Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE II. London. Another street.

Capítulo 208 de 818 · 5 min de lectura

Entran el Príncipe Enrique y Poins.

PRÍNCIPE. Por Dios, estoy sumamente cansado.

POINS. ¿Ya llegaste a eso? Pensé que el cansancio no se atrevería a afectar a alguien de sangre tan noble.

PRÍNCIPE. En verdad, me afecta, aunque desluce la apariencia de mi grandeza el reconocerlo. ¿No se ve vil en mí desear una cerveza ligera?

POINS. Pues un príncipe no debería tener tan poca instrucción como para recordar una bebida tan débil.

PRÍNCIPE. Entonces, tal vez mi apetito no fue adquirido de manera principesca, porque, a decir verdad, ahora recuerdo a la pobre criatura llamada cerveza ligera. Pero en realidad, estas consideraciones humildes me hacen perder el gusto por mi grandeza. ¡Qué deshonra es para mí recordar tu nombre! ¡O reconocerte mañana! ¡O fijarme en cuántos pares de medias de seda tienes—es decir, estas y aquellas que eran color durazno! ¡O llevar el inventario de tus camisas, una para la abundancia y otra para el uso! Pero eso lo sabe mejor el encargado de la cancha de tenis que yo, porque es escasa tu ropa de lino cuando no juegas allí; como no lo has hecho en mucho tiempo, ya que el resto de tus bajos fondos se las han arreglado para devorar tu holanda. Y Dios sabe si aquellos que gritan entre las ruinas de tu ropa heredarán su reino: pero las parteras dicen que los niños no tienen la culpa; por eso el mundo crece y los linajes se fortalecen mucho.

POINS. ¡Qué mal queda que, después de tanto esfuerzo, hables con tanta ligereza! Dime, ¿cuántos buenos jóvenes príncipes harían lo mismo, teniendo a sus padres tan enfermos como el tuyo ahora?

PRÍNCIPE. ¿Te digo una cosa, Poins?

POINS. Sí, por cierto, y que sea algo excelente.

PRÍNCIPE. Servirá entre ingenios de no más alta cuna que el tuyo.

POINS. Vamos, resisto la embestida de esa cosa que me vas a decir.

PRÍNCIPE. Pues te digo que no es apropiado que yo esté triste ahora que mi padre está enfermo; aunque podría decirte, como a uno que me place, por falta de alguien mejor, llamar amigo, que podría estar triste, y muy triste en verdad.

POINS. Muy difícilmente por un asunto así.

PRÍNCIPE. Por esta mano, me crees tan perdido en el libro del diablo como tú y Falstaff por obstinados y persistentes. Que el final pruebe al hombre. Pero te digo, mi corazón sangra por dentro porque mi padre está tan enfermo; y el mantener compañía tan vil como la tuya, con razón, me ha quitado toda ostentación de dolor.

POINS. ¿La razón?

PRÍNCIPE. ¿Qué pensarías de mí si llorara?

POINS. Pensaría que eres un hipócrita muy principesco.

PRÍNCIPE. Eso pensaría todo el mundo; y tú eres un bendito sujeto por pensar como todos. Ningún pensamiento en el mundo sigue mejor el camino que el tuyo: todos pensarían que soy un hipócrita en verdad. ¿Y qué incita tu tan respetable pensamiento a pensar así?

POINS. Pues porque has sido tan disoluto y tan unido a Falstaff.

PRÍNCIPE. Y a ti.

POINS. Por esta luz, tengo buena fama; puedo oírlo con mis propios oídos. Lo peor que pueden decir de mí es que soy el segundo hermano, y que soy un buen mozo de manos; y esas dos cosas, confieso, no puedo remediarlas. Por la misa, aquí viene Bardolph.

Entran Bardolph y el Paje.

PRÍNCIPE. Y el muchacho que le di a Falstaff. Me lo quitó siendo cristiano, y mira si el gordo villano no lo ha transformado en simio.

BARDOLPH. ¡Dios salve a su Alteza!

PRÍNCIPE. ¡Y a ti, noble Bardolph!

POINS. Ven, asno virtuoso, tonto pudoroso, ¿tienes que sonrojarte? ¿Por qué te sonrojas ahora? ¡Qué doncella de hombre de armas te has vuelto! ¿Es tanto asunto quitarle la virginidad a una jarra de vino?

PAJE. Me llamó hace un momento, mi señor, a través de una celosía roja, y no pude distinguir parte alguna de su rostro desde la ventana. Al final vi sus ojos, y me pareció que había hecho dos agujeros en la falda nueva de la tabernera y así miraba.

PRÍNCIPE. ¿No ha aprendido el muchacho?

BARDOLPH. ¡Fuera, conejo derecho y bastardo, fuera!

PAJE. ¡Fuera, sueño rastrero de Altea, fuera!

PRÍNCIPE. Instrúyenos, muchacho; ¿qué sueño, muchacho?

PAJE. Pues, mi señor, Altea soñó que daba a luz una tea encendida; por eso lo llamo su sueño.

PRÍNCIPE. Un escudo vale esa buena interpretación. Toma, muchacho.

POINS. ¡Oh, si esta flor pudiera salvarse de las plagas! Bueno, aquí tienes seis peniques para preservarte.

BARDOLPH. Si no logran que lo cuelguen entre ustedes, la horca será agraviada.

PRÍNCIPE. ¿Y cómo está tu amo, Bardolph?

BARDOLPH. Bien, mi señor. Oyó que su Alteza venía a la ciudad. Aquí tiene una carta para usted.

POINS. Entregada con mucho respeto. ¿Y cómo está el martlemas, tu amo?

BARDOLPH. De salud corporal, señor.

POINS. Pues la parte inmortal necesita un médico, pero eso no le preocupa. Aunque esté enferma, no muere.

PRÍNCIPE. Permito que este bulto sea tan familiar conmigo como mi perro, y mantiene su lugar, porque mira cómo escribe.

POINS. [Lee.] “John Falstaff, caballero.” Eso debe saberlo todo hombre, cada vez que tenga ocasión de nombrarse: igual que los que son parientes del Rey, pues nunca se pinchan un dedo sin decir: “Ahí va sangre real.” “¿Cómo es eso?”, dice el que no lo entiende. La respuesta es tan pronta como la gorra de un deudor: “Soy el pobre primo del Rey, señor.”

PRÍNCIPE. No, querrán ser parientes nuestros, o lo buscarán hasta en Jafet. Pero a la carta: “Sir John Falstaff, caballero, al hijo del Rey, el más cercano a su padre, Harry Príncipe de Gales, salud.”

POINS. Esto es un certificado.

PRÍNCIPE. ¡Silencio! “Imitaré a los honorables romanos en la brevedad.”

POINS. Seguro que se refiere a la brevedad de aliento, corto de respiración.

PRÍNCIPE. “Te encomiendo a mí, te encomiendo, y te dejo. No seas demasiado familiar con Poins, pues abusa tanto de tus favores que jura que debes casarte con su hermana Nell. Arrepiéntete en tus ratos ociosos, si puedes, y así, adiós. Tuyo por sí y por no, que es tanto como decir, según lo uses—Jack Falstaff con mis amigos, John con mis hermanos y hermanas, y Sir John con toda Europa.”

POINS. Mi señor, mojaré esta carta en vino y haré que se la coma.

PRÍNCIPE. Eso es hacerle tragar veinte de sus palabras. ¿Pero me tratas así, Ned? ¿Debo casarme con tu hermana?

POINS. ¡Dios no le depare peor suerte a la muchacha! Pero yo nunca dije tal cosa.

PRÍNCIPE. Bien, así nos burlamos del tiempo, y los espíritus de los sabios se sientan en las nubes y se ríen de nosotros. ¿Está tu amo aquí en Londres?

BARDOLPH. Sí, mi señor.

PRÍNCIPE. ¿Dónde cena? ¿El viejo jabalí se alimenta en el antiguo corral?

BARDOLPH. En el mismo lugar de siempre, mi señor, en Eastcheap.

PRÍNCIPE. ¿Con quién?

PAJE. Efesios, mi señor, de la vieja iglesia.

PRÍNCIPE. ¿Cenan mujeres con él?

PAJE. Ninguna, mi señor, solo la vieja señora Quickly y la señora Doll Tearsheet.

PRÍNCIPE. ¿Qué pagana será esa?

PAJE. Una dama decente, señor, y parienta de mi amo.

PRÍNCIPE. Tan parienta como las novillas de la parroquia lo son del toro del pueblo. ¿Iremos a sorprenderlos, Ned, en la cena?

POINS. Soy tu sombra, mi señor, te seguiré.

PRÍNCIPE. Tú, muchacho, y Bardolph, ni una palabra a tu amo de que ya he llegado a la ciudad. Esto es por su silencio.

BARDOLPH. No tengo lengua, señor.

PAJE. Y por la mía, señor, la gobernaré.

PRÍNCIPE. Que les vaya bien; vayan.

[Salen Bardolph y el Paje.]

Esta Doll Tearsheet debe de ser una cualquiera.

POINS. Te lo aseguro, tan común como el camino entre Saint Albans y Londres.

PRÍNCIPE. ¿Cómo podríamos ver a Falstaff comportarse esta noche tal como es, sin que nos vean?

POINS. Ponte un par de chalecos de cuero y delantales, y sírvele en la mesa como mozos.

PRÍNCIPE. ¿De dios a toro? ¡Qué caída tan pesada! Así le pasó a Júpiter. ¿De príncipe a aprendiz? Esa baja transformación será la mía, porque en todo el propósito debe pesar tanto como la locura. Sígueme, Ned.

[Salen.]