Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo XIV
Capítulo 15 de 28 · 11 min de lectura
Ocasión de las Baladas líricas y los objetivos originalmente propuestos—Prólogo a la segunda edición—La controversia subsiguiente, sus causas y acritud—Definiciones filosóficas de Poema y Poesía con escolios.
Durante el primer año en que el señor Wordsworth y yo fuimos vecinos, nuestras conversaciones giraban frecuentemente en torno a los dos puntos cardinales de la poesía: el poder de despertar la simpatía del lector mediante una fiel adhesión a la verdad de la naturaleza, y el poder de conferir el interés de la novedad a través de los colores modificadores de la imaginación. El encanto repentino que los accidentes de luz y sombra, que la luz de la luna o el atardecer difundían sobre un paisaje conocido y familiar, parecía representar la posibilidad de combinar ambos aspectos. Esto es la poesía de la naturaleza. Surgió entonces la idea—(no recuerdo a cuál de los dos)—de que podría componerse una serie de poemas de dos clases. En la primera, los incidentes y agentes serían, al menos en parte, sobrenaturales; y la excelencia buscada consistiría en interesar los afectos mediante la verdad dramática de aquellas emociones que naturalmente acompañarían tales situaciones, suponiéndolas reales. Y reales, en este sentido, lo han sido para todo ser humano que, por cualquier fuente de ilusión, en algún momento se haya creído bajo la influencia de una agencia sobrenatural. Para la segunda clase, los temas serían escogidos de la vida ordinaria; los personajes y sucesos serían los que pueden hallarse en cualquier aldea y sus alrededores, donde exista una mente meditativa y sensible que los busque, o los note cuando se presenten.
En esta idea tuvo origen el plan de las BALADAS LÍRICAS; en el cual se acordó que mis esfuerzos se dirigirían a personas y personajes sobrenaturales, o al menos románticos; pero de modo que se transfiriera desde nuestra naturaleza interior un interés humano y una apariencia de verdad suficiente para obtener para estas sombras de la imaginación esa voluntaria suspensión de la incredulidad por el momento, que constituye la fe poética. El señor Wordsworth, por su parte, se propuso como objetivo conferir el encanto de la novedad a las cosas cotidianas, y despertar un sentimiento análogo a lo sobrenatural, al avivar la atención de la mente adormecida por la costumbre y dirigirla hacia la hermosura y las maravillas del mundo ante nosotros; un tesoro inagotable, pero para el cual, debido al velo de la familiaridad y la preocupación egoísta, tenemos ojos y no vemos, oídos y no oímos, y corazones que ni sienten ni comprenden.
Con esta intención escribí EL ANCIANO MARINERO, y estaba preparando, entre otros poemas, LA DAMA OSCURA y CHRISTABEL, en los cuales habría realizado más plenamente mi ideal que en mi primer intento. Pero la laboriosidad del señor Wordsworth resultó mucho más exitosa, y el número de sus poemas fue mucho mayor, de modo que mis composiciones, en vez de formar un equilibrio, parecían más bien una interpolación de materia heterogénea. El señor Wordsworth añadió dos o tres poemas escritos en su propio carácter, en el lenguaje apasionado, elevado y sostenido que es característico de su genio. En esta forma se publicaron las BALADAS LÍRICAS; y él las presentó como un experimento, para ver si temas que por su naturaleza rechazaban los adornos habituales y el estilo extra-coloquial de los poemas en general, no podrían ser tratados en el lenguaje de la vida ordinaria de modo que produjeran el interés placentero que es el cometido peculiar de la poesía. A la segunda edición añadió un prólogo de considerable extensión; en el cual, a pesar de algunos pasajes de aparente sentido contrario, se entendió que defendía la extensión de este estilo a toda clase de poesía, y rechazaba como viciosas e indefendibles todas las frases y formas de hablar que no estuvieran incluidas en lo que él (desafortunadamente, creo yo, al adoptar una expresión equívoca) llamó el lenguaje de la vida real. De este prólogo, antepuesto a poemas en los que era imposible negar la presencia de un genio original, por más que se considerara errada su orientación, surgió toda la larga y sostenida controversia. Pues de la conjunción de un poder percibido con una supuesta herejía explico la tenacidad y, en algunos casos, lamento decirlo, las pasiones acremente hostiles con que los atacantes han conducido la controversia.
Si los poemas del señor Wordsworth hubieran sido cosas tontas, infantiles, como durante mucho tiempo se los describió; si realmente se hubieran distinguido de las composiciones de otros poetas solo por la pobreza del lenguaje y la inanidad del pensamiento; si en verdad no hubieran contenido nada más que lo que se halla en las parodias y supuestas imitaciones de ellos, habrían caído de inmediato, como un peso muerto, en el lodazal del olvido, arrastrando consigo el prólogo. Pero año tras año aumentó el número de admiradores del señor Wordsworth. Además, no se encontraban entre las clases bajas del público lector, sino principalmente entre jóvenes de gran sensibilidad y mentes meditativas; y su admiración (inflamada quizás en cierto grado por la oposición) se distinguía por su intensidad, casi podría decirse, por su fervor religioso. Estos hechos, y la energía intelectual del autor, que se sentía más o menos conscientemente aun donde se negaba exterior y hasta ruidosamente, al encontrarse con sentimientos de aversión hacia sus opiniones y de alarma ante sus consecuencias, produjeron un remolino de crítica que por sí solo habría sostenido los poemas por la violencia con que los hacía girar una y otra vez. Con muchas partes de este prólogo, en el sentido que se les atribuye y que las palabras sin duda parecen autorizar, nunca estuve de acuerdo; por el contrario, las objeté como erróneas en principio y como contradictorias (al menos en apariencia) tanto con otras partes del mismo prólogo como con la propia práctica del autor en la mayor parte de los poemas. El señor Wordsworth, en su reciente recopilación, ha relegado, según veo, esta disquisición preliminar al final de su segundo volumen, para que el lector la lea o no, a su elección. Pero, hasta donde puedo descubrir, no ha anunciado ningún cambio en su credo poético. En todo caso, considerándolo como la fuente de una controversia en la que me he visto honrado más de lo que merezco por la frecuente asociación de mi nombre con el suyo, creo conveniente declarar de una vez por todas en qué puntos coincido con las opiniones sostenidas en ese prólogo y en cuáles difiero por completo. Pero para hacerme comprensible, debo antes, en el menor número de palabras posible, explicar mis puntos de vista, primero, sobre el Poema; y segundo, sobre la Poesía misma, en su género y en su esencia.
La tarea de la disquisición filosófica consiste en la distinción justa; mientras que es privilegio del filósofo mantenerse constantemente consciente de que distinción no es división. Para obtener nociones adecuadas de cualquier verdad, debemos separar intelectualmente sus partes distinguibles; y este es el proceso técnico de la filosofía. Pero, una vez hecho esto, debemos entonces devolverlas en nuestras concepciones a la unidad en la que realmente coexisten; y este es el resultado de la filosofía. Un poema contiene los mismos elementos que una composición en prosa; la diferencia, por tanto, debe consistir en una combinación diferente de ellos, como consecuencia de que se proponga un objetivo diferente. Según la diferencia del objetivo será la diferencia de la combinación. Es posible que el objetivo sea simplemente facilitar el recuerdo de ciertos hechos u observaciones mediante una disposición artificial; y la composición será un poema, únicamente porque se distingue de la prosa por el metro, o por la rima, o por ambos a la vez. En este sentido, el más bajo, alguien podría atribuir el nombre de poema a la conocida enumeración de los días de los distintos meses;
“Treinta días tiene septiembre, abril, junio y noviembre”, etcétera.
y otros del mismo tipo y propósito. Y dado que se encuentra un placer particular en anticipar la recurrencia de sonidos y acentos, todas las composiciones que tengan este encanto añadido, cualquiera que sea su contenido, pueden ser llamadas poemas.
Hasta aquí la forma superficial. Una diferencia de objetivo y contenido proporciona un motivo adicional de distinción. El propósito inmediato puede ser la comunicación de verdades; ya sea de una verdad absoluta y demostrable, como en las obras científicas; o de hechos experimentados y registrados, como en la historia. El placer, y el de la clase más elevada y duradera, puede resultar de la consecución del fin; pero no es en sí mismo el fin inmediato. En otras obras, la comunicación del placer puede ser el propósito inmediato; y aunque la verdad, ya sea moral o intelectual, debe ser el fin último, esto distinguirá el carácter del autor, no la clase a la que pertenece la obra. ¡Bendita en verdad es aquella sociedad en la que el propósito inmediato se vería frustrado por la perversión del fin último adecuado; en la que ningún encanto de dicción o de imágenes podría eximir al BATHYLLUS, incluso de un Anacreonte, o al ALEXIS de Virgilio, de la repulsión y el rechazo!
Pero la comunicación del placer puede ser el objetivo inmediato de una obra no compuesta en verso; y ese objetivo puede haberse alcanzado en alto grado, como en las novelas y los romances. ¿Otorgaría entonces la mera adición de métrica, con o sin rima, el derecho a estos de llamarse poemas? La respuesta es que nada puede agradar de manera permanente si no contiene en sí mismo la razón de por qué es así y no de otro modo. Si se añade la métrica, todas las demás partes deben ser acordes con ella. Deben ser tales que justifiquen la atención perpetua y diferenciada a cada parte, que la exacta correspondencia recurrente de acento y sonido está destinada a suscitar. La definición final, así deducida, puede formularse de la siguiente manera. Un poema es aquella especie de composición que se opone a las obras científicas, proponiendo como objetivo inmediato el placer, no la verdad; y de todas las demás especies—(que tienen este objetivo en común con él)—se distingue por proponerse un deleite tal del conjunto, como sea compatible con una gratificación diferenciada de cada parte que lo compone.
No es raro que surja controversia como consecuencia de que los disputantes asignan cada uno un significado diferente a la misma palabra; y en pocos casos esto ha sido más notorio que en las disputas sobre el presente tema. Si un hombre elige llamar poema a toda composición que tenga rima, o métrica, o ambas, debo dejar su opinión sin refutar. La distinción al menos es suficiente para caracterizar la intención del escritor. Si se añadiera que el conjunto es también entretenido o conmovedor, como relato o como serie de reflexiones interesantes, por supuesto admito esto como otro ingrediente adecuado de un poema, y un mérito adicional. Pero si se busca la definición de un poema legítimo, respondo que debe ser uno cuyos partes se apoyen y expliquen mutuamente; todas en su proporción armonizando y sosteniendo el propósito y las conocidas influencias de la disposición métrica. Los críticos filosóficos de todas las épocas coinciden con el juicio final de todos los países, en negar por igual los elogios de un poema justo, por un lado, a una serie de versos o dísticos llamativos, cada uno de los cuales, absorbiendo toda la atención del lector en sí mismo, se separa de su contexto y forma un todo aparte, en vez de una parte armoniosa; y por otro lado, a una composición insostenida, de la que el lector recoge rápidamente el resultado general sin sentirse atraído por las partes que la componen. El lector debe ser llevado hacia adelante, no solo o principalmente por el impulso mecánico de la curiosidad, o por un deseo inquieto de llegar a la solución final; sino por la actividad placentera de la mente estimulada por los atractivos del propio trayecto. Como el movimiento de una serpiente, que los egipcios hicieron emblema del poder intelectual; o como la trayectoria del sonido a través del aire;—en cada paso se detiene y retrocede un poco; y de ese movimiento retrógrado recoge la fuerza que de nuevo lo impulsa hacia adelante. Praecipitandus est liber spiritus, dice Petronio con gran acierto. El epíteto liber aquí equilibra al verbo precedente; y no es fácil concebir más significado condensado en menos palabras.
Pero si esto se admitiera como un carácter satisfactorio de un poema, aún debemos buscar una definición de poesía. Los escritos de Platón, Jeremy Taylor y la Teoría de la Tierra de Burnet, ofrecen pruebas innegables de que la poesía en su más alto grado puede existir sin métrica, e incluso sin los objetos que distinguen a un poema. El primer capítulo de Isaías—(de hecho, una gran parte de todo el libro)—es poesía en el sentido más enfático; sin embargo, sería tan irracional como extraño afirmar que el placer, y no la verdad, era el objetivo inmediato del profeta. En resumen, cualquiera que sea el significado específico que asignemos a la palabra Poesía, se encontrará involucrado en ella, como consecuencia necesaria, que un poema de cierta extensión no puede ni debe ser todo poesía. Sin embargo, si se ha de producir un conjunto armonioso, las partes restantes deben mantenerse en consonancia con la poesía; y esto solo puede lograrse mediante una selección estudiada y una disposición artificial, que participen de una, aunque no exclusiva, propiedad de la poesía. Y esto no puede ser otra cosa que la propiedad de suscitar una atención más continua y uniforme que la que busca el lenguaje en prosa, ya sea coloquial o escrito.
Mis propias conclusiones sobre la naturaleza de la poesía, en el uso más estricto de la palabra, han sido en parte anticipadas en algunas de las observaciones sobre la Fantasía y la Imaginación en la primera parte de esta obra. ¿Qué es la poesía?—es una pregunta tan cercana a ¿qué es un poeta?—que la respuesta a una está contenida en la solución de la otra. Pues es una distinción que resulta del propio genio poético, el que sostiene y modifica las imágenes, pensamientos y emociones de la mente del propio poeta.
El poeta, descrito en su perfección ideal, pone en actividad toda el alma humana, subordinando sus facultades entre sí según su valor y dignidad relativos. Difunde un tono y un espíritu de unidad, que mezcla y (por así decirlo) funde cada una en la otra, mediante ese poder sintético y mágico al que yo reservaría exclusivamente el nombre de Imaginación. Este poder, puesto en acción primero por la voluntad y el entendimiento, y mantenido bajo su control irrenunciable, aunque suave e inadvertido, laxis effertur habenis, se revela “en el equilibrio o la conciliación de cualidades opuestas o discordantes”: de lo mismo con lo diferente; de lo general con lo concreto; la idea con la imagen; lo individual con lo representativo; el sentido de novedad y frescura con objetos viejos y familiares; un estado de emoción más intenso de lo habitual con un orden más que habitual; el juicio siempre alerta y el dominio propio constante con el entusiasmo y el sentimiento profundo o vehemente; y mientras mezcla y armoniza lo natural y lo artificial, sigue subordinando el arte a la naturaleza; la manera a la materia; y nuestra admiración por el poeta a nuestra simpatía con la poesía. Sin duda, como observa Sir John Davies sobre el alma—(y sus palabras pueden aplicarse, con ligeras modificaciones, y aún más apropiadamente, a la Imaginación poética)—
Sin duda esto no podría ser, si ella no convirtiera los cuerpos en espíritu mediante una extraña sublimación, como el fuego convierte en fuego las cosas que quema, como nosotros transformamos nuestro alimento en nuestra propia naturaleza.
De su materia burda ella abstrae sus formas, y extrae una especie de quintaesencia de las cosas; que transforma en su propia naturaleza para llevarlas ligeras en sus alas celestiales.
Así lo hace ella, cuando de estados individuales abstrae las clases universales; que luego, revestidas de diversos nombres y destinos, se abren paso a nuestras mentes a través de los sentidos.
Finalmente, el Buen Sentido es el Cuerpo del genio poético, la Fantasía su Vestidura, el Movimiento su Vida, y la Imaginación el Alma que está en todas partes, y en cada una; y que forma todo en un solo conjunto armonioso e inteligente.



