Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE V. Rome. Another room in Philario’s house.

Capítulo 144 de 818 · 1 min de lectura

Entra Postumo.

POSTUMO. ¿No hay manera de que los hombres sean, sin que las mujeres deban ser medio artífices? Todos somos bastardos, y aquel hombre tan venerable a quien llamé mi padre, no sé dónde estaba cuando fui engendrado. Algún falsificador, con sus herramientas, me hizo un falso; sin embargo, mi madre parecía la Diana de aquel tiempo. Así también mi esposa, la sin igual de este. ¡Oh, venganza, venganza! Ella me privó de mi legítimo placer, y muchas veces me pidió paciencia; lo hizo con una modestia tan sonrosada, que su dulce aspecto bien podría haber calentado al viejo Saturno; por eso la creí tan casta como la nieve no tocada por el sol. ¡Oh, todos los demonios! Ese Iachimo amarillo, ¿en una hora, no fue así? ¿O menos; al principio? Tal vez no habló, pero, como un jabalí alemán bien alimentado, gritó “¡Oh!” y se montó; no encontró oposición sino la que esperaba que se opusiera y que ella debía defenderse del encuentro. ¡Si pudiera encontrar la parte femenina en mí! Porque no hay impulso que tienda al vicio en el hombre que yo no afirme que es parte de la mujer. Sea mentir, obsérvese, de la mujer; halagar, de ella; engañar, de ella; la lujuria y los pensamientos impuros, de ella, de ella; las venganzas, de ella; ambiciones, codicias, cambios de orgullo, desdén, antojos delicados, calumnias, mutabilidad, todos los defectos que el hombre pueda nombrar, es más, que el infierno conoce, pues, de ella, en parte o en todo; pero más bien en todo; porque incluso en el vicio no son constantes, sino que cambian siempre un vicio de apenas un minuto por otro no tan viejo como ese. Escribiré contra ellas, las detestaré, las maldeciré. Sin embargo, es mayor destreza, en un odio verdadero, orar para que tengan lo que desean: ni los mismos demonios pueden atormentarlas mejor.

[Sale.]

ACTO III