Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge

Capítulo XX

Capítulo 21 de 28 · 8 min de lectura

El tema anterior continúa—El estilo neutro, o aquel común a la prosa y la poesía, ejemplificado por fragmentos de Chaucer, Herbert y otros.

No temo declarar mi convicción de que la excelencia definida y ejemplificada en el capítulo anterior no es la excelencia característica del estilo del señor Wordsworth; porque puedo añadir con igual sinceridad que está excluida por poderes superiores. Sin duda, la alabanza por la adhesión uniforme al inglés genuino y lógico le pertenece; es más, poniendo el énfasis principal en la palabra uniforme, me atrevo a añadir que, de todos los poetas contemporáneos, es solo suya. Pues, en un sentido menos absoluto de la palabra, ciertamente incluiría al señor Bowles, Lord Byron y, en cuanto a todos sus escritos posteriores, al señor Southey, siendo tan pocas e insignificantes las excepciones en sus obras. Pero de la excelencia específica descrita en la cita de Garve, me parece encontrar más, y más indudables ejemplos en las obras de otros; por ejemplo, entre los poemas menores del señor Thomas Moore y de nuestro ilustre Poeta Laureado. Para mí siempre será un hecho singular y digno de mención que una teoría que pretende establecer esta lingua communis, no solo como el mejor, sino como el único estilo digno de elogio, haya procedido de un poeta cuya dicción, después de la de Shakespeare y Milton, me parece la más individualizada y característica de todas. Y recuérdese también que ahora interpreto los pasajes controvertidos del prefacio crítico del señor Wordsworth según el propósito y objetivo que puede suponerse que tuvo en mente, más que por el sentido que las palabras mismas deben transmitir si se toman sin esta consideración.

Una persona de buen gusto, que haya estudiado tres o cuatro de las principales obras de Shakespeare, difícilmente dejaría de reconocer como de Shakespeare una cita de cualquier otra obra, aunque solo fueran unas pocas líneas, aun sin el nombre adjunto. Una peculiaridad similar, aunque en menor grado, acompaña al estilo del señor Wordsworth siempre que habla en su propia persona; o siempre que, aunque bajo un nombre ficticio, es claro que él mismo sigue hablando, como en los diferentes personajes de EL RECLUSO. Incluso en los otros poemas, en los que pretende ser más dramático, hay pocos en los que no estalle ocasionalmente. El lector podría a menudo dirigirse al poeta con sus propias palabras en referencia a los personajes presentados:

“Parece, al repasar la balada línea por línea, Que solo la mitad es de ellos, y la mejor mitad es tuya.”

¿Quién, habiendo estado previamente familiarizado con una porción considerable de las publicaciones del señor Wordsworth y habiéndolas estudiado con pleno sentimiento del genio del autor, no reclamaría de inmediato como wordsworthiano el pequeño poema sobre el arco iris?

“El Niño es padre del Hombre, etc.”

¿O en LUCY GRAY?

“Ningún compañero, ningún amigo Lucy conoció; Vivía en un extenso páramo; La cosa más dulce que jamás creció Junto a una puerta humana.”

¿O en LOS PASTORCILLOS OCIOSOS?

“A lo largo de la pedregosa orilla del río El alondra de arena canta una alegre canción; El zorzal está ocupado en el bosque, Y canta alto y fuerte. Mil corderos están en las rocas, ¡Todos recién nacidos! tanto la tierra como el cielo Celebran jubilosos, y más que todos, Esos niños con su corona verde; Ellos nunca oyen el llanto, ¡Ese llanto lastimero! que sube la colina Desde lo profundo de Dungeon-Ghyll.”

¿Necesito mencionar la exquisita descripción del Lago Marino en EL JOVEN HIGHLANDER CIEGO? ¿Quién sino un poeta cuenta una historia en tal lenguaje a los pequeños junto al fuego como—

“Sin embargo, tuvo muchos sueños inquietos; Tanto cuando oía el grito del águila, Como cuando oía el rugido de los torrentes, Y oía el agua golpear la orilla Cerca de donde estaba su cabaña.

Junto a un lago estaba su cabaña, No pequeña como la nuestra, un plácido estanque; Sino una de tamaño imponente y extraña; Que, agitada o tranquila, está llena de cambios, Y se agita en su lecho.

Pues a este lago, de noche y de día, El gran mar encuentra su camino A través de largas, largas vueltas entre las colinas, Y bebe todos los arroyos bonitos Y ríos grandes y fuertes:

Luego regresa por el camino que vino Vuelve con el mismo encargo; Así lo hacía cuando la tierra era nueva; Y así lo hará por siempre, Mientras la tierra exista.

Y, con la llegada de la marea, Llegan botes y barcos que navegan dulcemente, Entre los bosques y altas rocas; Y a los pastores con sus rebaños Traen historias de tierras lejanas.”

Podría citar casi todo su RUTH, pero tomo las siguientes estrofas:

Pero, como se te ha dicho antes, Este joven, juguetón, alegre y valiente, Y, con su cresta danzante, Tan hermoso, por tierras salvajes Había vagado con bandas errantes De indios en el Oeste.

El viento, la tempestad rugiendo alto, El tumulto de un cielo tropical, Bien podrían ser alimento peligroso Para él, un joven a quien se le dio Tanto de la tierra—tanto del cielo, Y sangre tan impetuosa.

Todo lo que en esos climas encontraba Irregular en vista o sonido Le transmitía a su mente Un impulso afín, parecía estar aliado A sus propias facultades, y justificaba Las acciones de su corazón.

No menos, para alimentar pensamientos voluptuosos, Las hermosas formas de la naturaleza obraban, Árboles hermosos y flores encantadoras; Las brisas prestaban su propia languidez; Las estrellas tenían sentimientos, que enviaban A esos mágicos retiros.

Sin embargo, en sus peores andanzas, creo, Que a veces intervenían Puras esperanzas de alto propósito; Pues pasiones ligadas a formas tan bellas Y majestuosas, necesariamente han de tener su parte De noble sentimiento.”

Pero de las composiciones más elevadas del señor Wordsworth, que ya constituyen tres cuartas partes de sus obras, y que, confío, formarán en el futuro una proporción aún mayor;—de estas, ya sea en rima o verso blanco, sería difícil y casi superfluo seleccionar ejemplos de una dicción particularmente suya, de un estilo que no puede ser imitado sin que se reconozca de inmediato como originado en el señor Wordsworth. No sería fácil abrir cualquiera de sus tonos más elevados que no contenga ejemplos de esto; y más aún en proporción a que los versos sean más excelentes y más parecidos al autor. Para aquellos que quizá estén menos familiarizados con sus escritos, daré tres ejemplos tomados casi al azar. El primero, de los versos sobre el NIÑO DE WINANDER-MERE,—quien

“Soplaba imitaciones de ululatos a los búhos silenciosos, Para que le respondieran.—Y ellos gritaban A través del valle acuático, y gritaban de nuevo, Con largos llamados, y gritos, y ecos fuertes Redoblados y redoblados; tumulto salvaje De alegría y bullicio jocundo. Y cuando sucedía Que pausas de profundo silencio burlaban su destreza, Entonces, a veces, en ese silencio, mientras él permanecía Escuchando, una suave impresión de leve sorpresa Llevaba lejos en su corazón la voz De los torrentes de montaña; o la escena visible Entraba sin darse cuenta en su mente Con toda su solemne imaginería, sus rocas, Sus bosques, y ese cielo incierto, recibido En el seno del lago sereno.”

El segundo será esa noble imitación de Drayton (si no fue más bien una coincidencia) en los versos A JOANNA.

—“Cuando había contemplado quizá dos minutos, Joanna, mirando en mis ojos, percibió Mi arrobamiento, y rió en voz alta. La Roca, como si despertara de un sueño, Recogió la voz de la Dama, ¡y rió de nuevo! Aquella anciana sentada en Helm-crag Estaba lista con su caverna; Hammar-scar Y la alta Cumbre de Silver-How lanzaron Un ruido de risa; Lougbrigg del sur escuchó, Y Fairfield respondió con tono de montaña. Helvellyn, alto en el cielo azul, Llevó la voz de la dama; el viejo Skiddaw sopló Su trompeta parlante; de vuelta entre las nubes Desde Glaramara hacia el sur vino la voz: ¡Y Kirkstone la lanzó desde su cabeza brumosa!”

El tercero, que está en rima, lo tomo de la CANCIÓN EN LA FIESTA DEL CASTILLO DE BROUGHAM, sobre la restauración de Lord Clifford, el Pastor, a los bienes y honores de sus antepasados.

—“Ahora ha llegado otro día, Esperanza más digna y destino más noble; Ha dejado a un lado su cayado, Y ha enterrado hondo su libro; Armaduras que se oxidan en sus salones Sobre la sangre de Clifford claman,— ‘¡Vence al escocés!’, exclama la lanza. ¡Llévame al corazón de Francia!, Es el anhelo del escudo— ¡Di tu nombre, tú, campo tembloroso!— ¡Campo de muerte, dondequiera que estés, Gime tú con nuestra victoria! Día feliz, y hora grandiosa, Cuando nuestro Pastor, en su poder, Armado y montado, con lanza y espada, Restituido a sus antepasados, Como una estrella que reaparece, Como una gloria desde lejos, ¡Será el primero en encabezar el rebaño de la guerra!”

“¡Ay! el fervoroso arpista no sabía, Que para un alma tranquila fue compuesta la canción, Quien, largo tiempo obligado a andar humildemente, Se había suavizado en sentimiento, calmado y domado.

Había hallado amor en chozas donde yacen los pobres; Sus maestros diarios habían sido bosques y arroyos, El silencio que hay en el cielo estrellado, El sueño que hay entre las colinas solitarias.”

Las palabras mismas en los extractos anteriores son, sin duda, en su mayor parte lo suficientemente comunes. Pero, ¿en qué poema no lo son, salvo en unos pocos intentos desafortunados de traducir las artes y las ciencias al verso? En LA EXCURSIÓN, el número de palabras polisilábicas (o lo que la gente común llama, palabras de diccionario) es mayor de lo habitual. Y así debe ser, en proporción al número y variedad de las concepciones de un autor y su empeño en expresarlas con precisión. Pero, ¿son esas palabras, en esos lugares, empleadas comúnmente en la vida real para expresar el mismo pensamiento o cosa externa? ¿Son el estilo usado en la comunicación oral ordinaria? ¡No! Tampoco lo son los modos de conexión; y mucho menos las pausas y transiciones. ¿Alguien que no fuera poeta—o al menos, alguien que no fuera consciente de haber expresado algo con una vivacidad notable—describiría a un pájaro cantando fuerte diciendo: “El zorzal está ocupado en el bosque”? ¿O hablaría de muchachos con una guirnalda de musgo club en sus sombreros oxidados, como los muchachos “con su corona verde”? ¿O traduciría un hermoso día de mayo en “¡La tierra y el cielo celebran jubileo!”? ¿O presentaría todas las diferentes marcas y circunstancias de un fiordo marino ante la mente, como acciones de un poder vivo y actuante? ¿O representaría el reflejo del cielo en el agua como “Ese cielo incierto recibido en el seno del lago sereno”? Incluso la construcción gramatical no es infrecuentemente peculiar; como en “El viento, la tempestad rugiendo alto, el tumulto de un cielo tropical, bien podrían ser alimento peligroso para él, un joven a quien se le dio, etc.” Hay una peculiaridad en el uso frecuente del asindetón (es decir, la omisión de la partícula conectiva antes de la última de varias palabras, o varias oraciones usadas gramaticalmente como palabras simples, todas en el mismo caso y gobernando o siendo gobernadas por el mismo verbo) y no menos en la construcción de palabras por aposición (“para él, un joven”). En resumen, si se excluyera de las composiciones poéticas del señor Wordsworth todo lo que una adhesión literal a la teoría de su prefacio excluiría, al menos dos tercios de las bellezas más notables de su poesía tendrían que ser borradas. Pues se sacrificaría un número mucho mayor de versos que en cualquier otro poeta reciente; porque el placer que se recibe de los poemas de Wordsworth proviene menos de la excitación de la curiosidad o del rápido fluir de la narración, y los pasajes llamativos constituyen una mayor proporción de su valor. No lo presento como un criterio justo de excelencia comparativa, ni siquiera pienso que lo sea; sino simplemente como un hecho. Afirmo que de ningún escritor contemporáneo podrían citarse tantos versos, sin referencia al poema en que se encuentran, por su propio peso o belleza independiente. De mi propia experiencia puedo recordar a tres personas de no escasas capacidades y conocimientos, que habían leído los poemas de otros con placer constante y creciente, y habían pensado mejor de sus autores como poetas; quienes, sin embargo, me han confesado que de ninguna obra moderna tantos pasajes habían surgido de nuevo en su mente en distintos momentos y conforme diferentes ocasiones despertaban un ánimo meditativo.