Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge

Capítulo IV

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Las Baladas líricas con el prefacio—Los primeros poemas del señor Wordsworth—Sobre la fantasía y la imaginación—La investigación de la distinción, importante para las Bellas Artes.

Me he desviado mucho del objetivo principal, pero así como imaginé lectores que respetarían los sentimientos que me apartaron del camino principal, también me atrevo a contar con no pocos que simpatizarán calurosamente con ellos. Por ahora, bastará para mi propósito si he demostrado que los escritos del señor Southey, al igual que los míos, no fueron la ocasión original de esta ficción sobre una nueva escuela de poesía, ni de los clamores contra sus supuestos fundadores y prosélitos.

Tampoco creo que las Baladas líricas del señor Wordsworth hayan sido en sí mismas la causa. Hablo exclusivamente de los dos volúmenes titulados así. Un examen cuidadoso y repetido de estos me confirma en la creencia de que la omisión de menos de cien versos habría evitado nueve décimas partes de las críticas sobre esta obra. Me arriesgo a hacer esta declaración, sin embargo, suponiendo que el lector la haya tomado como lo haría con cualquier otra colección de poemas que pretendiera derivar sus temas o intereses de incidentes de la vida doméstica u ordinaria, entremezclados con notas más elevadas de meditación que el poeta expresa en su propia persona y carácter; con la condición de que estos poemas se leyeran sin conocimiento previo ni referencia a las opiniones particulares del autor, y que la atención del lector no hubiera sido previamente dirigida a esas peculiaridades. En ese caso, como de hecho ocurrió con las primeras obras del señor Southey, los versos y pasajes que pudieran haber ofendido al gusto general habrían sido considerados simples desigualdades y atribuidos a la falta de atención, no a la perversidad del juicio. Los hombres de negocios que habían pasado la mayor parte de sus vidas en ciudades, y que por tanto podrían esperarse que disfrutaran especialmente de agudas observaciones sobre personas y costumbres expresadas en un lenguaje sencillo, pero correcto y preciso; y todos aquellos que, leyendo poca poesía, se sienten más estimulados por aquella que parece más alejada de la prosa, probablemente habrían pasado por alto los volúmenes por completo. Otros, de gusto más amplio y sin embargo acostumbrados a complacerse más cuanto más se les excita, se habrían conformado con decidir que el autor había tenido éxito en la medida en que elevaba su estilo y tema. No pocos, quizás, podrían, por su admiración de los Versos escritos cerca de la Abadía de Tintern, al volver a visitar el Wye, aquellos Dejados en un Asiento de Tejo, El Viejo Mendigo de Cumberland y Ruth, haber sido llevados gradualmente a leer con sentimientos afines Los Hermanos, El Pozo del Salto del Ciervo, y cualquier otro poema de esa colección que pueda describirse como ocupando un lugar intermedio entre los escritos en el estilo más elevado y los de estilo más humilde; por ejemplo, entre la Abadía de Tintern y El Espino o Simón Lee. Si su gusto no sufriera más cambios y siguiera sin reconciliarse con las frases coloquiales, o las imitaciones de ellas, que están, en mayor o menor medida, dispersas en la última clase mencionada, aun así, por el pequeño número de estos últimos, los habrían considerado una resta insignificante del mérito de toda la obra; o, lo que a veces no es desagradable en la publicación de un nuevo escritor, como una forma de determinar la tendencia natural y, en consecuencia, la dirección adecuada del genio del autor.

Por tanto, creo que podemos considerar con seguridad que las observaciones críticas, tanto las precedentes como las añadidas a las Baladas líricas, son el verdadero origen de la oposición sin precedentes que los escritos del señor Wordsworth han tenido que enfrentar desde entonces. Los pasajes más humildes de los propios poemas fueron destacados y citados para justificar el rechazo de la teoría. Lo que en sí mismo habría sido olvidado o perdonado como imperfecciones, o al menos fracasos comparativos, provocó hostilidad directa cuando se anunció como intencional, como resultado de una elección tras plena deliberación. Así, los poemas admitidos por todos como excelentes, junto con aquellos que habían agradado a la gran mayoría, aunque formaban dos tercios de toda la obra, en vez de ser considerados (como en justicia debieron serlo, incluso si suponemos que el lector juzgó correctamente) una compensación por las pocas excepciones, alimentaron la animosidad tanto contra los poemas como contra el poeta. En toda perplejidad hay una parte de temor, que predispone la mente a la ira. Incapaces de negar que el autor poseía tanto genio como un intelecto poderoso, se sentían muy seguros, pero no del todo ciertos de que él no tuviera razón y ellos estuvieran equivocados; un estado de ánimo inquieto, que busca alivio peleando con la causa de su malestar y asombrándose de la obstinación del hombre que había escrito un largo y argumentativo ensayo para persuadirlos de que

Lo bello es feo, y lo feo es bello;

en otras palabras, que habían admirado toda su vida sin juicio y que ahora estaban a punto de censurar sin razón.

Creo que esta conjetura no está lejos de la realidad, por el hecho notable, que puedo afirmar por experiencia propia, de que casi cada persona diferente ha fundamentado la misma censura general en algún poema distinto. Entre aquellos cuya sinceridad y juicio valoro mucho, recuerdo claramente a seis que expresaron sus objeciones a las Baladas líricas casi con las mismas palabras y exactamente con el mismo sentido, admitiendo al mismo tiempo que varios de los poemas les habían dado gran placer; y, por extraño que parezca, la composición que uno citaba como execrable, otro la mencionaba como su favorita. Estoy convencido, en efecto, de que si se hubiera podido hacer el mismo experimento con estos volúmenes que se hizo en la conocida historia del cuadro, el resultado habría sido el mismo; las partes que un día estaban cubiertas de manchas negras, se encontrarían igualmente marcadas con piedra blanca al día siguiente.

Sea como fuere, ciertamente fue duro e injusto fijar la atención en unos pocos poemas separados y aislados con tanta aversión, como si fueran tantas manchas de peste en toda la obra, en vez de pasarlos por alto en silencio, como si fueran páginas en blanco o hojas de un catálogo de librería; especialmente, ya que nadie pretendía haber encontrado en ellos inmoralidad o falta de delicadeza alguna; y los poemas, por tanto, en el peor de los casos, solo podían considerarse como monedas ligeras o de menor valor en un fajo de oro, no como aleación en una cantidad de lingotes. Un amigo cuyos talentos respeto enormemente, pero cuyo juicio y sentido común he tenido ocasión de admirar casi constantemente, haciéndome las quejas habituales sobre el estilo y los temas de los poemas menores del señor Wordsworth; admití que había algunos relatos e incidentes en los que yo mismo no encontraba suficiente motivo para que hubieran sido registrados en verso. Mencioné Alicia Fell como ejemplo; "¡No!", replicó mi amigo con inusual rapidez, "¡ahí no puedo estar de acuerdo contigo!—ese, lo reconozco, me parece un poema notablemente agradable." En las Baladas líricas (pues mi experiencia no me permite extender la observación con igual seguridad a los dos volúmenes posteriores), he oído en diferentes ocasiones y de distintas personas, cada uno de los poemas ser elogiado y reprobado, con excepción de los de carácter más elevado, que, como se dijo antes, parecen haber obtenido elogios universales. Este hecho por sí solo me habría hecho ser cauto en mis censuras, de no haber existido una razón aún más fuerte proporcionada por el extraño contraste entre la intensidad y larga duración de la oposición y la naturaleza de los defectos alegados para justificarla. Los defectos seductores, los dulcia vitia de Cowley, Marini o Darwin, podrían razonablemente considerarse capaces de corromper el juicio público durante medio siglo, y requerir una guerra de veinte años, campaña tras campaña, para destronar al usurpador y restablecer el gusto legítimo. Pero que una simpleza absoluta, bajo la apariencia de simplicidad, palabras prosaicas en versos débiles, pensamientos tontos en frases infantiles, y una preferencia por asociaciones y personajes vulgares, degradantes o, en el mejor de los casos, triviales, lograran formar una escuela de imitadores, una compañía de admiradores casi religiosos, y esto además entre jóvenes de mentes ardientes, educación liberal y no

—sin laureles académicos aún otorgados;

y que esta burda y desnuda imitación de la poesía, que se califica de inferior a la crítica, haya absorbido durante casi veinte años la atención de la crítica, como el principal, si no el único, blanco de reseñas, revistas, panfletos, poemas y párrafos; esto sí que es motivo de asombro. Más aún lo es que la contienda siga tan indecisa como la de Baco y las ranas en Aristófanes, cuando aquel descendió a los reinos de los muertos para traer de vuelta el espíritu de la antigua y genuina poesía;

CH. Brekekekex, koax, koax. D. All’ exoloisth’ auto koax. Ouden gar est’ all’, hae koax. Oimozet’ ou gar moi melei. CH. Alla maen kekraxomestha g’, oposon hae pharynx an haemon chandanae di’ haemeras, brekekekex, koax, koax! D. Touto gar ou nikaesete. CH. Oude men haemas su pantos. D. Oude maen humeis ge dae m’ oudepote. Kekraxomai gar, kan me deae, di’ haemeras, eos an humon epikrataeso tou koax! CH. Brekekekex, KO’AX, KOAX!

Durante el último año de mi estancia en Cambridge, 1794, me familiaricé con la primera publicación del señor Wordsworth, titulada Bocetos descriptivos; y rara vez, si es que alguna vez, la aparición de un genio poético original sobre el horizonte literario fue anunciada de manera más evidente. En la forma, el estilo y el modo de todo el poema, así como en la estructura de los versos y períodos particulares, hay una aspereza y acidez unidas y combinadas con palabras e imágenes encendidas, que podrían recordar aquellos productos del mundo vegetal, donde magníficas flores surgen de una corteza y cáscara dura y espinosa, dentro de la cual se elabora el rico fruto. El lenguaje no solo es peculiar y vigoroso, sino que a veces resulta enrevesado y retorcido, como por su propia fuerza impaciente; mientras que la novedad y la multitud de imágenes, actuando en conjunto con las dificultades del estilo, exigen siempre una mayor atención de la que la poesía—al menos la poesía descriptiva—tiene derecho a reclamar. Por lo tanto, no pocas veces justificaba la queja de oscuridad. En el siguiente extracto, a veces he imaginado ver un emblema del propio poema y del genio del autor tal como se manifestaba entonces.

Es tormenta; y ocultas en la niebla de hora en hora, todo el día las aguas vierten un murmullo creciente; el cielo está velado, y toda visión alegre se oscurece, la región es tan sombría como si la noche se acercara; ¡y sin embargo, qué estallido repentino de luz abrumadora! Triunfante sobre el seno de la tormenta, gira la forma del águila envuelta en fuego; hacia el este, en larga perspectiva, brillan los acantilados coronados de bosques que se inclinan sobre el lago; esos acantilados orientales despliegan cien arroyos, que de inmediato se transforman en columnas que arden en oro; tras su vela, el campesino se esfuerza por evitar el oeste, que arde como un sol dilatado, donde en un gran crisol expiran las montañas, al rojo vivo, como brasas de fuego.

La Psique poética, en su proceso hacia el pleno desarrollo, atraviesa tantos cambios como su homónima griega, la mariposa. Y es notable cuán pronto el genio se depura y purifica de los defectos y errores de sus primeros productos; defectos que, en sus primeras composiciones, son más notorios y confluyen, porque como elementos heterogéneos, que solo tenían un uso temporal, constituyen el mismo fermento por el cual son eliminados. O podemos compararlos con ciertas enfermedades, que deben actuar sobre los humores y ser expulsadas a la superficie, para asegurar al paciente contra su futura recurrencia. Tenía veinticuatro años cuando tuve la dicha de conocer personalmente al señor Wordsworth, y mientras conserve la memoria, difícilmente olvidaré el efecto repentino que produjo en mi mente la recitación de un poema manuscrito, que aún permanece inédito, pero cuyo verso y tono de estilo eran los mismos que los de La Vagabunda, tal como se imprimió originalmente en el primer volumen de las Baladas líricas. Allí no había señal de pensamiento forzado ni de dicción artificiosa, ni multitud o turbulencia de imágenes; y, como el propio poeta ha descrito bien en sus Versos al volver al Wye, la reflexión madura y las asociaciones humanas habían otorgado tanto variedad como un interés adicional a los objetos naturales, que, en la pasión y el apetito del primer amor, le habían parecido ni necesitar ni permitir. Las ocasionales oscuridades, que surgían de un control imperfecto sobre los recursos de su lengua natal, casi habían desaparecido por completo, junto con ese defecto aún peor de frases arbitrarias e ilógicas, a la vez trilladas y fantásticas, que ocupan un lugar tan destacado en la técnica de la poesía común, y que, en mayor o menor medida, contaminarán los primeros poemas del más verdadero genio, a menos que la atención se haya dirigido especialmente a su inutilidad e incongruencia. No percibí nada particular en el mero estilo del poema aludido durante su recitación, salvo, en efecto, aquella diferencia que no podía separarse del pensamiento y el modo; y la estrofa spenseriana, que siempre, en mayor o menor medida, recuerda al lector el propio estilo de Spenser, sin duda habría autorizado, en mi opinión de entonces, un descenso más frecuente a las frases de la vida ordinaria, de lo que podría haberse arriesgado sin mal efecto en el pareado heroico. Sin embargo, no fue la ausencia de mal gusto, ya fuera por defectos comunes o por aquellos más propiamente suyos, lo que causó una impresión tan inusual en mis sentimientos de inmediato, y posteriormente en mi juicio. Fue la unión de sentimiento profundo con pensamiento hondo; el fino equilibrio de verdad al observar, con la facultad imaginativa al modificar, los objetos observados; y sobre todo el don original de extender el tono, la atmósfera, y con ello la profundidad y altura del mundo ideal alrededor de formas, incidentes y situaciones, cuyo brillo la costumbre había empañado para la mirada común, había secado el fulgor y las gotas de rocío.

Esta excelencia, que en todos los escritos del señor Wordsworth predomina en mayor o menor grado, y que constituye el carácter de su mente, tan pronto la sentí, busqué comprenderla. Repetidas meditaciones me llevaron primero a sospechar—(y un análisis más íntimo de las facultades humanas, sus marcas, funciones y efectos apropiados, maduró mi conjetura hasta convertirla en plena convicción)—que la Fantasía y la Imaginación eran dos facultades distintas y muy diferentes, en vez de ser, según la creencia general, dos nombres con un mismo significado, o, en todo caso, el grado inferior y superior de una misma potencia. No es, lo reconozco, fácil concebir una traducción más apropiada del griego phantasia que la latina imaginatio; pero es igualmente cierto que en todas las sociedades existe un instinto de crecimiento, un cierto sentido común colectivo e inconsciente que trabaja progresivamente para desinominizar aquellas palabras originalmente de igual significado, que el flujo de dialectos aportó a las lenguas más homogéneas, como el griego y el alemán: y que la misma causa, unida a los accidentes de traducción de obras originales de diferentes países, provoca en lenguas mixtas como la nuestra. El primer y más importante punto a demostrar es que dos conceptos perfectamente distintos se confunden bajo una misma palabra, y—una vez hecho esto—apropiar esa palabra exclusivamente a uno de los significados, y el sinónimo, si lo hay, al otro. Pero si—(como suele ocurrir en las artes y las ciencias)—no existe sinónimo, debemos inventar o tomar prestada una palabra. En el presente caso, la apropiación ya ha comenzado y ha sido legitimada en el adjetivo derivado: Milton tenía una mente sumamente imaginativa, Cowley una muy fantasiosa. Si por lo tanto logro establecer la existencia real de dos facultades generalmente diferentes, la nomenclatura quedaría de inmediato determinada. A la facultad por la cual he caracterizado a Milton, deberíamos reservar el término 'imaginación'; mientras que la otra se distinguiría como 'fantasía'. Ahora bien, si se llegara a comprobar plenamente que esta división está tan fundamentada en la naturaleza como la de delirio respecto de manía, o la de Otway:

Laúdes, laureles, mares de leche y naves de ámbar,

respecto de Shakespeare:

¿Qué? ¿Sus hijas lo han llevado a este estado?

o respecto de la apóstrofe anterior a los elementos; la teoría de las bellas artes, y de la poesía en particular, no podría sino recibir alguna luz adicional e importante. En sus efectos inmediatos proporcionaría una antorcha de guía al crítico filosófico; y, en última instancia, al propio poeta. En las mentes enérgicas, la verdad pronto se transforma, por domesticación, en poder; y de dirigir la discriminación y valoración del producto, pasa a influir en la producción. Admirar por principio es el único modo de imitar sin perder la originalidad.

Ya se ha insinuado que la metafísica y la psicología han sido desde hace tiempo mi caballo de batalla. Pero tener un caballo de batalla y vanagloriarse de él suelen encontrarse tan comúnmente juntos, que casi pasan por lo mismo. Confío, por lo tanto, en que habrá más buen humor que desprecio en la sonrisa con la que el lector castigue mi autocomplacencia, si confieso mi incertidumbre sobre si la satisfacción de percibir una verdad nueva para mí mismo no se habrá vuelto más intensa por la presunción de que lo sería igualmente para el público. Hubo un tiempo, ciertamente, en el que me atribuía cierto mérito al creer que había sido el primero de mis compatriotas en señalar el significado diverso que podían tener ambos términos y analizar las facultades a las que debían ser asignados. No he visto aún el reciente volumen de sinónimos del señor W. Taylor; pero el señor Wordsworth ha demostrado claramente en el Prólogo añadido a la última colección de sus Poemas que la especificación de los términos en cuestión es tanto insuficiente como errónea. La explicación que el propio señor Wordsworth ha dado se encontrará diferente de la mía, principalmente, quizá, porque nuestros objetivos son distintos. Difícilmente podría ser de otro modo, dada la ventaja que he tenido de conversar frecuentemente con él sobre un tema hacia el cual un poema suyo primero dirigió mi atención, y sobre el cual sus ejemplos afortunados, tomados de la acción de los objetos naturales sobre la mente, hicieron más claras mis propias conclusiones. Pero el propósito del señor Wordsworth era considerar las influencias de la fantasía y la imaginación tal como se manifiestan en la poesía, y a partir de los diferentes efectos concluir su diversidad de naturaleza; mientras que mi objetivo es investigar el principio seminal y, a partir de la naturaleza, deducir el grado. Mi amigo ha trazado un magistral bosquejo de las ramas con sus frutos poéticos. Yo deseo añadir el tronco, e incluso las raíces, en la medida en que se elevan sobre la tierra y son visibles al ojo desnudo de nuestra conciencia común.

Sin embargo, aun en este intento soy consciente de que me veré obligado a exigir más atención del lector de la que puede autorizar una miscelánea tan poco metódica como ésta; cuando en una obra como la Política Eclesiástica, de una mente como la de Hooker, el juicioso autor, no menos admirable por la claridad que por la nobleza y dignidad de su lenguaje,—y aunque escribía para hombres instruidos en una época erudita,—vio, sin embargo, la ocasión de anticipar y prevenir las “quejas de oscuridad” cada vez que debía rastrear su tema “hasta la fuente y manantial más alto”. Lo cual, (continúa él) “como los hombres no están acostumbrados, los esfuerzos que hacemos son mucho más necesarios que aceptables; y los asuntos que tratamos, por su novedad (hasta que la mente se familiariza mejor con ellos), parecen oscuros e intrincados”. Por lo tanto, con gusto me ahorraría este trabajo tanto a mí como a los demás, si supiera cómo presentar una exposición inteligible de mi credo poético sin recurrir a ello,—no como mis opiniones, que no pesan nada, sino como deducciones de premisas establecidas expuestas de tal forma que puedan producir una convicción fundamental, o recibir una refutación fundamental. Si se me permite adoptar una vez más las palabras de Hooker, “a quienes les parezcamos tediosos, en nada les perjudicamos, porque está en sus manos ahorrarse el trabajo que no están dispuestos a soportar”. Al menos, permítaseme añadir, aquellos que se han esforzado tanto en volverme ridículo por una supuesta perversión del gusto, y han apoyado esa acusación atribuyéndome extrañas ideas sin otra autoridad que sus propias conjeturas, se lo deben tanto a sí mismos como a mí el no rehusar su atención a mi propia exposición de la teoría que sí reconozco; ni eludir la tarea de examinar los fundamentos en los que la sostengo, o los argumentos que ofrezco en su justificación.