Cándido o el optimismo · Voltaire

Capítulo IX — LO QUE FUE DE CUNEGUNDA, CÁNDIDO, EL GRAN INQUISIDOR Y EL JUDÍO.

Capítulo 10 de 31 · 2 min de lectura

Este Issacar era el hebreo más colérico que se había visto en Israel desde la Cautividad en Babilonia.

—¿Cómo! —exclamó—, ¿no te bastaba el inquisidor, perra galilea? ¿Era preciso que este bellaco también compartiera contigo?

Al decir esto, sacó un largo puñal que siempre llevaba consigo; y, sin imaginar que su adversario estuviera armado, se lanzó sobre Cándido. Pero nuestro honesto westfaliano había recibido una hermosa espada de la anciana junto con el traje. Desenvainó su estoque, a pesar de su natural bondad, y dejó al israelita muerto sobre los cojines, a los pies de Cunegunda.

—¡Santa Virgen! —gritó ella—, ¿qué será de nosotros? ¡Un hombre muerto en mi aposento! ¡Si vienen los oficiales de justicia, estamos perdidos!

—Si Pangloss no hubiera sido ahorcado —dijo Cándido—, nos daría un buen consejo en este apuro, pues era un filósofo profundo. En su ausencia, consultemos a la anciana.

Ella era muy prudente y empezó a dar su opinión cuando, de repente, se abrió otra puertecita. Era una hora después de la medianoche, comenzaba el domingo. Este día pertenecía a mi señor el inquisidor. Entró, y vio a Cándido azotado, con la espada en la mano, un hombre muerto en el suelo, a Cunegunda aterrada y a la anciana dando consejos.

En ese momento, esto fue lo que pasó por el alma de Cándido, y cómo razonó:

Si este hombre santo pide ayuda, seguramente me hará quemar; y a Cunegunda tal vez le ocurra lo mismo; él fue la causa de que me azotaran cruelmente; es mi rival; y, ya que he comenzado a matar, seguiré matando, pues no hay tiempo para vacilar. Este razonamiento fue claro e instantáneo; así que, sin dar tiempo al inquisidor para salir de su asombro, lo atravesó de parte a parte y lo arrojó junto al judío.

—¡Otra vez! —dijo Cunegunda—, ahora no hay piedad para nosotros, estamos excomulgados, ha llegado nuestra última hora. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¡Tú, tan naturalmente bondadoso, matar a un judío y a un prelado en dos minutos!

—Mi hermosa señorita —respondió Cándido—, cuando uno es amante, celoso y azotado por la Inquisición, no se detiene ante nada.

Entonces intervino la anciana, diciendo:

—Hay tres caballos andaluces en el establo, con bridas y monturas; que el valiente Cándido los prepare; la señora tiene dinero, joyas; montemos pues rápidamente, aunque yo solo pueda sentarme sobre una nalga; partamos hacia Cádiz, hace el mejor tiempo del mundo y es un gran placer viajar en la frescura de la noche.

Inmediatamente, Cándido ensilló los tres caballos, y Cunegunda, la anciana y él recorrieron treinta millas de un tirón. Mientras viajaban, la Santa Hermandad entró en la casa; mi señor el inquisidor fue sepultado en una hermosa iglesia, y el cuerpo de Issacar fue arrojado a un muladar.

Cándido, Cunegunda y la anciana habían llegado ya al pequeño pueblo de Avacena, en medio de las montañas de Sierra Morena, y conversaban así en una posada pública.