Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE X. Kent. Iden’s Garden

Capítulo 300 de 818 · 3 min de lectura

Entra Cade.

CADE. ¡Fuera ambiciones! ¡Fuera de mí, que tengo una espada y aun así estoy a punto de morir de hambre! Estos cinco días me he ocultado en estos bosques y no me he atrevido a asomar la cabeza, pues todo el país está tras de mí; pero ahora tengo tanta hambre que, aunque pudiera tener un contrato de vida por mil años, no podría quedarme más tiempo. Por eso he trepado un muro de ladrillo y he entrado en este jardín, para ver si puedo comer hierba, o arrancar alguna ensalada de vez en cuando, que no viene mal para refrescar el estómago en este clima caluroso. Y creo que la palabra "ensalada" nació para hacerme bien; pues muchas veces, de no ser por una ensalada, me habrían partido la cabeza con una alabarda; y muchas veces, cuando he tenido sed y marchaba con valentía, me ha servido en vez de una jarra para beber; y ahora la palabra "ensalada" debe servirme de alimento.

Entran Iden y sus hombres.

IDEN. Señor, ¿quién querría vivir agitado en la corte pudiendo disfrutar de paseos tranquilos como estos? Esta pequeña herencia que me dejó mi padre me satisface, y vale tanto como una monarquía. No busco engrandecerme a costa de la ruina de otros, ni acumular riquezas, no me importa con cuánta envidia; me basta con lo que tengo para mantener mi posición y despedir a los pobres contentos de mi puerta.

CADE. Aquí está el dueño de la tierra, que viene a apresarme como a un animal extraviado, por entrar en su propiedad sin permiso.—Ah, villano, me traicionarás y conseguirás mil coronas del Rey llevando mi cabeza ante él; pero haré que comas hierro como un avestruz, y que tragues mi espada como un gran alfiler, antes de que tú y yo nos separemos.

IDEN. ¿Por qué, rudo compañero, seas quien seas, habría de traicionarte si no te conozco? ¿No es suficiente con que irrumpas en mi jardín y, como un ladrón, vengas a robar mis tierras, trepando mis muros a pesar de que yo soy el dueño, sino que además me desafías con esas palabras insolentes?

CADE. ¿Desafiarte? Sí, por la mejor sangre que jamás se haya derramado, y también te haré frente. Mírame bien: no he comido carne en cinco días, pero ven tú y tus cinco hombres, y si no los dejo a todos tan muertos como un clavo, ruego a Dios que nunca vuelva a comer hierba.

IDEN. No, jamás se dirá, mientras Inglaterra exista, que Alexander Iden, un escudero de Kent, aceptó ventaja para combatir contra un pobre hombre hambriento. Enfrenta tus ojos firmes a los míos, ve si puedes intimidarme con tu mirada. Compara miembro con miembro y eres mucho menor; tu mano es apenas un dedo comparada con mi puño, tu pierna un palo frente a este garrote. Mi pie luchará con toda la fuerza que tienes; y si mi brazo se levanta en el aire, tu tumba ya está cavada en la tierra. En cuanto a palabras, que respondan a palabras, deja que mi espada hable por lo que calla mi boca.

CADE. ¡Por mi valor, el campeón más completo que jamás haya oído! Acero, si no cortas o no partes en pedazos al rústico de huesos gruesos antes de dormir en tu vaina, ruego a Dios de rodillas que te conviertas en clavos de zapato.

[Pelean y Cade cae.]

¡Oh, estoy muerto! El hambre y nada más me ha matado. Que vengan diez mil demonios contra mí, y si me dieran sólo las diez comidas que he perdido, los desafiaría a todos. Marchítate, jardín; y sé de ahora en adelante lugar de entierro para todos los que habiten en esta casa, porque el alma invicta de Cade ha huido.

IDEN. ¿Es Cade a quien he matado, ese monstruoso traidor? Espada, te consagraré por esta hazaña, y te colgaré sobre mi tumba cuando muera. Jamás se limpiará esta sangre de tu punta, sino que la llevarás como un blasón para exaltar el honor que tu amo ha conseguido.

CADE. Iden, adiós, y enorgullécete de tu victoria. Dile a Kent de mi parte que ha perdido a su mejor hombre, y exhorta a todo el mundo a ser cobarde; pues yo, que nunca temí a nadie, he sido vencido por el hambre, no por el valor.

[Muere.]

IDEN. Que el cielo juzgue cuánto me ofendes. Muere, maldito miserable, la maldición de quien te dio a luz. Y así como clavo tu cuerpo con mi espada, así desearía poder clavar tu alma en el infierno. Ahora te arrastraré de cabeza por los talones hasta un muladar, que será tu tumba, y allí cortaré tu cabeza más indigna, la cual llevaré en triunfo ante el Rey, dejando tu tronco para que se alimenten los cuervos.

[Sale.]

ACTO V