Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo III
Capítulo 4 de 28 · 16 min de lectura
Las obligaciones del autor hacia los críticos y la probable ocasión—Principios de la crítica moderna—Las obras y el carácter del señor Southey.
A los críticos anónimos en reseñas, revistas y periódicos de diversos nombres y rangos, y a los satíricos con o sin nombre, en verso o en prosa, o en texto en verso acompañado de comentarios en prosa, creo y profeso sinceramente que debo al menos dos tercios de la reputación y publicidad que por casualidad poseo. Porque cuando el nombre de una persona ha aparecido tan frecuentemente, en tantas obras, durante tanto tiempo, los lectores de esas obras—(que, junto con uno o dos estantes de bellezas, extractos elegantes y Anas, constituyen nueve décimas partes de la lectura del público lector)—no pueden sino familiarizarse con el nombre, sin recordar claramente si fue mencionado para elogio o para censura. Y esto se vuelve aún más probable si (como creo) el hábito de leer publicaciones periódicas puede añadirse con justicia al catálogo de Averroes de los anti-mnemónicos, o debilitadores de la memoria. Pero donde esto no ha sido el caso, aun así el lector tenderá a sospechar que debe haber algo inusualmente fuerte y extenso en una reputación que pudiera requerir o soportar un bombardeo tan despiadado y prolongado. Por lo tanto, sin ningún sentimiento de enojo—(para lo cual, en lo que a mí respecta, no tengo pretexto)—puedo permitirme expresar cierto grado de sorpresa de que, después de haber atravesado la carrera crítica por una cierta clase de defectos que tenía, sin que nada se presentara ante el tribunal de juicio en el ínterin, año tras año, trimestre tras trimestre, mes tras mes—(sin mencionar varios pequeños periódicos de rotación aún más rápida, "o semanales o diarios")—haya sido, durante al menos diecisiete años consecutivos, arrastrado por ellos a las primeras filas de los proscritos y obligado a soportar la embestida de los abusos, por defectos directamente opuestos, y que ciertamente no tenía. ¿Cómo puedo explicar esto?
Sea cual fuere el caso con otros, ciertamente no puedo atribuir esta persecución a antipatía personal, ni a envidia, ni a sentimientos de animosidad vengativa. No a lo primero, porque con la excepción de unos pocos que son mis amigos íntimos, y lo eran antes de ser conocidos como autores, he tenido poco trato con personajes literarios, más allá de lo que puede implicar una presentación accidental o un encuentro casual en una reunión mixta. Y hasta donde las palabras y las miradas pueden ser fiables, debo creer que, incluso en esos casos, no había despertado ninguna disposición hostil. Ni por carta, ni en conversación, he tenido jamás disputa o controversia más allá del intercambio social común de opiniones. Es más, cuando he tenido razones para suponer que mis convicciones eran fundamentalmente diferentes, ha sido mi costumbre, y puedo añadir, el impulso de mi naturaleza, exponer los fundamentos de mi creencia, más que la creencia misma; y no expresar disenso hasta poder establecer algunos puntos de completa simpatía, algunas bases comunes para ambas partes, desde donde comenzar su explicación.
Menos aún puedo atribuir estos ataques a la envidia. Las pocas páginas que he publicado datan de hace demasiado tiempo, y el alcance de su venta es una prueba demasiado concluyente de que nunca fueron populares, como para hacer probable—casi diría posible—que hayan suscitado envidia por su causa; y el hombre que me envidiara por cualquier otra razón, en verdad, ¡debe estar loco de envidia!
Por último, con igual falta de fundamento, podría sospechar que alguna animosidad hacia mí proviene de sentimientos vengativos como causa. Ya he dicho que mi trato con hombres de letras ha sido limitado y distante; y que no he tenido ni disputa ni controversia. Desde mi primera entrada en la vida, he vivido, con pocos y breves intervalos, ya sea en el extranjero o en retiro. Mis diferentes ensayos sobre temas de interés nacional, publicados en diferentes momentos, primero en el Morning Post y luego en el Courier, junto con mis cursos de conferencias sobre los principios de la crítica aplicados a Shakespeare y Milton, constituyen toda mi publicidad; las únicas ocasiones en que pude haber ofendido a algún miembro de la república de las letras. Con una sola excepción, en la que mis palabras fueron primero tergiversadas y luego aplicadas imprudentemente a un individuo, nunca supe que hubiera provocado el desagrado de alguno de mis contemporáneos literarios. Habiendo anunciado mi intención de dar un curso de conferencias sobre los méritos y defectos característicos de la poesía inglesa en sus diferentes épocas; primero, de Chaucer a Milton; segundo, de Dryden inclusive a Thomson; y tercero, de Cowper hasta el presente; cambié mi plan y limité mi disertación a los dos primeros períodos, para no dar ningún posible pretexto a los irreflexivos para tergiversar, o a los malintencionados para malinterpretar mis palabras, y, habiéndoles estampado su propio significado, hacerlas circular como moneda corriente en los mercados de la charlatanería o la difamación.
Los elogios a los indignos son sentidos por las mentes ardientes como robos a los merecedores; y es demasiado cierto, y demasiado frecuente, que Bacon, Harrington, Maquiavelo y Spinoza no son leídos, porque sí lo son Hume, Condillac y Voltaire. Pero en compañía variada, ningún hombre prudente se opondrá a los méritos de un contemporáneo en su propio supuesto campo; conformándose con elogiar, a su vez, a quienes considera excelentes. Si alguna vez considerara mi deber oponerme a las pretensiones de individuos, lo haría en libros que pudieran ser sopesados y respondidos, en los que pudiera exponer la totalidad de mis razones y sentimientos, con sus límites y matices necesarios; no en conversaciones irrecuperables, donde, por fuertes que fueran las razones, los sentimientos que las impulsaran serían seguramente atribuidos por alguien a la envidia y el descontento. Además, sé bien, y espero haber actuado en consecuencia, que deben ser los ignorantes y los imprudentes quienes elogian a los indignos; y los elogios de críticos sin gusto ni juicio son la recompensa natural de autores sin sensibilidad ni genio. Sint unicuique sua praemia.
¿Cómo, entonces, descartando como lo hago estas tres causas, puedo explicar ataques cuya prolongada duración y tenacidad requerirían las tres para ser explicadas? La solución parece ser esta: ¡yo tenía relaciones de intimidad con el señor Wordsworth y el señor Southey! Sin embargo, esto más bien traslada que elimina la dificultad. Sea que, por una extensión desmesurada del viejo adagio, noscitur a socio, mis amigos literarios nunca estén bajo la catarata de la crítica sin que yo deba empaparme con el rocío; pero, ¿cómo fue que el torrente descendió sobre ellos?
Primero, en lo que respecta al señor Southey. Recuerdo bien la acogida general de sus primeras publicaciones; a saber, los poemas publicados junto al señor Lovell bajo los nombres de Moschus y Bion; los dos volúmenes de poemas bajo su propio nombre, y la Juana de Arco. Las críticas de los profesionales aún existen y pueden consultarse fácilmente:—versos descuidados, desigualdad en el mérito de los distintos poemas y (en las obras más ligeras) una predilección por lo extraño y caprichoso; en resumen, tales defectos como cabría esperar en un escritor joven y rápido, fueron en verdad suficientemente señalados. Tampoco faltó en ese entonces un espíritu partidista que agravara los defectos de un poeta que, con todo el valor de una juventud incorrupta, había declarado su fervor por una causa que consideraba la de la libertad y su aborrecimiento a la opresión, fuera cual fuera el nombre con que se la consagrara. Pero ni otros lo objetaron, ni el propio poeta lo soñó, que él prefiriera versos descuidados y prosaicos por encima de la regla y la previsión, o que pretendiera alguna otra técnica o teoría de dicción poética, salvo aquella que todos podemos aprender de Horacio, Quintiliano, el admirable diálogo De Oratoribus, generalmente atribuido a Tácito, o las Prolusiones de Strada; si es que el sentido común natural y el temprano estudio de los mejores modelos en su propio idioma no le hubieran infundido los mismos principios de manera más segura y, si se me permite la expresión, más vital. Todo lo que podría haberse deducido con justicia era que, en su gusto y valoración de los escritores, el señor Southey coincidía mucho más con Thomas Warton que con el doctor Johnson. Tampoco pretendo negar que en todo momento el señor Southey compartía la opinión de sir Philip Sidney al preferir una excelente balada en el estilo más humilde de la poesía a veinte poemas mediocres que se pavonean en el más elevado. ¿Y por qué se han caracterizado sus obras publicadas desde entonces, cada una más notable que la anterior, sino por un mayor esplendor, una emoción más profunda, reflexiones más hondas y una dignidad más sostenida en el lenguaje y el metro? Ojalá ese momento esté lejano, pero cuando llegue el día en que todas sus obras sean recopiladas por algún editor digno de ser su biógrafo, confío en que un apéndice de extractos de todos los pasajes en que sus escritos, nombre y carácter han sido atacados, tomados de folletos y publicaciones periódicas de los últimos veinte años, pueda ser incluido. Sin embargo, no me atrevo a esperar que ello resulte medicinal para tiempos futuros; pues mientras haya lectores que se deleiten con la calumnia, habrá críticos dispuestos a calumniar. Y probablemente tales lectores serán más numerosos en la medida en que una mayor difusión de la literatura produzca un aumento de superficiales, y la superficialidad traiga consigo petulancia y presunción. En tiempos antiguos, los libros eran como oráculos religiosos; a medida que la literatura avanzó, pasaron a ser venerables preceptores; luego descendieron al rango de amigos instructivos; y, al aumentar su número, bajaron aún más al de compañeros entretenidos; y actualmente parecen degradados a la condición de acusados que deben levantar las manos ante el tribunal de todo juez autoelegido, aunque no por ello menos imperativo, que decida escribir por humor o interés, por enemistad o arrogancia, y someterse al juicio “de quien lee con malicia, o de quien lee después de cenar.”
El mismo movimiento retrógrado puede rastrearse en la relación que los propios autores han asumido hacia sus lectores. Desde la elevada dedicatoria de Bacon: “estas son las meditaciones de Francisco de Verulamio, que para que la posteridad las poseyera, él consideró de su interés;” o desde la dedicatoria a monarcas o pontífices, en la que el honor otorgado se afirmaba en equilibrio con el patrocinio reconocido: desde Píndaro
—’ep’ alloi— si d’alloi megaloi: to d’eschaton koryphoutai basilensi. Maeketi paptaine porsion. Eiae se te touton upsou chronon patein, eme te tossade nikaphorois omilein, prophanton sophian kath’ Ellanas eonta panta.—OLYMP. OD. I.
hubo un descenso gradual en la etiqueta o el estilo permitido de pretensión.
Poetas y filósofos, vueltos tímidos por su propio número, se dirigieron a “lectores eruditos;” luego buscaron congraciarse con “el lector benévolo;” hasta que, mientras el crítico ascendía y el autor descendía, los aficionados a la literatura en conjunto fueron erigidos en un municipio de jueces, y se les dirigió como la Ciudad. Y ahora, finalmente, suponiéndose que todos los hombres pueden leer, y todos los lectores pueden juzgar, el multitudinario Público, moldeado en una unidad personal por la magia de la abstracción, se sienta como déspota nominal en el trono de la crítica. Pero, ¡ay!, como en otros despotismos, no hace más que repetir las decisiones de sus ministros invisibles, cuyos méritos intelectuales para la custodia de las Musas parecen, en su mayor parte, análogos a las cualidades físicas que adaptan a sus hermanos orientales para la supervisión del harén. Así se dice que san Nepomuceno fue instalado como guardián de los puentes porque cayó de uno y desapareció de la vista; así también se dice que santa Cecilia fue propiciada por los músicos porque, al fracasar en sus propios intentos, tomó aversión al arte y a todos sus exitosos practicantes. Pero probablemente tendré ocasión más adelante de exponer mis convicciones con mayor amplitud acerca de este estado de cosas y sus influencias sobre el gusto, el genio y la moralidad.
En el Thalaba, el Madoc, y aún más evidentemente en el único Cid, en el Kehama, y, por último y mejor, el Roderick; Southey ha dado abundantes pruebas de que piensa cuán grande es dar algo en manos de los hombres: ni puede persuadirse a sí mismo de que no deba ser tratado a menudo aquello que desea que agrade siempre y a todos. Pero, por otro lado, considero que el señor Southey era completamente incapaz de comprender en qué podía consistir el crimen o el daño de imprimir media docena o más de poemas juguetones; o, hablando más generalmente, composiciones que serían disfrutadas o pasadas por alto según el gusto y el humor del lector, siempre que no contuvieran nada inmoral. En la época actual, periturae parcere chartae es, enfáticamente, una exigencia irrazonable. La más mínima bagatela que haya enviado al público tenía diez veces más derecho a su tinta y papel que todas las críticas insulsas sobre ella, que no probaban más que el crítico no era uno de aquellos para quienes la bagatela fue escrita; y que todas las graves exhortaciones a un mayor respeto por el público—como si la página pasiva de un libro, al recibir un epigrama o un cuento burlesco, adquiriera instantáneamente poder locomotor y una especie de ubicuidad, de modo que revoloteara y zumbara en el oído del público para gran molestia de dicho personaje misterioso. Pero lo que añade un absurdo aún más ridículo a estas lamentaciones es el curioso hecho de que, si en un volumen de poesía el crítico encuentra un poema o pasaje que considera especialmente sin valor, seguro lo selecciona y reimprime en la reseña; con lo cual, según sus propios argumentos, desperdicia mucho más papel que el autor, en la medida en que los ejemplares de una revista de moda son más numerosos que los del libro original; en algunos, y esos los casos más notorios, como diez mil contra quinientos. No conozco nada que supere la vileza de juzgar los méritos de un poeta o pintor—(no por defectos característicos; pues donde hay genio, estos siempre apuntan a sus bellezas características; sino)—por fallos accidentales o pasajes defectuosos; salvo la desfachatez de defenderlo como el deber propio y la parte más instructiva de la crítica. Omite o pasa por alto la expresión, la gracia y la composición de las figuras de Rafael; pero ridiculiza en detalle las agujas de tejer y ramitas de escoba que representan árboles en sus fondos; ¡y no dejes nunca de recordarle sus botes de ungüentos! Admite que el Allegro y el Penseroso de Milton no carecen de mérito; pero compénsalo reimprimiendo íntegramente los dos poemas sobre el University Carrier. Como muestra representativa de sus sonetos, cita
“Un libro fue escrito hace poco llamado Tetrachordon;”
y, como característico de su ritmo y metro, cita su traducción literal del primer y segundo salmo. Para justificarte, solo necesitas afirmar que, de haberte detenido principalmente en las bellezas y excelencias del poeta, la admiración de estas podría seducir la atención de futuros escritores desde los objetos de su amor y asombro, hacia la imitación de los pocos poemas y pasajes en los que el poeta fue menos fiel a sí mismo.
Pero hasta que las reseñas se conduzcan bajo principios muy distintos, y con motivos muy diferentes; hasta que, en lugar de dictados arbitrarios y burlas petulantes, los críticos respalden sus decisiones con referencia a cánones fijos de crítica, previamente establecidos y deducidos de la naturaleza humana; las mentes reflexivas considerarán arrogante que se presenten así ante los hombres de letras, como guías de su gusto y juicio. Para el comprador y el simple lector, en todo caso, es una injusticia. Quien me dice que hay defectos en una obra nueva, no me dice nada que yo no hubiera dado por sentado sin su información. Pero quien señala y esclarece las bellezas de una obra original, en verdad me brinda información interesante, algo que la experiencia no me habría autorizado a anticipar. Y en cuanto a composiciones que los propios autores anuncian con
Haec ipsi novimus esse nihil,
¿por qué deberíamos juzgar con una regla diferente dos obras impresas, solo porque un autor está vivo y el otro en su tumba? ¿Qué hombre de letras no ha lamentado la mojigatería de Spratt al negarse a dejar que su amigo Cowley apareciera en pantuflas y bata de dormir? Tal vez no soy el único que ha encontrado un inocente entretenimiento en los acertijos, adivinanzas, versos trisílabos y similares de Swift y sus corresponsales, en horas de languidez, cuando leer sus obras más acabadas habría sido inútil para mí, y, en cierto modo, un acto de injusticia hacia el autor. Pero no logro concebir con qué perversidad de juicio estos desahogos de su genio podrían emplearse para disminuir su fama como autor de Gulliver o de La historia de un tonel. Si el señor Southey hubiera escrito el doble de poemas de mérito inferior o interés parcial que han animado los periódicos del día, estos habrían sumado a su honor entre los hombres buenos y sabios, no solo o principalmente como prueba de la versatilidad de su talento, sino como evidencia de la pureza de esa mente que, incluso en sus ligerezas, nunca dictó una línea que debiera lamentar por motivos morales.
He transferido en mi imaginación al futuro biógrafo el deber de contrastar la fama fija y bien ganada de Southey con el abuso y la infatigable hostilidad de sus críticos anónimos desde su juventud hasta su plena madurez. Pero no puedo pensar tan mal de la naturaleza humana como para no creer que estos críticos ya sienten vergüenza de sí mismos, ya sea que consideren al objeto de su abuso en su carácter moral o literario. ¡Basta reflexionar sobre la variedad y extensión de sus conocimientos! No es segundo de nadie, ya sea como historiador o como bibliógrafo; y cuando lo considero como ensayista popular—(pues la mayoría de sus composiciones en las reseñas son, en gran parte, ensayos sobre temas de profundo o curioso interés más que críticas de obras particulares)—busco en vano a algún escritor que haya transmitido tanta información, de fuentes tan diversas y recónditas, con tantas reflexiones justas y originales, en un estilo tan animado y punzante, y sin embargo tan uniformemente clásico y claro; en resumen, nadie que haya combinado tanta sabiduría con tanto ingenio; tanta verdad y conocimiento con tanta vida e imaginación. Su prosa es siempre comprensible y siempre entretenida. En poesía ha intentado casi todas las formas de composición conocidas antes, y ha añadido nuevas; y si exceptuamos la más alta lírica—(en la que cuán pocos, cuán poquísimos incluso de las mentes más grandes han sido afortunados)—ha intentado todas las formas con éxito; desde la canción política del día, surgida en el desbordamiento juguetón de la alegría honesta y la exaltación patriótica, hasta la balada salvaje; desde la facilidad epistolar y la narrativa elegante, hasta la austera e impetuosa declamación moral; desde los encantos pastoriles y las luces salvajes y ondulantes del Thalaba, en los que el sentimiento y la imagen han dado permanencia incluso a la emoción de la curiosidad; y desde el pleno resplandor del Kehama—(una galería de cuadros acabados en una sola pieza de fantasía espléndida, en la que, no obstante, la grandeza moral se eleva gradualmente por encima del brillo del colorido y la audacia y novedad de la maquinaria)—hasta las bellezas más sobrias del Madoc; y finalmente, del Madoc a su Roderick, en el que, conservando todas sus excelencias anteriores como poeta eminentemente inventivo y pintoresco, se ha superado a sí mismo en lenguaje y métrica, en la construcción del conjunto y en el esplendor de pasajes particulares.
¿Debo concluir aquí, entonces? ¡No! Los caracteres de los difuntos, como los elogios en las lápidas, así como son descritos con religiosa ternura, también son leídos, ciertamente con simpatía indulgente, pero igualmente con deducción racional. Hay hombres que merecen un registro más elevado; hombres cuyo carácter interesa tanto a sus contemporáneos como a la posteridad conocer, mientras aún sea posible que la censura imparcial, e incluso la envidia perspicaz, puedan examinar el relato sin ofender las cortesías de la humanidad; y mientras el panegirista, sorprendido en exageración o falsedad, deba pagar plenamente la pena de su vileza en el desprecio que marca al adulador desenmascarado. Públicamente ha sido vilipendiado el señor Southey por hombres que, como quisiera creer por el honor de la naturaleza humana, lanzaron antorchas encendidas contra una figura de su propia imaginación; públicamente se han menospreciado sus talentos, se han denunciado sus principios; así que, públicamente, yo, que lo he conocido íntimamente, considero mi deber dejar constancia de que es una dicha casi sin igual de Southey poseer los mejores dones del talento y el genio, libres de todos sus defectos característicos. Para quienes recuerdan el estado de nuestras escuelas y universidades públicas hace unos veinte años, no parecerá un elogio menor en ningún hombre haber pasado de la inocencia a la virtud, no solo libre de todo hábito vicioso, sino sin mancha de un solo acto de intemperancia, ni de las degradaciones afines a la intemperancia. Ese esquema de cabeza, corazón y conducta habitual, que en su temprana juventud y en sus primeros escritos polémicos Milton, reclamando el privilegio de la autodefensa, afirma de sí mismo y desafía a sus calumniadores a refutar; esto mismo sus compañeros de escuela, sus colegas universitarios y sus amigos más maduros, con una confianza proporcional a la intimidad de su conocimiento, darán testimonio de haber sido realizado nuevamente en la vida de Robert Southey. Pero aún más notable para quienes, por la biografía o por experiencia propia, están familiarizados con los hábitos generales del genio, resultará la inigualable laboriosidad y perseverancia del poeta en sus empeños; la dignidad y nobleza de esos empeños; su generosa disposición a tareas de interés transitorio, o aquellas que solo su genio podía ennoblecer; y que, habiendo así satisfecho de sobra las exigencias del afecto o la prudencia, haya logrado aún hacerse tiempo y fuerza para lograr más, y en más variados campos, que casi cualquier otro escritor, aunque dedicado por completo a temas de su propia elección y ambición. Pero así como Southey posee, y no es poseído por, su genio, así también es dueño incluso de sus virtudes. El tenor regular y metódico de sus labores diarias, que sería considerado raro en las ocupaciones más mecánicas y podría ser envidiado por el mero hombre de negocios, pierde toda apariencia de formalidad en la digna sencillez de sus modales, en el brío y la saludable alegría de su espíritu. Siempre ocupado, sus amigos lo encuentran siempre disponible. Tan puntual en las minucias como firme en el cumplimiento de los más altos deberes, no inflige ninguno de esos pequeños dolores e incomodidades que los hombres irregulares esparcen a su alrededor y que, en conjunto, suelen convertirse en obstáculos formidables tanto para la felicidad como para la utilidad; mientras que, por el contrario, otorga todos los placeres e inspira toda esa tranquilidad de ánimo en quienes lo rodean o están ligados a él, que la perfecta coherencia y (si tal palabra pudiera forjarse) la absoluta confiabilidad, tanto en lo pequeño como en lo grande, no pueden sino inspirar y otorgar, cuando esto además se suaviza sin debilitarse por la bondad y la gentileza. Conozco a pocos hombres que merezcan tan bien el carácter que un antiguo atribuye a Marco Catón, a saber, que se asemejaba a la virtud, en tanto que parecía actuar correctamente, no por obediencia a alguna ley o motivo externo, sino por la necesidad de una naturaleza feliz, que no podía actuar de otro modo. Como hijo, hermano, esposo, padre, jefe, amigo, se conduce con pasos firmes pero ligeros, igual de discreto que ejemplar. Como escritor, ha puesto invariablemente sus talentos al servicio de los mejores intereses de la humanidad, de la virtud pública y la piedad doméstica; su causa ha sido siempre la causa de la religión pura y la libertad, de la independencia nacional y de la ilustración nacional. Cuando los críticos futuros ponderen su recompensa de elogio y censura, será Southey el poeta quien les provea los escasos materiales para lo último. Igualmente no dejarán de consignar que, así como nadie fue un amigo más constante, nunca tuvo poeta más amigos y admiradores entre los buenos de todos los partidos; y que los charlatanes en educación, en política y en crítica fueron sus únicos enemigos.



