Los cuentos de Canterbury · Geoffrey Chaucer

Capítulo IV — El cuento del cocinero

Capítulo 5 de 25 · 3 min de lectura

EL PRÓLOGO.

El Cocinero de Londres, mientras el Mayordomo así hablaba, se echó a reír de alegría y le dio una palmada en la espalda: “¡Ajá!”, exclamó, “por la pasión de Cristo, este Molinero tuvo una conclusión aguda sobre este asunto del hospedaje. Bien dijo Salomón en su idioma: No lleves a todo hombre a tu casa, porque alojar por la noche es peligroso. Bien debe un hombre tener cuidado con a quién introduce en su intimidad. Ruego a Dios que me dé pena y aflicción si alguna vez, desde que me llamo Hodge de Ware, he oído de un molinero mejor puesto en acción; tenía una broma maliciosa en la oscuridad. Pero Dios no permita que nos detengamos aquí, y por eso, si quieren dignarse escuchar un cuento mío, que soy un hombre pobre, les contaré lo mejor que pueda una pequeña broma que ocurrió en nuestra ciudad.”

Nuestro Anfitrión respondió y dijo: “Te lo concedo. Roger, adelante; y procura que sea bueno, porque muchas empanadas has sangrado, y muchos Jack de Dover has vendido, que han estado dos veces calientes y dos veces fríos. De muchos peregrinos tienes la maldición de Cristo, porque por tu perejil aún les va peor, el que han comido en tu ganso de rastrojo: pues en tu tienda muchas moscas andan sueltas. Ahora sigue, buen Roger, por tu nombre, pero te ruego que no te enojes por mis bromas; uno puede decir toda la verdad en broma y juego.” “Dices toda la verdad”, dijo Roger, “por mi fe; pero la verdad en juego es mal juego, como dice el flamenco, y por eso, Harry Bailly, por tu fe, no te enojes, o aquí nos separamos, aunque mi cuento sea de un hostelero. Pero sin embargo, no lo contaré aún, pero antes de que partamos, seguro que te lo pagaré.” Y con eso se rió y se mostró alegre, y contó su historia, como después oirán.

EL CUENTO.

Un aprendiz vivía antaño en nuestra ciudad, y era de un gremio de abastecedores: era alegre como un jilguero en el bosque, moreno como una baya, un muchacho bien formado: con cabellos negros, peinados con esmero. Y bailaba tan bien y con tanta alegría, que le llamaban Perkin el Juerguista. Estaba tan lleno de amor y galantería como el panal de miel dulce; bienaventurada la muchacha que pudiera encontrarse con él. En cada boda cantaba y saltaba; prefería la taberna a la tienda. Porque cuando había algún desfile en Cheap, salía corriendo de la tienda hacia allá, y hasta que no había visto todo el espectáculo y bailado bien, no regresaba; y reunía una pandilla de su tipo para saltar y cantar y hacer tales diversiones: y allí se citaban para jugar a los dados en tal calle. Porque en la ciudad no había aprendiz que pudiera lanzar mejor un par de dados que Perkin; y además era generoso con sus gastos, en lugares donde no quería ser visto. Eso lo notaba bien su maestro en su mercancía, pues muchas veces encontraba su caja vacía. Porque, en verdad, un aprendiz juerguista, que frecuenta los dados, el desenfreno y el amorío, su maestro lo pagará en su tienda, aunque no tenga parte en la música. Porque el robo y el desenfreno van de la mano, aunque sepan tocar la guitarra o la rabel. La juerga y la honradez, en un nivel bajo, están en conflicto todo el día, como se puede ver.

Este alegre aprendiz vivió con su maestro, hasta que estuvo casi al final de su aprendizaje, aunque era reprendido tanto de día como de noche, y a veces llevado por sus juergas hasta Newgate. Pero al final, su maestro lo pensó bien, un día que buscaba su libro de cuentas, y recordó un proverbio que dice así: Mejor es sacar la manzana podrida del montón, que dejar que pudra todo lo demás: así sucede con un sirviente revoltoso; es mucho menos daño dejarlo ir, que corrompa a todos los sirvientes del lugar. Por eso su maestro le dio la carta de despido, y le dijo que se fuera, con pena y mala suerte. Y así este alegre aprendiz obtuvo lo que quería: ahora que se divierta toda la noche, o se abstenga. Y, pues no hay ladrón sin un compinche que le ayude a gastar y derrochar lo que pueda robar o pedir prestado, enseguida envió su cama y sus pertenencias a un camarada de su misma calaña, que amaba los dados, el desenfreno y la diversión; y tenía una esposa, que para guardar las apariencias tenía una tienda, y se prostituía para su sustento.