Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE I. London. An ante-chamber in the King’s palace.

Capítulo 224 de 818 · 3 min de lectura

Entran el Arzobispo de Canterbury y el Obispo de Ely.

CANTERBURY. Mi señor, le diré que se insiste en aquel mismo proyecto de ley que, en el undécimo año del reinado del último rey, estuvo a punto de aprobarse en nuestra contra, y en efecto habría pasado, de no ser porque aquellos tiempos turbulentos y agitados lo apartaron de toda consideración.

ELY. Pero, mi señor, ¿cómo podremos resistirlo ahora?

CANTERBURY. Debemos reflexionar al respecto. Si se aprueba en nuestra contra, perderemos la mejor parte de nuestras posesiones: pues todas las tierras temporales que hombres devotos han legado a la Iglesia por testamento, nos serían arrebatadas; valoradas así: tanto como para mantener, en honor del Rey, a quince condes y mil quinientos caballeros, seis mil doscientos buenos escuderos; y, para socorrer a leprosos y ancianos débiles, a indigentes almas exhaustas de fatiga corporal, cien asilos bien abastecidos; y, además, a las arcas del Rey, mil libras anuales. Así reza el proyecto.

ELY. Esto sería un trago amargo.

CANTERBURY. Bebería la copa y todo su contenido.

ELY. ¿Pero qué prevención podemos tomar?

CANTERBURY. El Rey es lleno de gracia y de noble consideración.

ELY. Y un verdadero amante de la santa Iglesia.

CANTERBURY. Las costumbres de su juventud no lo prometían. Apenas el aliento dejó el cuerpo de su padre, su desenfreno, mortificado en él, pareció morir también; sí, en ese mismo instante, la reflexión, como un ángel, vino y expulsó al Adán pecador de su interior, dejando su cuerpo como un paraíso para envolver y contener espíritus celestiales. Jamás se hizo un erudito tan repentino, jamás llegó la reforma en un torrente con tan impetuosa corriente arrasando faltas, ni nunca la voluntad de mil cabezas, como la Hidra, perdió su asiento tan pronto y de golpe, como en este rey.

ELY. Somos bendecidos con el cambio.

CANTERBURY. Escúchelo razonar en teología y, admirado, con un deseo interior, querría que el Rey fuera hecho prelado; óigalo debatir asuntos del Estado, y diría que ha sido siempre su estudio; atienda su discurso sobre la guerra, y escuchará una batalla temible convertida en música; llévelo a cualquier cuestión de política, y el nudo gordiano lo desatará tan familiarmente como su liga; de modo que, cuando habla, el aire, libertino por derecho, queda inmóvil, y la muda admiración se esconde en los oídos de los hombres para robarle sus dulces y melifluas sentencias; así, el arte y la práctica de la vida deben ser maestras de esta teoría: lo cual es asombroso, pues su Gracia solía inclinarse a caminos vanos, sus compañías eran incultas, rudas y superficiales, sus horas llenas de excesos, banquetes y diversiones, y nunca se le notó estudio alguno, ni retiro, ni alejamiento de lugares públicos y popularidad.

ELY. La fresa crece bajo la ortiga, y las bayas sanas prosperan y maduran mejor junto a frutos de calidad inferior; así el Príncipe ocultó su reflexión bajo el velo del desenfreno, que, sin duda, creció como la hierba de verano, más rápido de noche, invisible, pero creciente en su capacidad.

CANTERBURY. Debe ser así, pues los milagros han cesado, y por tanto debemos admitir los medios por los cuales las cosas se perfeccionan.

ELY. Pero, mi buen señor, ¿qué hay de la mitigación de este proyecto de ley impulsado por los Comunes? ¿Se inclina Su Majestad a favor o en contra?

CANTERBURY. Parece indiferente, o más bien inclinado a nuestro favor que a apoyar a quienes lo presentan contra nosotros; pues he hecho una oferta a Su Majestad, en nuestra convocatoria espiritual y en consideración de los asuntos presentes, que he expuesto ampliamente a su Gracia, en lo que respecta a Francia, de entregar una suma mayor que la que jamás el clero dio de una sola vez a sus predecesores.

ELY. ¿Cómo fue recibida esta oferta, mi señor?

CANTERBURY. Con buena aceptación de Su Majestad; salvo que no hubo tiempo suficiente para escuchar, como percibí que su Gracia habría deseado, los detalles y pasajes manifiestos de sus verdaderos títulos a ciertos ducados, y en general a la corona y trono de Francia, heredados de Eduardo, su bisabuelo.

ELY. ¿Cuál fue el impedimento que interrumpió esto?

CANTERBURY. El embajador francés, en ese mismo instante, solicitó audiencia; y creo que ha llegado la hora de recibirlo. ¿Son las cuatro?

ELY. Lo son.

CANTERBURY. Entonces entremos, para conocer su embajada, la cual podría adivinar con certeza antes de que el francés pronuncie una sola palabra.

ELY. Lo acompañaré, y ansío escucharla.

[Salen.]