Casa desolada · Charles Dickens

Capítulo XXX

Capítulo 31 de 68 · 25 min de lectura

Narración de Esther

Richard se había marchado hacía ya algún tiempo cuando recibimos la visita de una señora mayor que vino a pasar unos días con nosotros. Era la señora Woodcourt, quien, habiendo venido de Gales para quedarse con la señora Bayham Badger y habiendo escrito a mi tutor, “por deseo de su hijo Allan”, para informar que había recibido noticias de él y que se encontraba bien “y enviaba sus más afectuosos recuerdos para todos nosotros”, había sido invitada por mi tutor a visitar Casa Desolada. Se quedó con nosotros casi tres semanas. Me tomó mucho cariño y fue sumamente confidencial, tanto que a veces casi me hacía sentir incómoda. Sabía muy bien que no tenía derecho a sentirme incómoda porque confiara en mí, y comprendía que era una sensación irracional; aun así, por más que lo intentara, no podía evitarlo del todo.

Era una señora tan perspicaz y solía sentarse con las manos entrelazadas, observándome con tanta atención mientras me hablaba, que quizá eso me resultaba algo molesto. O tal vez era por su porte tan erguido y pulcro, aunque no creo que fuera eso, porque me parecía encantadoramente peculiar. Tampoco podía ser la expresión general de su rostro, que era muy vivaz y bonita para una señora mayor. No sé qué era. O al menos, si ahora lo sé, entonces creía que no lo sabía. O al menos... pero no importa.

Por las noches, cuando subía a acostarme, solía invitarme a su habitación, donde se sentaba frente al fuego en un gran sillón; y, ¡vaya!, me hablaba de Morgan ap-Kerrig hasta dejarme completamente melancólica. A veces recitaba unos versos de Crumlinwallinwer y el Mewlinnwillinwodd (si esos son los nombres correctos, que sospecho que no lo son), y se encendía de entusiasmo por los sentimientos que expresaban. Aunque nunca supe de qué trataban (pues estaban en galés), salvo que eran sumamente elogiosos respecto al linaje de Morgan ap-Kerrig.

—Así que, señorita Summerson —me decía con solemne orgullo—, ésta, como ve, es la fortuna que hereda mi hijo. Dondequiera que vaya mi hijo, puede reclamar parentesco con Ap-Kerrig. Puede que no tenga dinero, pero siempre posee algo mucho mejor: familia, querida.

Tenía mis dudas de que se interesaran tanto por Morgan ap-Kerrig en la India y China, pero por supuesto nunca las expresé. Solía decir que era algo grandioso estar tan bien emparentado.

—Lo ES, querida, es algo grandioso —respondía la señora Woodcourt—. Tiene sus desventajas; por ejemplo, la elección de esposa de mi hijo está limitada por ello, pero la elección matrimonial de la familia real está limitada de manera muy similar.

Entonces me daba unas palmaditas en el brazo y alisaba mi vestido, como para asegurarme que tenía buena opinión de mí, a pesar de la distancia entre nosotras.

—Pobre señor Woodcourt, querida —decía, siempre con cierta emoción, porque junto a su noble linaje tenía un corazón muy afectuoso—, descendía de una gran familia de las Tierras Altas, los MacCoort de MacCoort. Sirvió a su rey y a su patria como oficial en los Highlanders Reales, y murió en el campo de batalla. Mi hijo es uno de los últimos representantes de dos antiguas familias. Con la bendición del cielo, las restaurará y las unirá con otra familia antigua.

Era inútil que intentara cambiar de tema, como solía hacer, sólo por variar o tal vez porque... pero no hace falta ser tan precisa. La señora Woodcourt nunca me permitía cambiarlo.

—Querida —me dijo una noche—, tienes tanto sentido común y miras el mundo de una manera tan serena y superior a tu edad, que me consuela hablar contigo de estos asuntos familiares míos. No conoces mucho a mi hijo, querida; pero sabes lo suficiente de él, supongo, como para recordarlo.

—Sí, señora. Lo recuerdo.

—Sí, querida. Ahora, querida, creo que eres buena para juzgar el carácter, y me gustaría saber tu opinión sobre él.

—Oh, señora Woodcourt —dije—, ¡eso es muy difícil!

—¿Por qué es tan difícil, querida? —replicó—. Yo no lo veo así.

—Dar una opinión...

—Sobre un conocimiento tan superficial, querida. ESO es cierto.

No me refería a eso, porque el señor Woodcourt había estado bastante en nuestra casa y se había hecho muy íntimo de mi tutor. Así lo dije, y añadí que parecía ser muy competente en su profesión —eso pensábamos— y que su amabilidad y delicadeza con la señorita Flite eran dignas de todo elogio.

—¡Le haces justicia! —dijo la señora Woodcourt, apretando mi mano—. Lo describes exactamente. Allan es un buen muchacho y, en su profesión, intachable. Lo digo aunque sea su madre. Sin embargo, debo confesar que no está exento de defectos, querida.

—Ninguno de nosotros lo está —dije.

—¡Ah! Pero los suyos son defectos que podría corregir, y debería corregir —replicó la perspicaz anciana, sacudiendo la cabeza con energía—. Te tengo tanto cariño que puedo confiarte, querida, como tercera persona completamente desinteresada, que él es la inconstancia en persona.

Dije que me habría parecido casi imposible que pudiera ser otra cosa que constante en su profesión y entusiasta en su ejercicio, a juzgar por la reputación que había ganado.

—Tienes razón otra vez, querida —replicó la anciana—, pero no me refiero a su profesión, fíjate.

—¡Oh! —dije.

—No —dijo ella—. Me refiero, querida, a su conducta social. Siempre está prestando pequeñas atenciones a las jóvenes, y siempre lo ha hecho, desde que tenía dieciocho años. Ahora bien, querida, nunca ha sentido realmente afecto por ninguna de ellas y nunca ha pretendido, al hacerlo, causar daño ni expresar más que cortesía y buena voluntad. Aun así, no está bien, ¿verdad?

—No —dije, ya que parecía esperar mi respuesta.

—Y podría dar lugar a malentendidos, ¿ves, querida?

Supuse que podría.

—Por eso le he dicho muchas veces que realmente debería ser más cuidadoso, tanto por justicia hacia sí mismo como hacia los demás. Y él siempre ha dicho: ‘Madre, lo seré; pero tú me conoces mejor que nadie y sabes que no pretendo hacer daño, en fin, no pretendo nada.’ Todo eso es muy cierto, querida, pero no es justificación. Sin embargo, como ahora se ha ido tan lejos y por tiempo indefinido, y como tendrá buenas oportunidades y presentaciones, podemos considerar esto cosa del pasado. Y tú, querida —dijo la anciana, que ahora asentía y sonreía sin cesar—, ¿qué hay de ti, mi amor?

—¿De mí, señora Woodcourt?

—No voy a ser siempre egoísta, hablando de mi hijo, que se ha ido a buscar fortuna y esposa... ¿cuándo piensas tú buscar TU fortuna y encontrar esposo, señorita Summerson? ¡Eh, fíjate! ¡Ahora te sonrojas!

No creo que me sonrojara —en todo caso, no era importante si lo hice— y dije que mi fortuna actual me satisfacía plenamente y que no deseaba cambiarla.

—¿Quieres que te diga lo que siempre pienso de ti y de la fortuna que aún te espera, mi amor? —dijo la señora Woodcourt.

—Si cree que es buena profetisa —dije.

—Pues bien, pienso que te casarás con alguien muy rico y muy digno, mucho mayor —quizá veinticinco años— que tú. Y serás una esposa excelente, muy querida y muy feliz.

—Esa es una buena fortuna —dije—. ¿Pero por qué ha de ser mía?

—Querida —respondió—, hay una conveniencia en ello: eres tan activa, tan ordenada y tu situación es tan peculiar en todos los sentidos, que hay una conveniencia, y así será. Y nadie, mi amor, te felicitará más sinceramente por ese matrimonio que yo.

Era curioso que eso me hiciera sentir incómoda, pero creo que así fue. Sé que así fue. Me hizo sentir incómoda durante parte de esa noche. Me avergonzaba tanto de mi necedad que ni siquiera quise confesárselo a Ada, y eso me incomodó aún más. Habría dado cualquier cosa por no haber estado tan dentro de la confianza de la vivaz anciana, si hubiera podido rechazarla de algún modo. Me daba las opiniones más contradictorias sobre ella. A veces pensaba que era una fabuladora, y otras que era el colmo de la sinceridad. Ahora sospechaba que era muy astuta, al momento siguiente creía que su honesto corazón galés era perfectamente inocente y sencillo. Y después de todo, ¿qué me importaba, y por qué me importaba? ¿Por qué no podía yo, subiendo a acostarme con mi canasta de llaves, sentarme un rato junto a su fuego y acomodarme a ella, al menos tan bien como a cualquier otra persona, y no preocuparme por las cosas inofensivas que me decía? Impulsada hacia ella, como sin duda lo estaba, pues deseaba mucho que le agradara y me alegraba sinceramente que así fuera, ¿por qué después debía repasar con verdadera angustia y dolor cada palabra suya y sopesarla una y otra vez en veinte balanzas? ¿Por qué me resultaba tan inquietante tenerla en nuestra casa y que me confiara sus cosas cada noche, cuando aun así sentía que, de algún modo, era mejor y más seguro que estuviera allí que en cualquier otro lugar? Eran desconciertos y contradicciones que no podía explicar. Al menos, si pudiera... pero ya hablaré de todo eso más adelante, y es pura ociosidad seguir con ello ahora.

Así que cuando la señora Woodcourt se fue, sentí pena por perderla, pero también alivio. Y entonces bajó Caddy Jellyby, y Caddy trajo tal cantidad de noticias domésticas que nos mantuvo ocupadas en abundancia.

Primero, Caddy declaró (y al principio no quiso declarar otra cosa) que yo era la mejor consejera que jamás se hubiera conocido. Esto, dijo mi querida, no era ninguna novedad; y esto, dije yo, por supuesto, era una tontería. Luego Caddy nos contó que se iba a casar en un mes y que si Ada y yo queríamos ser sus damas de honor, sería la chica más feliz del mundo. Por supuesto, esto sí que era una noticia; y pensé que nunca terminaríamos de hablar del asunto, teníamos tanto que decirle a Caddy, y Caddy tanto que decirnos a nosotras.

Resultaba que el desafortunado papá de Caddy había superado su bancarrota—"pasado por la Gaceta", fue la expresión que usó Caddy, como si fuera un túnel—con la clemencia y compasión general de sus acreedores, y había resuelto sus asuntos de alguna bendita manera sin llegar a entenderlos, y había entregado todo lo que poseía (que no debía valer mucho, a juzgar por el estado de los muebles), y había convencido a todos los interesados de que no podía hacer más, pobre hombre. Así que había sido despedido honorablemente para ir "a la oficina" y empezar de nuevo en el mundo. Qué hacía en la oficina, nunca lo supe; Caddy decía que era "agente de aduanas y general", y lo único que llegué a entender de ese negocio era que cuando necesitaba dinero más de lo habitual iba a los muelles a buscarlo, y casi nunca lo encontraba.

Tan pronto como su papá tranquilizó su ánimo convirtiéndose en ese cordero trasquilado, y se mudaron a un alojamiento amueblado en Hatton Garden (donde encontré a los niños, cuando después fui allí, cortando el crin de los asientos de las sillas y atragantándose con ella), Caddy logró organizar un encuentro entre él y el viejo señor Turveydrop; y el pobre señor Jellyby, siendo tan humilde y dócil, se sometió a la compostura del señor Turveydrop con tanta sumisión que se hicieron excelentes amigos. Poco a poco, el viejo señor Turveydrop, así familiarizado con la idea del matrimonio de su hijo, fue preparando sus sentimientos paternos hasta el punto de contemplar ese acontecimiento como algo próximo y dio su graciosa aprobación para que la joven pareja comenzara su vida de casados en la academia de Newman Street cuando llegara el momento.

—¿Y tu papá, Caddy? ¿Qué dijo?

—¡Oh! Pobre papá —dijo Caddy—, solo lloró y dijo que esperaba que nos fuera mejor que a él y a mamá. No lo dijo delante de Prince, solo me lo dijo a mí. Y dijo: 'Pobre niña, no te han enseñado muy bien cómo hacer un hogar para tu esposo, pero a menos que de verdad quieras con todo tu corazón esforzarte por lograrlo, más te valdría matarlo que casarte con él, si de verdad lo amas'.

—¿Y cómo lo tranquilizaste, Caddy?

—Bueno, fue muy angustiante, ya sabes, ver a papá tan decaído y oírle decir cosas tan terribles, y no pude evitar llorar yo también. Pero le dije que SÍ lo quería con todo mi corazón y que esperaba que nuestra casa fuera un lugar donde él pudiera encontrar algo de consuelo por las noches, y que esperaba y creía que podría ser mejor hija para él allí que en casa. Entonces mencioné que Peepy iría a quedarse conmigo, y papá volvió a llorar y dijo que los niños eran indios.

—¿Indios, Caddy?

—Sí —dijo Caddy—, indios salvajes. Y papá dijo— aquí empezó a sollozar, la pobre, nada parecida a la chica más feliz del mundo— que era consciente de que lo mejor que podía pasarles era que los tomahawkearan a todos juntos.

Ada sugirió que era reconfortante saber que el señor Jellyby no pensaba realmente esos sentimientos destructivos.

—No, claro que sé que a papá no le gustaría ver a su familia revolcándose en sangre —dijo Caddy—, pero quiere decir que son muy desafortunados por ser hijos de mamá y que él es muy desafortunado por ser su esposo; y estoy segura de que es verdad, aunque parezca antinatural decirlo.

Le pregunté a Caddy si la señora Jellyby sabía que ya estaba fijada la fecha de la boda.

—¡Oh! Ya sabes cómo es mamá, Esther —respondió—. Es imposible decir si lo sabe o no. Se lo han dicho suficientes veces; y cuando SE lo dicen, solo me mira plácidamente, como si yo fuera no sé qué—una torre a lo lejos —dijo Caddy con una idea repentina—; y luego sacude la cabeza y dice: '¡Ay, Caddy, Caddy, qué fastidio eres!' y sigue con las cartas de Borrioboola.

—¿Y sobre tu vestuario, Caddy? —pregunté. Porque con nosotras no tenía reservas.

—Bueno, mi querida Esther —respondió, secándose los ojos—, debo hacer lo mejor que pueda y confiar en que mi querido Prince nunca tenga un mal recuerdo de que llegué tan pobremente vestida a él. Si la cuestión fuera un ajuar para Borrioboola, mamá sabría todo al respecto y estaría muy emocionada. Siendo lo que es, ni lo sabe ni le importa.

Caddy no carecía en absoluto de afecto natural por su madre, pero mencionó esto entre lágrimas como un hecho innegable, que me temo que lo era. Sentimos pena por la pobre muchacha y encontramos tanto que admirar en la buena disposición que había sobrevivido bajo tal desánimo, que ambas a la vez (me refiero a Ada y a mí) propusimos un pequeño plan que la hizo perfectamente feliz. Consistía en que ella se quedara con nosotras tres semanas, yo una con ella, y entre las tres idear, cortar, arreglar, coser, ahorrar y hacer lo mejor que se nos ocurriera para aprovechar al máximo lo que tenía. Mi tutor, tan complacido con la idea como Caddy, la llevamos a casa al día siguiente para organizar el asunto y la sacamos de nuevo triunfantes con sus baúles y todas las compras que se pudieron hacer con un billete de diez libras, que el señor Jellyby debió de encontrar en los muelles, supongo, pero que en todo caso le dio. Lo que mi tutor no le habría dado si lo hubiéramos animado, sería difícil decirlo, pero creímos correcto conformarnos solo con su vestido y sombrero de novia. Él aceptó este arreglo, y si alguna vez Caddy fue feliz en su vida, lo fue cuando nos sentamos a trabajar.

Era bastante torpe con la aguja, la pobre, y se pinchaba los dedos tanto como antes los manchaba de tinta. No podía evitar sonrojarse de vez en cuando, en parte por el dolor y en parte por la molestia de no hacerlo mejor, pero pronto superó eso y empezó a mejorar rápidamente. Así que día tras día, ella, mi querida, mi pequeña doncella Charley, una modista del pueblo y yo, trabajábamos arduamente, lo más agradablemente posible.

Además de esto, Caddy estaba muy ansiosa por "aprender a llevar la casa", como decía. ¡Dios nos ampare! La idea de que aprendiera a llevar la casa de una persona de mi vasta experiencia era tan graciosa que me reí, me sonrojé y caí en una cómica confusión cuando lo propuso. Sin embargo, le dije: "Caddy, estoy segura de que eres muy bienvenida a aprender todo lo que puedas de MÍ, querida", y le mostré todos mis libros y métodos y todas mis maneras inquietas. Habrían pensado que le mostraba grandes inventos, por cómo los estudiaba; y si la hubieran visto, cada vez que yo hacía sonar mis llaves de la casa, levantarse y acompañarme, ciertamente habrían pensado que nunca hubo impostora mayor que yo con una seguidora más ciega que Caddy Jellyby.

Así que entre el trabajo y la casa, las lecciones a Charley, el backgammon por la noche con mi tutor y los duetos con Ada, las tres semanas pasaron volando. Luego fui a casa con Caddy para ver qué se podía hacer allí, y Ada y Charley se quedaron para cuidar de mi tutor.

Cuando digo que fui a casa con Caddy, me refiero al alojamiento amueblado en Hatton Garden. Fuimos a Newman Street dos o tres veces, donde también se hacían preparativos—bastantes, observé, para aumentar las comodidades del viejo señor Turveydrop, y unos pocos para instalar a los recién casados de manera económica en la parte alta de la casa—pero nuestro principal objetivo era dejar decente el alojamiento amueblado para el desayuno de bodas e infundirle a la señora Jellyby de antemano alguna vaga idea de la ocasión.

Esto último era lo más difícil de las dos cosas porque la señora Jellyby y un muchacho enfermizo ocupaban la sala delantera (la trasera era apenas un closet), y estaba llena de papeles de desecho y documentos de Borrioboola, como un establo desordenado puede estarlo de paja. La señora Jellyby se sentaba allí todo el día bebiendo café fuerte, dictando y recibiendo entrevistas de Borrioboola con cita previa. El muchacho enfermizo, que a mí me parecía estar enfermando gravemente, comía fuera de la casa. Cuando el señor Jellyby llegaba a casa, solía gemir e irse a la cocina. Allí conseguía algo de comer si la sirvienta le daba algo, y luego, sintiendo que estorbaba, salía a caminar por Hatton Garden bajo la lluvia. Los pobres niños subían y bajaban la casa a trompicones como siempre habían hecho.

La producción de estos pequeños y devotos sacrificios en condiciones presentables era completamente imposible con tan solo una semana de aviso, así que le propuse a Caddy que hiciéramos lo posible por hacerlos felices la mañana de su boda en el ático donde todos dormían, y que concentráramos nuestros mayores esfuerzos en su mamá, en el cuarto de su mamá y en un desayuno limpio. En verdad, la señora Jellyby requería mucha atención, pues el enrejado de su espalda se había ensanchado considerablemente desde que la conocí y su cabello parecía la crin de un caballo basurero.

Pensando que mostrar el guardarropa de Caddy sería la mejor manera de abordar el tema, invité a la señora Jellyby a venir a verlo, extendido sobre la cama de Caddy, en la noche después de que el muchacho enfermizo se hubiera ido.

—Mi querida señorita Summerson —dijo ella, levantándose de su escritorio con su acostumbrada dulzura de carácter—, estos preparativos son realmente ridículos, aunque el que usted los apoye es una prueba de su bondad. Para mí, la idea de que Caddy se case es algo tan inexpresablemente absurdo... ¡Oh, Caddy, tonta, tonta, tontita!

Sin embargo, subió con nosotras y miró la ropa con su habitual aire distante. Le sugirió una idea muy concreta, pues dijo con su apacible sonrisa y moviendo la cabeza: —Mi buena señorita Summerson, con la mitad del costo, ¡esta niña débil podría haber sido equipada para África!

Al bajar de nuevo, la señora Jellyby me preguntó si este asunto tan molesto iba realmente a tener lugar el próximo miércoles. Y al responderle que sí, dijo: —¿Se necesitará mi cuarto, mi querida señorita Summerson? Porque es absolutamente imposible que pueda guardar mis papeles.

Me tomé la libertad de decir que ciertamente se necesitaría el cuarto y que creía que tendríamos que guardar los papeles en algún lugar. —Bueno, mi querida señorita Summerson —dijo la señora Jellyby—, usted sabrá mejor, supongo. Pero al obligarme a emplear a un muchacho, Caddy me ha complicado tanto, abrumada como estoy con asuntos públicos, que no sé para dónde volverme. Además, tenemos una reunión de Ramificación el miércoles por la tarde, y la incomodidad es muy seria.

—No es probable que vuelva a ocurrir —dije sonriendo—. Caddy probablemente solo se case una vez.

—Eso es cierto —respondió la señora Jellyby—; eso es cierto, querida. ¡Supongo que debemos hacer lo mejor posible!

La siguiente cuestión era cómo debía vestirse la señora Jellyby para la ocasión. Me pareció muy curioso verla observar serenamente desde su escritorio mientras Caddy y yo lo discutíamos, sacudiendo ocasionalmente la cabeza con una sonrisa medio reprochante, como un espíritu superior que apenas podía tolerar nuestras trivialidades.

El estado en que se encontraban sus vestidos y la extraordinaria confusión en que los mantenía no hacían sino aumentar nuestra dificultad; pero al fin ideamos algo que no era muy diferente de lo que una madre común y corriente podría usar en tal ocasión. La manera abstraída en que la señora Jellyby se entregaba a que la modista le probara ese atuendo, y la dulzura con que luego me decía cuánto lamentaba que yo no hubiera dirigido mis pensamientos a África, eran coherentes con el resto de su comportamiento.

El alojamiento era más bien reducido en cuanto a espacio, pero me imaginé que, si la familia Jellyby hubiera sido la única inquilina en San Pablo o San Pedro, la única ventaja que habrían encontrado en el tamaño del edificio habría sido que ofrecía mucho espacio para ensuciar. Creo que nada de lo que pertenecía a la familia y podía romperse estaba entero en el momento de esos preparativos para la boda de Caddy, que nada que pudiera estropearse de alguna manera estaba sin estropear, y que ningún objeto doméstico capaz de acumular suciedad, desde la rodilla de un niño hasta la placa de la puerta, carecía de toda la suciedad que podía acumularse sobre él.

El pobre señor Jellyby, que rara vez hablaba y casi siempre se sentaba en casa con la cabeza apoyada en la pared, se interesó cuando vio que Caddy y yo intentábamos poner algo de orden en medio de tanto desperdicio y ruina, y se quitó el saco para ayudar. Pero cosas tan asombrosas salían rodando de los armarios cuando se abrían—trozos de pastel mohoso, botellas agrias, cofias de la señora Jellyby, cartas, té, tenedores, botas y zapatos sueltos de los niños, leña, obleas, tapas de cacerolas, azúcar húmedo en retazos de bolsas de papel, taburetes, cepillos de betún, pan, sombreros de la señora Jellyby, libros con mantequilla pegada en el lomo, restos de velas apagadas al ponerlas boca abajo en candelabros rotos, cáscaras de nuez, cabezas y colas de camarones, manteles individuales, guantes, posos de café, paraguas—que se asustó y dejó de ayudar. Pero venía todas las noches y se sentaba sin saco, con la cabeza contra la pared, como si hubiera querido ayudarnos si hubiera sabido cómo.

—¡Pobre papá! —me dijo Caddy la noche antes del gran día, cuando por fin habíamos logrado poner algo de orden—. Parece cruel dejarlo, Esther. Pero, ¡qué podría hacer si me quedara! Desde que te conozco, he ordenado y ordenado una y otra vez, pero es inútil. Mamá y África, juntas, desarreglan la casa de inmediato. Nunca tenemos una sirvienta que no beba. Mamá arruina todo.

El señor Jellyby no podía oír lo que decía, pero parecía muy decaído y, me pareció, derramó lágrimas.

—¡Me duele el corazón por él, de verdad! —sollozó Caddy—. No puedo evitar pensar esta noche, Esther, cuánto deseo ser feliz con Prince, y cuánto deseó papá, supongo, ser feliz con mamá. ¡Qué vida tan decepcionante!

—¡Mi querida Caddy! —dijo el señor Jellyby, volviéndose lentamente desde la pared. Creo que fue la primera vez que le oí decir tres palabras seguidas.

—¡Sí, papá! —exclamó Caddy, acercándose a él y abrazándolo con cariño.

—Mi querida Caddy —dijo el señor Jellyby—. Nunca tengas—

—¿No a Prince, papá? —balbuceó Caddy—. ¿No tener a Prince?

—Sí, querida —dijo el señor Jellyby—. Tenlo, por supuesto. Pero nunca tengas—

Mencioné en mi relato de nuestra primera visita a Thavies Inn que Richard describió al señor Jellyby como alguien que solía abrir la boca después de la cena sin decir nada. Era una costumbre suya. Ahora abrió la boca muchas veces y movió la cabeza con aire melancólico.

—¿Qué quieres que no tenga? ¿No tener qué, querido papá? —preguntó Caddy, acariciándolo con los brazos alrededor de su cuello.

—Nunca tengas una misión, querida niña.

El señor Jellyby gimió y volvió a apoyar la cabeza en la pared, y esta fue la única vez que le oí expresar algún sentimiento sobre la cuestión de Borrioboola. Supongo que alguna vez fue más conversador y animado, pero parecía haber quedado completamente agotado mucho antes de que yo lo conociera.

Pensé que la señora Jellyby nunca dejaría de mirar serenamente sus papeles y beber café esa noche. Eran las doce antes de que pudiéramos tomar posesión del cuarto, y el despeje que requería entonces era tan desalentador que Caddy, casi agotada, se sentó en medio del polvo y lloró. Pero pronto se animó y logramos maravillas antes de irnos a la cama.

Por la mañana, con la ayuda de algunas flores, bastante agua y jabón y un poco de arreglo, el cuarto se veía bastante alegre. El sencillo desayuno lucía animado, y Caddy estaba perfectamente encantadora. Pero cuando llegó mi adorada, pensé—y lo sigo pensando—que nunca había visto un rostro tan querido como el de mi hermosa niña.

Hicimos una pequeña fiesta para los niños arriba, pusimos a Peepy a la cabecera de la mesa, les mostramos a Caddy con su vestido de novia, y ellos aplaudieron y vitorearon, y Caddy lloró al pensar que se iba de su lado y los abrazó una y otra vez hasta que subimos a Prince para llevársela—cuando, lamento decirlo, Peepy lo mordió. Luego estaba el viejo señor Turveydrop abajo, en un estado de compostura imposible de describir, bendiciendo benignamente a Caddy y dando a entender a mi tutor que la felicidad de su hijo era obra suya y que sacrificaba consideraciones personales para asegurarla. —Mi querido señor —dijo el señor Turveydrop—, estos jóvenes vivirán conmigo; mi casa es lo suficientemente grande para alojarlos y no les faltará el amparo de mi techo. Me habría gustado—usted entenderá la alusión, señor Jarndyce, pues recuerda a mi ilustre patrón el Príncipe Regente—me habría gustado que mi hijo se casara en una familia con más compostura, ¡pero hágase la voluntad del cielo!

El señor y la señora Pardiggle formaban parte del grupo: el señor Pardiggle, un hombre de aspecto obstinado, con un gran chaleco y cabello erizado, que siempre hablaba en voz grave y fuerte acerca de su óbolo, o el óbolo de la señora Pardiggle, o los óbolos de sus cinco hijos. El señor Quale, con el cabello peinado hacia atrás como de costumbre y las protuberancias de sus sienes muy brillantes, también estaba allí, no en calidad de amante rechazado, sino como el aceptado de una joven—al menos, una señorita soltera—la señorita Wisk, quien también asistía. La misión de la señorita Wisk, según mi tutor, era demostrarle al mundo que la misión de la mujer era la misión del hombre, y que la única misión genuina tanto del hombre como de la mujer era estar siempre presentando resoluciones declaratorias sobre cosas en general en reuniones públicas. Los invitados eran pocos, pero, como era de esperarse en casa de la señora Jellyby, todos estaban dedicados únicamente a causas públicas. Además de los que ya mencioné, había una señora sumamente sucia, con el sombrero torcido y el precio de su vestido aún pegado, cuyo hogar descuidado, según me contó Caddy, era como un páramo inmundo, pero cuya iglesia era como una feria de fantasía. Un caballero muy pendenciero, que decía que su misión era ser hermano de todos, pero que parecía estar en términos fríos con toda su numerosa familia, completaba el grupo.

Un grupo con menos afinidad con una ocasión semejante difícilmente podría haberse reunido por ingenio alguno. Una misión tan mezquina como la misión doméstica era lo último que se podía tolerar entre ellos; de hecho, la señorita Wisk nos informó, con gran indignación, antes de sentarnos a desayunar, que la idea de que la misión de la mujer residiera principalmente en el estrecho ámbito del hogar era una calumnia escandalosa por parte de su tirano, el hombre. Otra singularidad era que nadie con una misión—excepto el señor Quale, cuya misión, como creo haber dicho antes, era entusiasmarse con la misión de todos—se interesaba en absoluto por la misión de los demás. La señora Pardiggle estaba tan convencida de que el único camino infalible era el suyo, abalanzándose sobre los pobres y aplicándoles la benevolencia como una camisa de fuerza, como la señorita Wisk lo estaba de que lo único práctico para el mundo era la emancipación de la mujer del yugo de su tirano, el hombre. La señora Jellyby, mientras tanto, sonreía ante la visión limitada que podía ver algo más que Borrioboola-Gha.

Pero ahora me adelanto al sentido de nuestra conversación durante el trayecto de regreso, en vez de primero casar a Caddy. Todos fuimos a la iglesia y el señor Jellyby la entregó. Del porte con que el viejo señor Turveydrop, con el sombrero bajo el brazo izquierdo (el interior dirigido al clérigo como un cañón) y los ojos arrugándose bajo la peluca, se mantuvo rígido y erguido detrás de nosotras, las damas de honor, durante la ceremonia, y luego nos saludó, nunca podría decir lo suficiente para hacerle justicia. La señorita Wisk, de quien no puedo decir que fuera atractiva en apariencia y cuyo modo era severo, escuchó el acto, como parte de los agravios de la mujer, con rostro desdeñoso. La señora Jellyby, con su serena sonrisa y sus ojos brillantes, parecía la menos preocupada de toda la compañía.

Regresamos puntualmente al desayuno, y la señora Jellyby se sentó a la cabecera de la mesa y el señor Jellyby al otro extremo. Caddy había subido antes a abrazar de nuevo a los niños y decirles que ahora se llamaba Turveydrop. Pero esta información, en vez de ser una agradable sorpresa para Peepy, lo arrojó de espaldas en tales transportes de pataleante aflicción que, al ser llamada, no pude hacer otra cosa que acceder a la propuesta de que se le admitiera en la mesa del desayuno. Así que bajó y se sentó en mi regazo; y la señora Jellyby, tras decir, en referencia al estado de su delantal, “¡Oh, Peepy travieso, qué cerdito tan escandaloso eres!”, no se mostró en absoluto alterada. Se portó muy bien, salvo que bajó a Noé con él (de un arca que le había dado antes de ir a la iglesia) y QUISO sumergirlo de cabeza en las copas de vino y luego llevárselo a la boca.

Mi tutor, con su dulce carácter, su rápida percepción y su rostro amable, logró hacer algo agradable incluso de una compañía tan poco cordial. Ninguno de ellos parecía capaz de hablar de otra cosa que no fuera su propio tema, y ninguno parecía capaz de hablar siquiera de eso como parte de un mundo donde existiera algo más; pero mi tutor convirtió todo aquello en un alegre estímulo para Caddy y en honor a la ocasión, y nos hizo pasar el desayuno con nobleza. No quiero pensar qué hubiéramos hecho sin él, pues toda la compañía despreciaba a los novios y al viejo señor Turveydrop—y el viejo señor Turveydrop, en virtud de su porte, se consideraba muy superior a todos los presentes—, era un caso poco prometedor.

Por fin llegó el momento en que la pobre Caddy debía marcharse y cuando todas sus pertenencias estaban ya cargadas en el coche de alquiler con caballos que la llevaría a ella y a su esposo a Gravesend. Nos conmovió ver a Caddy aferrándose entonces a su deplorable hogar y colgándose del cuello de su madre con la mayor ternura.

—Siento mucho no haber podido seguir escribiendo al dictado, mamá —sollozó Caddy—. Espero que ahora me perdones.

—¡Ay, Caddy, Caddy! —dijo la señora Jellyby—. Te he dicho una y otra vez que ya he contratado a un muchacho, y no hay más que hablar.

—¿Estás segura de que no estás ni un poco enojada conmigo, mamá? Dime que estás segura antes de que me vaya, ¿sí, mamá?

—Qué tonta eres, Caddy —respondió la señora Jellyby—, ¿acaso parezco enojada, o tengo ganas de enojarme, o tiempo para enojarme? ¿Cómo puedes pensarlo?

—¡Cuida un poco de papá mientras no estoy, mamá!

La señora Jellyby se rió abiertamente ante la ocurrencia. —Niña romántica —dijo, dándole unas palmaditas en la espalda a Caddy—. Anda, ve. Estoy en excelentes términos contigo. Ahora, adiós, Caddy, ¡y sé muy feliz!

Entonces Caddy se aferró a su padre y apoyó su mejilla contra la de él como si fuera un pobre niño apesadumbrado. Todo esto ocurrió en el vestíbulo. Su padre la soltó, sacó su pañuelo y se sentó en las escaleras con la cabeza apoyada en la pared. Espero que encontrara algún consuelo en las paredes. Casi creo que sí.

Y entonces Prince tomó su brazo y, muy emocionado y respetuoso, se volvió hacia su padre, cuyo porte en ese momento era imponente.

—¡Gracias una y otra vez, padre! —dijo Prince, besándole la mano—. Estoy muy agradecido por toda su amabilidad y consideración respecto a nuestro matrimonio, y también lo está Caddy, se lo aseguro.

—Mucho —sollozó Caddy—. ¡Muchí-si-mo!

—Querido hijo —dijo el señor Turveydrop—, y querida hija, he cumplido con mi deber. Si el espíritu de una santa mujer flota sobre nosotros y contempla esta ocasión, eso, y su constante afecto, será mi recompensa. No fallarán en SU deber, hijo e hija mía, ¿verdad?

—¡Querido padre, nunca! —exclamó Prince.

—¡Nunca, nunca, querido señor Turveydrop! —dijo Caddy.

—Esto —replicó el señor Turveydrop— es como debe ser. Hijos míos, mi casa es suya, mi corazón es suyo, todo lo mío es suyo. Jamás los dejaré; nada salvo la muerte nos separará. Hijo mío, ¿contemplan una ausencia de una semana, creo?

—Una semana, querido padre. Volveremos a casa dentro de una semana, justo hoy.

—Hija mía —dijo el señor Turveydrop—, permítanme, aun en estas circunstancias excepcionales, recomendarles estricta puntualidad. Es sumamente importante mantener la conexión; y las escuelas, si se descuidan, suelen ofenderse.

—Este mismo día, dentro de una semana, padre, seguro estaremos en casa para la cena.

—¡Bien! —dijo el señor Turveydrop—. Encontrarán fuego, querida Caroline, en su propio cuarto, y la cena preparada en mi apartamento. Sí, sí, Prince —anticipándose a alguna objeción abnegada de su hijo, con gran aire—. Ustedes y nuestra Caroline se sentirán extraños en la parte alta de la casa y, por lo tanto, cenarán ese día en mi apartamento. Ahora, ¡bendiciones!

Se marcharon, y no sabía si me asombraba más la señora Jellyby o el señor Turveydrop. Ada y mi tutor estaban en la misma situación cuando lo comentamos. Pero antes de que nosotros también partiéramos, recibí un cumplido de lo más inesperado y elocuente del señor Jellyby. Se acercó a mí en el vestíbulo, tomó mis manos, las apretó con fervor y abrió la boca dos veces. Estaba tan segura de lo que quería decir que, bastante turbada, exclamé: —Es usted muy amable, señor. ¡Por favor, no lo mencione!

—Espero que este matrimonio sea para bien, tutor —dije cuando los tres íbamos de regreso a casa.

—Eso espero, pequeña. Paciencia. Ya veremos.

—¿Hoy sopla el viento del este? —me atreví a preguntarle.

Él se rió de buena gana y respondió: —No.

—Pero debió de soplar esta mañana, creo yo —dije.

Él volvió a responder “No”, y esta vez mi querida muchacha también respondió con seguridad “No” y sacudió la hermosa cabeza que, con sus flores frescas sobre el cabello dorado, parecía la misma primavera. —Mucho sabes tú de vientos del este, mi fea adorada —dije, besándola con admiración; no pude evitarlo.

¡Bueno! Sé muy bien que solo era por el cariño que me tenían, y fue hace ya mucho tiempo. Debo escribirlo, aunque luego lo borre, porque me da mucho gusto. Decían que no podía haber viento del este donde estuviera Alguien; decían que dondequiera que iba la señora Durden, allí había sol y aire de verano.