Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge

Capítulo VI

Capítulo 7 de 28 · 9 min de lectura

Que el sistema de Hartley, en la medida en que difiere del de Aristóteles, no es sostenible en teoría ni está fundado en hechos.

Sobre las vibraciones hipotéticas de Hartley en su hipotético éter oscilante de los nervios, que es la primera y más evidente distinción entre su sistema y el de Aristóteles, diré poco. Esto, como todos los intentos similares de hacer visible aquello que no tiene relación con la vista, ya ha sido suficientemente expuesto por el joven Reimarus, Maasz y otros, como una afrenta a los mismos axiomas de la mecánica en un esquema cuyo mérito consiste en ser mecánico. Si alguna otra filosofía es posible, aparte de la mecánica; y, de nuevo, si el sistema mecánico puede tener algún derecho a ser llamado filosofía; son cuestiones para otro lugar. Sin embargo, es cierto que mientras neguemos lo primero y afirmemos lo segundo, nos confundiremos cada vez que intentemos penetrar en los adytos de la causalidad; y todo lo que la laboriosa conjetura puede hacer es llenar los vacíos de la fantasía. Bajo ese despotismo de la vista (del cual la emancipación, que Pitágoras buscaba mediante su símbolo numérico, y Platón mediante sus símbolos musicales, y ambos por la disciplina geométrica, era el primer propaideuma de la mente), bajo esta fuerte influencia sensorial, nos inquietamos porque las cosas invisibles no son objeto de visión; y los sistemas metafísicos, en su mayoría, se vuelven populares, no por su verdad, sino en la medida en que atribuyen a las causas una susceptibilidad de ser vistas, si tan solo nuestros órganos visuales fueran lo suficientemente poderosos.

De entre cien posibles refutaciones, que baste una. Según este sistema, la idea o vibración a del objeto externo A se vuelve asociable con la idea o vibración m del objeto externo M, porque la oscilación a se propagó de tal modo que reprodujo la oscilación m. Pero la impresión original de M era esencialmente diferente de la impresión A: a menos que diferentes causas puedan producir el mismo efecto, la vibración a nunca podría producir la vibración m; y, por tanto, esto nunca podría ser el medio por el cual a y m se asocian. Para entender esto, el lector atento solo necesita recordar que las ideas son, en el sistema de Hartley, nada más que sus apropiadas vibraciones configurativas. Es una mera ilusión de la fantasía concebir la preexistencia de las ideas, en cualquier cadena de asociación, como si fueran bolas de billar de diferentes colores en contacto, de modo que cuando un objeto, el taco de billar, golpea la primera o bola blanca, el mismo movimiento se propaga a través de la roja, verde, azul y negra, y pone a todas en movimiento. ¡No! Debemos suponer que la misma fuerza que constituye la bola blanca constituye la roja o la negra; o que la idea de un círculo constituye la idea de un triángulo; lo cual es imposible.

Pero se podría decir que, por las sensaciones de los objetos A y M, los nervios han adquirido una disposición para las vibraciones a y m, y por lo tanto basta con repetir a para reproducir m. Ahora bien, concedamos por un momento la posibilidad de tal disposición en un nervio material, lo cual parece apenas menos absurdo que decir que una veleta ha adquirido el hábito de girar hacia el este, porque el viento ha soplado tanto tiempo en esa dirección: porque si se responde que debemos considerar la circunstancia de la vida, ¿qué queda entonces de la filosofía mecánica? ¿Y qué es el nervio, sino el pedernal que el bromista puso en la olla como primer ingrediente de su sopa de piedra, requiriendo solo sal, nabos y cordero para el resto? Pero si dejamos esto de lado y presuponemos la existencia real de tal disposición, hay dos casos posibles. O bien, cada idea tiene su propio nervio y oscilación correspondiente, o esto no es así. Si lo último es cierto, no ganaríamos nada con estas disposiciones; porque entonces, si cada nervio tiene varias disposiciones, cuando el movimiento de cualquier otro nervio se propaga en él, no habrá razón ni causa presente para que surja exactamente la oscilación m, en vez de cualquier otra para la que estuviera igualmente predispuesto. Pero si tomamos lo primero, y dejamos que cada idea tenga un nervio propio, entonces cada nervio debe ser capaz de propagar su movimiento a muchos otros nervios; y, de nuevo, no hay razón alguna para que surja la vibración m, en vez de cualquier otra ad libitum.

Está de moda sonreír ante las vibraciones y vibratiúnculas de Hartley; y su obra ha sido reeditada por Priestley, omitiendo la hipótesis material. Pero Hartley era un hombre demasiado grande, un pensador demasiado coherente, para que esto se haya hecho de manera consistente o con algún propósito sensato. Porque todas las demás partes de su sistema, en la medida en que son peculiares de ese sistema, una vez removidas de su base mecánica, no solo pierden su principal apoyo, sino el mismo motivo que llevó a su adopción. Así, el principio de contemporaneidad, que Aristóteles había hecho la condición común de todas las leyes de la asociación, Hartley se vio obligado a representar como la única ley. Pues ¿a qué ley pueden estar sujetos los átomos materiales sino a la proximidad en el espacio? ¿Y a qué ley pueden estar sujetos sus movimientos sino a la del tiempo? De esto resulta inevitablemente que la voluntad, la razón, el juicio y el entendimiento, en vez de ser las causas determinantes de la asociación, deben necesariamente ser representados como sus criaturas y entre sus efectos mecánicos. Conciba, por ejemplo, un ancho río que serpentea por un país montañoso con un número indefinido de corrientes, que varían y se entremezclan según los vientos soplen desde las aberturas de las montañas. La unión temporal de varias corrientes en una sola, de modo que formen la corriente principal del momento, ofrecería una imagen precisa de la teoría de la voluntad de Hartley.

Si esto hubiera sido realmente así, la consecuencia habría sido que toda nuestra vida estaría dividida entre el despotismo de las impresiones externas y el de la memoria insensible y pasiva. Tome su ley en su más alta abstracción y forma más filosófica, a saber, que toda representación parcial recuerda la representación total de la cual fue parte; y la ley se vuelve inútil, aunque solo sea por su universalidad. En la práctica, sería en verdad mera anarquía. Considere cuán inmenso debe ser el ámbito de una impresión total desde la cima de la catedral de San Pablo; y cuán rápida y continua la serie de tales impresiones totales. Si, por lo tanto, suponemos la ausencia de toda interferencia de la voluntad, la razón y el juicio, una u otra de dos consecuencias debe resultar. O bien las ideas, o los restos de tal impresión, imitarán exactamente el orden de la impresión misma, lo que sería un delirio absoluto; o cualquier parte de esa impresión podría recordar cualquier otra parte, y—(pues según la ley de continuidad, debe existir en toda impresión total, una o más partes que sean componentes de alguna otra impresión total posterior, y así sucesivamente ad infinitum)—cualquier parte de cualquier impresión podría recordar cualquier parte de cualquier otra, sin una causa presente que determine cuál debe ser. Porque introducir la voluntad o la razón como causas de su propia causa, es decir, como causas y efectos a la vez, solo puede satisfacer a quienes, en sus pretendidas pruebas de un Dios, primero han exigido la organización como única causa y fundamento del intelecto, y luego exigen tranquilamente la preexistencia del intelecto como causa y fundamento de la organización. En verdad, solo hay un estado al que esta teoría se aplica en absoluto, a saber, el de completa enajenación mental; y aun a este solo se aplica parcialmente, porque la voluntad y la razón quizá nunca estén totalmente suspendidas.

Un caso de este tipo ocurrió en una ciudad católica romana en Alemania uno o dos años antes de mi llegada a Gotinga, y no había dejado entonces de ser un tema frecuente de conversación. Una joven de unos veinticuatro o veinticinco años, que no sabía leer ni escribir, fue atacada por una fiebre nerviosa; durante la cual, según las afirmaciones de todos los sacerdotes y monjes de los alrededores, quedó poseída, y, al parecer, por un demonio muy erudito. Continuaba hablando incesantemente en latín, griego y hebreo, con tonos muy pomposos y una enunciación sumamente clara. Esta posesión parecía aún más probable por el hecho conocido de que ella era o había sido hereje. Voltaire aconseja humorísticamente al diablo que evite todo trato con médicos; y habría sido mejor para su reputación si hubiera seguido este consejo en el presente caso. El caso atrajo la atención particular de un joven médico, y gracias a su informe, muchos eminentes fisiólogos y psicólogos visitaron la ciudad y examinaron el caso en el lugar. Se transcribieron hojas enteras de sus delirios directamente de su boca, y se encontró que consistían en frases, coherentes e inteligibles cada una por sí misma, pero con poca o ninguna conexión entre ellas. Del hebreo, solo una pequeña parte podía rastrearse hasta la Biblia; el resto parecía estar en dialecto rabínico. Toda posibilidad de engaño o conspiración quedaba descartada. No solo la joven siempre había sido una criatura inofensiva y sencilla, sino que evidentemente padecía una fiebre nerviosa. En la ciudad, donde había residido durante muchos años como sirvienta en distintas familias, no se presentaba ninguna explicación. Sin embargo, el joven médico decidió investigar su vida pasada paso a paso; pues la paciente misma era incapaz de dar una respuesta racional. Finalmente logró descubrir el lugar donde habían vivido sus padres: viajó hasta allí, los encontró ya fallecidos, pero un tío aún vivía; y de él supo que la paciente había sido acogida caritativamente por un anciano pastor protestante a los nueve años, y había permanecido con él varios años, hasta la muerte del anciano. De este pastor el tío no sabía nada, salvo que era un hombre muy bueno. Con gran dificultad, y tras mucha búsqueda, nuestro joven filósofo médico descubrió a una sobrina del pastor, que había vivido con él como ama de llaves y había heredado sus pertenencias. Ella recordaba a la niña; relató que su venerable tío había sido demasiado indulgente y no soportaba oír que la reprendieran; que ella misma habría querido quedarse con la niña, pero que, tras la muerte de su protector, la propia joven se negó a quedarse. Por supuesto, se hicieron entonces indagaciones ansiosas sobre los hábitos del pastor; y pronto se obtuvo la solución del fenómeno. Pues resultó que era costumbre del anciano, desde hacía años, pasear arriba y abajo por un pasillo de su casa que daba a la cocina, y leer en voz alta para sí mismo de sus libros favoritos. Un número considerable de estos aún estaban en posesión de la sobrina. Ella añadió que era un hombre muy erudito y un gran hebraísta. Entre los libros se halló una colección de escritos rabínicos, junto con varios de los Padres griegos y latinos; y el médico logró identificar tantos pasajes con los que se habían recogido junto al lecho de la joven, que no podía quedar duda alguna en una mente racional sobre el verdadero origen de las impresiones hechas en su sistema nervioso.

Este caso autenticado proporciona tanto prueba como ejemplo de que los vestigios de la sensación pueden existir durante un tiempo indefinido en estado latente, en el mismo orden en que fueron originalmente impresos; y como no podemos suponer racionalmente que el estado febril del cerebro actúe de otra manera que como un estímulo, este hecho (y no sería difícil aportar varios del mismo tipo) contribuye a hacer incluso probable que todos los pensamientos sean en sí mismos imperecederos; y que, si la facultad inteligente se volviera más comprensiva, solo requeriría una organización diferente y proporcionada —el cuerpo celestial en lugar del cuerpo terrenal— para presentar ante cada alma humana la experiencia colectiva de toda su existencia pasada. ¡Y esto, esto acaso es el temido libro del juicio, en cuyos misteriosos jeroglíficos está registrada cada palabra ociosa! Sí, por la misma naturaleza de un espíritu viviente, puede ser más posible que el cielo y la tierra pasen, a que un solo acto, un solo pensamiento, se desprenda o se pierda de esa cadena viviente de causas, con todos sus eslabones, conscientes o inconscientes, con los que el libre albedrío, nuestro único Yo absoluto, es coextensivo y copresente. Pero no me atrevo ahora a hablar más de esto, esperando un ánimo más elevado y un tema más noble, advertido desde dentro y desde fuera de que es profanación hablar de estos “misterios tois maede phantasteisin, os kalon to taes dikaiosynaes kai sophrosynaes prosopon, kai oute hesperos oute eoos outo kala. To gar horon pros to horomenon syngenes kai homoion poiaesamenon dei epiballein tae thea, ou gar an popote eiden ophthalmos haelion, haelioeidaes mae gegenaemenos oude to kalon an idae psychae, mae kagae genomenae”—a aquellos cuya imaginación nunca ha concebido cuán hermoso es el rostro de la justicia y la sabiduría; y que ni la estrella de la mañana ni la de la tarde son tan bellas. Pues para dirigir la mirada correctamente, es necesario que el espectador se haya hecho congénere y semejante al objeto contemplado. Jamás podría el ojo haber contemplado el sol, si su propia esencia no hubiera sido solar” (es decir, preconfigurada para la luz por una semejanza de esencia con la de la luz) “ni puede un alma no bella alcanzar una intuición de la belleza.”