Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

ACT III

Capítulo 231 de 818 · 1 min de lectura

Toques de trompeta. Entra el Coro.

CORO. Así, con alas imaginarias, nuestra escena vuela rauda, con un movimiento no menos veloz que el del pensamiento. Supongan que han visto al bien dispuesto rey en el muelle de Hampton embarcar su realeza, y a su valiente flota, con sedosas banderolas ondeando al joven Febo. Jueguen con su imaginación; y en ella contemplen a los grumetes trepando por los cordajes de cáñamo; escuchen el agudo silbato que da orden al confuso bullicio; observen las velas tejidas, impulsadas por el viento invisible y sigiloso, arrastrar los enormes cascos a través del surcado mar, enfrentando la alta marejada. Oh, piensen tan solo que están en la orilla y contemplan una ciudad danzando sobre las inconstantes olas; pues así parece esta majestuosa flota, siguiendo su curso hacia Harfleur. ¡Sigan, sigan! Aferren su mente a la popa de esta armada, y dejen su Inglaterra, como en la quietud de la medianoche, resguardada por ancianos, niños y mujeres, ya sea que hayan pasado o aún no alcancen la fuerza y el poder. ¿Quién, cuyo mentón apenas se adorna con un solo vello, no seguirá a estos escogidos y selectos caballeros rumbo a Francia? Trabajen, trabajen su pensamiento, y en él vean un asedio; contemplen la artillería en sus cureñas, con mortales bocas abiertas hacia el cercado Harfleur. Supongan que el embajador francés regresa, dice a Enrique que el rey le ofrece a Catalina, su hija, y con ella, como dote, algunos pequeños e improductivos ducados. La oferta no agrada; y el ágil artillero, con la mecha, toca ya el infernal cañón.

[Alarma, y disparos de cañones.]

Y todo cae ante ellos. Sigan siendo generosos, y completen nuestra representación con su imaginación.

[Sale.]