Cándido o el optimismo · Voltaire

Capítulo XXIX — CÓMO CÁNDIDO ENCONTRÓ DE NUEVO A CUNEGUNDA Y A LA VIEJA.

Capítulo 30 de 31 · 1 min de lectura

Mientras Cándido, el Barón, Pangloss, Martín y Cacambo relataban sus diversas aventuras, razonaban sobre los acontecimientos contingentes o no contingentes del universo, discutían sobre efectos y causas, sobre el mal moral y físico, sobre la libertad y la necesidad, y sobre los consuelos que puede sentir un esclavo incluso en una galera turca, llegaron a la casa del príncipe de Transilvania a orillas del Propontis. Lo primero que vieron fueron a Cunegunda y la vieja tendiendo toallas para que se secaran.

El Barón palideció al ver esto. El tierno y enamorado Cándido, al ver a su hermosa Cunegunda tostada por el sol, con los ojos enrojecidos, el cuello marchito, las mejillas arrugadas y los brazos ásperos y rojos, retrocedió tres pasos, presa del horror, y luego avanzó por cortesía. Ella abrazó a Cándido y a su hermano; ellos abrazaron a la vieja, y Cándido rescató a ambas.

Había una pequeña granja en las cercanías que la vieja propuso a Cándido para que se acomodaran allí hasta que la compañía pudiera ser atendida de mejor manera. Cunegunda no sabía que se había vuelto fea, pues nadie se lo había dicho; y le recordó a Cándido su promesa en un tono tan firme que el buen hombre no se atrevió a negarse. Por lo tanto, insinuó al Barón que pensaba casarse con su hermana.

—No consentiré —dijo el Barón— tal bajeza de su parte, ni tal insolencia de la tuya; jamás permitiré que se me reproche semejante escándalo; los hijos de mi hermana nunca podrían entrar en la iglesia en Alemania. No; mi hermana solo se casará con un barón del imperio.

Cunegunda se arrojó a sus pies y los bañó con sus lágrimas; pero él permaneció inflexible.

—Necio —dijo Cándido—, te he librado de las galeras, he pagado tu rescate y el de tu hermana también; ella era una fregona y es muy fea, y aun así soy tan condescendiente que quiero casarme con ella; ¿y pretendes oponerte a este enlace? Te mataría de nuevo, si solo escuchara mi ira.

—Puedes matarme otra vez —dijo el Barón—, pero no te casarás con mi hermana, al menos mientras yo viva.