Biografía literaria · Samuel Taylor Coleridge
Capítulo VIII
Capítulo 9 de 28 · 7 min de lectura
El sistema de dualismo introducido por Descartes—refinado primero por Spinoza y posteriormente por Leibniz en la doctrina de la Harmonia praestabilita—hilozoísmo—materialismo—ninguno de estos sistemas, ni ninguna posible teoría de la asociación, provee ni reemplaza una teoría de la percepción, ni explica la formación de lo asociable.
Hasta donde tengo conocimiento, Descartes fue el primer filósofo que introdujo la absoluta y esencial heterogeneidad del alma como inteligencia y del cuerpo como materia. La suposición y la forma de hablar se han mantenido, aunque la negación de todas las demás propiedades de la materia salvo la de extensión, negación sobre la cual se fundamenta todo el sistema de dualismo, ha sido hace tiempo refutada. Pues, dado que la impenetrabilidad solo es comprensible como un modo de resistencia, su admisión sitúa la esencia de la materia en un acto o poder que posee en común con el espíritu; y el cuerpo y el espíritu, por lo tanto, ya no son absolutamente heterogéneos, sino que pueden, sin absurdo alguno, suponerse como diferentes modos o grados de perfección de un sustrato común. Sin embargo, no era costumbre advertir esta posibilidad. El alma era una sustancia pensante y el cuerpo una sustancia que ocupa espacio. Sin embargo, la aparente acción de cada uno sobre el otro pesaba mucho sobre el filósofo por un lado; y no menos pesaba, por el otro lado, la evidente verdad de que la ley de causalidad solo rige entre cosas homogéneas, es decir, cosas que tienen alguna propiedad común; y no puede extenderse de un mundo a otro, a su contrario. Un análisis minucioso demostró que era tan absurdo como preguntarse si el afecto de un hombre por su esposa se hallaba al noreste o al suroeste del amor que sentía por su hijo. La doctrina de Leibniz de una armonía preestablecida, que ciertamente tomó de Spinoza, quien a su vez había tomado la idea de las máquinas animales de Descartes, fue, en su interpretación común, demasiado extraña para sobrevivir a su inventor—demasiado repugnante para nuestro sentido común; que, si bien no tiene derecho a voz judicial en los tribunales de la filosofía científica, susurra aún con fuerte influencia secreta. Incluso Wolf, el admirador e ilustre sistematizador de la doctrina leibniziana, se conforma con defender la posibilidad de la idea, pero no la adopta como parte del edificio.
La hipótesis del hilozoísmo, por otro lado, es la muerte de toda fisiología racional y, en realidad, de toda ciencia física; pues esta requiere una limitación de términos y no puede consistir con el poder arbitrario de multiplicar atributos mediante cualidades ocultas. Además, no responde a ningún propósito; a menos, claro está, que una dificultad pueda resolverse multiplicándola, o que podamos adquirir una noción más clara de nuestra alma si se nos dice que tenemos un millón de almas y que cada átomo de nuestro cuerpo tiene un alma propia. Es mucho más prudente admitir la dificultad de una vez por todas y dejarla reposar. En efecto, hay un sedimento en el fondo del recipiente, pero toda el agua por encima está clara y transparente. El hilozoísta solo lo agita y enturbia todo el contenido.
Pero no es propio de la naturaleza humana, ni del deber del filósofo, desesperar respecto a algún problema importante hasta que, como en la cuadratura del círculo, se haya demostrado la imposibilidad de una solución. Cómo el esse, asumido como originalmente distinto del scire, puede unirse alguna vez con él; cómo el ser puede transformarse en conocer, se vuelve concebible solo bajo una condición: a saber, si puede demostrarse que la vis representativa, o el ser sintiente, es en sí misma una especie de ser; es decir, ya sea como propiedad o atributo, o como hipóstasis o subsistencia propia. Lo primero—que el pensar es una propiedad de la materia bajo condiciones particulares—es, en efecto, la suposición del materialismo; un sistema que no podría dejar de ser patrocinado por el filósofo, si solo cumpliera lo que promete. Pero cómo cualquier afección externa puede metamorfosearse en percepción o voluntad, el materialista hasta ahora lo ha dejado, no solo tan incomprensible como lo encontró, sino que lo ha agravado hasta convertirlo en un absurdo comprensible. Pues, concedamos que un objeto externo pudiera actuar sobre el yo consciente, como sobre un objeto consustancial; aun así, tal afección solo podría engendrar algo homogéneo consigo misma. El movimiento solo podría propagar movimiento. La materia no tiene interioridad. Removemos una superficie, solo para encontrar otra. Solo podemos dividir una partícula en partículas; y cada átomo comprende en sí mismo las propiedades del universo material. Que cualquier mente reflexiva haga el experimento de explicarse la evidencia de nuestras intuiciones sensoriales, partiendo de la hipótesis de que en cualquier percepción dada hay algo que le ha sido comunicado por un impacto o una impresión ab extra. En primer lugar, por el impacto sobre el percipiente, o ens representans, no es el objeto mismo, sino solo su acción o efecto, lo que pasa a este. No es la lengua de hierro, sino sus vibraciones, lo que pasa al metal de la campana. Ahora bien, en nuestra percepción inmediata, no es solo el poder o acto del objeto, sino el objeto mismo, el que está inmediatamente presente. Podríamos, en efecto, intentar explicar este resultado mediante una cadena de deducciones y conclusiones; pero, primero, la misma facultad de deducir y concluir exigiría igualmente una explicación; y, en segundo lugar, no existe en realidad tal intermediación por nociones lógicas, como las de causa y efecto. Es el objeto mismo, no el producto de un silogismo, lo que está presente a nuestra conciencia. O si quisiéramos explicar esta superposición del objeto a la sensación mediante una facultad productiva puesta en movimiento por un impulso; aun así, la transición, en el percipiente, del objeto mismo del que provino el impulso, supone un poder capaz de permear y poseer totalmente el alma,
Y como un Dios, por arte espiritual, Ser todo en todo, y todo en cada parte.
¿Y cómo llegó aquí el percipiente? ¿Y qué ha sido de la Materia, tan prometedora de maravillas, que iba a realizar todos estos prodigios por la sola fuerza de la figura, el peso y el movimiento? El proceder más coherente del materialista dogmático es retroceder al rango común de los dualistas de alma y cuerpo; adoptar el misterio y declarar que todo el proceso es una revelación dada, y que no debe ser comprendida, siendo profano examinarla demasiado de cerca. Datur non intelligitur. Pero una revelación no confirmada por milagros, y una fe no ordenada por la conciencia, un filósofo puede permitirse pasarla por alto, sin sospechar de sí mismo ninguna tendencia irreligiosa.
Así, tal como se ha enseñado generalmente el materialismo, es absolutamente ininteligible, y debe todos sus prosélitos a la propensión, tan común entre los hombres, de confundir imágenes distintas con concepciones claras; y viceversa, de rechazar como inconcebible todo aquello que por su naturaleza es inimaginable. Pero tan pronto como se vuelve inteligible, deja de ser materialismo. Para explicar el pensamiento como un fenómeno material, es necesario refinar la materia hasta convertirla en una mera modificación de la inteligencia, con la doble función de aparecer y percibir. Así lo hizo Priestley en su controversia con Price. Despojó a la materia de todas sus propiedades materiales; sustituyó poderes espirituales; y cuando esperábamos encontrar un cuerpo, ¡he aquí que solo teníamos su fantasma—la aparición de una sustancia difunta!
No me extenderé más sobre este tema; porque será tratado amplia y sistemáticamente en una obra que llevo muchos años preparando, sobre el Logos Productivo humano y divino; junto con, y a modo de introducción a, un comentario completo sobre el Evangelio de San Juan, si Dios me concede salud y permiso. Para hacerme comprensible en la medida en que lo requiere mi tema actual, bastará observar brevemente lo siguiente.—1. Que toda asociación exige y presupone la existencia de los pensamientos e imágenes que van a asociarse.—2. Que la hipótesis de un mundo exterior exactamente correspondiente a esas imágenes o modificaciones de nuestro propio ser, que son las únicas que, según este sistema, realmente contemplamos, es tan puro idealismo como el de Berkeley, en la medida en que elimina igualmente, quizá en mayor grado, toda realidad e inmediatez de la percepción, y nos sitúa en un mundo onírico de fantasmas y espectros, el inexplicable enjambre y generación equívoca de movimientos en nuestro propio cerebro.—3. Que esta hipótesis ni implica la explicación, ni excluye la necesidad, de un mecanismo y fuerzas coadecuadas en el percipiente, que al toque más que mágico del impulso exterior ha de crear de nuevo para sí el objeto correspondiente. La formación de una copia no se resuelve por la mera preexistencia de un original; el copista de la Transfiguración de Rafael debe repetir, más o menos perfectamente, el proceso de Rafael. Sería fácil explicar un pensamiento a partir de la imagen en la retina, y esta a partir de la geometría de la luz, si esta misma luz no presentara la misma dificultad. Podríamos, con igual racionalidad, entonar el credo brahmánico de la tortuga que sostenía al oso, que sostenía al elefante, que sostenía al mundo, al son de "Esta es la casa que Jack construyó". Todos admitimos el sic Deo placitum est como causa suficiente, y la bondad divina como razón suficiente; pero una respuesta al De dónde y Por qué no es respuesta al Cómo, que es lo único que interesa al fisiólogo. Es un sophisma pigrum y (como dijo Bacon) la arrogancia de la pusilanimidad, que eleva el ídolo de la fantasía de un mortal y nos ordena postrarnos y adorarlo, como obra de sabiduría divina, un ancile o paladio caído del cielo. Con el mismo argumento, los defensores del sistema ptolemaico podrían haber rechazado el de Newton y, señalando el cielo con una sonrisa autosuficiente, haber apelado al sentido común, preguntando si el sol no se movía y la tierra permanecía inmóvil.



