Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE IV. Rome. An Apartment in Caesar’s House.
Capítulo 31 de 818 · 3 min de lectura
Entran Octavio [César], Lépido y su séquito.
CÉSAR. Puedes ver, Lépido, y de ahora en adelante saber, que no es propio del carácter de César odiar a nuestro gran competidor. Desde Alejandría llegan estas noticias: pesca, bebe y consume las lámparas de la noche en fiestas; no es más varonil que Cleopatra, ni la reina de Ptolomeo más femenina que él; apenas concedía audiencia, ni se dignaba pensar que tenía compañeros. Allí encontrarás a un hombre que es el compendio de todos los defectos que siguen los hombres.
LÉPIDO. No debo pensar que existan males suficientes para oscurecer toda su bondad. Sus faltas en él parecen como las manchas del cielo, más ardientes por la negrura de la noche; hereditarias más que adquiridas; lo que no puede cambiar más que lo que elige.
CÉSAR. Eres demasiado indulgente. Concedamos que no está mal revolcarse en el lecho de Ptolomeo, dar un reino por una diversión, sentarse y alternar en la bebida con un esclavo, tambalearse por las calles al mediodía y soportar los golpes de bribones que huelen a sudor. Supongamos que esto le sienta bien—pues su temple debe ser realmente raro a quien estas cosas no puedan manchar—, aun así, Antonio no debe excusar de ningún modo sus defectos cuando nosotros soportamos tanto peso en su ligereza. Si llenó su vacío con su voluptuosidad, los excesos y la sequedad de sus huesos le pasarán la cuenta. Pero confundir así el tiempo que lo arranca de sus placeres, y que habla tan alto como su propio estado y el nuestro, es para ser reprendido como reprendemos a los muchachos que, siendo maduros en conocimiento, empeñan su experiencia por su placer presente y así se rebelan contra el juicio.
Entra un Mensajero.
LÉPIDO. Aquí hay más noticias.
MENSAJERO. Tus órdenes han sido cumplidas, y cada hora, noble César, recibirás informes de cómo están las cosas afuera. Pompeyo es fuerte en el mar, y parece que es amado por aquellos que solo temían a César. A los puertos acuden los descontentos, y los rumores de la gente lo presentan como muy agraviado.
CÉSAR. No debía esperar menos. Se nos ha enseñado desde los primeros tiempos que aquel que es fue deseado hasta que lo fue, y el hombre caído, nunca amado hasta no ser digno de amor, se vuelve querido por ser extrañado. Este cuerpo común, como una bandera errante sobre la corriente, va y viene, siguiendo la marea cambiante, para pudrirse con el movimiento.
Entra un segundo Mensajero.
SEGUNDO MENSAJERO. César, te traigo noticias: Menecrates y Menas, famosos piratas, hacen que el mar les sirva, lo aran y hieren con quillas de todo tipo. Realizan muchas incursiones ardientes en Italia—las fronteras marítimas tiemblan solo de pensarlo—y la juventud fogosa se rebela. Ningún navío puede asomarse sin ser capturado al instante; pues el nombre de Pompeyo causa más impacto que lo que su guerra podría resistir.
CÉSAR. Antonio, abandona tus lujuriosas orgías. Cuando una vez fuiste vencido en Módena, donde mataste a Hircio y Pansa, cónsules, te siguió el hambre, a quien combatiste, aunque criado con delicadeza, con más paciencia de la que podrían soportar los salvajes. Bebiste el orín de los caballos y el charco dorado que hasta las bestias rechazarían. Entonces tu paladar aceptó la baya más áspera del seto más rudo. Sí, como el ciervo cuando la nieve cubre el pasto, roíste la corteza de los árboles. En los Alpes, se dice que comiste carne extraña que algunos murieron solo de verla. Y todo esto—hiere tu honor que lo diga ahora—lo soportaste como un soldado, que ni siquiera tu mejilla se demudó.
LÉPIDO. Es una lástima por él.
CÉSAR. Que sus vergüenzas lo lleven pronto a Roma. Es hora de que nosotros dos nos mostremos en el campo, y para ello reunamos consejo de inmediato. Pompeyo prospera en nuestra inactividad.
LÉPIDO. Mañana, César, estaré preparado para informarte correctamente tanto de lo que por mar como por tierra pueda hacer frente a este momento.
CÉSAR. Hasta ese encuentro, es también mi asunto. Adiós.
LÉPIDO. Adiós, mi señor. Lo que sepas entretanto de los disturbios afuera, te ruego, señor, me permitas compartirlo.
CÉSAR. No lo dudes, señor. Lo considero mi deber.
[Salen.]



