Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo XIII
Capítulo 14 de 28 · 10 min de lectura
Sobre la imaginación, o poder esemplástico
Oh Adán, Uno es el Todopoderoso, de quien proceden todas las cosas, y a quien todas regresan, si no se han desviado del bien, pues todas fueron creadas para la perfección, una sola materia original, dotada de diversas formas, varios grados de sustancia y, en los seres vivos, de vida; pero más refinada, más espiritual y pura, cuanto más cerca de Él se encuentren, o más tiendan hacia Él, cada una en sus respectivas esferas activas asignadas, hasta que el cuerpo se eleve al espíritu, dentro de los límites proporcionados a cada clase. Así, desde la raíz brota más ligera la verde caña, de ahí las hojas más etéreas; por último, la flor brillante y consumada exhala un aliento aromático: flores y sus frutos, alimento del hombre, se subliman por una escala gradual hasta aspirar a los espíritus vitales: a lo animal: a lo intelectual, que otorgan vida y sentido, fantasía y entendimiento; de donde el alma recibe la RAZÓN, y la razón es su ser, discursiva o intuitiva.
“Con razón se diría que si las cosas corporales no contuvieran nada más que lo material, verdaderamente consistirían en flujo, y no tendrían nada sustancial, como en su tiempo reconocieron correctamente los platónicos.”
“Por tanto, además de los objetos puramente matemáticos y de la fantasía, he concluido que deben admitirse ciertas cosas metafísicas y perceptibles solo por la mente, y que debe añadirse a la masa material un principio superior y, por así decirlo, formal: ya que todas las verdades de las cosas corporales no pueden deducirse únicamente de los axiomas logísticos y geométricos, es decir, sobre lo grande y lo pequeño, el todo y la parte, la figura y la posición; sino que deben añadirse otras relativas a la causa y el efecto, la acción y la pasión, para que se salven las razones del orden de las cosas. No importa si llamamos a ese principio de las cosas entelequia o fuerza, siempre que recordemos que solo puede explicarse inteligiblemente por la noción de Fuerzas.”
Sebomai noeron Kruphian taxin Chorei TI MESON Ou katachuthen.
Descartes, hablando como naturalista y a imitación de Arquímedes, dijo: denme materia y movimiento y les construiré el universo. Debemos, por supuesto, entender que quiso decir: haré comprensible la construcción del universo. En el mismo sentido, el filósofo trascendental dice: concédanme una naturaleza con dos fuerzas contrarias, una de las cuales tiende a expandirse infinitamente, mientras que la otra se esfuerza por aprehenderse o encontrarse a sí misma en esa infinitud, y haré que ante ustedes surja el mundo de las inteligencias con todo el sistema de sus representaciones. Toda otra ciencia presupone la inteligencia como ya existente y completa: el filósofo la contempla en su crecimiento, y, por así decirlo, representa su historia ante la mente desde su nacimiento hasta su madurez.
El venerable sabio de Königsberg se adelantó a esta idea maestra como un eficaz pionero en su ensayo sobre la introducción de cantidades negativas en la filosofía, publicado en 1763. En él ha demostrado que, en vez de atacar la ciencia de las matemáticas mediante la metafísica, como hizo Berkeley en su ANALISTA, o de adulterarla, como Wolf, con el vano intento de deducir los primeros principios de la geometría de supuestos fundamentos más profundos de la ontología, correspondía más bien al metafísico examinar si la única provincia del conocimiento que el hombre ha logrado erigir en ciencia pura no podría proporcionar materiales, o al menos indicios, para establecer y pacificar el dominio inestable, conflictivo y enredado de la filosofía. En efecto, se había intentado una imitación del método matemático, con no mejor éxito que el que tuvo el ensayo de David al vestir la armadura de Saúl. Sin embargo, es posible otro uso de mucho mayor promesa, a saber, la aplicación real de las posiciones que tan maravillosamente ampliaron los descubrimientos de la geometría, mutatis mutandis, a temas filosóficos. Kant, tras ilustrar brevemente la utilidad de tal intento en las cuestiones de espacio, movimiento y cantidades infinitesimales, tal como las emplea el matemático, pasa a la idea de cantidades negativas y su transferencia a la investigación metafísica. Los opuestos, observa acertadamente, son de dos clases: lógicos, es decir, absolutamente incompatibles; o reales, sin ser contradictorios. A los primeros los denomina Nihil negativum irrepraesentabile, cuya conexión produce sinsentidos. Un cuerpo en movimiento es algo—Aliquid cogitabile; pero un cuerpo, al mismo tiempo en movimiento y no en movimiento, no es nada, o, en el mejor de los casos, aire articulado en sinsentidos. Pero una fuerza motriz de un cuerpo en una dirección, y una fuerza igual del mismo cuerpo en dirección opuesta, no son incompatibles, y el resultado, es decir, el reposo, es real y representable. Para los fines del cálculo matemático, es indiferente cuál fuerza llamemos negativa y cuál positiva, y en consecuencia, asignamos esta última a la que resulta ser el objeto principal de nuestro pensamiento. Así, si el capital de un hombre es diez y sus deudas ocho, la resta será la misma, ya sea que llamemos al capital deuda negativa, o a la deuda capital negativo. Pero en la medida en que lo segundo se relaciona prácticamente con lo primero, naturalmente representamos la suma como 10-8. Es igualmente claro que dos fuerzas iguales actuando en direcciones opuestas, siendo ambas finitas y distinguiéndose solo por su dirección, deben neutralizarse o reducirse mutuamente a la inacción. Ahora bien, la filosofía trascendental exige, primero, que se conciban dos fuerzas que se contrarresten por su naturaleza esencial; no solo como consecuencia de la dirección accidental de cada una, sino como anteriores a toda dirección, es más, como las fuerzas primarias de las que derivan y se deducen las condiciones de todas las posibles direcciones: en segundo lugar, que se suponga que ambas fuerzas son igualmente infinitas, igualmente indestructibles. El problema será entonces descubrir el resultado o producto de dos tales fuerzas, en contraste con el resultado de aquellas fuerzas que son finitas y cuya diferencia proviene únicamente de la circunstancia de su dirección. Cuando hayamos formado un esquema o bosquejo de estos dos tipos diferentes de fuerza, y de sus diferentes resultados, mediante el proceso del razonamiento discursivo, quedará entonces elevar la tesis de lo conceptual a lo real, contemplando intuitivamente este único poder con sus dos fuerzas inherentes, indestructibles pero opuestas, y los resultados o generaciones a los que da existencia su interpenetración, en el principio viviente y en el proceso de nuestra propia autoconciencia. El instrumento por el cual esto es posible lo descubrirá la propia solución, al mismo tiempo que revelará para quién y a quién es posible. Non omnia possumus omnes. Hay un genio filosófico no menos que poético, que se diferencia de la más alta perfección del talento, no por grado sino por especie.
La contraposición entonces de las dos fuerzas asumidas no depende de que se encuentren desde direcciones opuestas; el poder que actúa en ellas es indestructible; por lo tanto, es inagotablemente reemergente; y como algo debe ser el resultado de estas dos fuerzas, ambas igualmente infinitas y ambas igualmente indestructibles; y como el reposo o la neutralización no pueden ser ese resultado; no es posible otra concepción, sino que el producto debe ser un tertium quid, o generación finita. Por consiguiente, esta concepción es necesaria. Ahora bien, ese tertium quid no puede ser otra cosa que una interpenetración de los poderes contrapuestos, participando de ambos.
Hasta aquí había sido transcrito el trabajo para la imprenta, cuando recibí la siguiente carta de un amigo, cuyo juicio práctico he tenido sobradas razones para estimar y respetar, y cuyo gusto y sensibilidad excluyen todas las excusas que mi amor propio podría haberme impulsado a esgrimir en defensa contra la decisión de consejeros de igual buen sentido, pero con menos tacto y sentimiento.
“Querido C.
“Me pides mi opinión sobre tu Capítulo acerca de la Imaginación, tanto en cuanto a las impresiones que me produjo a mí, como respecto a las que creo que causará en el público, es decir, en esa parte del público que, por el título de la obra y por constituir una especie de introducción a un volumen de poemas, probablemente conformará la gran mayoría de tus lectores.
“En cuanto a mí, y expresando en primer lugar el efecto en mi entendimiento, tus opiniones y método de argumentación no solo me resultaron tan nuevos, sino tan directamente opuestos a todo lo que siempre había considerado como verdad, que incluso si hubiera comprendido suficientemente tus premisas como para admitirlas, y hubiera visto la necesidad de tus conclusiones, aún me habría encontrado en ese estado mental que en tu nota del Cap. IV has expuesto tan ingeniosamente como la antítesis de aquel en que se encuentra un hombre cuando comete un disparate. En tus propias palabras, me habría sentido como si estuviera de cabeza.”
“El efecto en mis sentimientos, por otro lado, no puedo representarlo mejor que suponiendo que solo hubiera conocido nuestras ligeras y aireadas capillas modernas, y que, por primera vez, me hubieran colocado y dejado solo en una de nuestras más grandes catedrales góticas, en una ventosa noche de otoño iluminada por la luna. ‘Ahora en penumbra, ahora en sombra’; a menudo en una oscuridad palpable no exenta de una sensación fría de terror; luego, de repente, emergiendo hacia luces amplias aunque visionarias, con sombras de colores y formas fantásticas, pero todas adornadas con insignias sagradas y símbolos místicos; y de vez en cuando, saliendo de lleno ante cuadros e imágenes de piedra de grandes hombres, cuyos nombres me eran familiares, pero que me miraban con rostros y expresiones sumamente disímiles a todas las que solía asociar con esos nombres. Aquellos a quienes me enseñaron a venerar como casi sobrehumanos en magnitud intelectual, los encontraba encaramados en pequeños nichos de filigrana, como enanos grotescos; mientras que los grotescos, según mi creencia hasta entonces, custodiaban el altar mayor con todos los caracteres de la apoteosis. En resumen, lo que había supuesto sustancias se desvanecía en sombras, mientras que en todas partes las sombras se volvían sustancias:
Si sustancia podía llamarse a esa sombra que parecía, ¡pues cada una parecía la otra!
“Sin embargo, no pude evitar repetir los versos que citaste de un poema manuscrito tuyo en el FRIEND, y que aplicaste a una obra del señor Wordsworth, aunque con algunas palabras cambiadas:
—Un cuento órfico en verdad, Un relato oscuro de pensamientos elevados y apasionados ¡entonado con una música extraña!
“Sin embargo, ten la seguridad de que espero con ansias tu gran libro sobre la FILOSOFÍA CONSTRUCTIVA, que has prometido y anunciado: y haré mi mejor esfuerzo por comprenderlo. Solo que no prometo descender contigo a la oscura cueva de Trofonio, para frotarme los ojos y así producir las chispas y destellos figurados que se me exige ver.
“Eso en cuanto a mí. Pero respecto al público, no dudo ni un momento en aconsejarte y exhortarte a retirar el capítulo de la obra actual y reservarlo para tus tratados anunciados sobre el Logos o intelecto comunicativo en el Hombre y la Deidad. Primero, porque, por imperfectamente que comprenda el capítulo presente, veo claramente que has hecho demasiado y, sin embargo, no lo suficiente. Has tenido que omitir tantos eslabones, por la necesidad de condensar, que lo que queda parece (si puedo volver a mi ilustración anterior) como los fragmentos de los escalones en espiral de una vieja torre en ruinas. En segundo lugar, un argumento aún más fuerte (al menos uno que estoy seguro será más convincente para ti) es que tus lectores tendrán tanto el derecho como la razón para quejarse de ti. Este capítulo, que no podrá, una vez impreso, tener menos de cien páginas, necesariamente incrementará mucho el costo de la obra; y todo lector que, como yo, no esté preparado ni quizás hecho para el estudio de un tema tan abstruso y tratado de manera tan abstrusa, estará, como ya insinué, casi en su derecho de acusarte de una especie de imposición. Porque, como podría observar con razón, ¿quién, a partir de tu portada, a saber, “Mi vida y opiniones literarias”, publicada además como introducción a un volumen de poemas misceláneos, habría anticipado, o siquiera conjeturado, un largo tratado sobre el Realismo Ideal que guarda con Plotino la misma relación en cuanto a dificultad que Plotino con Platón? Será bueno, si no tienes ya demasiada disquisición metafísica en tu obra, aunque, como la mayor parte de la disquisición es histórica, sin duda será interesante e instructiva para muchos, cuyas mentes no preparadas serían incapaces de comprender tus especulaciones sobre el poder esemplástico. Ten la seguridad de que, si publicas este capítulo en la obra actual, te recordarán el Siris del obispo Berkeley, anunciado como un ensayo sobre el agua de alquitrán, que comenzando con alquitrán termina con la Trinidad, siendo el omne scibile el intermedio. Digo en la obra presente. En esa obra mayor a la que has dedicado tantos años, y un estudio tan intenso y variado, estará en su lugar adecuado. Tu prospecto habrá descrito y anunciado tanto su contenido como su naturaleza; y si alguien la compra sin interesarse por los temas que trata, solo tendrá que culparse a sí mismo.
“Podría añadir a estos argumentos uno derivado de motivos pecuniarios, y en particular de los probables efectos sobre la venta de tu publicación actual; pero pesarían poco para ti en comparación con los anteriores. Además, hace tiempo que observo que los argumentos basados en tus propios intereses personales suelen actuar en ti más como narcóticos que como estimulantes, y que en cuestiones de dinero tienes una pequeña porción de naturaleza porcina en tu idiosincrasia moral, y, como estas amables criaturas, debes ser tirado ocasionalmente hacia atrás desde la barca para que entres en ella. Que todo el éxito te acompañe, porque si el pensar y leer arduamente son méritos, los has merecido.”
“Tu afectuoso, etc.”
Como consecuencia de esta carta tan juiciosa, que produjo una convicción completa en mi ánimo, me contentaré por ahora con exponer el resultado principal del capítulo, que he reservado para esa futura publicación, cuyo prospecto detallado el lector encontrará al final del segundo volumen.
Considero entonces a la Imaginación como primaria o secundaria. La Imaginación primaria la considero el poder viviente y el agente principal de toda percepción humana, y como una repetición en la mente finita del acto eterno de creación en el infinito YO SOY. La Imaginación secundaria la considero un eco de la primera, coexistiendo con la voluntad consciente, aunque idéntica a la primaria en el tipo de su acción, y diferenciándose solo en grado y en el modo de su operación. Disuelve, difunde, disipa, para recrear: o, donde este proceso resulta imposible, aun así, en todo caso, lucha por idealizar y unificar. Es esencialmente vital, así como todos los objetos (en cuanto objetos) son esencialmente fijos y muertos.
La FANTASÍA, por el contrario, no tiene otros elementos con los que jugar más que fijezas y definiciones. La fantasía no es más que una modalidad de la memoria emancipada del orden del tiempo y el espacio; mientras se mezcla y se modifica por ese fenómeno empírico de la voluntad que expresamos con la palabra Elección. Pero, al igual que la memoria común, la Fantasía debe recibir todos sus materiales ya hechos por la ley de la asociación.



