Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo I
Capítulo 2 de 28 · 20 min de lectura
Motivos de la presente obra—Recepción de la primera publicación del autor—Disciplina de su gusto en la escuela—Efecto de los escritores contemporáneos en las mentes juveniles—Los Sonetos de Bowles—Comparación entre los poetas anteriores y posteriores a Pope.
Me ha tocado que mi nombre haya sido mencionado tanto en conversaciones como en publicaciones con una frecuencia que me resulta difícil explicar, ya sea considerando la escasez, poca importancia y limitada circulación de mis escritos, o el retiro y la distancia en que he vivido, tanto del mundo literario como del político. La mayoría de las veces, ha estado asociado a alguna acusación que no podía reconocer, o a algún principio que jamás había sostenido. Sin embargo, si no hubiera tenido otro motivo o incentivo, el lector no habría sido molestado con esta justificación. Cuáles fueron mis propósitos adicionales, se verán en las páginas siguientes. Se encontrará que lo menos de lo que he escrito me concierne personalmente. He utilizado la narración principalmente para dar continuidad a la obra, en parte por las reflexiones misceláneas que ciertos acontecimientos me sugirieron, pero aún más como introducción a una exposición de mis principios en Política, Religión y Filosofía, y a una aplicación de las reglas deducidas de principios filosóficos a la poesía y la crítica. Pero entre los objetivos que me propuse, no era el menos importante lograr, en la medida de lo posible, un acuerdo en la prolongada controversia sobre la verdadera naturaleza de la dicción poética; y al mismo tiempo definir con la mayor imparcialidad el auténtico carácter poético del poeta, cuyos escritos encendieron por primera vez esta controversia y desde entonces la han alimentado y avivado.
En la primavera de 1796, cuando apenas había dejado atrás los límites de la juventud, publiqué un pequeño volumen de poemas juveniles. Fueron recibidos con un grado de favor que, por joven que fuera, bien sabía que se les otorgaba no tanto por algún mérito positivo, sino porque se los consideraba brotes de esperanza y promesas de mejores obras por venir. Los críticos de aquella época, tanto los más halagadores como los más severos, coincidieron en objetarles oscuridad, una general hinchazón del lenguaje y una profusión de epítetos dobles de nueva creación. El primero es el defecto que un escritor menos puede detectar en sus propias composiciones: y mi mente no estaba entonces lo suficientemente disciplinada como para aceptar la autoridad ajena en lugar de mi propia convicción. Satisfecho de que los pensamientos, tales como eran, no podían haberse expresado de otro modo, o al menos con mayor claridad, olvidé preguntar si los propios pensamientos no exigían un grado de atención inadecuado a la naturaleza y fines de la poesía. Sin embargo, esta observación se aplica principalmente, aunque no exclusivamente, a los Musings Religiosos. El resto de la acusación lo admití en toda su extensión, y no sin sinceros agradecimientos tanto a mis censores privados como públicos por sus amistosas advertencias. En las ediciones posteriores, podé los epítetos dobles sin piedad y puse mi mayor empeño en moderar el exceso y el brillo tanto del pensamiento como del lenguaje; aunque, en verdad, estas plantas parásitas de la poesía juvenil se habían infiltrado en mis poemas más largos con tal intrincación de unión, que a menudo me vi obligado a omitir desenredar la maleza por temor a romper la flor. Desde ese periodo hasta la fecha de la presente obra no he publicado nada, con mi nombre, que pudiera de algún modo haber pasado ante el tribunal de la crítica anónima. Incluso los tres o cuatro poemas impresos con las obras de un amigo, en la medida en que fueron censurados, recibieron los mismos o similares reproches (aunque estoy convencido de que no con igual justicia): un exceso de ornamento, además de un lenguaje forzado y elaborado. Debo permitirme añadir que, incluso en la temprana época de mis poemas juveniles, vi y admití la superioridad de un estilo más austero y natural, con una claridad no menor que la que poseo actualmente. Mi juicio era más fuerte que mi capacidad de realizar sus dictados; y los defectos de mi lenguaje, aunque en parte debidos a una mala elección de temas y al deseo de dar un matiz poético a verdades abstractas y metafísicas—en las que entonces se me abría un mundo nuevo—, se originaron también, en parte, en una sincera desconfianza de mi propio talento comparativo. Durante varios años de mi juventud y primera madurez, reverencié a quienes habían reintroducido la viril sencillez de los poetas griegos y de nuestros propios poetas antiguos, con tal entusiasmo que la esperanza de escribir con éxito en el mismo estilo me parecía presuntuosa. Quizás un proceso similar haya ocurrido a otros; pero mis primeros poemas se caracterizaban por una facilidad y sencillez que he procurado, quizá con menor éxito, imprimir en mis composiciones posteriores.
En la escuela (Christ’s Hospital), gocé de la inestimable ventaja de un maestro muy sensato, aunque al mismo tiempo muy severo, el reverendo James Bowyer. Desde temprano formó mi gusto para preferir a Demóstenes sobre Cicerón, a Homero y Teócrito sobre Virgilio, y nuevamente a Virgilio sobre Ovidio. Me acostumbró a comparar a Lucrecio (en los extractos que entonces leía), Terencio y, sobre todo, los poemas más castos de Catulo, no solo con los poetas romanos de las llamadas edades de plata y bronce, sino incluso con los de la era augusta; y, con base en el sentido común y la lógica universal, a ver y afirmar la superioridad de los primeros en la verdad y naturalidad tanto de sus pensamientos como de su lenguaje. Al mismo tiempo que estudiábamos a los poetas trágicos griegos, nos hacía leer a Shakespeare y Milton como lecciones: y eran precisamente esas lecciones las que requerían más tiempo y esfuerzo para prepararlas y así evitar su censura. Aprendí de él que la poesía, incluso la de las odas más elevadas y, aparentemente, la de las más salvajes, tenía una lógica propia, tan rigurosa como la de la ciencia; y más difícil, por ser más sutil, más compleja y dependiente de causas más numerosas y fugaces. Decía que en los verdaderos grandes poetas hay una razón asignable, no solo para cada palabra, sino para la posición de cada palabra; y recuerdo bien que, aprovechando los sinónimos del Homero de Dídimo, nos hacía intentar demostrar, respecto a cada uno, por qué no habría cumplido el mismo propósito y en qué consistía la idoneidad particular de la palabra en el texto original.
En nuestras propias composiciones en inglés (al menos durante los últimos tres años de nuestra educación escolar), no mostraba piedad alguna hacia frases, metáforas o imágenes que no estuvieran respaldadas por un sentido sólido, o cuando el mismo sentido podía haberse transmitido con igual fuerza y dignidad en palabras más sencillas. Laúd, arpa y lira, Musa, Musas e inspiraciones, Pegaso, Parnaso e Hipocrene, todo ello le resultaba abominable. Casi puedo oírlo ahora, exclamando en mi imaginación: “¿Arpa? ¿Arpa? ¿Lira? ¡Pluma y tinta, muchacho, eso quieres decir! ¿Musa, muchacho, Musa? ¡La hija de tu nodriza, eso quieres decir! ¿Fuente de Pieria? ¡Ah, sí! ¡La bomba del claustro, supongo!” Incluso ciertas introducciones, símiles y ejemplos estaban, por nombre, en una lista de prohibición. Entre los símiles, recuerdo el del fruto del manzanillo, que se adaptaba igual de bien a demasiados temas; aunque, sin embargo, cedía de inmediato el primer lugar al ejemplo de Alejandro y Clito, que era igualmente bueno y apropiado, fuera cual fuera el tema. ¿Era ambición? ¡Alejandro y Clito! ¿Adulación? ¡Alejandro y Clito!—ira—embriaguez—orgullo—amistad—ingratitud—arrepentimiento tardío? Siempre, siempre Alejandro y Clito. Finalmente, tras haberse ejemplificado las alabanzas a la agricultura con la sagaz observación de que, si Alejandro hubiera estado arando, no habría atravesado a su amigo Clito con una lanza, este viejo y útil recurso fue desterrado por edicto público in saecula saeculorum. A veces me he atrevido a pensar que una lista de este tipo, o un índice expurgatorio de ciertas frases conocidas y recurrentes, tanto introductorias como de transición, incluyendo una amplia variedad de modestos egotismos y halagadores ileísmos y similares, podría colgarse en nuestros tribunales y en ambas Cámaras del Parlamento, con gran beneficio para el público, como un importante ahorro de tiempo nacional, un alivio incalculable para los ministros de Su Majestad, pero sobre todo, asegurando el agradecimiento de los abogados de provincia y sus clientes, que tienen proyectos de ley privados que llevar a la Cámara.
Sea como fuere, hubo una costumbre de nuestro maestro que no puedo dejar de mencionar, porque la considero digna de imitación. Frecuentemente permitía que nuestros ejercicios, bajo algún pretexto de falta de tiempo, se acumularan hasta que cada alumno tenía cuatro o cinco por revisar. Entonces, colocando todos los ejercicios alineados sobre su escritorio, preguntaba al autor por qué tal o cual frase no podría haber encontrado un lugar igualmente apropiado bajo esta o aquella otra tesis; y si no se le daba una respuesta satisfactoria, y se encontraban dos faltas del mismo tipo en un ejercicio, seguía el veredicto irrevocable: el ejercicio era destruido y se debía presentar otro sobre el mismo tema, además de las tareas del día. Confío en que el lector excusará este tributo de recuerdo a un hombre cuyas severidades, incluso ahora, no pocas veces alimentan los sueños con los que la fantasía ciega intenta interpretar a la mente las dolorosas sensaciones del sueño alterado; pero que no disminuyen ni empañan el profundo sentido de mis obligaciones morales e intelectuales. Nos envió a la Universidad como excelentes latinistas y helenistas, y hebraístas aceptables. Sin embargo, nuestro conocimiento clásico era el menor de los buenos dones que derivamos de su esmerada y concienzuda tutoría. Ahora ha partido a su recompensa final, colmado de años y de honores, incluso de aquellos honores que más apreciaba, otorgados con gratitud por esa escuela, y que aún lo vinculaban a los intereses de esa escuela, en la que él mismo se había educado y a la que durante toda su vida estuvo dedicado.
Por causas que no corresponde investigar aquí, ningún modelo de tiempos pasados, por perfecto que sea, puede tener el mismo efecto vívido en la mente juvenil que las producciones del genio contemporáneo. La disciplina a la que mi mente había sido sometida, Ne falleretur rotundo sono et versuum cursu, cincinnis, et floribus; sed ut inspiceret quidnam subesset, quae, sedes, quod firmamentum, quis fundus verbis; an figures essent mera ornatura et orationis fucus; vel sanguinis e materiae ipsius corde effluentis rubor quidam nativus et incalescentia genuina;—eliminó todos los obstáculos para la apreciación de la excelencia en el estilo sin disminuir mi deleite. El estar así preparado para la lectura de los sonetos y primeros poemas del señor Bowles aumentó de inmediato su influencia y mi entusiasmo. Las grandes obras de épocas pasadas parecen a un joven cosas de otra raza, respecto de las cuales sus facultades deben permanecer pasivas y sumisas, como ante las estrellas y las montañas. Pero los escritos de un contemporáneo, quizás no muchos años mayor que él, rodeado de las mismas circunstancias y formado por las mismas costumbres, poseen para él una realidad e inspiran una amistad efectiva, como de hombre a hombre. Su misma admiración es el viento que aviva y alimenta su esperanza. Los propios poemas asumen las propiedades de carne y hueso. Recitarlos, elogiarlos, defenderlos, no es sino el pago de una deuda debida a alguien que existe para recibirla.
Existen, en efecto, métodos de enseñanza que han producido y están produciendo jóvenes de un carácter muy diferente; métodos de enseñanza en comparación con los cuales se nos ha pedido despreciar nuestras grandes escuelas públicas y universidades,
en cuyos salones cuelga la armería de los invencibles caballeros de antaño—
métodos por los cuales los niños deben ser transformados en prodigios. ¡Y prodigios, y de los peores, he conocido así producidos; prodigios de presunción, superficialidad, arrogancia e incredulidad! En vez de llenar la memoria, durante el período en que la memoria es la facultad predominante, con hechos para el posterior ejercicio del juicio; y en vez de despertar mediante los modelos más nobles el amor y la admiración puros y sin mezcla, que son el temperamento natural y elegante de la juventud temprana; a estos pupilos de la pedagogía mejorada se les enseña a disputar y decidir; a sospechar de todo salvo de su propia sabiduría y la de su maestro; y a no considerar nada sagrado ante su desprecio, salvo su propia arrogancia despreciable; graduados prematuros en toda la jerga técnica, y en todas las bajas pasiones y la insolencia de la crítica anónima. Solo para tales disposiciones puede ser necesaria la advertencia de Plinio: Neque enim debet operibus ejus obesse, quod vivit. An si inter eos, quos nunquam vidimus, floruisset, non solum libros ejus, verum etiam imagines conquireremus, ejusdem nunc honor prasentis, et gratia quasi satietate languescet? At hoc pravum, malignumque est, non admirari hominem admiratione dignissimum, quia videre, complecti, nec laudare tantum, verum etiam amare contingit.
Acababa de cumplir diecisiete años cuando los sonetos del señor Bowles, veinte en total y recién publicados en un folleto en cuarto, me fueron presentados y dados a conocer por un compañero de escuela que nos había dejado para ir a la Universidad, y quien, durante todo el tiempo que estuvo en nuestra primera clase (o, en el lenguaje de nuestra escuela, un Grecian), había sido mi protector y valedor. Me refiero al doctor Middleton, el verdaderamente erudito y en todo sentido excelente obispo de Calcuta:
qui laudibus amplis Ingenium celebrare meum, calamumque solebat, Calcar agens animo validum. Non omnia terra Obruta; vivit amor, vivit dolor; ora negatur Dulcia conspicere; at fiere et meminisse relictum est.
Fue un doble placer para mí, y aún permanece como un tierno recuerdo, el haber recibido de un amigo tan venerado el primer conocimiento de un poeta, cuyas obras, año tras año, me deleitaron e inspiraron con tanto entusiasmo. Mis primeros conocidos no habrán olvidado el afán indisciplinado y el celo impetuoso con los que me esforzaba por hacer prosélitos, no solo entre mis compañeros, sino entre todos con quienes conversaba, de cualquier rango y en cualquier lugar. Como mis recursos escolares no me permitían comprar ejemplares, realicé, en menos de un año y medio, más de cuarenta transcripciones, como los mejores obsequios que podía ofrecer a quienes de algún modo se habían ganado mi aprecio. Y con casi igual deleite recibí las tres o cuatro publicaciones siguientes del mismo autor.
Aunque he visto y conocido lo suficiente de la humanidad como para saber bien que tal vez me encuentre solo en mi credo, y que será suficiente si no me expongo a una acusación peor que la de singularidad; no por ello me abstengo de declarar que considero, y siempre he considerado, las obligaciones del intelecto entre las más sagradas de las exigencias de la gratitud. Un pensamiento valioso, o una determinada cadena de pensamientos, me da un placer adicional cuando puedo referirlo y atribuirlo con seguridad a la conversación o correspondencia de otro. Mis obligaciones con el señor Bowles fueron, en verdad, importantes y de un bien radical. A una edad muy temprana, incluso antes de mis quince años, me había extraviado en la metafísica y la controversia teológica. Nada más me agradaba. La historia y los hechos particulares perdieron todo interés para mí. La poesía—(aunque para un escolar de esa edad, estaba por encima del promedio en versificación inglesa, y ya había producido dos o tres composiciones que, me atrevo a decir, sin referencia a mi edad, estaban algo por encima de la mediocridad, y que me habían dado más crédito del que la sensata inteligencia de mi viejo maestro aprobaba)—la poesía misma, sí, incluso las novelas y los romances, se volvieron insípidos para mí. En mis andanzas solitarias durante los días libres (pues era huérfano y apenas tenía conexiones en Londres), me sentía sumamente complacido si algún transeúnte, especialmente si vestía de negro, entablaba conversación conmigo. Porque pronto encontraba la manera de dirigirla hacia mis temas favoritos
De la providencia, la presciencia, la voluntad y el destino, Destino fijo, libre albedrío, presciencia absoluta, Y no hallé fin en los laberintos errantes.
Esta absurda búsqueda fue, sin duda, perjudicial tanto para mis facultades naturales como para el progreso de mi educación. Quizá habría sido destructiva de haber continuado; pero de esto fui afortunadamente apartado, en parte por una introducción accidental a una familia amable, pero principalmente por la benéfica influencia de un estilo de poesía tan tierno y a la vez tan viril, tan natural y real, y sin embargo tan digno y armonioso, como los sonetos y otros primeros poemas del señor Bowles. Bien me habría ido, quizá, si nunca hubiera recaído en la misma enfermedad mental; si hubiera continuado recogiendo la flor y cosechando la mies de la superficie cultivada, en vez de cavar en las insalubres minas de mercurio del saber metafísico. Y si en tiempos posteriores he buscado refugio del dolor físico y de una sensibilidad mal gestionada en investigaciones abstrusas, que ejercitaban la fuerza y sutileza del entendimiento sin despertar los sentimientos del corazón; aun así, hubo un intervalo largo y bendito durante el cual se permitió expandirse a mis facultades naturales y desarrollarse a mis tendencias originales: mi fantasía, el amor por la naturaleza y el sentido de la belleza en las formas y los sonidos.
La segunda ventaja, que debo a mi temprana lectura y admiración de estos poemas (a los que debo añadir, aunque los conocí algo después, el Lewesdon Hill del señor Crowe), se relaciona más directamente con mi tema actual. Entre aquellos con quienes conversaba, había, por supuesto, muchos que habían formado su gusto y sus nociones de poesía a partir de los escritos de Pope y sus seguidores; o, hablando más generalmente, en esa escuela de poesía francesa, condensada y vigorada por el entendimiento inglés, que había predominado desde el siglo pasado. No era ciego a los méritos de esta escuela, pero, debido a mi inexperiencia del mundo y la consiguiente falta de simpatía con los temas generales de estos poemas, me proporcionaban poco placer, y sin duda subestimé este tipo, y con la presunción de la juventud negué a sus maestros el legítimo nombre de poetas. Veía que la excelencia de este tipo consistía en observaciones justas y agudas sobre los hombres y las costumbres en un estado artificial de la sociedad, como su materia y sustancia; y en la lógica del ingenio, transmitida en pareados epigramáticos suaves y vigorosos, como su forma: que incluso cuando el tema se dirigía a la fantasía o al intelecto, como en El rizo robado o el Ensayo sobre el hombre; es más, cuando era una narración consecutiva, como en ese asombroso producto de talento e ingenio sin igual, la traducción de la Ilíada de Pope; aún así, se buscaba un remate al final de cada segundo verso, y el conjunto era, por así decirlo, un sorites, o, si puedo cambiar una metáfora lógica por una gramatical, una conjunción disyuntiva de epigramas. Mientras tanto, la materia y la dicción me parecían caracterizadas no tanto por pensamientos poéticos, como por pensamientos traducidos al lenguaje de la poesía. Sobre este último punto, tuve ocasión de aclarar mis propias ideas, cada vez más, mediante frecuentes disputas amistosas acerca del Jardín Botánico de Darwin, que durante algunos años fue muy elogiado, no solo por el público lector en general, sino incluso por aquellos cuyo genio y natural robustez de entendimiento les permitió después actuar a la vanguardia para disipar esas "nieblas pintadas" que a veces se elevan de los pantanos al pie del Parnaso. Durante mis primeras vacaciones en Cambridge, ayudé a un amigo en una contribución para una sociedad literaria de Devonshire: y en ella recuerdo haber comparado la obra de Darwin con el palacio ruso de hielo, reluciente, frío y transitorio. En ese mismo ensayo también expuse varias razones, principalmente obtenidas de la comparación de pasajes de poetas latinos con los originales griegos de los que fueron tomados, para preferir las odas de Collins a las de Gray; y el símil en Shakespeare
¡Cuán semejante a un joven o a un pródigo la nave engalanada parte de su bahía natal, abrazada y estrechada por el viento ramera! ¡Cuán semejante al pródigo regresa, con costillas maltrechas y velas desgarradas, enjuta, rota y empobrecida por el viento ramera! (Mercader de Venecia, Acto II, esc. 6.)
a la imitación en El Bardo;
Ríe la mañana, y suave sopla el céfiro mientras, orgullosa, surca el azul reino la nave dorada en gallardo atavío, la juventud a la proa y el placer al timón; sin reparar en el ímpetu del huracán, que, acallado en fiero reposo, espera su presa vespertina.
(en la que, dicho sea de paso, las palabras "reino" y "ímpetu" son rimas obtenidas a alto precio)—Prefería el original por la razón de que, en la imitación, dependía enteramente de que el tipógrafo pusiera, o no, una mayúscula, tanto en este como en muchos otros pasajes del mismo poeta, para que las palabras fueran personificaciones o meras abstracciones. Menciono esto porque, al remitir varios versos de Gray a sus originales en Shakespeare y Milton, y al percibir claramente cuán completamente se perdía toda propiedad en la transferencia, fui, en ese temprano período, llevado a una conjetura que, muchos años después, me fue recordada al surgir el mismo pensamiento en una conversación, pero mucho más hábilmente y desarrollada más plenamente, por el señor Wordsworth; a saber, que este estilo de poesía, que he caracterizado arriba como traducciones de pensamientos en prosa al lenguaje poético, se había mantenido, si no surgido por completo, debido a la costumbre de escribir versos latinos y la gran importancia atribuida a estos ejercicios en nuestras escuelas públicas. Fuera cual fuera el caso en el siglo XV, cuando el uso del latín era tan general entre los eruditos que se dice que Erasmo olvidó su lengua materna; sin embargo, hoy en día no puede suponerse que un joven piense en latín, ni que pueda confiar en la fuerza o idoneidad de sus frases más que en la autoridad del escritor de quien las ha adoptado. En consecuencia, primero debe preparar sus pensamientos, y luego buscar, en Virgilio, Horacio, Ovidio, o quizá más compendiosamente en su Gradus, mitades y cuartos de versos en los que encarnarlos.
Nunca me opongo a cierto grado de espíritu disputador en un joven desde los diecisiete hasta los veinticuatro o veinticinco años, siempre que lo encuentre argumentando siempre del mismo lado de la cuestión. Las controversias, ocasionadas por mi sincero celo por el honor de un contemporáneo favorito, entonces conocido por mí solo por sus obras, fueron de gran ventaja en la formación y establecimiento de mi gusto y opiniones críticas. En mi defensa de los versos que se enlazan entre sí, en vez de cerrarse en cada pareado; y del lenguaje natural, ni libresco ni vulgar, ni impregnado de la lámpara ni de la calle, como en "te recordaré"; en vez del mismo pensamiento adornado con la baratija de feria de:
—tu imagen en su ala ante el ojo de mi fantasía traerá la memoria,—
Tenía que citar continuamente el metro y la dicción de los poetas griegos, desde Homero hasta Teócrito inclusive; y aún más de nuestros antiguos poetas ingleses, de Chaucer a Milton. Y no solo eso. Pero como era mi respuesta constante a las autoridades esgrimidas contra mí de poetas posteriores de gran nombre, que ninguna autoridad podía prevalecer frente a la Verdad, la Naturaleza, la Lógica y las Leyes de la Gramática Universal; impulsado también por mi antigua pasión por las investigaciones metafísicas, trabajé en una base sólida sobre la cual fundamentar permanentemente mis opiniones, en las facultades componentes de la mente humana y su dignidad e importancia comparativas. Según la facultad o fuente de la que se derivara el placer proporcionado por cualquier poema o pasaje, estimaba el mérito de tal poema o pasaje. Como resultado de toda mi lectura y meditación, abstraje dos aforismos críticos, considerándolos como las condiciones y criterios del estilo poético: primero, que no el poema que hemos leído, sino aquel al que regresamos con mayor placer, posee el poder genuino y reclama el nombre de poesía esencial; segundo, que cualquier verso que pueda ser traducido a otras palabras del mismo idioma, sin disminución de su significado, ya sea en sentido o asociación, o en cualquier sentimiento digno, es en tal medida vicioso en su dicción. Obsérvese, sin embargo, que excluía de la lista de sentimientos dignos el placer derivado de la mera novedad en el lector y el deseo de provocar asombro por parte del autor ante sus propias capacidades. Muchas veces desde entonces, al leer tragedias francesas, he imaginado dos signos de admiración al final de cada verso, como jeroglíficos de la propia admiración del autor ante su ingenio. Nuestra genuina admiración por un gran poeta es una corriente subterránea continua de sentimiento: está presente en todas partes, pero rara vez como una excitación separada. Solía afirmar con audacia que sería apenas menos difícil sacar una piedra de las Pirámides con la mano desnuda, que alterar una palabra, o la posición de una palabra, en Milton o Shakespeare (al menos en sus obras más importantes), sin hacer que el poeta diga otra cosa, o algo peor, de lo que realmente dice. Una gran distinción, me parecía ver claramente, entre incluso los defectos característicos de nuestros antiguos poetas y la falsa belleza de los modernos. En los primeros, de Donne a Cowley, encontramos los pensamientos más fantásticos y extravagantes, pero en el inglés más puro y genuino; en los segundos, los pensamientos más obvios, en el lenguaje más fantástico y arbitrario. Nuestros antiguos poetas defectuosos sacrificaban la pasión y el flujo apasionado de la poesía a las sutilezas del intelecto y a las estrellas del ingenio; los modernos, al resplandor y brillo de una imaginería perpetua, aunque fragmentada y heterogénea, o más bien a un algo anfibio, compuesto mitad de imagen y mitad de significado abstracto. Los unos sacrificaban el corazón a la cabeza; los otros, tanto corazón como cabeza, al efecto y al ropaje.
El lector debe familiarizarse con el estilo general de composición que en aquel entonces se consideraba poesía, para poder entender y explicar el efecto que produjeron en mí los Sonetos, la Monodia en Matlock y La Esperanza, del señor Bowles; pues es propio del genio original volverse cada vez menos llamativo en la medida en que logra mejorar el gusto y el juicio de sus contemporáneos. Los poemas de West, en efecto, tenían el mérito de una dicción sobria y viril; pero eran fríos y, si se me permite la expresión, solo de color apagado; mientras que en los mejores de Warton hay una rigidez que con demasiada frecuencia les da la apariencia de imitaciones del griego. Sea cual fuere, por tanto, la relación de causa o impulso que la colección de baladas de Percy pueda tener con los poemas más populares de la actualidad; en un estilo más sostenido y elevado, entre los poetas vivos de entonces, Cowper y Bowles fueron, hasta donde sé, los primeros que combinaron pensamientos naturales con una dicción natural; los primeros que reconciliaron el corazón con la razón.
Es cierto, como mencioné antes, que por desconfianza en mis propias capacidades, durante un breve tiempo adopté una dicción laboriosa y florida, que yo mismo consideraba, si no absolutamente viciosa, sí de muy escaso valor. Sin embargo, gradualmente mi práctica se ajustó a mi mejor juicio; y las composiciones de mis veinticuatro y veinticinco años—(por ejemplo, los poemas breves en verso blanco, los versos que ahora forman la parte central y la conclusión del poema titulado El destino de las naciones, y la tragedia Remordimiento)—no están más alejadas de mi ideal actual en cuanto al tejido general del estilo que las de fecha más reciente. Sus defectos eran, al menos, un remanente de la antigua levadura, y entre los muchos que han tenido a bien colocar mis poemas en la misma categoría que los de autores superiores, los pocos que han pretendido señalar ejemplos de simplicidad afectada en mi volumen, solo han podido citar un caso, y ese tomado de unos versos en parte burlescos, en parte irónicos, que yo mismo concebí y caractericé como sermoni propiora.
Toda reforma, por necesaria que sea, será llevada al exceso por mentes débiles, y ese exceso requerirá a su vez ser reformado. El lector me excusará que mencione que yo mismo fui el primero en exponer risu honesto los tres pecados de la poesía, uno u otro de los cuales es el que más probablemente acecha a un joven escritor. Ya en la publicación del segundo número de la Monthly Magazine, bajo el nombre de Nehemiah Higginbottom, contribuí con tres sonetos, el primero de los cuales tenía por objeto provocar una risa benévola ante el espíritu de egotismo lúgubre y la recurrencia de frases favoritas, con el doble defecto de ser a la vez trilladas y licenciosas; el segundo trataba sobre el lenguaje y los pensamientos bajos y arrastrados, bajo el pretexto de la simplicidad; el tercero, cuyas frases fueron tomadas enteramente de mis propios poemas, sobre el uso indiscriminado de un lenguaje y una imaginería elaborados y grandilocuentes. El lector los encontrará en la nota al pie y confío en que los considere reimpresos solo con fines biográficos, y no por sus méritos poéticos. Tan general y tan decidida era entonces la opinión sobre los vicios característicos de mi estilo, que un célebre médico (hoy, ¡ay!, ya fallecido), hablando de mí en otros aspectos con su habitual amabilidad, a un caballero que iba a conocerme en una cena, no pudo resistirse a advertirle que no mencionara 'La casa que Jack construyó' en mi presencia, pues "yo estaba tan sensible como una llaga por ese soneto"; sin saber que yo mismo era el autor.



