Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo XXI
Capítulo 22 de 28 · 12 min de lectura
Observaciones sobre el modo actual de dirigir las revistas críticas.
Desde hace mucho tiempo he deseado ver una investigación justa y filosófica sobre el carácter de Wordsworth, como poeta, basada en la evidencia de sus obras publicadas; y una apreciación positiva, no comparativa, de sus excelencias, deficiencias y defectos característicos. No conozco ningún motivo por el cual la mera opinión de un individuo deba pesar más que la del propio autor; frente a la probabilidad de su parcialidad paternal, debemos considerar también que probablemente ha reflexionado más tiempo y con mayor profundidad sobre el tema. Pero llamaría justa y filosófica a aquella investigación en la que el crítico expone y procura establecer los principios que considera fundamento de la poesía en general, especificando su aplicación a las distintas clases de poesía. Habiendo así preparado sus cánones de crítica para elogio y condena, procedería a particularizar los pasajes más destacados a los que considera aplicables, notando fielmente la frecuencia o infrecuencia de méritos o defectos similares, y distinguiendo con igual fidelidad lo característico de lo accidental, o de un simple decaimiento del impulso. Entonces, si sus premisas son racionales, sus deducciones legítimas y sus conclusiones justamente aplicadas, el lector, e incluso el propio poeta, podrán adoptar su juicio a la luz del discernimiento y en la independencia de su libre albedrío. Si ha errado, presenta sus errores en un lugar definido y en una forma tangible, y sostiene la antorcha y guía el camino para su detección.
Admito de buen grado, y valoro altamente, los servicios que la EDINBURGH REVIEW, y otras que se formaron posteriormente siguiendo el mismo modelo, han prestado a la sociedad en la difusión del conocimiento. Considero el inicio de la EDINBURGH REVIEW como una época importante en la crítica periodística; y que tiene un legítimo derecho a la gratitud de la república literaria, y en realidad del público lector en general, por haber originado el esquema de reseñar únicamente aquellos libros que son susceptibles y merecedores de una crítica argumentada. No menos meritorio, y en general ejecutado con mayor fidelidad y capacidad, es su plan de suplir el vacío dejado por la basura o la mediocridad, sabiamente abandonadas a hundirse en el olvido por su propio peso, con ensayos originales sobre los temas más interesantes del momento, sean religiosos o políticos; en los cuales los títulos de los libros o folletos mencionados sirven solo de nombre y ocasión para la disquisición. No reprocho la agudeza o aspereza de su estilo condenatorio, en sí mismo, mientras el autor sea tratado o considerado como la mera personificación de la obra en cuestión. No tengo queja alguna por ello, siempre que no se admitan alusiones personales, ni se reaviven (para un nuevo juicio) obras juveniles publicadas, quizá olvidadas, muchos años antes del inicio de la revista: ya que para forzar la vuelta de tales obras a la atención pública no se encuentran motivos fácilmente, salvo aquellos que el propio crítico aporta por su malicia personal; o, lo que es aún peor, por un hábito de malicia en forma de simple capricho.
“No necesitan rencores privados, ni resentimientos personales, ¡la vivisección es su propio deleite! Toda enemistad, toda envidia, la rechazan, ladrones desinteresados de nuestra buena fama: ¡Fríos y sobrios asesinos de la reputación ajena!” S. T. C.
Toda censura, todo sarcasmo respecto a una publicación que el crítico, con la obra criticada ante sí, puede justificar, es derecho del crítico. El escritor está autorizado a responder, pero no a quejarse. Nadie puede prescribirle al crítico cuán suave o cuán duro; cuán amistosas o cuán amargas deben ser las frases que elija para expresar tal reprensión o ridículo. El crítico debe saber qué efecto busca producir; y con ese fin debe sopesar sus palabras. Pero en cuanto el crítico revela que sabe más de su autor de lo que las publicaciones de este podrían haberle dicho; en cuanto, a partir de ese conocimiento más íntimo, obtenido por otros medios, se vale del más mínimo rasgo en contra del autor; su censura se convierte instantáneamente en agravio personal, sus sarcasmos en insultos personales. Deja de ser crítico y asume el más despreciable de los caracteres a los que puede degradarse una criatura racional: el de chismoso, difamador y pasquín; pero con la grave agravante de que introduce las pasiones inquietas y deformantes del mundo en el museo; en el lugar que, después de la capilla y el oratorio, debería ser nuestro santuario y refugio seguro; ofrece abominaciones en el altar de las Musas; y hace de su sagrado recinto el mismo círculo en el que invoca al espíritu mentiroso y profano.
Esta determinación entre la personalidad no autorizada y la censura permitida y legítima (que debo en parte al ilustre Lessing, él mismo modelo de crítica aguda, enérgica, a veces punzante, pero siempre argumentativa y honorable) es, sin lugar a dudas, la verdadera: y aunque yo mismo no ejercería todos los derechos de la segunda, si tan solo se excluye la primera, me someto a su ejercicio en manos de otros, sin queja ni resentimiento.
Que se forme una comunicación entre cualquier número de hombres eruditos en las diversas ramas de la ciencia y la literatura; y ya sea que el presidente y el comité central estén en Londres o Edimburgo, si solo dejan de lado previamente su individualidad y se comprometen, tanto interna como ostensiblemente, a administrar justicia de acuerdo con una constitución y un código de leyes; y si, al fundamentar este código en la doble base de la moral universal y la razón filosófica, independientes de toda aplicación prevista a obras y autores particulares, obtienen el derecho de hablar cada uno como representante de su cuerpo corporativo; recibirán de mí honor y buenos deseos, y les concederé sus justas dignidades, aunque sean autoasumidas, con no menos agrado que si pudiera consultarlas en la oficina de heráldica o buscarlas en el libro de la nobleza. Por muy fuertes que sean los clamores por reputaciones prevenidas o subvertidas, por muy numerosas e impacientes que sean las quejas de severidad despiadada y despotismo insoportable, no sentiré ni pronunciaré nada que no sea en defensa y justificación de la máquina crítica. Si algún Quijote literario se siente provocado por sus sonidos y movimientos regulares, le advertiría, como Sancho Panza, que no es un gigante sino un molino de viento; ahí está, en su propio lugar y en su propia loma, nunca se desvía para atacar a nadie, y a nadie ni de nadie pide o da ayuda. Cuando la prensa pública ha vertido parte de su producción entre sus muelas, la muele, el saco de un hombre igual que el de otro, y con cualquier viento que entonces sople. Todos los treinta y dos vientos son por igual sus amigos. De toda la vasta atmósfera no desea ni un dedo más de lo necesario para que sus aspas giren. Pero este espacio debe quedar libre y sin obstáculos. Mosquitos, escarabajos, avispas, mariposas y toda la tribu de efímeros e insignificantes pueden entrar y salir, pasar entre ellas; pueden zumbar, vibrar, chirriar sus pequeñas flautas y soplar sus diminutos cuernos, sin castigo ni atención. Pero los ociosos y fanfarrones de mayor tamaño y apariencia más orgullosa deben tener cuidado de no colocarse dentro de su radio de acción. Mucho menos deben atreverse a poner las manos sobre las aspas, cuya fuerza no es ni mayor ni menor que la del viento que las impulsa. A quien el brazo implacable lance por los aires o arrastre consigo, solo a sí mismo debe culpar; aunque, cuando ese mismo brazo lo arroje, más a menudo duplicará que romperá la fuerza de su caída.
Dejando de lado la intervención demasiado manifiesta y frecuente de partidos nacionales, e incluso de predilecciones o aversiones personales; y reservando para sentimientos más profundos aquellas intrusiones peores y más criminales en la sacralidad de la vida privada, que no pocas veces merecen un castigo legal más que literario, los dos principales motivos y ocasiones que encuentro para censurar y lamentar la conducta de la reseña en cuestión son, primero, su infidelidad a su propio y excelente plan anunciado, al someter a crítica obras que, si bien no son indecentes ni inmorales, tienen tan poca importancia incluso en cuanto a extensión y, según el propio veredicto del crítico, carecen de todo mérito, que debe despertar en la mente más sincera la sospecha de que, o bien actuaron sentimientos de disgusto o venganza, o bien existió una fría y prudente determinación previa de aumentar la venta de la reseña halagando las pasiones malignas de la naturaleza humana. Para no incurrir yo mismo en el cargo que formulo contra otros, acusando sin pruebas, remito al artículo sobre el sermón del Dr. Rennell en el primer número mismo de la EDINBURGH REVIEW como ilustración de lo que quiero decir. Si al revisar todos los volúmenes siguientes el lector encontrara que se trata de un caso aislado, deberé someterme a esa dolorosa pérdida de estima que aguarda a una acusación infundada o exagerada.
El segundo punto de objeción pertenece a esta reseña solo en común con todas las demás obras de crítica periódica: al menos, se aplica en general al sistema de todas, cualquiera que sea la excepción a favor de artículos particulares. O si se adhiere a la EDINBURGH REVIEW, y a su única rival (la QUARTERLY), con alguna fuerza peculiar, esto resulta de la superioridad de talento, conocimientos e información que ambas han demostrado de manera innegable; y que, sin duda, profundiza el lamento aunque no la culpa. Me refiero a la sustitución de la afirmación por el argumento; a la frecuencia de veredictos arbitrarios y a veces petulantes, no pocas veces sin apoyo siquiera de una sola cita de la obra condenada, que al menos podría haber explicado el sentido del crítico, si no probado la justicia de su sentencia. Incluso cuando no es así, las citas suelen hacerse sin referencia a fundamentos o reglas generales de las que pueda deducirse la incorrección o inadmisibilidad de las cualidades atribuidas; y sin intento alguno de mostrar que tales cualidades corresponden al pasaje citado. Me he encontrado con tales extractos de los poemas del Sr. Wordsworth, acompañados de afirmaciones tales, que me llevaron a imaginar que el reseñista, habiendo escrito su crítica antes de leer la obra, luego eligió al azar pasajes para ilustrar las diversas ramas de sus opiniones preconcebidas. ¿Por qué principio de elección racional podemos suponer que se guió un crítico (al menos en un país cristiano, y siendo él mismo, esperamos, cristiano) que presenta los siguientes versos, que retratan el fervor de la devoción solitaria excitada por la magnífica manifestación de las obras del Todopoderoso, como prueba y ejemplo de la tendencia de un autor a la más absoluta incoherencia y total falta de sentido?
“¡Oh, qué alma la suya, cuando en las cimas De las altas montañas contemplaba el sol Alzarse y bañar al mundo en luz! Miraba— Océano y tierra, el sólido marco de la tierra, Y la masa líquida del océano, bajo él yacían En alegría y profundo gozo. Las nubes eran tocadas, Y en sus rostros silenciosos leía Un amor indecible. No necesitaba sonido, Ni voz alguna de júbilo: su espíritu bebía El espectáculo. ¡Sensación, alma y forma, Todo se fundía en él; absorbían Su ser animal; en ellas vivía, Y por ellas vivía: eran su vida.”
¿Puede esperarse que tanto el autor como sus admiradores se sientan inducidos a prestar seria atención a decisiones que no prueban sino el lastimoso estado del gusto y la sensibilidad del propio crítico? Al abrir la reseña ven un pasaje favorito, cuya fuerza y verdad tenían la certeza intuitiva en su propia experiencia interior, confirmada, si es que necesitaba confirmación, por la simpatía de sus amigos más ilustrados; algunos de los cuales quizá, incluso ante la opinión del mundo, ocupan un rango intelectual más alto del que el propio crítico se atrevería a reclamar. Y ese mismo pasaje lo encuentran seleccionado como la efusión característica de una mente abandonada por la razón; como prueba de que el escritor deliraba, o de lo contrario no habría podido encadenar palabras así, sin sentido ni propósito. Ninguna diversidad de gusto parece capaz de explicar tal contraste de juicio.
Que yo hubiera sobrestimado el mérito de un pasaje o poema, que me hubiera equivocado respecto al grado de su excelencia, podría fácilmente creerlo o temerlo. Pero que versos, cuyo sentido he analizado y hallado consonante con todas las mejores convicciones de mi entendimiento; y cuya imaginería y dicción han reunido en torno a esas convicciones mis sentimientos más nobles y placenteros; que yo admitiera que tales versos son simple disparate o locura, es demasiado para que lo logren los argumentos más ingeniosos. Pero que semejante revolución de gusto pueda ser provocada por unas cuantas afirmaciones tajantes, parece poco menos que imposible. Por el contrario, requeriría un esfuerzo de caridad no despachar la crítica con el aforismo del sabio: in animam malevolam sapientia haud intrare potest.
¿Qué pensar entonces si ese mismo crítico hubiera citado un gran número de versos sueltos e incluso largos párrafos, que él mismo reconoce poseer una belleza eminente y original? ¿Y si él mismo ha admitido que bellezas igualmente grandes se hallan en abundancia a lo largo de todo el libro? Y sin embargo, bajo esa impresión, hubiera comenzado su crítica con vulgar regocijo y una profecía destinada a asegurarse su propio cumplimiento, con un "¡Esto no sirve!" ¿Qué pensar si, tras tales reconocimientos arrancados a su propio juicio, prosigue de acusación en acusación de insipidez y delirio; de vuelos y bajezas; y finalmente, relegando al autor a la casa de los incurables, concluye con un tono de rudo desprecio evidentemente basado en el trastornado estado de sus propias asociaciones morales? Supongamos además que todo esto se hace sin establecer ni siquiera anunciar un solo principio rector, y sin intento alguno de deducción argumentativa, aunque el poeta le hubiera ofrecido una oportunidad más que habitual para ello, al haber hecho públicos previamente sus propios principios de juicio en poesía y haberlos defendido con una cadena de razonamientos coherente.
La función y el deber del poeta es seleccionar lo más digno así como
“La actitud más alegre y feliz de las cosas.”
El reverso, pues en todos los casos es posible un reverso, es el asunto propio de la parodia y la burla, un gusto predominante por los cuales siempre se ha considerado señal de una mente baja y degradada. Cuando estuve en Roma, entre muchas otras visitas a la tumba de Julio II, fui allí una vez con un artista prusiano, un hombre de genio y gran vivacidad de sentimientos. Mientras contemplábamos el MOISÉS de Miguel Ángel, nuestra conversación giró en torno a los cuernos y la barba de esa estupenda estatua; sobre la necesidad de cada uno para sostener al otro; sobre el efecto sobrehumano de los primeros, y la necesidad de la existencia de ambos para dar armonía e integridad tanto a la imagen como al sentimiento que despierta. Imagina que se les quitan, y la estatua se volvería antinatural, sin llegar a ser sobrenatural. Recordamos los cuernos del sol naciente, y repetí el noble pasaje de la SANTA MUERTE de Taylor. Que los cuernos eran el emblema del poder y la soberanía entre las naciones orientales, y aún se conservan como tales en Abisinia; el Aqueloo de los antiguos griegos; y las probables ideas y sentimientos que originalmente sugirieron la mezcla de la forma humana y la bestial en la figura con la que realizaron la idea de su misterioso Pan, como representación de la inteligencia mezclada con un poder más oscuro, más profundo, más poderoso y más universal que el intelecto consciente del hombre; que la inteligencia;—todos estos pensamientos y recuerdos desfilaron ante nuestras mentes. Mi compañero, que poseía más que suficiente del odio que sus compatriotas sentían por los franceses, acababa de decirme: “¡Un francés, señor! es el único animal con forma humana que de ninguna manera puede elevarse a la religión o la poesía”; cuando, ¡he aquí!, dos oficiales franceses de distinción y rango entraron en la iglesia. “Fíjese,” susurró el prusiano, “lo primero que esos canallas notarán—(pues comenzarán por fijarse instantáneamente en la estatua por partes, sin un solo instante de admiración impresionados por el conjunto)—serán los cuernos y la barba. Y las asociaciones que inmediatamente conectarán con ellos serán las de un macho cabrío y un cornudo.” Nunca nadie adivinó con más suerte. Si hubiera heredado una parte de los poderes proféticos del gran legislador cuya estatua contemplábamos, difícilmente habría podido pronunciar palabras más coincidentes con el resultado: porque tal como lo dijo, así sucedió.
En LA EXCURSIÓN el poeta ha presentado a un anciano, nacido en circunstancias humildes pero no abyectas, que había gozado de más ventajas educativas de lo habitual, tanto por los libros como por la más imponente disciplina de la naturaleza. A este personaje lo representa como alguien impulsado, por la inquietud de sentimientos fervientes y por un intelecto ávido, a una vida itinerante; y como consecuencia, que ha pasado la mayor parte de su tiempo, desde su primera juventud, en aldeas y caseríos de puerta en puerta,
“Un mercader errante encorvado bajo su carga.”
Ahora bien, si este es un personaje apropiado para un poema didáctico elevado, es quizá cuestionable. Es un tema legítimo para la controversia; y la cuestión debe determinarse por la congruencia o incongruencia de tal personaje con lo que se demuestre que son los componentes esenciales de la poesía. Pero, sin duda, el crítico que, dejando de lado todas las oportunidades que tal modo de vida ofrecería a un hombre así; todas las ventajas de la libertad de la naturaleza, de la soledad y del pensamiento solitario; todas las variedades de lugares y estaciones por las que ha transitado, con todas las imágenes cambiantes que traen consigo; y por último, todas las observaciones sobre los hombres,
“Sus costumbres, sus placeres y ocupaciones, Sus pasiones y sus sentimientos=”
que la memoria de estos viajes anuales debe haber dado y evocado en una mente así—el crítico, digo, que de entre la multitud de asociaciones posibles dejara de lado todas estas para fijar su atención exclusivamente en los papeles de alfileres y las cintas de sujeción que podrían haber estado entre las mercancías de su fardo; ese crítico, en mi opinión, no puede considerarse poseedor de un estado de sentimiento moral mucho más alto o más sano que los franceses mencionados anteriormente.



