Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE X. The camp of the Volsces
Capítulo 112 de 818 · 1 min de lectura
Un toque de trompetas. Cornetas. Entran Tulo Aufidio, ensangrentado, con dos o tres soldados.
AUFIDIO. La ciudad ha sido tomada.
SOLDADO. Será devuelta bajo buenas condiciones.
AUFIDIO. ¿Condiciones? Ojalá fuera romano, pues no puedo, siendo volscio, ser lo que soy. ¿Condiciones? ¿Qué buenas condiciones puede hallar un tratado para la parte que está a merced? Cinco veces, Marcio, he luchado contigo; tantas veces me has vencido y creo que lo harías, si nos encontráramos tan a menudo como comemos. Por los elementos, si alguna vez vuelvo a enfrentarlo cara a cara, será mío o yo seré suyo. Mi emulación ya no tiene el honor que tenía; pues donde pensaba aplastarlo con igual fuerza, espada contra espada, ahora lo atacaré de cualquier modo, ya sea por ira o por astucia.
SOLDADO. Él es el diablo.
AUFIDIO. Más audaz, aunque no tan sutil. Mi valor está envenenado solo por la mancha de sufrir a manos de él; por él saldrá de sí mismo. Ni el sueño ni el santuario, estando desnudo, enfermo, ni templo ni Capitolio, las oraciones de los sacerdotes ni los tiempos de sacrificio, ningún impedimento de furia, levantarán su podrido privilegio y costumbre contra mi odio a Marcio. Donde lo encuentre, sea en casa, bajo la guardia de mi hermano, incluso allí, contra la ley de la hospitalidad, lavaría mi fiera mano en su corazón. Vayan a la ciudad; averigüen cómo se sostiene y quiénes deben ser rehenes para Roma.
SOLDADO. ¿No irá usted?
AUFIDIO. Me esperan en el bosque de cipreses. Les ruego— Está al sur de los molinos de la ciudad,—tráiganme noticias allí de cómo va el mundo, para que al ritmo de ello pueda yo apurar mi viaje.
SOLDADO. Así lo haré, señor.
[Salen.]
ACTO II



