Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo VII
Capítulo 8 de 28 · 10 min de lectura
De las consecuencias necesarias de la teoría hartleiana—Del error original o equívoco que permitió su admisión—Memoria técnica.
Dejaremos de lado la total incompatibilidad de tal ley—si es que puede llamarse ley, siendo ella misma esclava del azar—aun con esa apariencia de racionalidad que nos imponen los fenómenos externos de la conducta humana, abstraídos de nuestra propia conciencia. Acordaremos olvidar esto por el momento, para fijar nuestra atención en esa subordinación de las causas finales a las eficientes en el ser humano, que surge necesariamente de la suposición de que la voluntad y, con la voluntad, todos los actos de pensamiento y atención son partes y productos de este mecanismo ciego, en vez de ser poderes distintos cuya función es controlar, determinar y modificar el caótico fantasma de la asociación. El alma se convierte en un mero ens logicum; pues, como ser real y separable, sería más inútil y ridícula que los Grimalkins en el clavicémbalo de gatos, descrito en el Spectator. Aquellos formaban parte del proceso; pero, en el esquema de Hartley, el alma está presente solo para ser pellizcada o acariciada, mientras que los propios maullidos o ronroneos son producidos por una agencia totalmente independiente y ajena. Esto implica todas las dificultades, toda la incomprensibilidad (si no es, en verdad, os emoige dokei, el absurdo) de la intercomunicación entre sustancias que no tienen ninguna propiedad en común, sin ninguna de las convenientes consecuencias que sedujeron al juicio para admitir la hipótesis dualista. Por consiguiente, este caput mortuum del proceso hartleiano ha sido rechazado por sus seguidores, y la conciencia considerada como un resultado, como una melodía, el producto común de la brisa y el arpa; aunque esto, de nuevo, no es más que la remoción de un absurdo para dar paso a otro, igualmente disparatado. Porque, ¿qué es la armonía sino un modo de relación, cuyo propio ser es ser percibido?—un ens rationale, que presupone el poder que, al percibir, lo crea. El filo de la navaja se convierte en sierra para la visión armada; y las deliciosas melodías de Purcell o Cimarosa podrían ser balbuceos desarticulados para un oyente cuya partición del tiempo fuera mil veces más sutil que la nuestra. Pero supongamos también que hemos superado este obstáculo, y “de un solo salto sobrepasamos todo límite”. Sin embargo, según esta hipótesis, la disquisición a la que actualmente solicito la atención del lector podría decirse con igual verdad que fue escrita por la iglesia de San Pablo que por mí: pues no es más que el movimiento de mis músculos y nervios; y estos, a su vez, son puestos en movimiento por causas externas igualmente pasivas, las cuales están a su vez en conexión interdependiente con todo lo que existe o ha existido. Así, todo el universo coopera para producir el más mínimo trazo de cada letra, salvo que yo mismo, y solo yo, no tengo nada que ver con ello, siendo meramente el contemplador sin causa ni efecto de lo que está hecho. Apenas puede llamarse contemplación; pues no es ni un acto ni un efecto; sino una imposible creación de un algo nada a partir de su propio contrario. Es el mero plateado de mercurio detrás de un espejo; y en esto solo consiste el pobre e inútil yo. El total de mi intercambio moral e intelectual, disuelto en sus elementos, se reduce a extensión, movimiento, grados de velocidad y esas copias disminuidas del movimiento configurativo que forman lo que llamamos nociones, y nociones de nociones. De tal filosofía bien pudo decir Butler—
La metafísica no es más que un movimiento de marioneta que va con tornillos, la noción de una noción; la copia de una copia y un torpe esbozo tomado antinaturalmente de un pensamiento que imita todos los trucos pantomímicos, y vuelve los ojos, como un viejo crucifijo; que intercambia lo que sea que nombra por otro nombre, y lo hace verdadero o falso; convierte la verdad en falsedad, la falsedad en verdad, por virtud del diente del babilonio.
El inventor del reloj, si esta doctrina es cierta, en realidad no lo inventó; solo observó mientras las causas ciegas, los únicos verdaderos artífices, se desplegaban a sí mismas. Así debió ser también con mi amigo Allston, cuando esbozó su cuadro del hombre muerto revivido por los huesos del profeta Elías. Así debió ser con el señor Southey y lord Byron, cuando uno se imaginaba componiendo su Roderick y el otro su Childe Harold. Lo mismo debe aplicarse a todos los sistemas de filosofía; a todas las artes, gobiernos, guerras por mar y por tierra; en fin, a todas las cosas que hayan sido o que alguna vez serán producidas. Porque, según este sistema, no son los afectos y pasiones los que actúan, en tanto que son sensaciones o pensamientos. Solo imaginamos que actuamos por resoluciones racionales, o motivos prudentes, o por impulsos de ira, amor o generosidad. En todos estos casos, el verdadero agente es un algo-nada-todo, que hace todo lo que conocemos, y no conoce nada de todo lo que él mismo hace.
La existencia de un espíritu infinito, de una voluntad inteligente y santa, debe ser, en este sistema, meros movimientos articulados del aire. Pues si la función del entendimiento humano no es otra que la de parecerse a sí mismo combinar y aplicar los fenómenos de la asociación; y si estos derivan toda su realidad de las sensaciones primarias; y las sensaciones, a su vez, toda su realidad de las impresiones ab extra; un Dios no visible, audible ni tangible, solo puede existir en los sonidos y letras que forman su nombre y atributos. Si en nosotros no existen tales facultades como la voluntad y la razón científica, debemos tener una idea innata de ellas, lo que derrumbaría todo el sistema; o no podemos tener idea alguna. El proceso por el cual Hume degradó la noción de causa y efecto a un producto ciego de ilusión y hábito, a la mera sensación de vida en curso (nisus vitalis) asociada con las imágenes de la memoria; este mismo proceso debe repetirse para igual degradación de toda idea fundamental en ética o teología.
Lejos, muy lejos estoy de cargar con el oprobio de estas consecuencias a los caracteres morales de quienes primero formaron, o han adoptado desde entonces, el sistema. Es muy notable en el excelente y piadoso Hartley que, en las pruebas de la existencia y atributos de Dios con que comienza su segundo volumen, no hace referencia alguna al principio o resultados del primero. Más aún, asume como fundamentos ideas que, si aceptamos las doctrinas de su primer volumen, no pueden existir en ningún lugar salvo en las vibraciones del medio etéreo común a los nervios y a la atmósfera. En realidad, casi todo el segundo volumen es, con las mínimas excepciones, independiente de su sistema particular. Tan cierto es que la fe, que salva y santifica, es una energía colectiva, un acto total de todo el ser moral; que su sensorio viviente está en el corazón; y que ningún error del entendimiento puede ser moralmente juzgado a menos que haya procedido del corazón. Pero si son tales, nadie puede estar seguro en el caso de otro, quizá ni siquiera en el propio. De ahí se sigue, por consecuencia inevitable, que el hombre puede acaso determinar qué es una herejía; pero solo Dios puede saber quién es un hereje. Sin embargo, de ningún modo se sigue que opiniones fundamentalmente falsas sean inofensivas. Cien causas pueden coexistir para formar un antídoto complejo. Sin embargo, el aguijón de la víbora sigue siendo venenoso, aunque haya muchos que han tomado la cosa dañina y no les ha hecho daño. Algunos, en efecto, parece que ha habido, al menos en una desafortunada nación vecina, que han abrazado este sistema con plena conciencia de todas sus consecuencias morales y religiosas; algunos—
—que se consideran más libres, cuando dentro de esta esfera burda y visible encadenan el pensamiento alado, burlándose del ascenso, orgullosos en su bajeza; y se engañan a sí mismos con el bullicioso vacío de frases eruditas, sus sutiles fluidos, impactos, esencias, herramientas que se mueven solas, efectos sin causa, y todos esos ciegos omnisapientes, esos esclavos todopoderosos, deshabitando la creación de su Dios.
Tales hombres necesitan disciplina, no argumentos; deben hacerse mejores hombres antes de poder llegar a ser más sabios.
La atención se empleará de manera más provechosa intentando descubrir y exponer los paralogismos, por medio de cuya magia tal fe pudo hallar admisión en mentes formadas para una creencia más noble. Estos, me parece, pueden reducirse todos a un solo sofisma como su género común: confundir las condiciones de una cosa con sus causas y esencia; y el proceso por el cual llegamos al conocimiento de una facultad, con la facultad misma. El aire que respiro es la condición de mi vida, no su causa. Jamás hubiéramos podido aprender que teníamos ojos sino por el proceso de ver; sin embargo, una vez que hemos visto, sabemos que los ojos debieron preexistir para hacer posible el proceso de la visión. Examinemos el esquema de Hartley guiados por esta distinción; y descubriremos que la contemporaneidad (la Lex Continui de Leibnitz) es el límite y condición de las leyes de la mente, siendo ella misma más bien una ley de la materia, al menos de los fenómenos considerados como materiales. En el mejor de los casos, es para el pensamiento lo mismo que la ley de la gravitación para el movimiento. En todo movimiento voluntario primero contrarrestamos la gravitación, para luego aprovecharnos de ella. Debe existir, para que haya algo que contrarrestar y que, por su reacción, pueda ayudar a la fuerza que se ejerce para resistirla. Consideremos lo que hacemos al saltar. Primero resistimos el poder gravitatorio mediante un acto puramente voluntario, y luego, por otro acto, en parte voluntario, nos entregamos a él para aterrizar en el lugar que previamente nos habíamos propuesto. Ahora bien, que un hombre observe su mente mientras compone; o, para tomar un caso aún más común, mientras intenta recordar un nombre; y hallará que el proceso es completamente análogo. La mayoría de mis lectores habrá observado un pequeño insecto acuático en la superficie de los arroyos, que proyecta una sombra de cinco manchas ribeteada de colores prismáticos en el fondo soleado del riachuelo; y habrá notado cómo el pequeño animal avanza contra la corriente mediante impulsos alternos de movimiento activo y pasivo, resistiendo ahora la corriente y cediendo luego para reunir fuerza y un punto de apoyo momentáneo para una nueva propulsión. Esto es un emblema nada inapropiado de la autoexperiencia de la mente en el acto de pensar. Evidentemente, hay dos fuerzas en acción, que en relación una con la otra son activas y pasivas; y esto no es posible sin una facultad intermedia, que es a la vez activa y pasiva. En lenguaje filosófico, debemos denominar a esta facultad intermedia en todos sus grados y determinaciones, la IMAGINACIÓN. Pero, en el lenguaje común, y especialmente en el tema de la poesía, reservamos el nombre para un grado superior de la facultad, unido a un control voluntario superior sobre ella.
La contemporaneidad, entonces, siendo la condición común de todas las leyes de la asociación, y un elemento componente en la materia sujeta, cuyas partes deben asociarse, necesariamente debe estar copresente con todas. Nada, por lo tanto, puede ser más fácil que hacer pasar ante una mente incauta a este compañero constante de cada una, por la sustancia esencial de todas. Pero si apelamos a nuestra propia conciencia, hallaremos que incluso el tiempo mismo, como causa de un acto particular de asociación, es distinto de la contemporaneidad, como condición de toda asociación. Al ver una caballa, puede suceder que inmediatamente piense en grosellas, porque al mismo tiempo comí caballa con grosellas como salsa. La primera sílaba de esta última palabra, siendo la que coexistió con la imagen del ave así llamada, puede hacerme pensar entonces en un ganso. En el momento siguiente, puede surgir ante mí la imagen de un cisne, aunque nunca haya visto juntas a ambas aves. En los dos primeros casos, soy consciente de que su coexistencia en el tiempo fue la circunstancia que me permitió recordarlas; y soy igualmente consciente de que la última me fue evocada por la operación conjunta de semejanza y contraste. Así ocurre con la causa y el efecto: así también con el orden. Así puedo distinguir si fue la proximidad en el tiempo, o la continuidad en el espacio, lo que me llevó a recordar B al mencionar A. En verdad, no pueden separarse de la contemporaneidad; pues eso sería separarlas de la mente misma. El acto de la conciencia es, en efecto, idéntico al tiempo considerado en su esencia. Me refiero al tiempo per se, en contraposición a nuestra noción de tiempo; pues ésta siempre se mezcla con la idea de espacio, que, como opuesto al tiempo, es por tanto su medida. Sin embargo, el accidente de ver dos objetos en el mismo momento, y el accidente de verlos en el mismo lugar, son dos causas distintas o distinguibles: y la verdadera ley general práctica de la asociación es ésta; que todo aquello que haga que ciertas partes de una impresión total sean más vívidas o distintas que el resto, determinará a la mente a recordar éstas en preferencia a otras igualmente unidas por la condición común de contemporaneidad, o (lo que considero un término más apropiado y filosófico) de continuidad. Pero la voluntad misma, al confinar e intensificar la atención, puede dar arbitrariamente viveza o distinción a cualquier objeto; y de aquí podemos deducir la inutilidad, si no la absurdidad, de ciertos esquemas recientes que prometen una memoria artificial, pero que en realidad sólo pueden producir una confusión y degradación de la fantasía. La lógica sana, como subordinación habitual del individuo a la especie, y de la especie al género; el conocimiento filosófico de los hechos bajo la relación de causa y efecto; un temperamento alegre y comunicativo que nos disponga a notar las semejanzas y contrastes de las cosas, para poder ilustrar unas por medio de otras; una conciencia tranquila; una condición libre de ansiedades; buena salud, y sobre todo (en lo que respecta a la memoria pasiva) una digestión saludable; éstas son las mejores, éstas son las únicas Artes de la Memoria.



