Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE III. Plain between the Camps.

Capítulo 200 de 818 · 2 min de lectura

Entra el Rey con sus fuerzas. Alarma de batalla. Luego entran Douglas y Sir Walter Blunt.

BLUNT. ¿Cuál es tu nombre, que así en la batalla te cruzas conmigo? ¿Qué honor buscas sobre mi cabeza?

DOUGLAS. Sabe entonces que mi nombre es Douglas, y te persigo así en la batalla porque algunos me dicen que eres un rey.

BLUNT. Te dicen la verdad.

DOUGLAS. El noble Lord Stafford ha pagado caro hoy tu semejanza, pues en vez de a ti, rey Enrique, esta espada le ha dado fin. Así será contigo, a menos que te rindas como mi prisionero.

BLUNT. No nací para rendirme, orgulloso escocés, y hallarás a un rey que vengará la muerte de Lord Stafford.

[Pelean, y Blunt es muerto.]

Entra Hotspur.

HOTSPUR. ¡Oh, Douglas, si hubieras luchado así en Holmedon, jamás habría triunfado sobre un escocés!

DOUGLAS. Todo está hecho, todo está ganado; aquí yace sin aliento el Rey.

HOTSPUR. ¿Dónde?

DOUGLAS. Aquí.

HOTSPUR. ¿Este, Douglas? No, conozco bien este rostro. Era un caballero valiente, su nombre era Blunt, vestido igual que el propio Rey.

DOUGLAS. ¡Un necio vaya con tu alma, adonde quiera que vaya! Un título prestado has comprado demasiado caro. ¿Por qué me dijiste que eras un rey?

HOTSPUR. El Rey tiene muchos marchando con sus ropas.

DOUGLAS. Ahora, por mi espada, mataré todos sus uniformes; asesinaré todo su guardarropa, prenda por prenda, hasta encontrarme con el Rey.

HOTSPUR. ¡Arriba y en marcha! Nuestros soldados tienen buenas posibilidades hoy.

[Salen.]

Alarmas. Entra Falstaff solo.

FALSTAFF. Aunque pude escapar ileso de Londres, aquí temo las balas. Aquí no hay cuentas sino en la cabeza. —¡Quieto! ¿Quién eres? Sir Walter Blunt. Ahí tienes honor. Aquí no hay vanidad. Estoy tan caliente como plomo fundido, y tan pesado también. Dios me libre de más plomo, no necesito más peso que mis propias entrañas. He llevado a mis granujas donde los han hecho polvo. No quedan vivos ni tres de mis ciento cincuenta, y ésos van a mendigar al final del pueblo. Pero, ¿quién viene aquí?

Entra el Príncipe Enrique.

PRÍNCIPE. ¿Qué, estás aquí parado sin hacer nada? Préstame tu espada. Muchos nobles yacen rígidos y fríos bajo los cascos de enemigos jactanciosos, cuyas muertes aún no han sido vengadas. Te ruego que me prestes tu espada.

FALSTAFF. Oh, Hal, te ruego que me dejes respirar un momento. Ni el turco Gregorio hizo tales hazañas en armas como yo hoy. He pagado a Percy, lo he dejado bien seguro.

PRÍNCIPE. En verdad, y vive para matarte. Te ruego, préstame tu espada.

FALSTAFF. No, por Dios, Hal, si Percy está vivo, no tendrás mi espada; pero toma mi pistola, si quieres.

PRÍNCIPE. Dámela. ¿Qué, está en la funda?

FALSTAFF. Sí, Hal, está caliente, está caliente. Eso puede saquear una ciudad.

[El Príncipe saca una botella de vino.]

PRÍNCIPE. ¿Es momento de bromear y perder el tiempo ahora?

[Se la lanza y sale.]

FALSTAFF. Bien, si Percy está vivo, lo atravesaré. Si se cruza en mi camino, así será; si no, y yo me cruzo en el suyo voluntariamente, que me haga un asado. No me gusta ese honor sonriente como el de Sir Walter. Dame la vida, que si puedo salvarla, bien; si no, el honor llega sin buscarlo, y ahí termina todo.

[Sale.]