Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE IV. Wales. Before the cave of Belarius.

Capítulo 156 de 818 · 2 min de lectura

Entran Belario, Guiderio y Arvirago.

GUIDERIO. El ruido nos rodea.

BELARIO. Alejémonos de él.

ARVIRAGO. ¿Qué placer, señor, hallamos en la vida si la encerramos lejos de la acción y la aventura?

GUIDERIO. Más aún, ¿qué esperanza tenemos ocultándonos? Por aquí los romanos deben matarnos como britanos, o recibirnos como rebeldes bárbaros y antinaturales mientras les sirvamos, y matarnos después.

BELARIO. Hijos, subamos más alto a las montañas; allí estaremos seguros. No hay camino hacia el bando del rey. La reciente muerte de Cloten (al no ser conocidos ni contados entre las tropas) puede llevarnos a una rendición en el lugar donde hemos vivido, y así arrancarnos lo que hemos hecho, cuya respuesta sería la muerte, precedida de tortura.

GUIDERIO. Esto, señor, es una duda que en tal momento no le corresponde a usted ni nos satisface a nosotros.

ARVIRAGO. No es probable que, cuando oigan relinchar a los caballos romanos, vean sus fuegos repartidos, y tengan sus ojos y oídos tan ocupados como ahora, vayan a perder el tiempo en averiguar quiénes somos ni de dónde venimos.

BELARIO. Oh, soy conocido por muchos en el ejército. Muchos años, aunque Cloten era entonces joven, no bastaron para que me olvidara. Y, además, el rey no ha merecido mi servicio ni su amor, quienes en mi exilio hallan la falta de educación, la certeza de esta vida dura; siempre sin esperanza de recibir la cortesía que su cuna prometía, sino ser siempre hijos del verano abrasador y esclavos encogidos del invierno.

GUIDERIO. Antes que eso, mejor dejar de ser. Ruegue, señor, por el ejército. Mi hermano y yo no somos conocidos; usted, tan olvidado y envejecido, no puede ser interrogado.

ARVIRAGO. Por este sol que brilla, iré allá. ¡Qué cosa es que nunca vi morir a un hombre! Apenas he visto sangre, salvo la de liebres cobardes, cabras ardientes y venado. ¡Jamás monté a caballo, salvo uno que llevaba un jinete como yo, que nunca usó espuelas ni hierro en el talón! Me avergüenza mirar al santo sol, disfrutar el beneficio de sus benditos rayos, siendo tanto tiempo un pobre desconocido.

GUIDERIO. ¡Por los cielos, iré! Si me bendice, señor, y me da su permiso, tendré más cuidado; pero si no, que el peligro que me toque caiga sobre mí por manos de los romanos.

ARVIRAGO. Yo digo lo mismo. Amén.

BELARIO. No hay razón para que, si ustedes valoran tan poco sus vidas, yo reserve la mía, ya quebrada, con más cuidado. ¡Voy con ustedes, muchachos! Si en las guerras de su patria mueren, esa será también mi tumba, y allí yaceré. Guíen, guíen. [Aparte.] El tiempo parece largo; su sangre se impacienta hasta que brote y les muestre que nacieron príncipes.

[Salen.]

ACTO V