Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE II. Rome. The Capitol
Capítulo 114 de 818 · 5 min de lectura
Entran dos oficiales, para colocar cojines, como si fuera en el Capitolio.
PRIMER OFICIAL. Vamos, vamos. Ya casi llegan. ¿Cuántos se postulan para cónsules?
SEGUNDO OFICIAL. Tres, dicen; pero todos piensan que Coriolano será quien lo consiga.
PRIMER OFICIAL. Es un hombre valiente, pero es terriblemente orgulloso y no ama al pueblo llano.
SEGUNDO OFICIAL. En verdad, ha habido muchos grandes hombres que han halagado al pueblo sin jamás amarlo; y hay muchos a quienes el pueblo ha amado sin saber por qué; así que, si aman sin saber por qué, odian sin mejor razón. Por lo tanto, que a Coriolano no le importe si lo aman u odian demuestra el verdadero conocimiento que tiene de su carácter y, con su noble indiferencia, se los deja ver claramente.
PRIMER OFICIAL. Si de verdad no le importara tener su amor o no, se mantendría indiferente entre hacerles bien o mal; pero busca su odio con mayor empeño del que ellos pueden darle y no deja nada sin hacer para que lo vean como su contrario. Ahora, parecer que se complace en el rencor y desagrado del pueblo es tan malo como aquello que él desprecia: halagarlos para ganarse su amor.
SEGUNDO OFICIAL. Ha merecido dignamente de su patria, y su ascenso no ha sido por pasos tan fáciles como aquellos que, siendo flexibles y corteses con el pueblo, se han quitado el sombrero y, sin más acción, han logrado su estima y reputación; pero él ha plantado sus honores ante sus ojos y sus acciones en sus corazones, de modo que, si sus lenguas callaran y no confesaran tanto, sería una especie de ingrata injuria. Decir lo contrario sería una malicia que, al darse a sí misma la mentira, atraería el reproche y la censura de todos los que la oyeran.
PRIMER OFICIAL. No más de él; es un hombre digno. Abran paso. Ya vienen.
Un toque de trompetas. Entran los Patricios y los Tribunos del pueblo, con Lictores delante; Coriolano, Menenio, Cominio el cónsul. Los Patricios se sientan. Sicinio y Bruto toman sus lugares aparte. Coriolano permanece de pie.
MENENIO. Habiendo decidido sobre los volscos y de enviar por Tito Larcio, queda, como punto principal de esta reunión, gratificar el noble servicio de quien así ha defendido a su patria. Por tanto, les ruego, venerables y graves ancianos, que pidan al actual cónsul y último general en nuestros bien logrados éxitos que relate un poco de la digna labor realizada por Cayo Marcio Coriolano, a quien aquí nos reunimos tanto para agradecer como para recordar con honores dignos de él.
[Coriolano se sienta.]
PRIMER SENADOR. Habla, buen Cominio. No omitas nada por brevedad, y haznos pensar más bien que nuestro Estado es deficiente en recompensarlo, que nosotros en exagerar. Señores del pueblo, solicitamos su más amable atención y, después, su favorable disposición hacia el cuerpo común para conceder lo que aquí se decida.
SICINIO. Estamos reunidos en un tratado placentero y tenemos el corazón inclinado a honrar y exaltar el tema de nuestra asamblea.
BRUTO. Lo cual, con mayor razón, nos sentiremos bendecidos de hacer si él recuerda un aprecio más amable por el pueblo del que hasta ahora les ha tenido.
MENENIO. ¡Eso no, eso no! Hubiera preferido que guardaran silencio. ¿Quieren escuchar a Cominio?
BRUTO. Muy gustosamente. Pero aun así, mi advertencia era más pertinente que el reproche que le das.
MENENIO. Él ama a su pueblo, pero no lo aten a ser su compañero de lecho.—Digno Cominio, habla.
[Coriolano se levanta y hace ademán de marcharse.]
No, mantén tu lugar.
PRIMER SENADOR. Siéntate, Coriolano. Nunca te avergüences de oír lo que has hecho noblemente.
CORIOLANO. Señores, perdón. Preferiría volver a curar mis heridas que escuchar cómo las obtuve.
BRUTO. Señor, espero que mis palabras no lo hayan incomodado.
CORIOLANO. No, señor. Sin embargo, a menudo, cuando los golpes me hicieron detenerme, huí de las palabras. No me halagó, por tanto no me hirió; pero a su pueblo, lo amo según lo que valen.
MENENIO. Por favor, siéntate ahora.
CORIOLANO. Preferiría que alguien me rascara la cabeza al sol cuando suena la alarma, que sentarme ocioso a escuchar cómo mis insignificancias se agrandan.
[Sale.]
MENENIO. Señores del pueblo, ¿cómo podría él halagar a su prole multiplicada—que es mil por cada uno bueno—cuando ahora ven que prefiere arriesgar todos sus miembros por honor antes que uno de sus oídos para oírlo?—Continúa, Cominio.
COMINIO. Me faltará voz. Los hechos de Coriolano no deben ser relatados débilmente. Se dice que el valor es la principal virtud y la que más dignifica a quien la posee; si es así, el hombre de quien hablo no tiene igual en el mundo. A los dieciséis años, cuando Tarquino se alzó contra Roma, luchó más allá de lo que otros lograron. Nuestro entonces dictador, a quien señalo con toda alabanza, lo vio pelear cuando, con su mentón de amazona, empujó los labios erizados delante de él. Se interpuso sobre un romano sobrepasado y, a la vista del cónsul, mató a tres adversarios. Al propio Tarquino enfrentó y lo hirió en la rodilla. En las hazañas de aquel día, cuando pudo actuar como mujer en la escena, demostró ser el mejor hombre en el campo y, como recompensa, fue coronado con laurel de roble. Así, en su juventud, ya hecho hombre, creció como el mar, y en el fragor de diecisiete batallas desde entonces superó a todos en lauros. Por esta última, antes y en Corioles, permítanme decir, no puedo describirlo cabalmente. Detuvo a los que huían y, con su raro ejemplo, hizo que el cobarde convirtiera el terror en juego. Como maleza ante un navío en vela, así los hombres obedecían y caían bajo su proa. Su espada, sello de la muerte, donde marcaba, tomaba; de rostro a pie era un ser de sangre, cuyos movimientos se acompasaban con gritos de agonía. Solo entró por la puerta mortal de la ciudad, que pintó con destino ineludible; salió sin ayuda y, con un refuerzo repentino, atacó Corioles como un astro. Ahora todo es suyo, cuando pronto el estruendo de la guerra penetró su sentido alerta; entonces, de inmediato, su espíritu redoblado reanimó lo que en carne estaba fatigado, y acudió a la batalla, donde pasó humeante sobre las vidas de los hombres como si fuera un saqueo perpetuo; y hasta que declaramos nuestro tanto el campo como la ciudad, nunca se detuvo a aliviar su pecho jadeante.
MENENIO. ¡Digno hombre!
PRIMER SENADOR. No puede sino recibir honores acordes a la medida que le destinamos.
COMINIO. Despreció nuestros despojos; y miró las cosas preciosas como si fueran el estiércol común del mundo. Codicia menos de lo que la miseria misma aceptaría, recompensa sus hechos con hacerlos, y se conforma con dedicar el tiempo a concluirlos.
MENENIO. Es verdaderamente noble. Que lo llamen.
PRIMER SENADOR. Llamen a Coriolano.
OFICIAL. Aquí está.
Entra Coriolano.
MENENIO. El Senado, Coriolano, se complace en nombrarte cónsul.
CORIOLANO. Sigo debiéndoles mi vida y mis servicios.
MENENIO. Entonces queda que hables al pueblo.
CORIOLANO. Les ruego me permitan omitir esa costumbre, pues no puedo ponerme la toga, quedarme desnudo y suplicarles que, por mis heridas, me den su voto. Permítanme evitar ese trámite.
SICINIO. Señor, el pueblo debe dar su voto; tampoco omitirán ni un ápice de la ceremonia.
MENENIO. No los obligue a ello. Por favor, vaya y adáptese a la costumbre, y tome para usted, como lo hicieron sus predecesores, su honor con su forma.
CORIOLANO. Es un papel que me sonrojará al interpretarlo, y bien podría serle quitado al pueblo.
BRUTO. ¿Escucharon eso?
CORIOLANO. Jactarme ante ellos, “¡así hice, y así!” Mostrarles las cicatrices que no duelen y que debería ocultar, ¡como si las hubiera recibido solo por el favor de su aliento!
MENENIO. No insista en ello.—Recomendamos a ustedes, tribunos del pueblo, nuestro propósito, y a nuestro noble cónsul le deseamos toda alegría y honor.
SENADORES. ¡A Coriolano, toda alegría y honor!
[Toque de cornetas. Salen todos menos Sicinio y Bruto.]
BRUTO. Ven cómo piensa tratar al pueblo.
SICINIO. ¡Ojalá perciban su intención! Les pedirá como si despreciara lo que solicita, que está en ellos conceder.
BRUTO. Vamos, informémosles de lo que aquí ha sucedido. En la plaza sé que nos esperan.
[Salen.]



