Crímenes célebres · Alexandre Dumas
Capítulo IX
Capítulo 35 de 76 · 40 min de lectura
La reina María había conocido el decreto de los comisionados desde hacía dos meses. El mismo día en que fue pronunciado, se enteró de la noticia por medio de su capellán, a quien le permitieron verla solo esa vez. María Estuardo aprovechó esa visita para entregarle tres cartas que acababa de escribir: una para el Papa Sixto V, otra para don Bernardino de Mendoza y la tercera para el duque de Guisa. He aquí esa última carta:
14 de diciembre de 1586
"Mi buen primo, a quien tengo por el más querido en el mundo, me despido de ti, preparada para ser ejecutada por un juicio injusto, y para una muerte como ninguna persona de nuestra estirpe, gracias a Dios, y nunca una reina, y mucho menos alguien de mi rango, ha sufrido jamás. Pero, buen primo, alaba al Señor; pues yo era inútil para la causa de Dios y de Su Iglesia en este mundo, siendo prisionera como estaba; mientras que, por el contrario, espero que mi muerte dará testimonio de mi constancia en la fe y de mi disposición a sufrir por el sostenimiento y la restauración de la Iglesia Católica en esta desdichada isla. Y aunque nunca un verdugo ha manchado sus manos con nuestra sangre, no te avergüences de ello, amigo mío; porque el juicio de los herejes, que no tienen autoridad sobre mí, reina libre, es provechoso ante los ojos de Dios para los hijos de Su Iglesia. Si además yo aceptara lo que me proponen, no sufriría este golpe. Todos los de nuestra casa han sido perseguidos por esta secta, ahí tienes a tu buen padre, por cuya intercesión espero ser recibida con misericordia por el justo juez. Te encomiendo, entonces, a mis pobres servidores, el pago de mis deudas y la fundación de alguna misa anual por mi alma, no a tu costa, sino para que hagas los arreglos, como se te requerirá cuando conozcas mis deseos por medio de mis pobres y fieles servidores, que están a punto de presenciar mi última tragedia. Que Dios prospere a ti, a tu esposa, hijos, hermanos y primos, y sobre todo a nuestro jefe, mi buen hermano y primo, y a todos los suyos. La bendición de Dios y la que yo daré a mis hijos sea sobre los tuyos, a quienes no encomiendo menos a Dios que a mi propio hijo, desdichado y maltratado como está. Recibirás algunos anillos de mi parte, que te recordarán rezar a Dios por el alma de tu pobre prima, privada de toda ayuda y consejo salvo el del Señor, que me da fuerza y valor para resistir sola a tantos lobos que aúllan tras de mí. ¡A Dios la gloria!
"Cree especialmente lo que te será dicho por una persona que te entregará un anillo de rubí de mi parte; pues pongo en mi conciencia que se te dirá la verdad de lo que le he encargado decirte, y especialmente en lo que concierne a mis pobres servidores y la parte de cada uno. Te encomiendo a esta persona por su sencilla sinceridad y honradez, para que pueda ser colocado en algún buen puesto. Lo he elegido como el menos parcial y como quien más sencillamente te transmitirá mis órdenes. Ignora, te ruego, que te haya dicho algo en particular; pues la envidia podría perjudicarle. He sufrido mucho durante dos años y más, y no he podido hacértelo saber, por una razón importante. Alabado sea Dios por todo, y te conceda la gracia de perseverar en el servicio de Su Iglesia mientras vivas, y que nunca este honor se aparte de nuestra estirpe, mientras tantos hombres y mujeres estén dispuestos a derramar su sangre para mantener la lucha por la fe, dejando de lado toda consideración mundana. Y en cuanto a mí, me considero nacida, por parte de padre y madre, para ofrecer mi sangre por esta causa, y no tengo intención de degenerar. ¡Jesús, crucificado por nosotros, y todos los santos mártires, hagan por su intercesión que seamos dignos de la ofrenda voluntaria que hacemos de nuestros cuerpos para su gloria!
"Desde Fotheringay, este jueves, 24 de noviembre.
"Han hecho, pensando degradarme, que bajaran mi dosel de estado, y desde entonces mi carcelero ha venido a ofrecerse a escribir a su reina, diciendo que ese acto no fue realizado por orden suya, sino por consejo de algunos del Consejo. Les he mostrado en lugar de mis armas en dicho dosel la cruz de Nuestro Señor. Oirás todo esto; han sido más amables desde entonces.—Tu afectuosa prima y perfecta amiga,
"MARÍA, Reina de Escocia, viuda de Francia"
Desde ese día, cuando supo la sentencia dictada por los comisionados, María Estuardo no conservó ya esperanza alguna; pues como sabía que se requería el perdón de Isabel para salvarla, se consideró desde entonces perdida y solo se ocupó de prepararse para morir dignamente. En efecto, como le había sucedido a veces, por el frío y la humedad de sus prisiones, quedar tullida por algún tiempo en todos sus miembros, temía estarlo cuando vinieran a buscarla, lo que le impediría ir resueltamente al cadalso, como contaba hacerlo. Así, el sábado 14 de febrero, mandó llamar a su médico, Bourgoin, y le preguntó, movida por un presentimiento de que su muerte estaba próxima, según dijo, qué debía hacer para evitar el regreso de los dolores que la paralizaban. Él respondió que sería bueno que se medicara con hierbas frescas. "Ve, entonces", dijo la reina, "y pide en mi nombre a Sir Amyas Paulet permiso para buscarlas en los campos."
Bourgoin fue a ver a Sir Amyas, quien, como él mismo sufría de ciática, debía comprender mejor que nadie la necesidad de los remedios que la reina solicitaba. Pero esta petición, por simple que fuera, suscitó grandes dificultades. Sir Amyas respondió que no podía hacer nada sin consultar a su compañero, Drury; pero que se podía traer papel y tinta, y que él, maestro Bourgoin, podría entonces hacer una lista de las plantas necesarias, que intentarían conseguir. Bourgoin contestó que no conocía suficientemente el inglés, y que los boticarios del pueblo no sabían bastante latín, como para arriesgar la vida de la reina por algún error suyo o de otros. Finalmente, tras mil vacilaciones, Paulet permitió que Bourgoin saliera, lo que hizo acompañado por el boticario Gorjon; de modo que al día siguiente la reina pudo comenzar a medicarse.
Los presentimientos de María Estuardo no la habían engañado: el martes 17 de febrero, hacia las dos de la tarde, los condes de Kent y Shrewsbury, y Beale enviaron aviso a la reina de que deseaban hablar con ella. La reina respondió que estaba enferma y en cama, pero que si, no obstante, lo que tenían que decirle era de importancia, y le daban un poco de tiempo, se levantaría. Ellos contestaron que la comunicación que debían hacerle no admitía demora, que le rogaban entonces que se preparara; lo que la reina hizo de inmediato, y levantándose de la cama y cubriéndose con una capa, fue y se sentó en una pequeña mesa, en el mismo lugar donde acostumbraba pasar gran parte del día.
Entonces los dos condes, acompañados de Beale, Amyas Paulet y Drue Drury, entraron. Tras ellos, movidos por la curiosidad y llenos de terrible ansiedad, llegaron sus damas más queridas y sus servidores más apreciados. Estas eran, entre las mujeres, las señoritas Renée de Really, Gilles Mowbray, Jeanne Kennedy, Elspeth Curle, Mary Paget y Susan Kercady; y entre los hombres, Dominique Bourgoin su médico, Pierre Gorjon su boticario, Jacques Gervais su cirujano, Annibal Stewart su ayuda de cámara, Dither Sifflart su mayordomo, Jean Laudder su panadero y Martin Huet su trinchante.
Entonces el conde de Shrewsbury, con la cabeza descubierta como todos los presentes, que permanecieron así mientras estuvieron en la habitación de la reina, comenzó a decir en inglés, dirigiéndose a María:
"Señora, la reina de Inglaterra, mi augusta señora, me ha enviado a usted, junto con el conde de Kent y sir Robert Beale, aquí presentes, para hacerle saber que, después de haber procedido honrosamente en la investigación del hecho del que usted es acusada y hallada culpable, investigación que ya le fue comunicada por lord Buckhurst, y habiendo demorado cuanto estuvo en su poder la ejecución de la sentencia, ya no puede resistir la insistencia de sus súbditos, que la apremian para que la lleve a cabo, tan grande y afectuoso es el temor que sienten por ella. Para este propósito venimos portando una comisión, y le rogamos muy humildemente, señora, que se digne escuchar su lectura."
"Lea, mi señor; estoy escuchando", respondió María Estuardo, con la mayor calma. Entonces Robert Beale desenrolló dicha comisión, que estaba en pergamino, sellada con el Gran Sello en cera amarilla, y leyó lo siguiente:
"Isabel, por la gracia de Dios, reina de Inglaterra, Francia e Irlanda, etc., a nuestros amados y fieles primos, George, conde de Shrewsbury, gran mariscal de Inglaterra; Henry, conde de Kent; Henry, conde de Derby; George, conde de Cumberland; Henry, conde de Pembroke, salud: [Los condes de Cumberland, Derby y Pembroke no atendieron las órdenes de la reina, y no estuvieron presentes ni en la lectura de la sentencia ni en la ejecución.]
«Considerando la sentencia dictada por nosotros, y por otros miembros de nuestro Consejo, nobleza y jueces, contra la anterior Reina de Escocia, de nombre María, hija y heredera de Jacobo V, Rey de Escocia, comúnmente llamada Reina de Escocia y viuda de Francia, la cual sentencia todos los estamentos de nuestro reino reunidos en nuestro último Parlamento no solo concluyeron, sino que, tras madura deliberación, ratificaron como justa y razonable; considerando también la urgente súplica y petición de nuestros súbditos, que nos ruegan y presionan para proceder a su publicación y ejecutarla contra su persona, según juzgan que lo merece debidamente, añadiendo en este punto que su detención era y sería diariamente un peligro cierto y evidente, no solo para nuestra vida, sino también para ellos y su posteridad, y para el bien público de este reino, tanto por el Evangelio y la verdadera religión de Cristo como por la paz y tranquilidad de este Estado, aunque dicha sentencia ha sido frecuentemente aplazada, de modo que hasta este momento nos hemos abstenido de emitir la comisión para ejecutarla: sin embargo, para la completa satisfacción de dichas demandas hechas por los Estamentos de nuestro Parlamento, por las cuales oímos diariamente que todos nuestros amigos y súbditos, así como la nobleza, los más sabios, grandes y piadosos, incluso aquellos de condición inferior, con toda humildad y afecto por el cuidado que tienen de nuestra vida, y en consecuencia por el temor que sienten ante la destrucción del actual estado divino y feliz del reino si perdonamos la ejecución final, consintiendo y deseando dicha ejecución; aunque las demandas generales y continuas, oraciones, consejos y recomendaciones eran en tales asuntos contrarias a nuestra inclinación natural; sin embargo, convencidos del peso urgente de sus continuas intercesiones tendientes a la seguridad de nuestra persona, y también al estado público y privado de nuestro reino, finalmente hemos consentido y permitido que la justicia siga su curso, y para su ejecución, considerando la singular confianza que tenemos en su fidelidad y lealtad, así como el amor y afecto que nos profesan, particularmente en la protección de nuestra persona y nuestro país, del cual ustedes son miembros muy nobles y principales; les convocamos, y para el cumplimiento de ello les ordenamos, que al recibir la presente se dirijan al castillo de Fotheringay, donde se encuentra la anterior Reina de Escocia, bajo el cuidado de nuestro amigo y fiel servidor y consejero, Sir Amyas Paulet, y allí la pongan bajo su custodia y hagan que, por su orden, se ejecute la sentencia sobre su persona, en presencia de ustedes mismos y del citado Sir Amyas Paulet, y de todos los demás oficiales de justicia que ordenen estar presentes: entretanto, para este fin y esta ejecución hemos dado autorización de tal modo y manera, y en tal tiempo y lugar, y por las personas que ustedes cinco, cuatro, tres o dos consideren conveniente a su discreción; no obstante todas las leyes, estatutos y ordenanzas que sean contrarias a la presente, sellada con nuestro Gran Sello de Inglaterra, la cual servirá para cada uno de ustedes, y todos los que estén presentes, o hagan por su orden cualquier cosa relativa a la ejecución antes mencionada, como pleno y suficiente descargo para siempre.
«Hecho y dado en nuestra casa de Greenwich, el primer día de febrero (10 de febrero, nuevo estilo), en el vigésimo noveno año de nuestro reinado.»
María escuchó esta lectura con gran calma y gran dignidad; luego, cuando terminó, haciendo la señal de la cruz—
«¡Bienvenida,» dijo, «sea toda noticia que venga en nombre de Dios! Gracias, Señor, porque te dignas poner fin a todos los males que me has visto sufrir durante diecinueve años y más.»
«Señora,» dijo el conde de Kent, «no nos guarde rencor por su muerte; era necesaria para la paz del Estado y el progreso de la nueva religión.»
«Así,» exclamó María con alegría, «¡así tendré la dicha de morir por la fe de mis padres; así Dios se digna concederme la gloria del martirio. Gracias, Dios,» añadió, juntando las manos con menos exaltación pero con mayor piedad, «gracias porque te has dignado destinarme tal final, para el cual no era digna. Eso, oh Dios mío, es en verdad una prueba de tu amor, y una seguridad de que me recibirás en el número de tus siervos; porque aunque esta sentencia me había sido notificada, temía, por la forma en que me han tratado durante diecinueve años, no estar aún tan cerca como ahora de tan dichoso fin, pensando que vuestra reina no se atrevería a poner la mano sobre mí, que, por la gracia de Dios, soy reina como ella, hija de una reina como ella, coronada como ella, su pariente cercana, nieta del rey Enrique VII, y que he tenido el honor de ser reina de Francia, de la cual aún soy viuda; y este temor era tanto mayor,» añadió, poniendo la mano sobre un Nuevo Testamento que tenía cerca en la mesita, «que juro sobre este santo libro que nunca he intentado, consentido ni siquiera deseado la muerte de mi hermana, la reina de Inglaterra.»
«Señora,» replicó el conde de Kent, dando un paso hacia ella y señalando el Nuevo Testamento; «este libro sobre el que ha jurado no es genuino, pues es la versión papista; en consecuencia, su juramento no puede considerarse más genuino que el libro sobre el que se ha hecho.»
«Mi señor,» respondió la reina, «lo que usted dice puede ser propio de usted, pero no de mí, que bien sé que este libro es la verdadera y fiel versión de la palabra del Señor, una versión hecha por un divino muy sabio, un hombre muy bueno, y aprobada por la Iglesia.»
«Señora,» volvió a decir el conde de Kent, «su Gracia se detuvo en lo que le enseñaron en su juventud, sin indagar si era bueno o malo: no es de extrañar, entonces, que haya permanecido en su error, por falta de haber oído a alguien que pudiera hacerle conocer la verdad; por eso, como a su Gracia le quedan pocas horas en este mundo, y por tanto no tiene tiempo que perder, con su permiso enviaremos a buscar al Deán de Peterborough, el hombre más instruido que hay en materia de religión, quien, con su palabra, la preparará para su salvación, que usted arriesga para nuestro gran pesar y el de nuestra augusta reina, por todas las papistas necedades, abominaciones y puerilidades que mantienen alejados a los católicos de la santa palabra de Dios y del conocimiento de la verdad.»
«Se equivoca, mi señor,» respondió la reina suavemente, «si ha creído que he crecido descuidada en la fe de mis padres, y sin ocuparme seriamente de un asunto tan importante como la religión. Por el contrario, he pasado mi vida con hombres sabios y doctos que me enseñaron lo que uno debe aprender sobre este tema, y me he sostenido leyendo sus obras, ya que se me privó del medio de escucharlos. Además, nunca habiendo dudado en mi vida, no es probable que la duda me asalte en la hora de mi muerte. Y ahí está el conde de Shrewsbury, aquí presente, que podrá decirle que, desde mi llegada a Inglaterra, he escuchado durante toda una Cuaresma, de la cual me arrepiento, a sus más sabios doctores, sin que sus argumentos hayan hecho mella en mi espíritu. Será inútil, entonces, mi señor,» añadió sonriendo, «llamar para alguien tan endurecida como yo al Deán de Peterborough, por instruido que sea. Lo único que le pido a cambio, mi señor, y por lo cual le estaré agradecida más allá de toda expresión, es que me envíe a mi limosnero, a quien tienen encerrado en esta casa, para que me consuele y me prepare para la muerte, o, en su lugar, a otro sacerdote, sea quien sea; aunque solo sea un pobre sacerdote de una pobre aldea, yo no soy más exigente que Dios, y no pido que tenga ciencia, con tal que tenga fe.»
«Es con pesar, señora,» respondió el conde de Kent, «que me veo obligado a rechazar la petición de su Gracia; pero sería contrario a nuestra religión y a nuestra conciencia, y seríamos culpables al hacerlo; por eso le ofrecemos nuevamente al venerable Deán de Peterborough, seguros de que su Gracia hallará en él más consuelo y satisfacción que en cualquier obispo, sacerdote o vicario de la fe católica.»
«Gracias, mi señor,» dijo de nuevo la reina, «pero nada tengo que ver con él, y como tengo la conciencia libre del crimen por el que voy a morir, con la ayuda de Dios, el martirio tomará para mí el lugar de la confesión. Y ahora, le recordaré, mi señor, lo que usted mismo me dijo, que me quedan pocas horas de vida; y estas pocas horas, para que me sean de provecho, deben transcurrir en oración y meditación, y no en disputas inútiles.»
Con estas palabras, se levantó y, haciendo una reverencia a los condes, a sir Robert Beale, Amyas y Drury, indicó, con un gesto lleno de dignidad, que deseaba estar sola y en paz; luego, mientras ellos se disponían a salir—
«A propósito, mis señores,» dijo, «¿para qué hora debo prepararme para morir?»
«Para las ocho en punto de mañana, señora,» respondió el conde de Shrewsbury, tartamudeando.
—Está bien —dijo María—; pero, ¿no tiene usted alguna respuesta para mí, de parte de mi hermana Isabel, en relación con una carta que le escribí hace aproximadamente un mes?
—¿Y de qué trataba esa carta, si me lo permite, señora? —preguntó el conde de Kent.
—De mi entierro y de la ceremonia fúnebre, mi señor: pedí ser sepultada en Francia, en la catedral de Reims, cerca de la difunta reina, mi madre.
—Eso no puede ser, señora —respondió el conde de Kent—; pero no se preocupe por esos detalles: la reina, mi augusta señora, se encargará de ello como corresponda. ¿Tiene su alteza algo más que solicitarnos?
—También quisiera saber —dijo María— si se permitirá a mis sirvientes regresar, cada uno a su país, con lo poco que puedo darles; lo cual, en cualquier caso, apenas será suficiente para recompensar el largo servicio que me han prestado y el prolongado encierro que han soportado por mi causa.
—No tenemos instrucciones al respecto, señora —dijo el conde de Kent—, pero creemos que se dará una orden para esto, como para lo demás, de acuerdo con sus deseos. ¿Es esto todo lo que su alteza desea decirnos?
—Sí, mi señor —respondió la reina, haciendo una segunda reverencia—, y ahora pueden retirarse.
—¡Un momento, señores, por el amor de Dios, un momento! —exclamó el anciano médico, adelantándose y arrodillándose ante los dos condes.
—¿Qué desea? —preguntó lord Shrewsbury.
—Hacerles notar, señores —respondió el anciano Bourgoin, llorando—, que han concedido a la reina muy poco tiempo para un asunto tan importante como este, que es su vida. Reflexionen, señores, sobre el rango y la dignidad que ha tenido entre los príncipes de la tierra aquella a quien han condenado, y consideren si es justo y decoroso tratarla como a una persona común condenada de mediana condición. Y si no lo hacen por esta noble reina, señores, háganlo por nosotros, sus humildes servidores, quienes, habiendo tenido el honor de vivir cerca de ella tanto tiempo, no podemos separarnos de ella tan rápidamente y sin preparación. Además, señores, piensen que una mujer de su rango y posición debería tener algún tiempo para poner en orden sus últimos asuntos. ¿Y qué será de ella y de nosotros si, antes de morir, nuestra señora no tiene tiempo de regular su dote y sus cuentas y de organizar sus papeles y títulos? Tiene servicios que recompensar y obras de piedad que cumplir. No debe descuidar ni lo uno ni lo otro. Además, sabemos que solo se preocupará por nosotros y, por ello, señores, descuidará su propia salvación. Concédanle, pues, algunos días más, señores; y como nuestra señora es demasiado orgullosa para pedirles tal favor, yo lo solicito en nombre de todos nosotros, y les ruego que no nieguen a unos pobres sirvientes una petición que su augusta reina ciertamente no les negaría, si tuvieran la fortuna de poder presentársela.
—¿Es cierto entonces, señora —preguntó sir Robert Beale—, que aún no ha hecho testamento?
—No lo he hecho, señor —respondió la reina.
—En ese caso, señores —dijo sir Robert Beale, volviéndose hacia los dos condes—, tal vez sería conveniente posponerlo uno o dos días.
—Imposible, señor —respondió el conde de Shrewsbury—: la fecha está fijada y no podemos cambiar nada, ni siquiera un minuto, ahora.
—Basta, Bourgoin, basta —dijo la reina—; levántese, se lo ordeno.
Bourgoin obedeció, y el conde de Shrewsbury, volviéndose hacia sir Amyas Paulet, que estaba detrás de él—
—Sir Amyas —dijo—, le confiamos la custodia de esta señora: usted se hará cargo de ella y la mantendrá a salvo hasta nuestro regreso.
Con estas palabras salió, seguido por el conde de Kent, sir Robert Beale, Amyas Paulet y Drury, y la reina quedó sola con sus sirvientes.
Entonces, volviéndose hacia sus damas con un semblante tan sereno como si el acontecimiento que acababa de ocurrir tuviera poca importancia—
—Bien, Jeanne —dijo, dirigiéndose a Kennedy—, ¿no te lo he dicho siempre, y no tenía razón, que en el fondo de sus corazones querían hacer esto? ¿Y no veía yo claramente, a través de todo su proceder, el fin que buscaban, y sabía bien que era un obstáculo demasiado grande para su falsa religión como para dejarme vivir? Vamos —continuó—, apresuren la cena, para que pueda poner mis asuntos en orden. Luego, viendo que en vez de obedecerle, sus sirvientes lloraban y se lamentaban, —Hijos míos —dijo, con una triste sonrisa, pero sin una lágrima en los ojos—, no es momento de llorar, todo lo contrario; porque si me aman, deberían alegrarse de que el Señor, al hacerme morir por su causa, me libre de los tormentos que he soportado durante diecinueve años. Por mi parte, le agradezco que me permita morir por la gloria de su fe y de su Iglesia. Tengamos paciencia, entonces, y mientras los hombres preparan la cena, nosotras las mujeres rezaremos a Dios.
Los hombres salieron de inmediato, llorando y sollozando, y la reina y sus damas se arrodillaron. Cuando terminaron de rezar algunas oraciones, María se levantó y, pidiendo que le trajeran todo el dinero que le quedaba, lo contó y lo dividió en partes, que puso en bolsas con el nombre del destinatario, escrito de su puño y letra, junto con el dinero.
En ese momento, al servirse la cena, se sentó a la mesa con sus damas como de costumbre, los demás sirvientes de pie o yendo y viniendo, su médico sirviéndole en la mesa como acostumbraba desde que le quitaron a su mayordomo. Comió ni más ni menos que de costumbre, hablando durante la cena del conde de Kent y de cómo se delató en lo referente a la religión, al insistir en querer darle a la reina un pastor en vez de un sacerdote. —Por suerte —añadió, riendo—, se necesitaba alguien más hábil que él para convertirme. Mientras tanto, Bourgoin lloraba detrás de la reina, pues pensaba que la servía por última vez, y que aquella que comía, hablaba y reía así, al día siguiente a la misma hora no sería más que un cadáver frío e insensible.
Terminada la comida, la reina mandó llamar a todos sus sirvientes; luego, antes de que se retirara nada de la mesa, sirvió una copa de vino, se levantó y brindó por su salud, preguntándoles si no brindarían ellos por su salvación. Luego hizo que se diera una copa a cada uno: todos se arrodillaron y todos, según el relato del que tomamos estos detalles, bebieron, mezclando sus lágrimas con el vino y pidiendo perdón a la reina por cualquier falta que le hubieran cometido. La reina lo concedió de corazón y les pidió que hicieran lo mismo por ella, y que olvidaran sus impaciencias, que les rogó atribuyeran a su cautiverio. Luego, tras darles un largo discurso en el que les explicó sus deberes hacia Dios y los exhortó a perseverar en la fe católica, les pidió que, después de su muerte, vivieran juntos en paz y caridad, olvidando todas las pequeñas disputas y querellas que hubieran tenido entre ellos en el pasado.
Terminado este discurso, la reina se levantó de la mesa y quiso ir a su guardarropa para ver las ropas y joyas que deseaba repartir; pero Bourgoin observó que sería mejor traer todos esos objetos a su habitación; que así habría una doble ventaja: por un lado, se cansaría menos, y por otro, los ingleses no los verían. Esta última razón la decidió, y mientras los sirvientes cenaban, hizo traer primero todas sus vestiduras a su antecámara, tomó el inventario de manos de su encargada del guardarropa y comenzó a escribir al margen, junto a cada objeto, el nombre de la persona a quien se lo destinaba. Inmediatamente, y tan rápido como lo hacía, la persona a quien se le daba lo tomaba y lo apartaba. En cuanto a los objetos demasiado personales para ser regalados así, ordenó que se vendieran y que el dinero obtenido se destinara a los gastos de viaje de sus sirvientes, cuando regresaran a sus países, sabiendo bien cuán elevados serían y que nadie tendría recursos suficientes. Terminada esta lista, la firmó y la entregó como recibo a su encargada del guardarropa.
Luego, hecho esto, pasó a su habitación, donde habían llevado sus anillos, joyas y objetos más valiosos; los inspeccionó todos, uno tras otro, hasta el más pequeño; y los distribuyó como había hecho con sus vestidos, de modo que, presentes o ausentes, todos recibieron algo. Además, entregó a sus personas más fieles las joyas que destinaba al rey y la reina de Francia, al rey su hijo, a la reina madre, a los señores de Guisa y de Lorena, sin olvidar en esta distribución a ningún príncipe o princesa entre sus parientes. Deseó, además, que cada uno conservara las cosas que tenía a su cuidado, entregando su ropa blanca a la joven que la cuidaba, sus bordados de seda a quien se encargaba de ellos, su vajilla de plata a su mayordomo, y así sucesivamente con el resto.
Entonces, mientras le pedían una dispensa, ella dijo: "Es inútil; sólo a mí me deben cuentas, y mañana, por lo tanto, ya no se las deberán a nadie"; pero, como le señalaron que el rey, su hijo, podría reclamárselas, respondió: "Tienen razón"; y les concedió lo que pedían.
Hecho esto, y sin esperanza ya de ser visitada por su confesor, le escribió esta carta:
"He sido atormentada todo este día a causa de mi religión, y se me ha instado a recibir los consuelos de un hereje: sabrá, por medio de Bourgoin y los demás, que todo lo que han podido decirme al respecto ha sido inútil, que he hecho fiel protesta de la fe en la que deseo morir. Pedí que se le permitiera recibirme la confesión y darme el sacramento, lo que me ha sido cruelmente negado, así como el traslado de mi cuerpo y la facultad de hacer libremente mi testamento; de modo que no puedo escribir nada sino por sus manos, y con el beneplácito de su señora. Por falta de poder verlo, entonces, le confieso mis pecados en general, como lo habría hecho en particular, rogándole, en nombre de Dios, que vele y ore esta noche conmigo, por la remisión de mis pecados, y que me envíe su absolución y perdón por todos los agravios que le haya hecho. Intentaré verlo en presencia de ellos, como se lo permitieron a mi mayordomo; y, si se me concede, delante de todos, y de rodillas, pediré su bendición. Envíeme las mejores oraciones que conozca para esta noche y para mañana por la mañana; porque el tiempo es corto y no tengo el ocio de escribir; pero esté tranquilo, lo recomendaré como al resto de mis servidores, y sus beneficios, sobre todo, le serán asegurados. Adiós, pues no me queda mucho tiempo. Envíeme por escrito todo lo que encuentre mejor para mi salvación, en oraciones y exhortaciones. Le envío mi último anillo pequeño."
Apenas hubo escrito esta carta, la reina comenzó a redactar su testamento, y de un tirón, con la pluma corriendo y casi sin levantarla del papel, escribió dos grandes hojas, que contenían varios párrafos, en los que nadie fue olvidado, presentes y ausentes, distribuyendo lo poco que tenía con escrupulosa justicia, y aún más según la necesidad que según el servicio. Los ejecutores que eligió fueron: el duque de Guisa, su primo hermano; el arzobispo de Glasgow, su embajador; el obispo de Ross, su capellán mayor; y M. du Ruysseau, su canciller, los cuatro ciertamente muy dignos del encargo, el primero por su autoridad; los dos obispos por piedad y conciencia, y el último por su conocimiento de los asuntos. Terminado su testamento, escribió esta carta al rey de Francia:
SEÑOR MI CUÑADO: Habiéndome, por permiso de Dios y por mis pecados, creo yo, arrojado en brazos de esta reina, mi prima, donde he tenido mucho que soportar por más de veinte años, he sido finalmente condenada a muerte por ella y por su Parlamento; y habiendo pedido mis papeles, que me fueron quitados, para hacer mi testamento, no he podido obtener nada que me sirva, ni siquiera permiso para escribir libremente mis últimos deseos, ni que después de mi muerte mi cuerpo sea trasladado, como era mi más querido deseo, a su reino, donde tuve el honor de ser reina, su hermana y su aliada. Hoy, después de la comida, sin más miramientos, se me ha declarado mi sentencia, que será ejecutada mañana, como a una criminal, a las ocho de la mañana. No tengo tiempo de darle un relato completo de lo sucedido; pero si le place creer a mi médico y a estos otros mis afligidos servidores, oirá la verdad, y que, gracias a Dios, desprecio la muerte, que protesto recibo inocente de todo crimen, aun si fuera su súbdita, que nunca lo fui. Pero mi fe en la religión católica y mis derechos al trono de Inglaterra son las verdaderas causas de mi condena, y aun así no me permiten decir que es por religión que muero, porque mi religión mata la suya; y eso es tan cierto, que me han quitado a mi capellán, quien, aunque prisionero en el mismo castillo, no puede venir ni a consolarme ni a darme el santo sacramento de la eucaristía; por el contrario, me han hecho insistentes ruegos para que reciba los consuelos de su ministro, a quien han traído para este fin. Quien le lleve esta carta, y el resto de mis servidores, que en su mayoría son sus súbditos, le darán testimonio de la manera en que habré realizado mi último acto. Ahora me queda suplicarle, como rey cristianísimo, como mi cuñado, como mi antiguo aliado, y como quien tantas veces ha tenido a bien protestar su amistad por mí, que dé prueba de esa amistad, en su virtud y caridad, ayudándome en aquello de lo que no puedo, sin usted, descargar mi conciencia; es decir, recompensando a mis buenos y afligidos servidores, dándoles lo que se les debe; luego, haciendo que se eleven oraciones a Dios por una reina que fue llamada cristianísima, y que muere católica y despojada de todos sus bienes. En cuanto a mi hijo, se lo encomiendo en la medida en que lo merezca, pues no puedo responder por él; pero a mis servidores, se los encomiendo con las manos juntas. Me he tomado la libertad de enviarle dos piedras raras buenas para la salud, esperando que la suya sea perfecta durante una larga vida; las recibirá como venidas de su muy afectuosa cuñada, al borde de la muerte y dando prueba de su buena disposición hacia usted.
"Recomendaré a mis servidores ante usted en un memorándum, y le encargaré, por el bien de mi alma, para cuya salvación será empleado, que me pague una parte de lo que me debe, si así lo desea, y le conjuro por el honor de Jesús, a quien oraré mañana en mi muerte, que me deje lo necesario para fundar una misa y realizar las caridades necesarias.
"Este miércoles, dos horas después de la medianoche—Su afectuosa y buena hermana, "MARÍA, R...."
De todas estas recomendaciones, el testamento y las cartas, la reina hizo de inmediato copias que firmó, para que, si algunas fueran confiscadas por los ingleses, las otras pudieran llegar a su destino. Bourgoin le hizo notar que se equivocaba al apresurarse tanto en cerrarlas, y que quizá en dos o tres horas recordaría que había olvidado algo. Pero la reina no le prestó atención, diciendo que estaba segura de no haber olvidado nada, y que si así fuera, ya sólo le quedaba tiempo para rezar y cuidar su conciencia. Así que guardó todos los diferentes documentos en los cajones de un mueble y le dio la llave a Bourgoin; luego, pidiendo una bañera para los pies, en la que permaneció unos diez minutos, se acostó en la cama, donde no se la vio dormir, sino repetir constantemente oraciones o permanecer en meditación.
Hacia las cuatro de la mañana, la reina, que tenía por costumbre, después de las oraciones de la noche, que se le leyera en voz alta la historia de algún santo o santa, no quiso apartarse de este hábito, y, tras dudar entre varios para esta ocasión solemne, eligió al mayor pecador de todos, el ladrón penitente, diciendo humildemente—
"Si, siendo tan gran pecador, ha pecado menos que yo, deseo rogarle, en memoria de la pasión de Jesucristo, que tenga piedad de mí en la hora de mi muerte, como Nuestro Señor tuvo piedad de él."
Luego, cuando terminó la lectura, hizo traer todos sus pañuelos y eligió el más fino, que era de delicado batista todo bordado en oro, para vendarse los ojos.
Al amanecer, reflexionando que sólo le quedaban dos horas de vida, se levantó y comenzó a vestirse, pero antes de terminar, Bourgoin entró en su habitación y, temiendo que los sirvientes ausentes pudieran murmurar contra la reina, si por casualidad estaban descontentos con el testamento, y pudieran acusar a los presentes de haberles quitado parte de su herencia para añadirla a la propia, rogó a María que los mandara llamar a todos y lo leyera en su presencia; a lo cual María accedió y consintió hacerlo de inmediato.
Entonces se llamó a todos los sirvientes, y la reina leyó su testamento, diciendo que lo hacía por su propia voluntad, libre, plena y entera, escrito y firmado de su puño y letra, y que por ello rogaba a los presentes que pusieran todo de su parte para que se cumpliera sin cambio ni omisión; luego, habiéndolo leído y habiendo recibido la promesa de todos, se lo entregó a Bourgoin, encargándole que lo enviara al señor de Guisa, su principal albacea, y al mismo tiempo remitiera sus cartas al rey y sus principales papeles y memorandos: después de esto, hizo traer el cofre en el que había puesto las bolsas que mencionamos antes; las abrió una tras otra y, viendo por la etiqueta para quién era cada una, las distribuyó con su propia mano, sin que los destinatarios supieran su contenido. Estos obsequios variaban de veinte a trescientos escudos; y a estas sumas añadió setecientas libras para los pobres, es decir, doscientas para los pobres de Inglaterra y quinientas para los pobres de Francia; luego dio a cada hombre de su séquito dos nobles de oro para ser distribuidos en limosna en su nombre, y finalmente ciento cincuenta escudos a Bourgoin para que los repartiera entre todos cuando se separaran; y así, veintiséis o veintisiete personas recibieron legados en dinero.
La reina realizó todo esto con gran compostura y calma, sin mostrar alteración alguna en el rostro; de modo que parecía que solo se preparaba para un viaje o un cambio de residencia; luego volvió a despedirse de sus sirvientes, consolándolos y exhortándolos a vivir en paz, mientras terminaba de vestirse tan bien y elegantemente como podía.
Terminada su toilette, la reina pasó de su sala de recepción a la antesala, donde había un altar dispuesto y arreglado, en el que, antes de que se lo quitaran, su capellán solía decir misa; y arrodillada en los escalones, rodeada de todos sus sirvientes, comenzó las oraciones de comunión, y cuando terminaron, sacando de una caja de oro una hostia consagrada por Pío V, que siempre había guardado escrupulosamente para la ocasión de su muerte, le dijo a Bourgoin que la tomara, y, como era el de mayor edad, que hiciera las veces de sacerdote, pues la vejez es santa y sagrada; y de este modo, a pesar de todas las precauciones tomadas para privarla de ello, la reina recibió el santo sacramento de la eucaristía.
Terminada esta piadosa ceremonia, Bourgoin le dijo a la reina que en su testamento había olvidado a tres personas: las señoritas Beauregard, de Montbrun y su capellán. La reina se sorprendió mucho de este descuido, que fue totalmente involuntario, y, recuperando su testamento, escribió sus deseos respecto a ellas en el primer margen vacío; luego volvió a arrodillarse en oración; pero al poco, como sufría demasiado en esa posición, se levantó, y Bourgoin, habiéndole traído un poco de pan y vino, comió y bebió, y cuando terminó, le dio la mano y le agradeció por haber estado presente para ayudarla en su última comida, como solía hacerlo; y sintiéndose más fuerte, volvió a arrodillarse y comenzó a rezar de nuevo.
Apenas lo había hecho, cuando se oyó un golpe en la puerta: la reina comprendió lo que se le pedía; pero como no había terminado de rezar, rogó a quienes venían a buscarla que esperaran un momento, y en unos minutos estaría lista.
Los condes de Kent y Shrewsbury, recordando la resistencia que había mostrado cuando tuvo que bajar ante los comisionados y comparecer ante los abogados, apostaron algunos guardias en la antesala donde ellos mismos esperaban, para poder llevársela por la fuerza si era necesario, en caso de que se negara a ir voluntariamente o si sus sirvientes intentaban defenderla; pero es falso que los dos barones entraran en su habitación, como algunos han dicho. Solo pusieron el pie allí una vez, en la ocasión que hemos relatado, cuando vinieron a comunicarle su sentencia.
Esperaron algunos minutos, no obstante, como la reina les había pedido; luego, hacia las ocho, volvieron a llamar, acompañados de los guardias; pero para su gran sorpresa la puerta se abrió de inmediato, y encontraron a María de rodillas en oración. Ante esto, sir Thomas Andrew, que en ese momento era el alguacil del condado de Nottingham, entró solo, con una vara blanca en la mano, y como todos permanecían de rodillas rezando, cruzó la habitación con paso lento y se situó detrás de la reina: esperó un momento allí, y como María Estuardo no parecía verlo—
—Señora —dijo—, los condes me envían a usted.
Ante estas palabras la reina se volvió, y levantándose de inmediato en medio de su oración, —Vamos —respondió, y se dispuso a seguirlo; entonces Bourgoin, tomando la cruz de madera negra con un Cristo de marfil que estaba sobre el altar, dijo—
—Señora, ¿no querría llevar esta pequeña cruz?
—Gracias por recordármelo —respondió María—; tenía la intención de hacerlo, pero lo olvidé. Luego, entregándosela a Annibal Stewart, su ayuda de cámara, para que la presentara cuando ella la pidiera, comenzó a dirigirse a la puerta y, debido al gran dolor en sus miembros, se apoyó en Bourgoin, quien, al acercarse, de repente la soltó, diciendo—
—Señora, vuestra majestad sabe si la amamos, y todos, tal como somos, estamos dispuestos a obedecerla si nos manda morir por usted; pero yo, yo no tengo fuerzas para llevarla más lejos; además, no es digno que nosotros, que deberíamos defenderla hasta la última gota de nuestra sangre, parezcamos traicionarla entregándola así en manos de estos infames ingleses.
—Tienes razón, Bourgoin —dijo la reina—; además, mi muerte sería un espectáculo triste para ti, que debo ahorrarle a tu edad y a tu amistad. Señor alguacil —añadió—, llame a alguien para que me ayude, pues ve que no puedo caminar.
El alguacil se inclinó e hizo una seña a dos guardias que había mantenido ocultos tras la puerta para que le ayudaran en caso de que la reina se resistiera, para que se acercaran y la sostuvieran; lo cual hicieron de inmediato; y María Estuardo siguió su camino, precedida y seguida por sus sirvientes, que lloraban y se retorcían las manos. Pero en la segunda puerta otros guardias los detuvieron, diciéndoles que no podían avanzar más. Todos protestaron contra tal prohibición: dijeron que, durante los diecinueve años que habían estado encerrados con la reina, siempre la habían acompañado dondequiera que fuera; que era espantoso privar a su señora de sus servicios en el último momento, y que tal orden, sin duda, se había dado porque querían practicar alguna crueldad espantosa con ella, de la que no deseaban testigos. Bourgoin, que estaba a la cabeza, viendo que no conseguía nada ni con amenazas ni con ruegos, pidió hablar con los condes; pero tampoco se le permitió, y como los sirvientes quisieron pasar por la fuerza, los soldados los rechazaron a golpes de arcabuz; entonces, alzando la voz—
—No está bien que impidan que mis sirvientes me sigan —dijo la reina—, y empiezo a pensar, como ellos, que tienen alguna mala intención conmigo más allá de mi muerte.
El alguacil respondió: —Señora, cuatro de sus sirvientes han sido elegidos para seguirla, y no más; cuando haya bajado, los llamarán y se reunirán con usted.
—¿Cómo? —dijo la reina—, ¿ni siquiera ahora pueden seguirme las cuatro personas elegidas?
—Así lo ordenan los condes —respondió el alguacil—, y, para mi gran pesar, señora, no puedo hacer nada.
Entonces la reina se volvió hacia ellos, y tomando la cruz de manos de Annibal Stewart, y en la otra su libro de Horas y su pañuelo, —Hijos míos —dijo—, este es un dolor más que se suma a nuestros otros dolores; soportémoslo como cristianos y ofrezcamos este nuevo sacrificio a Dios.
Ante estas palabras estallaron sollozos y gritos por todas partes: los desdichados sirvientes cayeron de rodillas, y mientras unos se revolcaban por el suelo, arrancándose los cabellos, otros besaban sus manos, sus rodillas y el borde de su vestido, pidiéndole perdón por cualquier posible falta, llamándola madre y despidiéndose de ella. Sin duda, viendo que esta escena duraba demasiado, el alguacil hizo una señal y los soldados empujaron a los hombres y mujeres de nuevo a la habitación y cerraron la puerta tras ellos; aun así, por más cerrada que estuviera la puerta, la reina no dejó de oír sus gritos y lamentos, que parecían, a pesar de los guardias, acompañarla hasta el cadalso.
En lo alto de la escalera, la reina encontró a Andrew Melville esperándola: era el mayordomo de su casa, que había estado apartado de ella durante algún tiempo, y a quien por fin se le permitía verla una vez más para despedirse. La reina, apresurando el paso, se acercó a él y, arrodillándose para recibir su bendición, que él le dio llorando—
—Melville —dijo ella, sin levantarse, y tratándolo de "tú" por primera vez—, así como has sido un fiel servidor para mí, sé igual con mi hijo: búscalo en cuanto muera y cuéntale todo con detalle; dile que le deseo el bien y que ruego a Dios que le envíe su Santo Espíritu.
"Señora," respondió Melville, "ciertamente este es el mensaje más triste con el que un hombre puede ser encargado: no importa, lo cumpliré fielmente, se lo juro."
"¿Qué dices, Melville?" replicó la reina, levantándose; "¿y qué mejor noticia podrías llevar, por el contrario, que la de que me he librado de todos mis males? Dile que debe alegrarse, pues los sufrimientos de María Estuardo han llegado a su fin; dile que muero católica, constante en mi religión, fiel a Escocia y Francia, y que perdono a quienes me dan muerte. Dile que siempre he deseado la unión de Inglaterra y Escocia; dile, por último, que no he hecho nada perjudicial para su reino, su honor ni sus derechos. Y así, buen Melville, hasta que nos encontremos de nuevo en el cielo."
Luego, apoyándose en el anciano, cuyo rostro estaba bañado en lágrimas, descendió la escalera, al pie de la cual encontró a los dos condes, a sir Henry Talbot, hijo de lord Shrewsbury, a Amyas Paulet, Drue Drury, Robert Beale y a muchos caballeros del vecindario: la reina, avanzando hacia ellos sin orgullo, pero sin humildad, se quejó de que a sus sirvientes se les hubiera negado el permiso de acompañarla, y pidió que se les concediera. Los lores consultaron entre sí; y un momento después el conde de Kent preguntó cuáles deseaba tener, diciendo que se le permitiría llevar a seis. Así, la reina eligió entre los hombres a Bourgoin, Gordon, Gervais y Didier; y entre las mujeres a Jeanne Kennedy y Elspeth Curle, las que prefería sobre todas, aunque la última era hermana del secretario que la había traicionado. Pero aquí surgió una nueva dificultad, pues los condes dijeron que ese permiso no se extendía a las mujeres, ya que no era costumbre que ellas presenciaran tales espectáculos y, cuando lo hacían, solían perturbar a todos con gritos y lamentos, y, tan pronto como terminaba la decapitación, corrían al cadalso para detener la sangre con sus pañuelos, lo que consideraban un proceder muy impropio.
"Mis señores," dijo entonces la reina, "respondo y prometo por mis sirvientes que no harán nada de lo que vuestras mercedes temen. ¡Ay! ¡Pobres gentes! Estarían muy contentos de poder despedirse de mí; y espero que vuestra señora, siendo una reina doncella, y por tanto sensible al honor de las mujeres, no os haya dado órdenes tan estrictas que no podáis concederme lo poco que pido; tanto más," añadió con un tono profundamente triste, "que mi rango debería ser tomado en consideración; pues en verdad soy prima de vuestra reina, nieta de Enrique VII, reina viuda de Francia y coronada reina de Escocia."
Los lores consultaron entre sí por un momento más y concedieron sus peticiones. En consecuencia, dos guardias subieron de inmediato a buscar a las personas elegidas.
La reina avanzó entonces hacia el gran salón, apoyada en dos de los caballeros de sir Amyas Paulet, acompañada y seguida por los condes y lores, el alguacil caminando delante de ella y Andrew Melville llevando su cola. Su vestido, escogido con el mayor esmero, como hemos dicho, consistía en una cofia de fino batista, adornada con encaje, con un velo de encaje echado hacia atrás y cayendo hasta el suelo. Llevaba una capa de satén negro estampado forrada de tafetán negro y ribeteada al frente con marta, con una larga cola y mangas que arrastraban; los botones eran de azabache en forma de bellotas y rodeados de perlas, su cuello al estilo italiano; su jubón era de satén negro labrado, y debajo llevaba un corsé, ajustado por detrás, de satén carmesí, ribeteado de terciopelo del mismo color; una cruz de oro colgaba de su cuello por una cadena de pomandera, y dos rosarios en su cintura: así entró en el gran salón donde estaba erigido el cadalso.
Era una plataforma de unos doce pies de ancho, elevada unos sesenta centímetros del suelo, rodeada de barandillas y cubierta de sarga negra, y sobre ella había una pequeña silla, un cojín para arrodillarse y un bloque también cubierto de negro. Justo cuando, tras subir los escalones, puso el pie en las fatídicas tablas, el verdugo se adelantó y, pidiendo perdón por el deber que estaba a punto de cumplir, se arrodilló, ocultando tras de sí el hacha. Sin embargo, María la vio y exclamó—
"¡Ah! ¡Hubiera preferido ser decapitada a la francesa, con una espada!..."
"No es culpa mía, señora," dijo el verdugo, "si este último deseo de su Majestad no puede cumplirse; pero, al no haber recibido instrucciones de traer una espada, y habiendo encontrado solo este hacha aquí, me veo obligado a usarla. ¿Eso impedirá que me perdone?"
"Te perdono, amigo mío," dijo María, "y en prueba de ello, aquí tienes mi mano para besar."
El verdugo posó sus labios en la mano de la reina, se levantó y se acercó a la silla. María se sentó, y los condes de Kent y Shrewsbury de pie a su izquierda, el alguacil y sus oficiales delante de ella, Amyas Paulet detrás, y fuera de la barandilla los lores, caballeros y gentileshombres, cerca de doscientos cincuenta, Robert Beale leyó por segunda vez la orden de ejecución, y mientras comenzaba, los sirvientes que habían ido a buscar entraron en el salón y se colocaron detrás del cadalso, los hombres subidos a un banco arrimado a la pared y las mujeres arrodilladas delante de él; y un pequeño spaniel, al que la reina tenía mucho cariño, llegó silenciosamente, como temiendo ser ahuyentado, y se acostó junto a su dueña.
La reina escuchó la lectura de la orden sin parecer prestar mucha atención, como si se tratara de otra persona, y con un semblante tan sereno e incluso alegre como si se tratara de un perdón y no de una sentencia de muerte; luego, cuando Beale terminó, y habiendo terminado, gritó en voz alta: "¡Dios salve a la reina Isabel!" a lo que nadie respondió, María se persignó y, levantándose sin cambiar de expresión, y, por el contrario, más hermosa que nunca—
"Mis señores," dijo, "soy una princesa soberana nacida reina y no estoy sujeta a la ley,—parienta cercana de la reina de Inglaterra y su legítima heredera; durante mucho tiempo he sido prisionera en este país, he sufrido aquí muchas tribulaciones y muchos males que nadie tenía derecho a infligirme, y ahora, para colmo, estoy a punto de perder la vida. Bien, mis señores, sean testigos de que muero en la fe católica, dando gracias a Dios por permitirme morir por Su santa causa, y protestando, hoy como cada día, en público como en privado, que nunca he conspirado, consentido ni deseado la muerte de la reina, ni ninguna otra cosa contra su persona; sino que, por el contrario, siempre la he amado y siempre le he ofrecido condiciones buenas y razonables para poner fin a los disturbios del reino y liberarme de mi cautiverio, sin que jamás haya sido honrada con una respuesta suya; y todo esto, mis señores, lo saben bien. Finalmente, mis enemigos han alcanzado su fin, que era darme muerte: no los perdono menos por ello que a todos los que han intentado algo contra mí. Después de mi muerte, se conocerán los autores de ella. Pero muero sin acusar a nadie, por temor a que el Señor me escuche y me vengue."
Ante esto, ya fuera por temor a que un discurso así de una reina tan grande ablandara demasiado a la asamblea, o porque consideraba que todas esas palabras demoraban demasiado, el deán de Peterborough se colocó ante María y, apoyándose en la barandilla—
"Señora," dijo, "mi muy honrada señora me ha ordenado venir a usted—" Pero ante estas palabras, María, volviéndose e interrumpiéndolo:
"Señor deán," respondió en voz alta, "no tengo nada que ver con usted; no deseo oírle, y le ruego que se retire."
"Señora," dijo el deán, insistiendo a pesar de esta resolución expresada en términos tan firmes y precisos, "le queda solo un momento: cambie de opinión, abjure de sus errores y ponga su fe solo en Jesucristo, para que pueda salvarse por Él."
"Todo lo que pueda decir es inútil," replicó la reina, "y no conseguirá nada con ello; guarde silencio, se lo ruego, y déjeme morir en paz."
Y al ver que él quería continuar, se sentó al otro lado de la silla y le dio la espalda; pero el deán inmediatamente rodeó el cadalso hasta quedar frente a ella de nuevo; entonces, cuando iba a hablar, la reina volvió a girar y se sentó como al principio. Viendo esto, el conde de Shrewsbury dijo—
"Señora, en verdad me desespera que esté tan apegada a esta locura del papado: permítanos, si le place, orar por usted."
"Mi señor," respondió la reina, "si desea orar por mí, se lo agradezco, pues la intención es buena; pero no puedo unirme a sus oraciones, porque no somos de la misma religión."
Los condes entonces llamaron al deán, y mientras la reina, sentada en su pequeña silla, rezaba en voz baja, él, arrodillado en los escalones del cadalso, oraba en voz alta; y toda la asamblea, excepto la reina y sus sirvientes, rezaba tras él; luego, en medio de su oración, que decía con su Agnus Dei al cuello, un crucifijo en una mano y su libro de Horas en la otra, cayó de su asiento de rodillas, rezando en voz alta en latín, mientras los demás oraban en inglés, y cuando los otros guardaron silencio, ella continuó en inglés a su vez, para que la oyeran, orando por la afligida Iglesia de Cristo, por el fin de la persecución de los católicos y por la felicidad del reinado de su hijo; luego dijo, con acentos llenos de fe y fervor, que esperaba salvarse por los méritos de Jesucristo, a los pies de cuya cruz iba a derramar su sangre.
Ante estas palabras, el conde de Kent no pudo contenerse más, y sin respeto por la santidad del momento—
—Oh, señora —dijo—, ponga a Jesucristo en su corazón y rechace toda esa basura de engaños papistas.
Pero ella, sin escuchar, continuó, pidiendo a los santos que intercedieran ante Dios por ella, y besando el crucifijo, exclamó—
—¡Señor! ¡Señor! ¡Recíbeme en tus brazos extendidos en la cruz y perdóname todos mis pecados!
Entonces, estando de nuevo sentada en la silla, el conde de Kent le preguntó si tenía alguna confesión que hacer; a lo que ella respondió que, no siendo culpable de nada, confesar sería darse a sí misma la mentira.
—Está bien —respondió el conde—; entonces, señora, prepárese.
La reina se levantó, y al acercarse el verdugo para ayudarla a desvestirse—
—Permítame, amigo mío —dijo ella—; sé hacerlo mejor que usted y no estoy acostumbrada a desvestirme ante tantos espectadores, ni a ser servida por tales criados.
Y entonces, llamando a sus dos mujeres, comenzó a desabrocharse el tocado, y como Jeanne Kennedy y Elspeth Curle, mientras cumplían este último servicio para su señora, no podían evitar llorar amargamente—
—No lloren —les dijo en francés—; porque he prometido y respondido por ustedes.
Con estas palabras, hizo la señal de la cruz en la frente de cada una, las besó y les recomendó que rezaran por ella.
Luego la reina comenzó a desvestirse, ayudándose como solía hacer al prepararse para dormir, y tomando la cruz de oro de su cuello, quiso dársela a Jeanne, diciendo al verdugo—
—Amigo mío, sé que todo lo que llevo me pertenece, pero esto no es de su interés: permítame, por favor, dárselo a esta joven, y ella le dará el doble de su valor en dinero.
Pero el verdugo, apenas dejándola terminar, se la arrebató de las manos diciendo—
—Es mi derecho.
La reina no se conmovió mucho por esta brutalidad y continuó quitándose las prendas hasta quedar solo en su enagua.
Así, despojada de todo atuendo, volvió a sentarse, y Jeanne Kennedy, acercándose, sacó de su bolsillo el pañuelo de batista bordado en oro que había preparado la noche anterior y le vendó los ojos; lo cual los condes, señores y caballeros miraron con gran sorpresa, pues no era costumbre en Inglaterra, y como ella pensaba que iba a ser decapitada a la manera francesa —es decir, sentada en la silla—, se mantuvo erguida, inmóvil y con el cuello rígido para facilitarle la tarea al verdugo, quien, por su parte, sin saber cómo proceder, permanecía de pie, sin golpear, con el hacha en la mano: por fin el hombre puso la mano sobre la cabeza de la reina y, tirando de ella hacia adelante, la hizo caer de rodillas: María entonces comprendió lo que se le pedía y, tanteando el bloque con las manos, que aún sostenían su libro de Horas y su crucifijo, apoyó el cuello sobre él, con las manos juntas bajo la barbilla, para poder orar hasta el último momento: el ayudante del verdugo se las apartó, por temor a que fueran cortadas junto con la cabeza; y mientras la reina decía: "In manus tuas, Domine", el verdugo levantó su hacha, que no era más que un hacha para cortar leña, y asestó el primer golpe, que fue demasiado alto y, al atravesar el cráneo, hizo que el crucifijo y el libro salieran volando de las manos de la condenada por la violencia, pero no separó la cabeza. Sin embargo, aturdida por el golpe, la reina no hizo movimiento alguno, lo que dio tiempo al verdugo para redoblarlo; pero aun así la cabeza no cayó, y fue necesario un tercer golpe para desprender un jirón de carne que la mantenía unida a los hombros.
Por fin, cuando la cabeza estuvo completamente separada, el verdugo la sostuvo en alto para mostrarla a la asamblea, diciendo:
—¡Dios salve a la reina Isabel!
—¡Así perezcan todos los enemigos de Su Majestad! —respondió el deán de Peterborough.
—Amén —dijo el conde de Kent; pero fue el único: ninguna otra voz pudo responder, pues todos estaban ahogados por los sollozos.
En ese momento, al caerse el tocado de la reina, se descubrió su cabello, cortado muy corto y tan blanco como si tuviera setenta años: en cuanto a su rostro, había cambiado tanto durante la agonía que nadie lo habría reconocido de no saber que era el suyo. Los espectadores gritaron al ver esto; pues, espantoso de contemplar, los ojos estaban abiertos y los párpados seguían moviéndose como si aún quisieran rezar, y este movimiento muscular duró más de un cuarto de hora después de haber sido cortada la cabeza.
Los sirvientes de la reina se precipitaron sobre el cadalso, recogiendo el libro de Horas y el crucifijo como reliquias; y Jeanne Kennedy, recordando al perrito que había ido con su dueña, lo buscó por todas partes, llamándolo y buscándolo, pero lo hizo en vano. Había desaparecido.
En ese momento, cuando uno de los verdugos desataba las ligas de la reina, que eran de satén azul bordadas en plata, vio al pobre animalito, que se había escondido en su enagua y que tuvo que sacar a la fuerza; luego, escapando de sus manos, fue a refugiarse entre los hombros de la reina y su cabeza, que el verdugo había dejado cerca del tronco. Jeanne lo tomó entonces, a pesar de sus aullidos, y se lo llevó, cubierto de sangre; pues acababan de ordenar a todos que abandonaran la sala. Bourgoin y Gervais se quedaron, suplicando a Sir Amyas Paulet que les permitiera llevarse el corazón de la reina, para poder llevarlo a Francia, como le habían prometido; pero se les negó duramente y los empujaron fuera de la sala, cuyas puertas se cerraron, y allí solo quedaron el verdugo y el cadáver.
Brantôme relata que allí ocurrió algo infame.



