Los cuentos de Canterbury · Geoffrey Chaucer

Capítulo XXII — El cuento del escudero del canónigo

Capítulo 23 de 25 · 26 min de lectura

EL PRÓLOGO. Cuando terminó la vida de Santa Cecilia, antes de que hubiéramos cabalgado siquiera cinco millas, en Boughton-under-Blee nos alcanzó un hombre, vestido completamente de negro, y debajo llevaba una sobrepelliz blanca. Su caballo, que era de un gris moteado, sudaba tanto que era asombroso verlo; parecía como si hubiera galopado tres millas. El caballo que montaba su escudero también sudaba tanto que apenas podía avanzar. Alrededor del petral la espuma se alzaba muy alto; estaba tan cubierto de espuma como un mirlo. Llevaba una alforja doble sobre la grupa; parecía que no llevaba mucho equipaje; este digno hombre cabalgaba ligero para el verano. Y en mi interior comencé a preguntarme quién sería, hasta que comprendí que su capa estaba cosida a la capucha; por eso, después de observarlo un buen rato, supuse que debía de ser algún canónigo. Su sombrero colgaba a su espalda, sujeto por un cordón, pues había cabalgado más que al trote o al paso; había espoleado como si estuviera loco. Llevaba una hoja de lampazo bajo la capucha, para el sudor y para protegerse la cabeza del calor. Pero era un espectáculo verlo sudar; su frente goteaba como un alambique lleno de llantén o de parietaria. Y cuando llegó, empezó a gritar: “Dios salve”, dijo, “a esta alegre compañía. Rápido he cabalgado”, dijo, “por ustedes, porque quería alcanzarlos, para cabalgar en tan grata compañía”. Su escudero también era muy cortés, y dijo: “Señores, esta mañana los vi salir de su hostería, y avisé aquí a mi señor y soberano, que está muy complacido de cabalgar con ustedes, por diversión; le gusta la buena compañía”. “Amigo, por tu aviso que Dios te dé buena fortuna”, dijo nuestro anfitrión; “ciertamente parece que tu señor es sabio, y así lo supongo; también es muy jovial, me atrevo a decir; ¿sabe contar algún cuento alegre o dos, con los que pueda alegrar a esta compañía?” “¿Quién, señor? ¿Mi señor? Sí, señor, sin mentir, sabe de alegría y también de jovialidad no menos que nadie; también, señor, créame, si lo conocieran tan bien como yo, se asombrarían de lo hábil y astuto que es en muchas cosas. Ha emprendido muchas grandes empresas, que serían muy difíciles para cualquiera aquí, a menos que aprendieran de él. Por sencillo que parezca al cabalgar entre ustedes, si lo conocieran, sería para su provecho: no querrían perder su amistad por mucho dinero, lo apuesto con todo lo que poseo. Es un hombre de gran discreción. Les advierto, es un hombre extraordinario.” “Bien”, dijo nuestro anfitrión, “te ruego que me digas entonces, ¿es un clérigo o no? Dime qué es.” “No, es más que un clérigo, en verdad”, dijo el escudero; “y, en pocas palabras, anfitrión, de su oficio algo les mostraré, digo, mi señor sabe tal sutileza (pero todo su arte no lo sabrán por mí, y aún así le ayudo en su trabajo), que todo el suelo por donde cabalgamos hasta llegar a Canterbury, podría darle la vuelta completamente y pavimentarlo todo de plata y oro.” Y cuando este escudero hubo contado esto a nuestro anfitrión, él dijo: “¡Bendito sea! Esto me parece maravilloso, ya que tu señor es tan prudente, por lo cual los hombres deberían reverenciarlo, que tan poco cuida de su honor; su prenda superior no vale nada en realidad para él, así lo veo; está toda sucia y desgarrada. ¿Por qué tu señor es tan descuidado, te lo ruego, y tiene poder para comprar mejores ropas, si sus hechos concuerdan con tus palabras? Dímelo, te lo suplico.”

“¿Por qué?”, dijo el escudero, “¿para qué me lo preguntan? Que Dios me ayude, pues nunca prosperará (pero no admitiré lo que digo, así que guárdenlo en secreto, se los ruego); es demasiado sabio, en verdad, según creo. Lo que se hace en exceso, no resulta bien, como dicen los clérigos; es un vicio; por eso en eso lo considero ignorante y necio. Cuando un hombre tiene demasiada inteligencia, muy a menudo la usa mal; así le ocurre a mi señor, y eso me apena mucho. Que Dios lo enmiende; no puedo decir más.”

“No importa, buen escudero”, dijo nuestro anfitrión; “ya que conoces el saber de tu señor, cuéntame cómo lo hace, te lo ruego sinceramente, ya que es tan hábil y astuto. ¿Dónde viven, si puede decirse?” “En los suburbios de una ciudad”, dijo él, “escondidos en rincones y callejones oscuros, donde por naturaleza estos ladrones y bandidos tienen su residencia secreta y temerosa, como quienes no se atreven a mostrar su presencia; así vivimos nosotros, si he de decir la verdad.” “Aun así”, dijo nuestro anfitrión, “déjame hablar contigo; ¿por qué tienes el rostro tan descolorido?” “¡Por San Pedro!”, dijo él, “que Dios lo remedie, estoy tan acostumbrado a soplar el fuego caliente, que creo que me ha cambiado el color; no suelo mirarme en ningún espejo, sino que trabajo duro y aprendo a multiplicar. Siempre nos equivocamos y miramos fijamente el fuego, y aun así fallamos en nuestro deseo. Siempre nos falta la conclusión, a mucha gente le hacemos ilusiones, y pedimos prestado oro, sea una libra o dos, o diez o doce, o muchas sumas más, y les hacemos creer, al menos, que de una libra podemos hacer dos. Pero es falso; y siempre tenemos la esperanza de lograrlo, y tras ello nos esforzamos; pero esa ciencia está tan lejos de nosotros, que no podemos alcanzarla, aunque lo juráramos, se nos escapa tan rápido; al final, nos hará mendigos.”

Mientras este escudero hablaba así, el canónigo se acercó y oyó todo lo que decía, pues siempre sospechaba de las palabras de los hombres: porque Catón dice que quien es culpable, cree que todo se dice de él; por eso se acercó tanto a su escudero, que oyó todo lo que decía; y entonces le dijo a su escudero: “Guarda silencio y no digas más palabras; porque si lo haces, lo pagarás caro. Me calumnias aquí, en esta compañía, y además revelas lo que deberías ocultar.” “Sí”, dijo nuestro anfitrión, “sigue contando, pase lo que pase; no le hagas caso a sus amenazas.” “En verdad”, dijo él, “yo tampoco le hago mucho caso.” Y cuando el canónigo vio que no lograría impedir que su escudero revelara sus secretos, huyó avergonzado y apenado.

—¡Ah! —exclamó el Ayudante—, aquí se va a armar un juego; alguna diversión. Todo lo que pueda, pronto se los contaré, ya que él se ha ido; ¡que el demonio lo destruya! Pues nunca más volveré a encontrarme con él, ni por un penique ni por una libra, se los prometo. Aquel que me llevó primero a ese juego, antes de que muera, que tenga pena y vergüenza. Porque para mí es algo serio, por mi fe; bien lo siento, diga lo que diga cualquier hombre; y aun con todo mi dolor y toda mi pena, con toda mi tristeza, trabajo y desventura, nunca pude dejarlo de ninguna manera. Ahora, ojalá Dios me dé suficiente ingenio para contar todo lo que pertenece a ese arte. Pero aun así, contaré una parte; ya que mi señor se ha ido, no me detendré; lo que sepa, lo declararé.

EL CUENTO.

Con este Canónigo he vivido siete años, y de su ciencia nunca he salido beneficiado. Todo lo que tenía lo he perdido por ello, y Dios lo sabe, muchos más que yo también. Donde solía estar muy bien vestido y alegre, con ropas y otros buenos atuendos, ahora puedo ponerme una media en la cabeza; y donde mi color era fresco y sonrosado, ahora está pálido, de un tono plomizo (quien lo practique, bien lo lamentará); y de tanto trabajar, aún tengo los ojos irritados. ¡Miren qué ventaja hay en multiplicar! Esa ciencia engañosa me ha dejado tan pobre, que no tengo bienes dondequiera que vaya; y aun así, estoy tan endeudado por ello, de oro que he pedido prestado de verdad, que mientras viva, nunca podré pagarlo. Que todo hombre se cuide de esto para siempre. Cualquiera que se entregue a ello, si continúa, doy por acabada su prosperidad. Que Dios me ayude, por ese camino no ganará nada, solo vaciará su bolsa y perderá el juicio. Y cuando, por su locura y necedad, haya perdido sus propios bienes por azar, entonces incita a otros a hacer lo mismo, a perder sus bienes como él mismo ha hecho. Porque para los malvados es alegría y alivio tener compañeros en el dolor y la desgracia. Así fui una vez instruido por un clérigo; pero eso no importa; hablaré de nuestro trabajo.

Cuando llegamos allí, como vamos a ejercer nuestro arte de duendes, parecemos maravillosamente sabios, fantásticos, malvados; nuestros términos son tan eruditos y extraños. Avivo el fuego hasta que mi corazón desfallece. ¿Por qué habría de contar cada proporción de las cosas con las que trabajamos, como cinco o seis onzas, puede ser, de plata, o alguna otra cantidad? ¿Y ocuparme en decirles los nombres, como oropimente, huesos quemados, escamas de hierro, que son molidas hasta quedar en polvo muy fino? ¿Y cómo se pone todo en una vasija de barro, y se le añade sal, y también pimienta, antes de estos polvos de los que hablo aquí, y bien cubierto con una lámpara de vidrio? ¿Y de muchas otras cosas que allí había? ¿Y de las vasijas y frascos sellados, para que nada del aire pudiera salir? ¿Y del fuego suave, y también del rápido, que se hacía? ¿Y del cuidado y la pena que teníamos en nuestros asuntos de sublimación, y en amalgamar y calcinar el azogue, llamado mercurio crudo? Porque con todas nuestras artimañas no podemos concluir nada. Nuestro oropimente y mercurio sublimado, nuestro litargirio molido también sobre el pórfido, de cada uno de estos una cierta cantidad de onzas, no nos ayuda, nuestro trabajo es en vano. Ni tampoco la ascensión de nuestros espíritus, ni nuestras materias que yacen fijas, pueden servirnos de nada en nuestro trabajo; pues todo nuestro esfuerzo y fatiga se pierde, y todo el costo, que mil demonios se lo lleven, también se pierde, que en ello gastamos.

Hay también muchas otras cosas que pertenecen a nuestro arte, aunque no pueda recitarlas en orden, porque soy un hombre ignorante; sin embargo, las diré como me vengan a la mente, aunque no pueda ordenarlas por su clase, como sal armoníaco, cardenillo, bórax; y varios recipientes hechos de barro y vidrio; nuestros orinales y nuestros descensores, frascos, crisoles y sublimadores, cucúrbitas y también alambiques, y otros semejantes, que no valen ni un puerro. No es necesario enumerarlos todos. Aguas rubificantes, hiel de toro, arsénico, sal armoníaco y azufre, y también podría nombrar muchas hierbas, como agrimonia, valeriana y lunaria, y otras semejantes, si quisiera detenerme; nuestras lámparas ardiendo día y noche, para lograr nuestro arte si es posible; nuestro horno de calcinación, y de aguas de albificación, cal viva, tiza y clara de huevo, polvos diversos, cenizas, estiércol, orina y arcilla, bolsas cauterizadas, salitre y vitriolo; y diversos fuegos hechos de leña y carbón; sal de tártaro, álcali, sal preparada, y materias combustibles y coaguladas; arcilla hecha con pelo de caballo y de hombre, y aceite de tártaro, alumbre, vidrio, levadura, mosto, arcilla de alfarero, rosalgar y otras materias absorbentes; y también de nuestras materias incorporadas, y de nuestra citrinación de la plata, nuestro cementado y fermentación, nuestros lingotes, crisoles y muchas cosas más. Les diré, como también me enseñaron, los cuatro espíritus y los siete cuerpos, por orden, como muchas veces oí nombrar a mi señor. El primer espíritu se llama azogue; el segundo, oropimente; el tercero, ciertamente, sal armoníaco; y el cuarto, azufre. Los siete cuerpos también, aquí los tienen. Sol es oro, y Luna, plata, así los llamamos; Marte es hierro, Mercurio es azogue; Saturno es plomo, Júpiter es estaño, y Venus es cobre, por la herencia de mi padre.

Quienquiera que practique este maldito arte, no tendrá bien alguno que le baste; pues todo el bien que gaste en ello, lo perderá, de eso no tengo duda. Quien quiera mostrar su necedad, que venga y aprenda a multiplicar: y todo aquel que tenga algo en su cofre, que se presente y se vuelva filósofo; como si ese arte fuera tan fácil de aprender. No, no, Dios lo sabe, sea monje o fraile, sacerdote o canónigo, o cualquier otro; aunque estudie su libro día y noche, aprendiendo esta fantástica y necia doctrina, todo es en vano; y por Dios, mucho más, es enseñarle esta sutileza a un ignorante; ¡bah! no hablemos de eso, porque no se logrará. Y sepa o no sepa letras, en efecto, lo hallará igual; pues ambos, por mi salvación, concluyen en la multiplicación igual de bien, cuando todo lo han hecho; es decir, ambos fracasan. Aún olvidé mencionar las aguas corrosivas, las limaduras, y la ablandación de los cuerpos, y también su endurecimiento, aceites, abluciones, metal fundible; contarlo todo superaría cualquier Biblia que exista; por eso, para bien, ahora me detendré en todos estos nombres; pues creo que ya les he contado bastante para invocar a un demonio, aunque parezca muy fiero.

¡Ah! no, dejemos eso; la piedra filosofal, llamada Elixir, todos la buscamos con afán; pues si la tuviéramos, estaríamos seguros. Pero ante Dios del cielo hago confesión, que con todo nuestro arte, cuando todo lo hemos hecho, y con toda nuestra astucia, él no viene a nosotros. Nos ha hecho gastar mucho dinero, por cuya pena casi enloquecimos, si no fuera porque la buena esperanza se deslizó en nuestro corazón, suponiendo siempre, aunque mucho sufrimos, ser recompensados por él después. Tal suposición y esperanza es dura y amarga. Les advierto bien que es buscar siempre. Ese futuro tiempo ha hecho que los hombres se aparten, confiando en ello, de todo lo que alguna vez tuvieron, y aun así no pueden arrepentirse de ese arte, porque para ellos es un amargo dulce; así les parece; pues si solo tuvieran una sábana para envolverse de noche, y un manto para andar de día, lo venderían y lo gastarían en este arte; no pueden detenerse, hasta que no les quede nada. Y siempre, dondequiera que vayan, se les puede reconocer por el olor a azufre; pues apestan como cabra en todo el mundo; su olor es tan fuerte y tan caliente, que aunque un hombre esté a una milla de distancia, el olor lo infectará, créanme. Así, por el olor y la ropa raída, si alguien quiere, puede reconocer a esta gente. Y si uno les pregunta en secreto por qué visten tan miserablemente, enseguida susurrarán al oído y dirán que, si los descubrieran, los matarían por su ciencia: así estos traicionan la inocencia.

Dejemos esto; continúo con mi relato. Antes de que la olla esté puesta al fuego con los metales, mi señor ajusta las proporciones, y nadie más que él (ahora que se ha ido, puedo decirlo con valentía); pues como dicen, él sabe hacerlo hábilmente, aunque sé bien que tiene esa fama, y aun así muchas veces cae en desgracia; ¿y saben cómo? Muy a menudo sucede que la olla se rompe, y adiós, todo se pierde. Estos metales son de tal violencia, que nuestras paredes no pueden resistirlos, a menos que fueran hechas de cal y piedra; penetran tanto, que atraviesan la pared; y algunos se hunden en el suelo (así hemos perdido muchas libras a veces), y otros se esparcen por todo el piso; algunos saltan hasta el techo, sin duda. Aunque el demonio no se muestre a la vista, creo que está con nosotros, ese malvado; en el infierno, donde es señor y amo, no hay más pena, rencor ni ira. Cuando la olla se rompe, como he dicho, todos se quejan y quedan insatisfechos. Unos dicen que fue por el fuego; otros dicen que no, que fue por el soplado (entonces temí, pues era mi oficio); "¡Bah!", dice el tercero, "son ignorantes y necios, no estaba mezclado como debía". "No", dice el cuarto, "callen y escúchenme; porque nuestro fuego no era de haya, esa es la causa, y ninguna otra, así me vaya bien". No puedo decir de quién fue la culpa, pero bien sé que hay gran disputa entre nosotros."¿Qué?", dice mi señor, "no hay más que hacer, de estos peligros me cuidaré la próxima vez. Estoy seguro de que la olla estaba rajada. Sea como sea, no se asombren. Como es costumbre, barran el piso rápidamente; anímense y estén alegres y contentos."

El montón de basura estaba barrido en un montón, y en el suelo se había echado una lona, y toda esa basura se arrojó en un cedazo, y se tamizó, y se escogió muchas veces. "Por Dios," dijo uno, "aún queda algo de nuestro metal aquí, aunque no tengamos todo. Y aunque esto haya salido mal por ahora, en otra ocasión puede salir bien. Debemos arriesgar nuestros bienes; un mercader, por Dios, no puede vivir siempre en prosperidad: a veces sus bienes se hunden en el mar, y a veces llegan sanos a tierra." "Silencio," dijo mi señor; "la próxima vez procuraré que nuestro arte tenga otro desenlace, y si no lo logro, señores, dejadme la culpa; sé bien que hubo alguna falta." Otro dijo que el fuego estaba demasiado caliente. Pero sea caliente o frío, me atrevo a decir esto: que siempre llegamos a una mala conclusión; siempre fallamos en lo que deseamos; y en nuestra locura siempre deliramos. Y cuando estamos todos juntos, cada uno parece un Salomón. Pero no todo lo que brilla como el oro es oro, como he oído decir; ni toda manzana que parece hermosa es buena, por mucho que la gente lo afirme. Así ocurre entre nosotros. El que parece más sabio, por Jesús, es el mayor necio cuando llega la prueba; y el que parece más honesto, es un ladrón. Eso lo sabrán antes de que me vaya de aquí; cuando termine mi relato.

Había entre nosotros un canónigo religioso que podría corromper toda una ciudad, aunque fuera tan grande como Nínive, Roma, Alejandría, Troya o cualquier otra. Sus trucos y su infinita falsedad no podría escribirlos nadie, creo yo, aunque viviera mil años; en todo el mundo no tiene igual en falsedad. Porque en sus palabras sabe envolverse tan bien, y hablar con tal astucia, cuando conversa con alguien, que logra que enseguida se encaprichen de él, a menos que sea un demonio como él mismo. A muchos ha engañado ya, y lo hará mientras viva; y aún así, la gente va y viaja muchas millas para buscarlo y conocerlo, sin saber de su conducta engañosa. Y si quieren prestarme atención, lo contaré aquí en su presencia. Pero, venerables canónigos religiosos, no crean que difamo su orden, aunque mi relato trate de un canónigo. En toda orden hay algún malvado, por Dios; y Dios no permita que todos paguen por la locura de un solo hombre. No es mi intención calumniarlos; sólo quiero corregir lo que está mal. Este cuento no es sólo para ustedes, sino también para otros; bien saben que entre los doce apóstoles de Cristo sólo hubo un traidor, Judas; ¿por qué habrían de culparse los demás, que eran inocentes? Lo mismo digo de ustedes. Sólo esto, si quieren escucharme: si hay algún Judas en su convento, expúlsenlo a tiempo, se los aconsejo, si la vergüenza o la pérdida pueden causarles temor. Y no se disgusten, se los ruego; pero en este caso, escuchen lo que digo.

En Londres había un sacerdote, un anualero, que había vivido allí muchos años, y era tan agradable y servicial con la señora de la casa donde comía, que ella no le permitía pagar nada por comida ni ropa, aunque vistiera muy bien; y tenía suficiente dinero para gastar; pero eso no importa, seguiré con mi relato del canónigo, que llevó a este sacerdote a la ruina. Este falso canónigo llegó un día a la habitación del sacerdote, donde dormía, suplicándole que le prestara cierta cantidad de oro, prometiendo devolvérselo. "Préstame una marca," le dijo, "por sólo tres días, y en la fecha te la devolveré. Y si resulto ser falso, otro día cuélgame del cuello." El sacerdote le dio una marca, y rápidamente el canónigo se la agradeció muchas veces, se despidió y se fue; y al tercer día trajo el dinero, y devolvió el oro al sacerdote, quien se alegró y complació mucho. "Ciertamente," dijo, "no me molesta prestar a un hombre un noble, o dos, o tres, o cualquier cosa que tenga, cuando es tan honesto que nunca falta a su palabra; a un hombre así nunca puedo negarme." "¿Qué?" dijo el canónigo, "¿habría de ser yo deshonesto? ¡No, eso sería algo inaudito! La verdad es algo que siempre guardaré, hasta el día en que entre en mi tumba; y que Dios lo impida si no es así; créalo tan seguro como su credo. Gracias a Dios, y que sea dicho en buen momento, nunca nadie quedó insatisfecho por el oro o la plata que me prestó, ni jamás tuve mala intención en mi corazón. Y señor," continuó, "ahora, en confianza, ya que ha sido tan bondadoso conmigo, y me ha mostrado tanta gentileza, quiero mostrarle algo, y si desea aprender, le enseñaré claramente el modo en que trabajo en filosofía. Preste atención, verá con sus propios ojos que haré una maravilla antes de irme." "Sí," dijo el sacerdote, "sí, señor, ¿y lo hará? Por favor, se lo ruego de corazón." "A sus órdenes, señor, en verdad," dijo el canónigo, "y que Dios lo impida si no." ¡Vean cómo este ladrón sabía ofrecer sus servicios!

Es muy cierto que tales servicios ofrecidos apestan, como atestiguan los sabios de antaño; y pronto lo comprobaré en este canónigo, raíz de toda traición, que siempre tuvo deleite y alegría (tales pensamientos demoníacos imprimía en su corazón) en cómo podía llevar a la ruina al pueblo de Cristo. ¡Dios nos libre de su falsa disimulación! ¿Qué sabía este sacerdote con quién trataba? Ni presentía el daño que se le avecinaba. ¡Oh pobre sacerdote, oh inocente! Con avaricia pronto serás engañado; ¡oh desdichado, cuán ciega es tu mente! No te das cuenta del engaño que este zorro ha tramado para ti; no podrás escapar de sus astutas trampas. Por eso, para ir a la conclusión que se refiere a tu ruina, hombre desdichado, pronto me apresuraré a contar tu necedad y tu insensatez, y también la falsedad de ese otro miserable, hasta donde alcance mi conocimiento. Este canónigo era mi señor, podrían pensar; señor Host, en verdad, y por la reina del cielo, era otro canónigo, y no él, que sabe cien veces más astucias. Ha traicionado a mucha gente; me duele rimar sobre su falsedad. Y siempre que hablo de su engaño, por vergüenza mis mejillas se enrojecen; al menos empiezan a arder, aunque sé bien que no tengo rubor en mi rostro; pues los vapores diversos de los metales, como ya han oído que mencioné, han consumido y gastado mi color. Ahora presten atención a la maldad de este canónigo.

“Señor,” le dijo al sacerdote, “mande a su criado por mercurio, para que lo tengamos enseguida; y que traiga dos o tres onzas; y cuando venga, verá usted rápidamente una maravilla que nunca antes ha visto.” “Señor,” dijo el sacerdote, “así se hará, por supuesto.” Mandó a su sirviente a buscar lo pedido, y él estaba listo para obedecer, salió y volvió enseguida con el mercurio, en resumen; y entregó esas tres onzas al canónigo, quien las colocó cuidadosamente, y pidió al sirviente que trajera carbón, para poder ponerse a trabajar de inmediato. El carbón fue traído enseguida, y el canónigo sacó un crisol de su pecho y se lo mostró al sacerdote. “Este instrumento,” dijo, “que ves aquí, tómalo en tu mano, y pon en él una onza de este mercurio, y comienza aquí, en el nombre de Cristo, a convertirte en filósofo. Hay muy pocos a quienes yo mostraría tanto de mi ciencia; porque aquí verás por experiencia que este mercurio lo voy a fijar, justo ante tus ojos y sin mentir, y lo haré tan buen plata, y tan fina, como la que hay en tu bolsa, o en la mía, o en cualquier otro lugar; y la haré maleable, y si no, considérame falso e incapaz de aparecer entre la gente jamás. Tengo un polvo aquí que me costó caro, que hará que todo salga bien, pues es la causa de todo mi conocimiento, que ahora te mostraré. Haz salir a tu criado, que no esté presente; y cierra la puerta, mientras trabajamos en nuestro secreto, para que nadie nos vea mientras practicamos esta filosofía.” Todo, como él ordenó, se cumplió al pie de la letra. Ese mismo sirviente salió enseguida, y su amo cerró la puerta, y ellos se pusieron rápidamente a trabajar.

Este sacerdote, siguiendo las órdenes de este maldito canónigo, puso enseguida el objeto sobre el fuego, avivó las llamas y se ocupó con gran diligencia. Y este canónigo arrojó en el crisol un polvo, no sé de qué estaba hecho, ya fuera de yeso, de vidrio o de alguna otra cosa sin valor alguno, solo para engañar al sacerdote; y le pidió que se apresurara a acomodar los carbones sobre el crisol; “pues, en señal de que te aprecio”, dijo el canónigo, “tus propias manos harán todo lo que aquí se deba hacer”. “Muchas gracias”, respondió el sacerdote, muy contento, y acomodó los carbones como el canónigo le indicó. Y mientras estaba ocupado, este infame bribón, este falso canónigo (¡ojalá el demonio se lo lleve!), sacó de su pecho un carbón de haya, en el que hábilmente se había hecho un agujero, y dentro se había puesto una onza de limaduras de plata, sellando el agujero con cera para mantenerlas dentro. Y entiendan que este engaño no se preparó allí, sino que ya estaba hecho de antemano; y otras cosas más les contaré después, que él llevaba consigo; pues antes de llegar allí, ya planeaba engañarlo, y así lo hizo, antes de que se separaran; hasta que lo hubo engañado, no podía dejar de hacerlo. Me duele hablar de él; de su falsedad quisiera vengarme, si supiera cómo, pero está aquí y allá; es tan cambiante, que no permanece en ningún lugar.

Pero presten atención, señores, por el amor de Dios. Tomó su carbón, del que hablé antes, y lo llevó en la mano disimuladamente, y mientras el sacerdote acomodaba afanosamente los carbones, como ya les conté, el canónigo dijo: “Amigo, lo están haciendo mal; esto no está acomodado como debe ser, pero pronto lo corregiré”, dijo. “Déjame encargarme un momento, porque siento compasión por ti, por San Gil. Estás muy acalorado, veo cómo sudas; toma este paño y sécate el sudor”. Y mientras el sacerdote se limpiaba el rostro, el canónigo tomó su carbón —con mala fortuna— y lo colocó encima, en el centro del crisol, y luego avivó el fuego hasta que los carbones comenzaron a arder rápidamente. “Ahora danos de beber”, dijo entonces el canónigo, “y pronto todo estará bien, te lo aseguro. Sentémonos y alegrémonos”. Y cuando el carbón de haya del canónigo se consumió, todas las limaduras cayeron del agujero al crisol; y así debía ser, lógicamente, pues estaba exactamente colocado encima; pero de esto el sacerdote no supo nada, ¡ay! Creyó que todos los carbones eran igual de buenos, pues nada entendía del truco.

Y cuando este alquimista vio el momento oportuno, “Levántese, señor sacerdote”, dijo, “y póngase a mi lado; y, pues sé bien que no tiene lingotera, vaya, salga y tráigame una piedra de yeso; pues la haré con la misma forma que una lingotera, si tengo suerte. Traiga también un cuenco o una olla llena de agua, y verá entonces cómo nuestro trabajo resultará y tendrá éxito. Y aún, para que no tenga desconfianza ni mala opinión de mí en su ausencia, no me apartaré de su presencia, sino que iré y volveré con usted”. La puerta de la habitación, para abreviar, la abrieron y cerraron, y salieron, llevándose la llave; y regresaron sin demora. ¿Por qué habría de alargarme todo el día? Tomó el yeso y lo modeló con la forma de una lingotera, como les describiré; digo, sacó de su propia manga un trozo de plata (¡ojalá le vaya mal!), que no pesaba más que una onza justa. Y presten atención a su maldito engaño; modeló su lingote, en largo y ancho, con ese trozo, sin ninguna duda, tan hábilmente que el sacerdote no lo notó; y de nuevo lo escondió en su manga; y del fuego tomó su material, y lo puso en la lingotera con alegre semblante; y lo arrojó en el recipiente de agua cuando le pareció, y pidió al sacerdote que rápidamente mirara qué había allí: “Mete la mano y palpa; allí encontrarás plata, eso espero”. ¿Qué, demonios, podría ser si no? Limaduras de plata son plata, por supuesto. Metió la mano y sacó un trozo de fina plata; y el sacerdote se alegró en todo su ser al ver que era así. “La bendición de Dios y de su madre, y de todos los santos, tenga usted, señor canónigo”, dijo el sacerdote, “y su maldición si no me permite aprender este noble arte y esta sutileza; seré suyo en todo lo que pueda”. Dijo el canónigo: “Aún haré una prueba más para que preste atención y se vuelva experto en esto, y, en caso de necesidad, otro día lo intente en mi ausencia esta disciplina y este arte astuto. Tomemos otra onza”, dijo entonces, “de mercurio, sin más palabras, y haga con ella como hizo antes con la otra, que ahora es plata”.

El sacerdote se afanó, todo lo que pudo, en hacer lo que este canónigo, este hombre maldito, le ordenó, y avivó el fuego con fuerza para lograr su deseo. Y este canónigo, mientras tanto, ya estaba listo para engañar de nuevo al sacerdote, y, como estratagema, llevaba en la mano un palo hueco (presten atención y tengan cuidado); dentro había limaduras de plata, como antes en el carbón, y bien sellado con cera para mantenerlas dentro. Y mientras el sacerdote estaba ocupado, el canónigo se acercó a él con el palo y arrojó su polvo, como hizo antes (¡ojalá Dios lo saque de su piel por su falsedad, pues siempre fue falso en pensamiento y obra!), y con el palo, sobre el crisol, que estaba preparado con ese engaño, removió los carbones hasta que la cera, como cualquiera sabe, menos un tonto, comenzó a derretirse por el calor. Y todo lo que había en el palo cayó rápidamente en el crisol. Ahora, buenos señores, ¿qué creen que pasó después? Cuando el sacerdote fue engañado de nuevo, creyendo que todo era verdad, para decirlo claro, estaba tan contento que no puedo expresar de ninguna manera su alegría y felicidad; y ofreció de nuevo al canónigo su cuerpo y sus bienes. “Sí”, dijo el canónigo enseguida, “aunque sea pobre, verás que soy hábil; te advierto que aún queda más por ver. ¿Hay cobre aquí dentro?”, preguntó. “Sí, señor”, dijo el sacerdote, “creo que sí”. “Si no, ve a comprar algo, y rápido. Ahora, buen señor, ve y apúrate”. Él se fue y volvió con el cobre, y el canónigo lo tomó en sus manos y pesó una onza. Mi lengua es demasiado simple para expresar, como instrumento de mi ingenio, la doblez de este canónigo, raíz de toda maldad. Parecía amistoso para quienes no lo conocían; pero era diabólico, tanto en obra como en pensamiento. Me cansa hablar de su falsedad; y sin embargo, la contaré, para que los hombres puedan precaverse, y por ninguna otra razón, en verdad. Puso el cobre en el crisol, y enseguida lo puso al fuego, arrojó el polvo y pidió al sacerdote que avivara el fuego, y que se inclinara en su tarea, como antes, y todo era solo un truco; el sacerdote era su juguete, lo engañaba a su antojo. Después lo puso en la lingotera, y al final lo echó en la olla de agua, y metió su propia mano; y en su manga, como ya les conté, tenía un trozo de plata; lo sacó disimuladamente, este maldito bribón (sin que el sacerdote supiera de su engaño), y lo dejó en el fondo de la olla, donde se movía en el agua, y muy disimuladamente también sacó el trozo de cobre (sin que el sacerdote lo notara), lo escondió, y lo tomó por el pecho, y le habló así en tono de broma: “Inclínate ahora; por Dios, estás equivocado; ayúdame ahora, como yo te ayudé antes; mete la mano y mira lo que hay allí”.

Este sacerdote tomó de inmediato esa varilla de plata; y entonces dijo el canónigo: “Vayamos, con estas tres varillas que hemos fabricado, a algún orfebre, y veamos si valen algo: porque, por mi fe, no daría ni mi capucha por ellas si no fueran de plata fina y buena, y eso se probará muy pronto.” Fueron enseguida al orfebre con esas tres varillas, y las pusieron a prueba con fuego y martillo; nadie podía decir lo contrario, pues eran como debían ser. ¿Quién estaba más contento que este atolondrado sacerdote? Jamás un pájaro estuvo más alegre al amanecer; ni ruiseñor en la temporada de mayo tuvo más ganas de cantar; ni dama más animada en sus cánticos, ni hablando de amor y feminidad; ni caballero en armas para realizar una hazaña valiente, para ganar el favor de su amada, que este sacerdote por aprender ese arte; y así habló al canónigo y le dijo: “Por amor de Dios, que murió por todos nosotros, y según yo pueda merecerlo de usted, ¿cuánto costará esta receta? Dígamelo ahora.” “Por Nuestra Señora,” dijo el canónigo, “es caro. Le advierto bien que, salvo yo y un fraile, en Inglaterra nadie puede hacerla.” “No importa,” dijo él; “ahora, señor, por el amor de Dios, ¿cuánto debo pagar? Dígamelo, se lo ruego.” “En verdad,” dijo él, “es muy caro, le digo. Señor, en una palabra, si usted la quiere, deberá pagar cuarenta libras, que Dios me salve; y si no fuera por la amistad que me ha mostrado antes, debería pagar más, en verdad.” Este sacerdote reunió enseguida la suma de cuarenta libras en monedas de oro, y se las entregó todas al canónigo, por esa misma receta. Todo su trabajo no era más que fraude y engaño. “Señor sacerdote,” dijo él, “no deseo fama por mi arte, pues quisiera que se mantuviera en secreto; y como me aprecia, guárdelo en secreto: porque si los hombres supieran toda mi sutileza, por Dios, me tendrían tanta envidia por mi filosofía, que estaría muerto, no habría otra manera.” “Dios lo prohíba,” dijo el sacerdote, “lo que usted dice. Preferiría gastar todo el dinero que tengo (de lo contrario estaría loco) antes que usted cayera en tal desgracia.” “Por su buena voluntad, señor, tenga usted muy buenos resultados,” dijo el canónigo; “y adiós, muchas gracias.” Se fue, y el sacerdote nunca más lo vio después de ese día; y cuando el sacerdote quiso hacer la prueba, cuando le pareció oportuno, de esa receta, ¡adiós! No funcionó. Así fue engañado y burlado; así hizo su introducción para llevar a la gente a su ruina.

Consideren, señores, cómo en cada estado hay disputa entre los hombres y el oro, tanto que apenas hay alguno que no la tenga. Esta multiplicación engaña a tantos, que de buena fe creo que es la mayor causa de tal escasez. Estos filósofos hablan tan oscuramente de este arte, que los hombres no pueden alcanzarlo, por mucha inteligencia que tengan hoy en día. Bien pueden parlotear, como hacen los arrendajos, y poner en sus términos todo su placer y esfuerzo, pero nunca lograrán su propósito. Un hombre puede aprender fácilmente, si tiene algo, a multiplicar y llevar su fortuna a la ruina. He aquí el provecho de este juego tan placentero; la alegría de un hombre se convertirá toda en tristeza, y vaciará también grandes y pesadas bolsas, y hará que la gente reciba maldiciones de aquellos a quienes han prestado su dinero. ¡Oh, qué vergüenza! Los que han sido quemados, ¿acaso no pueden huir del calor del fuego? Ustedes que lo practican, les aconsejo que lo abandonen, no sea que lo pierdan todo; pues mejor tarde que nunca; nunca prosperar sería demasiado tiempo. Aunque busquen siempre, nunca lo hallarán; son tan audaces como Bayardo el ciego, que avanza a tientas y no percibe peligro alguno; es tan atrevido para chocar contra una piedra como para esquivarla en el camino: así les va a ustedes que multiplican, digo yo. Si sus ojos no pueden ver bien, asegúrense de que su mente no carezca de visión. Porque aunque miren mucho y se queden mirando, no ganarán ni una moneda en ese negocio, sino que gastarán todo lo que puedan conseguir por cualquier medio. Aparten el fuego, no sea que arda demasiado rápido; no se metan más con ese arte, lo digo en serio; porque si lo hacen, su prosperidad se perderá por completo. Y enseguida les contaré lo que dicen los filósofos sobre este asunto.

He aquí lo que dice Arnold de la nueva ciudad, como menciona su “Rosario”. Él dice así, sin ninguna mentira: “Nadie puede mortificar el mercurio, sino es con el conocimiento de su hermano.” Vean cómo quien primero dijo esto, Hermes, era el padre de los filósofos; él dice que el dragón, sin duda, no muere a menos que sea muerto por su hermano. Y esto quiere decir, por el dragón, Mercurio, y ningún otro, y por su hermano, el azufre, que se extrae del Sol y la Luna. “Y por eso,” dijo él, “presten atención a mi dicho. Que nadie se esfuerce en buscar este arte, a menos que pueda entender la intención y el lenguaje de los filósofos; y si lo hace, es un hombre ignorante. Porque esta ciencia y este conocimiento,” dijo él, “es el secreto de los secretos, por Dios.” También hubo un discípulo de Platón, que una vez le dijo a su maestro, como lo atestigua su libro, Senior, y esta fue su pregunta en verdad: “Dígame el nombre de esa piedra secreta.” Y Platón le respondió enseguida: “Toma la piedra que llaman Titanos.” “¿Cuál es esa?” preguntó él. “Magnesia es la misma,” dijo Platón. “¿Sí, señor, y es así? Esto es ignotum per ignotius. ¿Qué es Magnesia, buen señor, le ruego?” “Es un agua que se hace,” dijo Platón, “de los cuatro elementos.” “Dígame el origen, buen señor,” dijo él entonces, “de esa agua, si le place.” “No, no,” dijo Platón, “ciertamente no lo haré. Los filósofos juraron todos que no la descubrirían a nadie, ni la escribirían en ningún libro; porque es tan grata y preciosa para Dios, que no quiere que sea revelada, salvo donde le plazca a su divinidad inspirar y también proteger a quien le agrade; he aquí el final.”

Así concluyo, pues, ya que Dios del cielo no quiere que estos filósofos nombren cómo puede uno llegar a esa piedra, aconsejo que lo mejor es dejarlo. Porque quien hace de Dios su adversario, al intentar obrar en contra de su voluntad, ciertamente nunca prosperará, aunque multiplique toda su vida. Y ahí queda; porque mi cuento ha terminado. Que Dios conceda a todo buen hombre remedio para su pena.

Nota al cuento del Ayudante del Canónigo