la voluntad de mi Creador. Ni siquiera puedo acusarme de haber actuado por vanidad; pues en la expansión de mi entusiasmo no pensaba en mí mismo en absoluto.
Mi campaña comenzó en Birmingham; y mi primer ataque fue contra un calvinista rígido, fabricante de sebo de oficio. Era un hombre alto y deslucido, en quien la longitud predominaba tanto sobre la anchura, que bien podría haberse prestado para atizar un horno. ¡Oh, ese rostro! ¡un rostro kat’ emphasin! Lo tengo ante mí en este momento. El cabello lacio, negro, como de hilo, pingui-nitescente, cortado en línea recta sobre el rastrojo negro de sus cejas delgadas como pólvora, que parecían el rastro chamuscado de un afeitado de la semana pasada. El cuello del abrigo por detrás en perfecta armonía, tanto en color como en brillo, con el tosco pero resbaladizo cordaje que supongo llamaba cabello, y que, con una curva hacia adentro en la nuca—la única flexión en toda su figura—se deslizaba tras su chaleco; mientras el semblante, largo, oscuro, muy duro y con profundas arrugas verticales, me daba una vaga impresión de alguien mirándome a través de una parrilla usada, ¡todo hollín, grasa y hierro! Pero era uno de los auténticos, un verdadero amante de la libertad, y, según me informaron, había demostrado a satisfacción de muchos que el señor Pitt era uno de los cuernos de la segunda bestia en EL APOCALIPSIS, la que hablaba como dragón. Una persona a quien iba dirigida una de mis cartas de recomendación fue mi presentador. Fue un acontecimiento nuevo en mi vida, mi primer intento en el nuevo oficio que había emprendido de autor, sí, y de autor comerciando por su cuenta. Mi acompañante, tras algunas frases imperfectas y una multitud de titubeos, abandonó la causa a su cliente; y yo comencé un discurso de media hora ante Phileleutheros, el fabricante de sebo, variando mis notas por toda la gama de la elocuencia, desde lo racional hasta lo declamatorio, y en esto último, de lo patético a lo indignado. Argumenté, describí, prometí, profeticé; y comenzando con el cautiverio de las naciones, terminé con la inminente llegada del milenio, concluyendo todo con algunos de mis propios versos que describían ese glorioso estado tomados de los Religious Musings:
—¡Tales delicias como las que descienden a la tierra, visitantes permitidos! Cuando en alguna hora de solemne jubileo las macizas puertas del Paraíso se abren de par en par, y salen en fragmentos salvajes dulces ecos de melodías sobrenaturales, y aromas arrancados de lechos de amarantos, y aquellos que, desde el río cristalino de la vida, surgen con alas renovadas, ¡brisas ambrosíacas!
Mi hombrecillo de las luces escuchó con perseverante y encomiable paciencia, aunque, como después me contaron, al quejarse de ciertas brisas que no eran del todo ambrosíacas, aquel día se estaba derritiendo. “¿Y cuánto costaría, señor?”, dijo tras una breve pausa. “Solo cuatro peniques”—(¡Oh, cómo sentí el anticlímax, el abismal descenso de esos cuatro peniques!)—“solo cuatro peniques, señor, cada número, que se publicará cada ocho días.”—“Eso suma mucho dinero al cabo del año. ¿Y cuánto, dijo usted, se obtiene por ese dinero?”—“Treinta y dos páginas, señor, gran octavo, impresas en letra apretada.”—“¿Treinta y dos páginas? ¡Válgame Dios! Salvo lo que leo en familia los domingos, ¡eso es más de lo que leo en todo el año, señor! Soy tan partidario como cualquiera en Birmingham, señor, de la libertad y la verdad y todas esas cosas, pero en cuanto a esto,—sin ánimo de ofender, señor,—debo rogar que me excuse.”
Así terminó mi primer intento de captación: por causas que mencionaré enseguida, solo hice otra solicitud en persona. Esto ocurrió en Mánchester, ante un comerciante mayorista de algodón, imponente y acaudalado. Tomó mi carta de presentación y, tras leerla, me midió de pies a cabeza y de cabeza a pies, y luego preguntó si tenía alguna factura o nota del asunto. Le presenté mi prospecto. Lo repasó rápidamente, murmurando sobre la primera página, y aún más rápido la segunda y última; lo arrugó entre los dedos y la palma de la mano; luego, muy deliberadamente y con significado, frotó y alisó una parte contra la otra; y finalmente, guardándolo en el bolsillo, me dio la espalda con un “¡estoy saturado de estos artículos!” y así, sin otra palabra, se retiró a su despacho. Y puedo decir con verdad, para mi indecible diversión.
Esto, he dicho, fue mi segundo y último intento. Al volver frustrado del primero, en el que en vano intenté repetir el milagro de Orfeo con el patriota de Birmingham, cené con el comerciante que me había presentado con él. Después de la cena, me insistió en que fumara una pipa con él y con dos o tres otros ilustrados del mismo rango. Me negué, tanto porque tenía compromiso de pasar la velada con un ministro y sus amigos, como porque solo había fumado una o dos veces en mi vida, y entonces fue tabaco de hierbas mezclado con Oronooko. Sin embargo, ante la seguridad de que el tabaco era igual de suave, y viendo además que era de color amarillo; sin olvidar la lamentable dificultad que siempre he tenido para decir “no” y abstenerme de lo que hacen quienes me rodean, acepté media pipa, llenando la mitad inferior del hornillo con sal. Pronto, sin embargo, me vi obligado a dejarla, a causa de un mareo y una sensación desagradable en los ojos, que, habiendo bebido solo un vaso de cerveza, supe que debían ser efecto del tabaco. Poco después, creyéndome recuperado, salí hacia mi compromiso; pero la caminata y el aire fresco reavivaron todos los síntomas, y apenas había entrado en el salón del ministro y abierto un pequeño paquete de cartas que había recibido de Bristol para mí, cuando me desplomé en el sofá en una especie de desmayo más que sueño. Por fortuna, tuve tiempo justo de informarle del confuso estado de mis sensaciones y de la causa. Pues allí y así yacía yo, con el rostro como una pared recién encalada, mortalmente pálido y con gotas frías de sudor corriéndome por la frente, mientras uno tras otro iban llegando los distintos caballeros invitados a reunirse y pasar la velada conmigo, entre quince y veinte en total. Como el veneno del tabaco actúa solo por poco tiempo, al fin desperté de la insensibilidad y miré a mi alrededor, deslumbrado por las velas que habían encendido entretanto. Para aliviar mi apuro, uno de los caballeros inició la conversación: “¿Ha visto usted el periódico de hoy, señor Coleridge?” “¡Señor!”, respondí, frotándome los ojos, “estoy lejos de estar convencido de que a un cristiano le esté permitido leer periódicos ni ninguna otra obra de mero interés político y temporal.” Esta observación, tan cómicamente inapropiada o, mejor dicho, incongruente con el propósito por el que se sabía que había visitado Birmingham, y para ayudarme en el cual todos estaban allí reunidos, provocó una involuntaria y general carcajada; y rara vez he pasado horas tan agradables como las que disfruté en esa sala desde ese momento hasta la madrugada. Nunca, quizá, en una reunión tan numerosa y variada, he vuelto a oír una conversación sostenida con tanta animación, enriquecida con tanta variedad de información y animada con tal caudal de anécdotas. Tanto entonces como después, todos coincidieron en disuadirme de continuar con mi proyecto; me aseguraron, con expresiones tan amistosas como halagadoras, que ni el empleo era adecuado para mí, ni yo para el empleo. Sin embargo, si decidía perseverar, prometieron esforzarse al máximo para conseguir suscriptores y me insistieron en que no hiciera más solicitudes en persona, sino que continuara la captación por medio de terceros. La misma hospitalidad, la misma disuasión y, en caso de fallar, el mismo amable esfuerzo en mi favor, encontré en Mánchester, Derby, Nottingham, Sheffield, en fin, en cada lugar donde me alojé. A menudo recuerdo con afecto a los muchos hombres respetables que se interesaron por mí, un perfecto desconocido para ellos, no pocos de los cuales aún puedo contar entre mis amigos. Ellos pueden dar testimonio de cuán opuestos eran ya entonces mis principios a los del jacobinismo o incluso a los de la democracia, y pueden atestiguar la estricta veracidad de lo que he dejado consignado en los números décimo y undécimo de EL AMIGO.
De este memorable viaje regresé con cerca de mil nombres en la lista de suscriptores de EL VIGÍA; aunque más de la mitad convencido de que la prudencia dictaba el abandono del proyecto. Pero precisamente por esta razón perseveré en él; pues en esa época de mi vida estaba tan completamente dominado por el temor de ser influido por motivos egoístas, que saber que una conducta era dictada por la prudencia era, para mis sentimientos, una especie de prueba presuntiva de que lo contrario era el dictado del deber. Así pues, comencé la obra, que fue anunciada en Londres con grandes carteles, con letras más grandes de las que se habían visto antes, y que, según me han informado, pues yo mismo no las vi, eclipsaron incluso las glorias de los anuncios de la lotería. ¡Pero ay! la publicación del primer número se retrasó más allá del día anunciado para su aparición. En el segundo número, un ensayo contra los días de ayuno, con una aplicación sumamente censurable de un texto de Isaías como lema, me hizo perder cerca de quinientos suscriptores de un solo golpe. En los dos números siguientes me gané la enemistad de todos mis patrocinadores jacobinos y democráticos; pues, disgustado por su incredulidad y su adopción de la moral y la filosofía francesas; y quizá pensando que la caridad debía empezar por casa; en vez de atacar principalmente o por completo al gobierno y a los aristócratas, como se esperaba de mí, dirigí mis ataques al “patriotismo moderno”, e incluso me atreví a declarar mi creencia de que, cualesquiera que fueran los motivos de los ministros para la sedición, o como entonces se acostumbraba llamarlas, las leyes mordaza, las propias leyes producirían un efecto deseable para todos los verdaderos amigos de la libertad, en la medida en que disuadieran a los hombres de declamar abiertamente sobre temas cuyos principios nunca habían comprendido y de “abogar ante los pobres e ignorantes, en vez de abogar por ellos”. Al mismo tiempo, manifesté mi convicción de que la educación nacional y la difusión concurrente del Evangelio eran la condición indispensable de cualquier verdadera mejora política. Así, para cuando se publicó el séptimo número, tuve la mortificación—(pero ¿por qué decir esto, si en verdad me importaba tan poco todo lo que concernía a mis intereses mundanos como para no mortificarme en absoluto por ello?)—de ver los números anteriores expuestos en varias tiendas de chatarra a un penique cada uno. En el noveno número abandoné la obra. Pero del editor londinense no pude obtener ni un chelín; era un — y me desafió. De otros lugares obtuve poco, y tras tales retrasos que ese poco no valía nada; y habría acabado inevitablemente en la cárcel por mi impresor de Bristol, que se negó a esperar siquiera un mes por una suma entre ochenta y noventa libras, si el dinero no hubiera sido pagado por mí por un hombre nada acomodado, un querido amigo, que se apegó a mí desde mi llegada a Bristol, que ha continuado siendo mi amigo con una fidelidad invencible al tiempo e incluso a mi aparente descuido; un amigo de quien nunca recibí un consejo que no fuera sabio, ni una amonestación que no fuera suave y afectuosa.
Opositor de conciencia a la primera guerra revolucionaria, pero con los ojos completamente abiertos al verdadero carácter e impotencia de los partidarios de los principios revolucionarios en Inglaterra, principios que aborrecía,—(pues era parte de mi credo político que quien deja de actuar como individuo al hacerse miembro de cualquier sociedad no sancionada por su Gobierno, pierde los derechos de ciudadano)—un vehemente antiminsterialista, pero tras la invasión de Suiza, aún más vehementemente antigalo y, con mayor intensidad, antijacobino, me retiré a una cabaña en Stowey y aseguré mi escaso sustento escribiendo versos para un periódico matutino de Londres. Veía claramente que la literatura no era una profesión con la que pudiera esperar ganarme la vida; pues no podía ocultarme que, cualesquiera que fueran mis talentos en otros aspectos, no eran del tipo que me permitieran convertirme en un escritor popular; y que, cualesquiera que fueran mis opiniones en sí mismas, estaban casi a igual distancia de los tres partidos prominentes: los pittitas, los foxitas y los demócratas. De la poca venta de mis escritos tuve un recordatorio divertido una mañana por parte de nuestra criada. Pues, al levantarme más temprano de lo habitual, la observé echando una cantidad desmesurada de papel en la chimenea para encender el fuego, y le reproché suavemente su derroche; “¡Ay, señor!” (respondió la pobre Nanny) “si sólo son Vigías.”
Me dediqué entonces a la poesía y al estudio de la ética y la psicología; y tan profunda era en ese momento mi admiración por el ENSAYO SOBRE EL HOMBRE de Hartley, que di su nombre a mi primogénito. Además del caballero, mi vecino, cuyo jardín colindaba con mi pequeño huerto y cuya amistad había sido mi único motivo para elegir Stowey como residencia, tuve la fortuna de adquirir, poco después de establecerme allí, una bendición invaluable en la sociedad y vecindad de alguien a quien podía admirar con igual reverencia, ya fuera como poeta, filósofo o ser humano. Su conversación abarcaba casi todos los temas, excepto la física y la política; con esta última nunca se preocupaba. Sin embargo, ni mi retiro ni mi total abstracción de todas las disputas del momento pudieron protegerme, en aquellos tiempos celosos, de la sospecha y la difamación, que no se detuvieron en mí, sino que se extendieron a mi excelente amigo, cuya perfecta inocencia fue incluso presentada como prueba de su culpabilidad. Uno de los muchos aduladores activos de aquella época—(aquí uso la palabra adulador en su sentido original, como un miserable que halaga al partido dominante denunciando a sus vecinos, bajo el pretexto de que exportan higos o fantasías prohibidas—pues para la aplicación moral del término da igual cuál)—uno de estos aduladores leguleyos, discurriendo sobre la política de la región, pronunció la siguiente profunda observación: “En cuanto a Coleridge, no hay tanto daño en él, pues es un cabeza loca que dice lo primero que se le ocurre; pero ese — ¡él es el traidor oscuro! Nunca se le oye decir una sílaba sobre el tema.”
Ahora que la mano de la Providencia ha disciplinado a toda Europa hasta la sobriedad, como se doma a los elefantes salvajes, alternando golpes y caricias; ahora que los ingleses de todas las clases han recuperado sus antiguas ideas y sentimientos ingleses; costará trabajo creer cuánta influencia poseía y ejercía en aquel tiempo el espíritu de la difamación secreta—(el acompañante demasiado constante del fervor partidista)—durante el inquieto intervalo de 1793 hasta el inicio de la administración Addington, o el año anterior a la tregua de Amiens. Pues para esa época las mentes de los partidarios, agotadas por el exceso de estímulo y humilladas por la desilusión mutua, se habían vuelto apáticas. Las mismas causas que inclinaron a la nación hacia la paz, dispusieron a los individuos a la reconciliación. Ambos partidos se habían equivocado. Uno había confundido abiertamente el carácter moral de la revolución, y el otro había calculado mal tanto sus recursos morales como físicos. El experimento se hizo a costa de grandes, casi podríamos decir humillantes sacrificios; y los hombres sabios previeron que fracasaría, al menos en su objetivo directo y ostensible. Sin embargo, se pagó a buen precio y se alcanzó un objetivo de igual valor y, si es posible, de aún mayor importancia vital. Pues produjo una unanimidad nacional sin precedentes en nuestra historia desde el reinado de Isabel; y la Providencia, que nunca falta a una buena causa cuando los hombres han hecho su parte, pronto proveyó un foco común en la causa de España, que nos hizo a todos volver a ser ingleses al gratificar y corregir a la vez las inclinaciones de ambos partidos. Los sinceros admiradores del trono sintieron que la causa de la lealtad se ennoblecía por su alianza con la libertad; mientras que los honestos entusiastas del pueblo no pudieron sino admitir que la libertad misma asumía una forma más atractiva, humanizada por la lealtad y consagrada por el principio religioso. Los jóvenes entusiastas que, halagados por el arcoíris matutino de la revolución francesa, se habían jactado de expatriar sus esperanzas y temores, ahora, disciplinados por las tormentas sucesivas y templados por los años, habían aprendido a valorar y honrar el espíritu de nacionalidad como el mejor resguardo de la independencia nacional, y ésta, a su vez, como el requisito absoluto y la base necesaria de los derechos populares.
Si en España también la desilusión ha frenado nuestras expectativas demasiado adelantadas, no todo está perdido por haber sido contenido. Tal vez la cosecha estaba creciendo demasiado exuberante en el tallo para granar bien; y, sin duda, había síntomas de la plaga gala sobre ella. Si la superstición y el despotismo han permitido que sus ovejas lobunas la pisoteen y devoren hasta la superficie misma, aún así las raíces permanecen vivas, y el segundo brote puede resultar más fuerte y saludable gracias a la interrupción temporal. En todo caso, para nosotros el cielo ha sido justo y generoso. El pueblo de Inglaterra hizo lo mejor que pudo y ha recibido su recompensa. ¡Ojalá sigamos mereciéndola por mucho tiempo! Causas que los estadistas de épocas anteriores solían considerar propias de otro mundo, ahora son admitidas por todas las clases como los principales agentes de nuestro éxito. “Luchamos desde el cielo; las estrellas en sus órbitas lucharon contra Sísara.” Si entonces la unanimidad fundada en sentimientos morales ha sido una de las fuentes menos equívocas de nuestra gloria nacional, merece la estima de sus compatriotas, incluso como patriota, aquel hombre que dedica su vida y el máximo esfuerzo de su intelecto a la preservación y continuidad de esa unanimidad mediante la exposición y establecimiento de principios. Porque por estos principios todas las opiniones deben ser finalmente juzgadas; y, (así como los sentimientos de los hombres solo son dignos de consideración en la medida en que representan sus opiniones fijas,) en el conocimiento de estos principios debe basarse toda unanimidad, no accidental y pasajera. Que el estudioso que dude de esta afirmación consulte únicamente los discursos y escritos de Edmund Burke al inicio de la guerra de América y los compare con sus discursos y escritos al inicio de la Revolución Francesa. Encontrará que los principios son exactamente los mismos y las deducciones las mismas; pero las inferencias prácticas casi opuestas en un caso respecto al otro; sin embargo, en ambos igualmente legítimas y en ambos igualmente confirmadas por los resultados. ¿De dónde obtuvo él la superioridad de previsión? ¿De dónde surgió la notable diferencia, y en la mayoría de los casos incluso la discrepancia, entre los fundamentos que él exponía y los de quienes votaban con él en las mismas cuestiones? ¿Cómo explicar el hecho notorio de que los discursos y escritos de Edmund Burke resultan más interesantes hoy en día que en la época de su primera publicación, mientras que los de sus ilustres aliados están olvidados, o existen solo para demostrar que la misma conclusión que un hombre dedujo científicamente puede ser alcanzada por otro como consecuencia de errores que, por suerte, se neutralizaron entre sí? Sería poco elegante como conjetura, aun si no fuera, como en realidad es, falso en cuanto a los hechos, atribuir esta diferencia a la falta de talento, experiencia o conocimiento histórico por parte de los amigos de Burke. La solución satisfactoria es que Edmund Burke poseía y había agudizado con esmero ese ojo que ve todas las cosas, acciones y acontecimientos en relación con las leyes que determinan su existencia y circunscriben su posibilidad. Él recurría habitualmente a los principios. Era un estadista científico; y por eso, un vidente. Porque todo principio contiene en sí mismo los gérmenes de una profecía; y, así como el poder profético es el privilegio esencial de la ciencia, el cumplimiento de sus oráculos proporciona la prueba externa y, (para la mayoría de los hombres,) la única prueba de su derecho al título. Por tediosas que parecieran las sutilezas de Burke a sus oyentes parlamentarios, las clases cultivadas de toda Europa tienen motivos para estar agradecidas de que él
—siguiera refinando, Y pensara en convencer, mientras ellos pensaban en cenar.
Nuestros mismos letreros, (me dijo un ilustre amigo,) son prueba de que ha habido un Tiziano en el mundo. De igual manera, no solo los debates en el parlamento, no solo nuestras proclamas y documentos oficiales, sino también los ensayos y los párrafos principales de nuestros periódicos son recordatorios de Edmund Burke. De esto el lector puede convencerse fácilmente si, ya sea por recuerdo o consulta, compara los periódicos de la oposición al inicio y durante los cinco o seis años siguientes a la Revolución Francesa con los sentimientos y fundamentos de argumento que asumen hoy, y desde hace algunos años, ese mismo tipo de publicaciones.
Si el espíritu del jacobinismo, que los escritos de Burke exorcizaron de las clases altas y literarias, no puede, como el fantasma en Hamlet, oírse moviéndose y socavando en las cámaras subterráneas con una actividad tanto más peligrosa cuanto menos ruidosa, es algo que puede ser motivo de debate. He dado mi opinión sobre este punto, y las razones de ella, en mis cartas al juez Fletcher motivadas por su exhortación al gran jurado de Wexford, y publicadas en el Courier. Sea como sea, el espíritu maligno de los celos, y con él los cachorros cerberianos de la discordia y la calumnia, ya no recorren sus rondas en la sociedad cultivada.
Muy distintos eran los días a los que estos anécdotas me han hecho regresar. Las oscuras conjeturas de algún celoso Quidnunc encontraron un terreno tan afín en la grave alarma de un Dogberry titulado de nuestra vecindad, que en realidad fue enviado un espía por parte del gobierno para vigilarme a mí y a mi amigo. Debía de haber no solo abundancia, sino variedad de estos “honorables hombres” a disposición de los Ministros: pues este resultó ser un sujeto muy honesto. Tras tres semanas de perseverancia verdaderamente india siguiéndonos la pista, (ya que solíamos estar juntos), durante las cuales rara vez salíamos de casa sin que él lograra estar al alcance del oído,—(y todo el tiempo completamente inadvertido; ¿cómo podría tal sospecha cruzar siquiera por nuestra mente?)—no solo rechazó la petición de Sir Dogberry de que lo intentara un poco más, sino que le declaró su convicción de que tanto mi amigo como yo éramos tan buenos súbditos, por lo que él podía averiguar, como cualquiera en los dominios de Su Majestad. Dijo que en repetidas ocasiones se había ocultado durante horas tras un banco junto al mar, (nuestro sitio favorito), y había escuchado nuestras conversaciones. Al principio pensó que éramos conscientes del peligro; pues a menudo me oía hablar de un tal Espía Nozy, que él se inclinaba a interpretar como referencia a sí mismo, y a una característica notable que poseía; pero pronto se convenció de que era el nombre de un hombre que había escrito un libro y vivido mucho tiempo atrás. Nuestras charlas versaban casi siempre sobre libros, y constantemente nos pedíamos el uno al otro que mirara esto o escuchara aquello; pero no pudo captar ni una palabra sobre política. Una vez se me unió en el camino; (esto ocurrió cuando regresaba solo a casa desde la casa de mi amigo, que estaba a unas tres millas de mi cabaña), y, haciéndose pasar por viajero, entabló conversación conmigo y, a propósito, habló en tono demócrata para provocarme. El resultado, al parecer, no solo lo convenció de que yo no era amigo del jacobinismo; sino que, (añadió), yo había “demostrado claramente que era algo tan tonto como perverso, que él mismo se sintió avergonzado aunque solo lo había fingido.” Recuerdo perfectamente el suceso, y lo mencioné de inmediato al regresar, repitiendo lo que el viajero de nariz Bardolph había dicho, junto con mi respuesta; y tan poco sospechaba el verdadero propósito de mi “tentador antes que acusador”, que expresé con no poca satisfacción mi esperanza y creencia de que la conversación había sido de alguna utilidad para el pobre descontento extraviado. Este incidente, por tanto, disipó toda duda sobre la veracidad del informe, que por medio de un amigo llegó a mí desde el dueño de la posada del pueblo, a quien se le había ordenado atender al caballero del Gobierno de la mejor manera, pero sobre todo guardar silencio respecto a la presencia de tal persona en su casa. Finalmente recibió órdenes de Sir Dogberry de acompañar a su huésped en la entrevista final; y, tras el voto absolutorio del caballero honrado con la confianza de los Ministros, respondió así a las siguientes preguntas: D. “Bueno, posadero, ¿y qué sabe usted de la persona en cuestión? P. Lo veo pasar a menudo con el señor —, mi patrón, (es decir, el dueño de la casa), y a veces con los recién llegados de Holford; pero nunca le he dirigido la palabra ni él a mí. D. ¿Pero no sabe usted que ha distribuido papeles y volantes de naturaleza sediciosa entre la gente común? P. No, su Señoría, ¡nunca oí tal cosa! D. ¿No ha visto usted a este señor Coleridge, o ha oído de él, arengando y hablando con grupos y racimos de habitantes?—¿De qué se ríe, señor? P. ¡Perdone su Señoría! pero solo pensaba en cómo se habrían quedado mirándolo. Si lo que he oído es cierto, su Señoría, ¡no habrían entendido ni una palabra de lo que decía! Cuando nuestro Vicario estaba aquí, el Dr. L., director de la gran escuela y Canónigo de Windsor, hubo una gran cena en casa del patrón; y uno de los granjeros que estuvo allí nos contó que él y el Doctor hablaron en verdadero hebreo y griego durante una hora después de la cena. D. ¡Responda a la pregunta, señor! ¿arenga alguna vez a la gente? P. Espero que su Señoría no esté enojado conmigo. No puedo decir más de lo que sé. Nunca lo vi hablando con nadie, salvo con mi patrón, nuestro cura y el caballero forastero. D. ¿No se le ha visto deambulando por las colinas hacia el Canal, y a lo largo de la costa, con libros y papeles en la mano, haciendo mapas y planos del país? P. Pues, respecto a eso, su Señoría, reconozco que he oído; seguro que no quisiera hablar mal de nadie; pero es cierto que he escuchado—D. ¡Hable claro, hombre! No tema, está cumpliendo con su deber hacia su Rey y Gobierno. ¿Qué ha oído? P. Pues, la gente dice, su Señoría, que él es Poeta, y que va a poner Quantock y todo esto por escrito; y como están tanto juntos, supongo que el caballero forastero tiene algo que ver en el asunto.” Así terminó esta formidable inquisición, cuya última parte requiere explicación, y al mismo tiempo da derecho a la anécdota a ocupar un lugar en mi vida literaria. Consideraba como un defecto en el admirable poema de LA TAREA, que el tema que da título a la obra no fuera, y en realidad no pudiera ser, desarrollado más allá de las tres o cuatro primeras páginas, y que, a lo largo del poema, las conexiones fueran con frecuencia torpes, y las transiciones abruptas y arbitrarias. Buscaba un tema que diera igual espacio y libertad para la descripción, el incidente y las reflexiones apasionadas sobre los hombres, la naturaleza y la sociedad, y que, sin embargo, proporcionara en sí mismo una conexión natural entre las partes y unidad al conjunto. Tal tema creí haber hallado en un arroyo, seguido desde su fuente en las colinas entre el musgo amarillo-rojizo y los penachos cónicos en forma de copa de bent, hasta el primer salto o caída, donde sus gotas se hacen audibles y comienza a formar un cauce; de allí al granero de turba y césped, construido con los mismos oscuros bloques que cobijaba; al redil de ovejas; al primer terreno cultivado; a la solitaria cabaña y su árido jardín ganado al páramo; a la aldea, los pueblos, la ciudad mercantil, las fábricas y el puerto. Por eso mis paseos eran casi diarios en la cima de Quantock y entre sus laderas inclinadas. Con mi lápiz y mi cuaderno de notas en la mano, hacía estudios, como los llaman los artistas, y a menudo moldeaba mis pensamientos en verso, con los objetos e imágenes inmediatamente ante mis sentidos. Muchas circunstancias, buenas y malas, intervinieron para impedir la conclusión del poema, que iba a titularse EL ARROYO. Si hubiera terminado la obra, era mi propósito, en el fervor del momento, dedicarla a nuestro entonces comité de seguridad pública, como si contuviera los mapas y planos que habría de suministrar al Gobierno francés en apoyo de sus planes de invasión. ¡Y esto para un tramo de costa que, de Clevedon a Minehead, apenas permite la aproximación de un bote de pesca!
Toda mi experiencia, desde mi primera entrada en la vida hasta el momento presente, respalda la advertencia de que el hombre que se opone en absoluto a los fanáticos políticos o religiosos de su época, está más a salvo de su oprobio que aquel que difiere de ellos solo en uno o dos puntos, o quizá solo en grado. Por esa transferencia de los sentimientos de la vida privada a la discusión de cuestiones públicas, que es la abeja reina en la colmena del fanatismo partidista, el partidario siente más simpatía por un adversario intemperante que por un amigo moderado. Ahora disfrutamos de una tregua, ¡y ojalá dure mucho! Además de méritos mucho mayores y más importantes, nuestras actuales sociedades bíblicas y otras numerosas asociaciones para fines nacionales o benéficos, pueden servir quizá para canalizar la actividad y el fervor superfluos de las mentes inquietas en hipérboles inocentes y en el ajetreo de la gestión. Pero el árbol venenoso no está muerto, aunque la savia pueda haberse retirado por un tiempo a sus raíces. Al menos, no nos dejemos arrullar por la idea de una seguridad total, como para no mantenernos alerta, incluso respecto a nuestros mejores sentimientos. He visto una intolerancia grosera manifestada en apoyo de la tolerancia; una antipatía sectaria exhibida de manera ostentosa en la promoción de una comprensión indiscriminada de las sectas; y actos de crueldad, (casi diría) de traición, cometidos en pro de un objetivo vitalmente importante para la causa de la humanidad; y todo esto por hombres de disposición naturalmente bondadosa y conducta ejemplar.
La vara mágica del fanatismo se conserva en los mismos adytos de la naturaleza humana; y solo necesita el calor reavivado de una mano maestra para brotar de nuevo y producir los viejos frutos. El horror de la guerra de los campesinos en Alemania y los terribles efectos de las doctrinas anabaptistas (que solo se diferenciaban de las del jacobinismo por la sustitución de jerga teológica en lugar de filosófica) aterrorizaron a toda Europa durante un tiempo. Sin embargo, poco más de un siglo fue suficiente para borrar toda memoria efectiva de estos acontecimientos. Los mismos principios, con consecuencias similares aunque menos espantosas, volvieron a actuar desde el encarcelamiento del primer Carlos hasta la restauración de su hijo. La fanática máxima de extirpar el fanatismo mediante la persecución produjo una guerra civil. La guerra terminó con la victoria de los insurgentes; pero el temperamento sobrevivió, y Milton tuvo sobradas razones para afirmar que “el presbiteriano no era más que el VIEJO SACERDOTE escrito en grande”. ¡Un buen resultado, gracias al cielo, de este celo fue el restablecimiento de la iglesia! Y ahora podría haberse esperado que el espíritu dañino hubiera sido atado por un tiempo, “y se le hubiera puesto un sello, para que no engañara más a la nación”. ¡Pero no! La pelota de la persecución fue recogida con vigor intacto por los perseguidos. El mismo principio fanático que, bajo el solemne juramento y pacto, había convertido catedrales en establos, destruido los más raros trofeos del arte y la piedad ancestral, y perseguido a los más brillantes ornamentos del saber y la religión hasta hacerlos esconderse, ahora marchaba bajo banderas episcopales y, tras abarrotar primero las prisiones de Inglaterra, vació toda su copa de ira sobre los miserables Covenanters de Escocia. Una providencia misericordiosa obligó finalmente a ambas partes a unirse contra un enemigo común. Siguió un gobierno sabio; y la iglesia establecida se convirtió, y es ahora, no solo el ejemplo más brillante, sino nuestro mejor y único baluarte seguro de la tolerancia: ¡el verdadero e indispensable dique contra una nueva inundación de celo persecutorio!—¡Esto perpetua!
Siguió un largo intervalo de calma; o más bien, el agotamiento había producido un acceso de fiebre fría que se manifestaba por la indiferencia entre la mayoría y una tendencia a la incredulidad o escepticismo en las clases educadas. Finalmente, aquellos sentimientos de disgusto y odio, que por un breve tiempo la multitud había dirigido contra los crímenes y absurdos del fanatismo sectario y democrático, se trasladaron a los privilegios opresivos de la nobleza, y al lujo, las intrigas y el favoritismo de las cortes continentales. Los mismos principios, vestidos con el ostentoso ropaje de una filosofía de moda, se alzaron una vez más triunfantes y provocaron la revolución francesa. ¿Y no hemos tenido en los últimos tres o cuatro años motivos para temer que las detestables máximas y medidas correspondientes del último despotismo francés ya habían oscurecido los recuerdos públicos de la demencia democrática; que habían desviado hacia otros objetos la fuerza eléctrica de los sentimientos que habían agrupado y sostenido esos recuerdos; y que solo faltaba una favorable concurrencia de ocasiones para despertar el trueno y precipitar el relámpago desde el extremo opuesto del cielo político?
En parte por una indolencia constitucional, que incluso en el apogeo de la esperanza había mantenido mi entusiasmo bajo control, pero aún más por los hábitos e influencias de una educación clásica y ocupaciones académicas, apenas había transcurrido un año desde el inicio de mis aventuras literarias y políticas cuando mi mente cayó en un estado de profundo disgusto y desaliento, tanto respecto a las disputas como a las partes en disputa. Con más que sentimiento poético exclamé:
¡En vano se rebelan los sensuales y los oscuros, esclavos por su propia voluntad! En un loco juego rompen sus grilletes, para llevar el nombre de libertad, grabado en una cadena más pesada. ¡Oh Libertad! Con inútil empeño te he perseguido muchas horas cansadas; pero tú no engalanas el triunfo del vencedor, ni jamás insuflaste tu alma en formas de poder humano. Igualmente de todos, por más que te alaben, (ni oración ni nombre jactancioso te detienen) de los harpías secuaces de la superstición y de los más obscenos esclavos de la blasfemia facciosa, tú te alejas en tus alas de querubín, guía de vientos errantes y compañera de las olas.
Me retiré a una cabaña en Somersetshire, al pie de Quantock, y dediqué mis pensamientos y estudios a los fundamentos de la religión y la moral. Allí me encontré completamente a la deriva. Las dudas irrumpieron; se abalanzaron sobre mí “de las fuentes del gran abismo”, y cayeron “de las ventanas del cielo”. Las verdades fundamentales de la religión natural y los libros de la Revelación contribuyeron por igual al diluvio; y pasó mucho tiempo antes de que mi arca tocara un Ararat y descansara. La idea del Ser Supremo me parecía estar tan necesariamente implicada en todos los modos particulares de ser como la idea de espacio infinito en todas las figuras geométricas por las que el espacio se limita. Me complacía la opinión cartesiana de que la idea de Dios se distingue de todas las demás ideas por implicar su realidad; pero no estaba completamente satisfecho. Entonces comencé a preguntarme, ¿qué prueba tenía yo de la existencia exterior de cualquier cosa? Por ejemplo, de esta hoja de papel, como cosa en sí, separada del fenómeno o imagen en mi percepción. Vi que, por la naturaleza de las cosas, tal prueba es imposible; y que de todos los modos de ser que no son objetos de los sentidos, la existencia se asume por una necesidad lógica derivada de la constitución misma de la mente, por la ausencia de todo motivo para dudar de ella, no por alguna contradicción absoluta en la suposición de lo contrario. Sin embargo, la existencia de un Ser, fundamento de toda existencia, no era aún la existencia de un creador y gobernador moral. “En la posición de que toda realidad está contenida en el ser necesario como atributo, o existe por medio de él, como su fundamento, queda sin decidir si las propiedades de inteligencia y voluntad deben atribuirse al Ser Supremo en el primer sentido o solo en el segundo; como atributos inherentes, o solo como consecuencias que existen en otras cosas a través de él. Si lo último fuera la verdad, entonces, a pesar de toda la preeminencia que debe asignarse al Primer Eterno por la suficiencia, unidad e independencia de su ser, como el temible fundamento del universo, su naturaleza quedaría muy por debajo de aquello que estamos obligados a comprender en la idea de DIOS. Pues, sin conocimiento ni resolución determinante propia, solo sería un fundamento necesario y ciego de otras cosas y otros espíritus; y así no se distinguiría del DESTINO de ciertos antiguos filósofos en ningún aspecto, salvo en ser descrito de manera más definida e inteligible.”
Durante mucho tiempo, en efecto, no pude reconciliar la personalidad con el infinito; y mi cabeza estaba con Spinoza, aunque todo mi corazón permanecía con Pablo y Juan. Sin embargo, ya había amanecido en mí, incluso antes de encontrarme con la CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA, cierta luz orientadora. Si el mero intelecto no podía hacer un descubrimiento cierto de una causa primera santa e inteligente, al menos podía aportar una demostración de que ningún argumento legítimo podía derivarse del intelecto en contra de su verdad. ¿Y qué es esto sino la afirmación de San Pablo, de que por la sabiduría—(más propiamente traducido como las facultades del razonamiento)—nadie ha llegado jamás al conocimiento de Dios? ¿Qué más que el libro más sublime, y probablemente el más antiguo, de la tierra nos ha enseñado,
La plata y el oro el hombre busca: Saca el mineral de la tierra, y la oscuridad a la luz.
¿Pero dónde encuentra la sabiduría? ¿Dónde está el lugar del entendimiento?
El abismo clama: ¡no está en mí! El océano responde: ¡no está en mí!
¿De dónde, pues, viene la sabiduría? ¿Dónde habita el entendimiento?
Oculta a los ojos de los vivientes, Guardada en secreto de las aves del cielo.
El infierno y la muerte responden: ¡Hemos oído el rumor de ella desde lejos!
DIOS señala el camino hacia ella; DIOS conoce su morada.
Él contempla los confines de la tierra; Él examina lo que está bajo los cielos.
Y cuando pesó los vientos, y midió el mar, Y estableció leyes para la lluvia, Y un camino para el trueno, Un camino para los relámpagos.
Entonces la vio, Y la contó; Escudriñó su profundidad, Y con un cordel la rodeó.
Pero al hombre dijo: ¡El temor del Señor es sabiduría para ti! Y apartarse del mal, Eso es tu entendimiento.
Llegué a la convicción de que la religión, como piedra angular y clave de la moralidad, debe tener un origen moral; al menos, en la medida en que la evidencia de sus doctrinas no podría, como las verdades de la ciencia abstracta, ser completamente independiente de la voluntad. Por tanto, era de esperarse que su verdad fundamental fuera tal que pudiera ser negada; aunque solo por el necio, y aun por el necio solo por la locura del corazón.
La cuestión entonces respecto a nuestra fe en la existencia de un Dios, no solo como el fundamento del universo por su esencia, sino como su creador y juez por su sabiduría y voluntad santa, parecía quedar así. La razón científica, cuyos objetos son puramente teóricos, permanece neutral, mientras su nombre y apariencia no sean usurpados por los opositores de la doctrina. Pero entonces se convierte en un aliado eficaz al exponer la falsa apariencia de demostración, o al evidenciar la igual demostrabilidad de lo contrario a partir de premisas igualmente lógicas. Mientras tanto, el entendimiento sugiere, la analogía de la experiencia facilita, la creencia. La naturaleza la excita y la recuerda, como por una revelación perpetua. Nuestros sentimientos casi la hacen necesaria; y la ley de la conciencia la ordena perentoriamente. Los argumentos que en algo aplican a ella, son a su favor; y no hay nada en su contra, salvo su propia sublimidad. No podría ser intelectualmente más evidente sin volverse moralmente menos eficaz; sin contradecir su propio fin al sacrificar la vida de la fe al frío mecanismo de un asentimiento menos valioso por ser obligatorio. La creencia en un Dios y en un estado futuro, (si una aquiescencia pasiva puede halagarse con el nombre de creencia), en verdad no siempre engendra un buen corazón; pero un buen corazón engendra tan naturalmente la creencia, que las muy pocas excepciones deben considerarse como extrañas anomalías provenientes de circunstancias extrañas y desafortunadas.
A partir de estas premisas procedí a extraer las siguientes conclusiones. Primero, que habiendo admitido plenamente la existencia de un Creador infinito pero autoconsciente, no se nos permite fundamentar la irracionalidad de cualquier otro artículo de fe en argumentos que igualmente probarían que es irracional aquello que hemos admitido como real. Segundo, que todo lo que sea deducible de la admisión de un espíritu autoconsciente y creador puede ser legítimamente utilizado como prueba de la posibilidad de cualquier otro misterio referente a la naturaleza divina. Possibilitatem mysteriorum, (Trinitatis, etc.) contra insultus Infidelium et Haereticorum a contradictionibus vindico; haud quidem veritatem, quae revelatione sola stabiliri possit; dice Leibnitz en una carta a su Duque. Luego añade la siguiente observación justa e importante. “En vano se aducirá la tradición o textos de la Escritura en apoyo de una doctrina, donec clava impossibilitatis et contradictionis e manibus horum Herculum extorta fuerit. Porque el hereje replicará aún, que los textos, cuyo sentido literal no está tanto por encima como directamente en contra de toda razón, deben entenderse figuradamente, como Herodes es un zorro, y así sucesivamente.”
Estos principios sostenía yo, filosóficamente, mientras que respecto a la religión revelada permanecía como un unitario fervoroso. Consideraba la idea de la Trinidad como una legítima inferencia escolástica de la existencia de Dios, como inteligencia creadora; y que por tanto merecía el rango de doctrina esotérica de la religión natural. Pero al no ver en ella ninguna implicación práctica o moral, la limité a las escuelas de filosofía. La admisión del Logos, como hipostasiado (es decir, ni mero atributo ni personificación) en nada disipó mis dudas respecto a la Encarnación y la Redención por la cruz; que no podía reconciliar en la razón con la impasibilidad del Ser Divino, ni en mis sentimientos morales con la sagrada distinción entre cosas y personas, el pago vicario de una deuda y la expiación vicaria de la culpa. Aún faltaba una revolución más profunda en mis principios filosóficos y una introspección más honda en mi propio corazón. Sin embargo, no puedo dudar que la diferencia de mis nociones metafísicas respecto a las de los unitarios en general contribuyó a mi reconversión final a la verdad plena en Cristo; así como, según su propia confesión, los libros de ciertos filósofos platónicos (libri quorundam Platonicorum) iniciaron el rescate de la fe de San Agustín del mismo error, agravado por el mucho más oscuro acompañamiento de la herejía maniquea.
Mientras mi mente se encontraba así perpleja, por una providencia bondadosa por la que nunca podré estar suficientemente agradecido, el generoso y munificente patrocinio del señor Josiah y el señor Thomas Wedgwood me permitió terminar mi educación en Alemania. En vez de molestar a otros con mis propias nociones inmaduras y composiciones juveniles, desde entonces me ocupé mejor en intentar llenar mi cabeza con la sabiduría de otros. Hice el mejor uso de mi tiempo y recursos; y por ello no hay periodo de mi vida al que pueda mirar atrás con tanta satisfacción sin reservas. Tras adquirir un conocimiento tolerable del idioma alemán en Ratzeburg, lo cual junto con mi viaje hasta allí he descrito en El Amigo, proseguí a través de Hannover hasta Gotinga.
Allí asistí regularmente a las conferencias de fisiología por la mañana y de historia natural por la noche, bajo Blumenbach, un nombre tan querido para todo inglés que haya estudiado en esa universidad, como venerado por los hombres de ciencia en toda Europa. Las conferencias de Eichhorn sobre el Nuevo Testamento me eran repetidas a partir de apuntes por un estudiante de Ratzeburg, un joven de sólida erudición e infatigable laboriosidad, que ahora, creo, es profesor de lenguas orientales en Heidelberg. Pero mis principales esfuerzos se dirigieron a obtener un conocimiento fundamentado del idioma y la literatura alemanas. Del profesor Tychsen recibí tantas lecciones de gótico de Ulfilas como bastaron para familiarizarme con su gramática y las palabras radicales de uso más frecuente; y con la ayuda ocasional de este mismo lingüista filosófico, leí el paráfrasis métrica del evangelio de Ottfried y los restos más importantes del Theotiscan, o el estado transicional del idioma teutónico del gótico al alemán antiguo del periodo suabo. De este periodo—(cuyo dialecto pulido es análogo al de nuestro Chaucer, y que deja al estudiante filosófico en duda de si el idioma no ha perdido desde entonces más en dulzura y flexibilidad de lo que ha ganado en condensación y abundancia)—leí con esmerada precisión a los Minnesinger (o trovadores del amor, los poetas provenzales de la corte suaba) y los romances métricos; y luego trabajé lo suficiente con muestras de los maestros cantores, sus sucesores degenerados; no obstante, no sin placer ocasional por los rústicos pero interesantes versos de Hans Sachs, el zapatero de Núremberg. Del genio de este hombre existen cinco volúmenes en folio con doble columna impresos, y casi igual número en manuscrito; sin embargo, el infatigable bardo se encarga de informar a sus lectores que nunca hizo un zapato menos, sino que había criado virtuosamente a una numerosa familia con el trabajo de sus manos.
En Píndaro, Chaucer, Dante, Milton y muchos más, tenemos ejemplos de la estrecha relación entre el genio poético y el amor por la libertad y la auténtica reforma. El sentido moral al menos no se sentirá ofendido si añado a la lista el nombre de este honesto zapatero (un oficio, por cierto, notable por la producción de filósofos y poetas).
Su poema titulado LA ESTRELLA DE LA MAÑANA fue la primera publicación que apareció en alabanza y apoyo de Lutero; y un excelente himno de Hans Sachs, que merecidamente ha sido traducido a casi todos los idiomas europeos, solía cantarse en las iglesias protestantes siempre que el heroico reformador las visitaba.
En los propios escritos alemanes de Lutero, y especialmente en su traducción de la Biblia, comenzó el idioma alemán. Me refiero al idioma tal como se escribe actualmente; lo que se llama el alto alemán, en contraste con el Platt-Teutsch, el dialecto de las tierras bajas o del norte, y con el Ober-Teutsch, la lengua del centro y sur de Alemania. El alto alemán es en verdad una lingua communis, no es en realidad el idioma nativo de ninguna provincia, sino la selección y esencia de todos los dialectos. Por esta razón es a la vez el más abundante y el más gramatical de todas las lenguas europeas.
Menos de un siglo después de la muerte de Lutero, el alemán fue inundado de barbarismos pedantes. Leí algunos volúmenes de este periodo por simple curiosidad; pues no es fácil imaginar algo más fantástico que el mero aspecto de sus páginas. Casi cada tercera palabra es una palabra latina con una terminación germanizada, la parte latina siempre impresa en letras romanas, mientras que en la última sílaba se conserva el carácter alemán.
Finalmente, hacia el año 1620, surgió Opitz, cuyo genio se asemejaba más al de Dryden que al de cualquier otro poeta que ahora venga a mi memoria. En opinión de Lessing, el más perspicaz de los críticos, y de Adelung, el primer lexicógrafo, Opitz y los poetas silesianos que lo siguieron no solo restauraron el idioma, sino que aún permanecen como modelos de dicción pura. Un extranjero no tiene voto en tal cuestión; pero tras leer repetidamente las obras de Opitz, mis impresiones justificaron ese veredicto, y me pareció haber adquirido de ellas una especie de instinto para reconocer lo genuino en el estilo de escritores posteriores.
No necesito hablar de la espléndida época que comenzó con Gellert, Klopstock, Ramler, Lessing y sus contemporáneos. Con las oportunidades de las que disfruté, habría sido vergonzoso no estar familiarizado con sus escritos; y ya he dicho cuanto requiere este bosquejo biográfico sobre los filósofos alemanes, cuyas obras, en su mayoría, conocí mucho tiempo después.
Poco después de mi regreso de Alemania, se me solicitó que asumiera el departamento literario y político en el Morning Post; y acepté la propuesta con la condición de que el periódico, en adelante, se condujera sobre ciertos principios fijos y anunciados, y que no se me obligara ni pidiera apartarme de ellos en favor de ningún partido o suceso. En consecuencia, ese diario se volvió y durante muchos años continuó siendo realmente antiministerial, aunque con una aprobación muy matizada de la oposición, y con mucho mayor fervor y celo tanto antijacobino como antigalo. Hasta hoy no encuentro razón para aprobar la primera guerra, ni en su inicio ni en su conducción. Tampoco puedo entender con qué razón se dice que el señor Perceval (a quien tengo la singularidad de considerar el mejor y más sabio ministro de este reinado), ni la actual administración, han seguido los planes del señor Pitt. El amor a su país y la hostilidad perseverante hacia los principios y la ambición franceses son, en efecto, cualidades honorables que comparten con su predecesor. Pero me parece tan claro como lo permite la evidencia de los hechos en cualquier cuestión histórica, que los éxitos de Perceval y del ministerio actual se deben a que han seguido medidas directamente contrarias a las de Pitt. Tales son, por ejemplo, la concentración de la fuerza nacional en un solo objetivo; el abandono de la política de subsidios, al menos hasta el punto de no incitar ni sobornar a las cortes continentales para entrar en guerra, hasta que las convicciones de sus súbditos la convirtieran en una guerra buscada por ellos mismos; y, sobre todo, su viril y generosa confianza en el buen sentido del pueblo inglés y en esa lealtad que está ligada al corazón mismo de la nación por el sistema de crédito y la interdependencia de la propiedad.
Sea como fuere, estoy convencido de que el Morning Post resultó ser un aliado mucho más útil para el Gobierno en sus objetivos más importantes, precisamente por ser considerado generalmente como moderadamente antiministerial, que si hubiera sido el elogista declarado del señor Pitt. Quienes, por curiosidad o capricho, hojeen los periódicos de esa época, podrán encontrar una pequeña prueba de esto en las frecuentes acusaciones del Morning Chronicle, de que ciertos ensayos o párrafos principales habían sido enviados desde el Tesoro. El rápido e inusual aumento en la venta del Morning Post es una garantía suficiente de que la imparcialidad genuina, junto con una porción respetable de talento literario, asegura el éxito de un periódico sin necesidad de apoyo partidista o ministerial. Pero por imparcialidad entiendo una adhesión honesta e ilustrada a un código de principios comprensibles previamente anunciados, y fielmente invocados para fundamentar cada juicio sobre personas y acontecimientos; no el abuso indiscriminado, no el desahogo de las propias pasiones malignas del editor, y mucho menos, si eso es posible, la determinación de lucrar halagando la envidia y la codicia, la inquietud vengativa y la vanidad de la vulgaridad medio necia; una determinación casi diabólica, pero que, según me han informado, ha sido jactanciosamente proclamada por un hombre, el más notorio de estos aduladores de las masas. Desde el inicio de la administración Addington hasta el día de hoy, todo lo que he escrito en THE MORNING POST, o (después de que ese periódico pasara a otros propietarios) en THE COURIER, ha sido en defensa o promoción de las medidas del Gobierno.
Cosas de esta índole apenas sobreviven a la noche que les da nacimiento; perecen a la vista; arrojadas tan lejos de la vida posterior, que apenas puede decirse otra cosa, sino que existieron.
Sin embargo, en estas labores empleé, y, según la creencia de algunos amigos parciales, desperdicié la flor y la madurez de mi intelecto. Ciertamente, no añadieron nada a mi fortuna ni a mi reputación. El trabajo de la semana suplía las necesidades de la semana. Del gobierno o de los amigos del gobierno no solo nunca recibí remuneración, ni jamás la esperé; sino que nunca fui honrado con un solo reconocimiento o expresión de satisfacción. Sin embargo, la retrospectiva dista mucho de ser dolorosa o motivo de arrepentimiento. No soy, en verdad, tan ingenuo como para tomar por algo más que una violenta hipérbole del debate partidista la afirmación del señor Fox de que la última guerra (confío en que el epíteto no sea prematuro) fue una guerra provocada por el Morning Post; o de lo contrario, me sentiría orgulloso de que esas palabras se inscribieran en mi tumba. Tan poco me afecta el hecho de haber sido objeto específico del resentimiento de Bonaparte durante mi residencia en Italia, a consecuencia de aquellos ensayos en el Morning Post durante la paz de Amiens. De esto fui advertido, directamente, por el Barón Von Humboldt, plenipotenciario prusiano, quien en ese entonces era ministro de la corte prusiana en Roma; e indirectamente, a través de su secretario, por el propio Cardenal Fesch. Tampoco doy mayor importancia al hecho confirmatorio de que se envió desde París una orden para mi arresto, peligro del que fui rescatado por la amabilidad de un noble benedictino y la graciosa connivencia de ese buen anciano, el actual Papa. Pues el apetito vengativo del difunto tirano era omnívoro, y se cebaba tanto en un duque de Enghien como en el redactor de un párrafo periodístico. Como un verdadero buitre, Napoleón, con una mirada no menos telescópica y un gusto igualmente tosco en su rapiña, podía descender desde las alturas más deslumbrantes para abalanzarse sobre una liebre en el matorral, o incluso sobre un ratón de campo entre la hierba. Pero sí obtengo satisfacción del conocimiento de que mis ensayos contribuyeron a introducir la práctica de situar las cuestiones y acontecimientos del día en un punto de vista moral; de dar dignidad a medidas particulares al rastrear su política o impolítica hasta principios permanentes, y de dar interés a los principios aplicándolos a medidas individuales. En los escritos del señor Burke, en efecto, pueden hallarse los gérmenes de casi todas las verdades políticas. Pero me atrevo a atribuirme el mérito de haber definido y analizado explícitamente por primera vez la naturaleza del jacobinismo; y que, al distinguir al jacobino del republicano, el demócrata y el simple demagogo, rescaté la palabra de quedar como mero término de abuso, y puse en guardia a muchas mentes honestas que, aun en su celo contra el jacobinismo, admitían o apoyaban principios de los cuales pueden deducirse legítimamente las peores partes de ese sistema. Que estos no sean resultados prácticos necesarios de tales principios, lo debemos a esa afortunada inconsecuencia de nuestra naturaleza, que permite al corazón rectificar los errores del entendimiento. El examen detallado del Gobierno consular y su supuesta constitución, y la prueba que di de que era un despotismo consumado disfrazado, arrancaron una retractación incluso al Morning Chronicle, que antes había ensalzado esa constitución como la perfección de una libertad sabia y regulada. En cada gran acontecimiento procuré descubrir en la historia pasada el suceso que más se le asemejara. Obtenía, siempre que era posible, los historiadores, memorialistas y panfletistas contemporáneos. Luego, restando con justicia los puntos de diferencia de los de semejanza, según el balance favoreciera a unos u otros, conjeturaba que el resultado sería igual o diferente. En la serie de ensayos titulada “Comparación de Francia bajo Napoleón con Roma bajo los primeros Césares”, y en los que siguieron “Sobre la probable restauración final de los Borbones”, me siento autorizado a afirmar, por el efecto producido en muchos hombres inteligentes, que, de faltar las fechas, podría sospecharse que los ensayos fueron escritos en los últimos doce meses. El mismo método seguí al inicio de la revolución española, y con igual éxito, tomando la guerra de las Provincias Unidas con Felipe II como base de la comparación. He mencionado esto no por vanidad, ni siquiera por motivos de autodefensa, lo que justificaría cierto grado de egotismo, especialmente si se considera cuán a menudo y de manera grosera he sido atacado por sentimientos que he intentado refutar y exponer con mis mejores facultades, y cuán gravemente estas acusaciones me perjudicaron mientras estuve en Malta. O más bien lo habrían hecho, si mis propios sentimientos no hubieran excluido el deseo de un establecimiento permanente en esa isla. Pero lo he mencionado por la plena convicción de que, armado con el doble conocimiento de la historia y la mente humana, un hombre difícilmente errará en su juicio sobre el resultado total de cualquier futuro acontecimiento nacional, si ha podido obtener los documentos originales del pasado, junto con relatos auténticos del presente, y si posee un instinto filosófico para lo verdaderamente importante en los hechos, y en la mayoría de los casos, por tanto, para aquellos hechos que la dignidad de la historia ha excluido de los volúmenes de nuestros compiladores modernos, por cortesía de la época llamados historiadores.
Haber vivido en vano debe de ser un pensamiento doloroso para cualquier hombre, y especialmente para aquel que ha hecho de la literatura su profesión. Por ello, preferiría compadecer antes que enojarme con la mente que pudiera atribuir a sentimientos menos dignos que los de la vanidad o el amor propio la satisfacción que reconozco haber experimentado por la reimpresión de mis ensayos políticos (ya sea completos o como extractos) no solo en muchos de nuestros periódicos provinciales, sino en los diarios federales de toda América. Lo consideré como una prueba de que no había trabajado del todo en vano, que de los artículos escritos por mí poco antes y al inicio de la última y desafortunada guerra con América, no solo se adoptaron los sentimientos, sino en algunos casos el mismo lenguaje, en varios de los documentos oficiales del estado de Massachusetts.
Pero ninguno de estos motivos, ni todos juntos, me habrían impulsado a hacer una declaración tan incómoda para mis propios sentimientos, de no haber sido mi carácter atacado repetidamente, mediante una intromisión injustificable en la vida privada, como el de un hombre incorregiblemente ocioso, que, no solo dotado de amplios talentos, sino favorecido con oportunidades poco comunes para desarrollarlos, sin embargo los dejó oxidarse sin ningún esfuerzo eficaz, ni para su propio bien ni para el de sus semejantes. Incluso si las composiciones que he hecho públicas, y además en una forma la más segura de una amplia circulación, aunque la menos halagadora para el amor propio de un autor, se hubieran publicado en libros, habrían llenado un número respetable de volúmenes, aunque se omitiera todo pasaje de interés meramente temporal. Mis escritos en prosa han sido acusados de exigir una atención desproporcionada; de un exceso de refinamiento en el modo de llegar a la verdad; de rebuscar en el terreno aquello que podría haberse alcanzado con la mirada; de la longitud y laboriosa construcción de mis períodos; en suma, de oscuridad y amor al paradoja. Pero mis críticos más severos no han pretendido encontrar en mis composiciones trivialidad, ni rastros de una mente que rehuyera el esfuerzo de pensar. Nadie me ha acusado de disfrazar con otras palabras los pensamientos ajenos, ni de recalentar la cramben jam decies coctam de la literatura o filosofía inglesa. Rara vez he escrito algo en un día cuya adquisición o investigación no me haya costado el trabajo previo de un mes.
¿Pero son los libros el único canal por el cual puede fluir el caudal de la utilidad intelectual? ¿Debe estimarse la difusión de la verdad por las publicaciones, o las publicaciones por la verdad que difunden o al menos contienen? Lo digo con la justificada vehemencia de una mente herida por una acusación que no solo ha sido difundida en revistas de la más amplia circulación, no solo registrada en los más voluminosos trabajos de literatura periódica, sino que, por la frecuencia de su repetición, se ha convertido en un hecho admitido en círculos literarios privados, y repetido irreflexivamente por demasiados que se llaman mis amigos y cuyas propias memorias deberían haberles sugerido un testimonio contrario. ¡Ojalá el criterio de la utilidad de un erudito fuera el número y valor moral de las verdades que ha logrado poner en circulación general; o el número y valor de las mentes que, por su conversación o cartas, ha estimulado a la actividad y provisto de los gérmenes de su desarrollo posterior! Puede que ni siquiera entonces se me otorgara un rango distinguido por mis esfuerzos; pero me atrevería a esperar con confianza una honorable absolución. Me atrevería a apelar a las numerosas y respetables audiencias que en distintos momentos y lugares honraron mis aulas con su asistencia, para que juzgaran si los puntos de vista desde los cuales se abordaron los temas tratados, si los fundamentos de mi razonamiento, eran tales como los habían escuchado o leído en otra parte, o han encontrado después en publicaciones previas. Puedo declarar con conciencia que el éxito completo de REMORDIMIENTO en la primera noche de su representación no me dio un placer tan grande ni tan sentido como la observación de que el patio y los palcos estaban llenos de rostros familiares para mí, aunque de individuos cuyos nombres no conocía y de quienes nada sabía, salvo que habían asistido a uno u otro de mis cursos de conferencias. Es un excelente, aunque quizá algo vulgar, proverbio aquel que dice que hay casos en los que a un hombre le da lo mismo "apostar una libra que un penique". A quienes, por ignorancia del serio daño que me ha causado este rumor de que he soñado mi vida en vano—daños que recuerdo a disgusto y mucho menos estoy dispuesto a registrar en un esbozo de mi vida literaria—, o a quienes, por sus propios sentimientos o por el placer que les produce pensar con desprecio de otros, quisieran, como los consoladores de Job, atribuir estas quejas, arrancadas de mí por el sentido de injusticia, a la vanidad o presunción, ya les he proporcionado material suficiente como para que nada gane ocultando el resto. No dudaré, por tanto, en apelar a la conciencia de aquellos que, por su larga relación conmigo y con las circunstancias, están mejor capacitados para decidir o ser mis jueces, sobre si la restitución del suum cuique aumentaría o disminuiría mi reputación literaria. En esta exculpación espero que se entienda que hablo de mí comparativamente, y en proporción a las demandas que otros tienen derecho a hacer sobre mi tiempo o mis talentos. Por lo que he logrado, debo ser juzgado por mis semejantes; lo que pude haber hecho, es cuestión para mi propia conciencia. Por mi parte, quizá haya tenido razones suficientes para lamentar mi falta de autodominio y la negligencia de concentrar mis facultades en la realización de alguna obra permanente. Pero a la poesía más que a la prosa, si a alguna, pertenece la voz del lamento por
Agudos dolores de amor, despertando como un niño Turbulento, con un grito en el corazón; Y temores obstinados que evitaban la mirada de la esperanza; Y una esperanza que apenas se distinguía del temor; Sentimiento de juventud pasada, y madurez llegada en vano, Y genio otorgado y saber conquistado en vano; Y todo lo que recogí en paseos por bosques salvajes, Y todo lo que el paciente esfuerzo cultivó, y todo, Lo que la comunión contigo abrió—pero flores Esparcidas sobre mi cadáver, y llevadas en mi féretro, ¡En el mismo ataúd, para la misma tumba!
Confío en que, en adelante, estos solo existirán en los versos poéticos que los sentimientos del momento inspiraron. Solo en ellos, amable lector,
Afectos varios del alma, y la guerra de la envidia tenaz, Lees por completo, y repasas las vanas preocupaciones Que el humilde estilo vertió en mi tierna juventud. Lees también las lágrimas, y la herida que aquel niño armado de aguda flecha Me hizo cuando yo era niño. Todo lo consume poco a poco el paso del tiempo, Y viviendo morimos, y permaneciendo somos arrastrados. Comparado conmigo mismo, ya no me reconozco; El rostro es otro, otras las costumbres, nueva la imagen de la mente, La voz suena distinta—Ya la observación de la vida Me ha enseñado mucho—nada que lamentar, todo que soportar; y ya Poco a poco la experiencia ha secado mis lágrimas.



