Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE I. Messina. A Room in Pompey’s house.
Capítulo 33 de 818 · 2 min de lectura
Entran Pompeyo, Menecrates y Menas en actitud guerrera.
POMPEYO. Si los grandes dioses son justos, asistirán a los actos de los hombres más justos.
MENECRATES. Sepa, digno Pompeyo, que lo que ellos demoran no lo niegan.
POMPEYO. Mientras suplicamos ante su trono, se desvanece aquello por lo que suplicamos.
MENECRATES. Ignorantes de nosotros mismos, a menudo pedimos nuestros propios males, que los sabios poderes nos niegan para nuestro bien; así hallamos provecho al perder nuestras plegarias.
POMPEYO. Me irá bien. El pueblo me ama, y el mar es mío; mis fuerzas están en crecimiento, y mi esperanza augural dice que llegará a su plenitud. Marco Antonio está en Egipto cenando, y no hará guerras fuera de casa. César obtiene dinero donde pierde corazones. Lépido halaga a ambos, y de ambos es halagado; pero no ama a ninguno ni a ninguno le importa él.
MENAS. César y Lépido están en el campo. Llevan consigo una gran fuerza.
POMPEYO. ¿Dónde has oído eso? Es falso.
MENAS. De Silvio, señor.
POMPEYO. Sueña. Sé que están juntos en Roma, esperando a Antonio. Pero que todos los encantos del amor, salada Cleopatra, suavicen tus labios marchitos. Que la brujería se una a la belleza, y la lujuria a ambas; ata al libertino en un campo de festines; mantén su mente embotada. Cocineros epicúreos agudizan su apetito con salsas que no empalagan, para que el sueño y la comida posterguen su honor hasta un letargo de Leteo—
Entra Varrio.
¿Qué hay, Varrio?
VARRIO. Es muy cierto lo que voy a decir: Marco Antonio es esperado en Roma a cada hora. Desde que partió de Egipto ha pasado tiempo suficiente para un viaje más largo.
POMPEYO. Podría haber prestado mejor oído a menos asunto.—Menas, no pensé que este harto de amores se pondría el yelmo por una guerra tan insignificante. Su destreza militar es el doble que la de los otros dos. Pero elevemos más nuestra opinión, para que nuestro movimiento pueda arrancar del regazo de la viuda de Egipto al insaciable Antonio.
MENAS. No puedo esperar que César y Antonio se saluden cordialmente. Su esposa, ya muerta, cometió ofensas contra César; su hermano le hizo la guerra, aunque creo que no movido por Antonio.
POMPEYO. No lo sé, Menas, cómo enemistades menores pueden ceder ante mayores. Si no fuera porque nos alzamos contra todos ellos, sería evidente que deberían enfrentarse entre sí, pues tienen motivos de sobra para desenvainar sus espadas. Pero cómo el temor a nosotros puede unir sus divisiones y sellar sus pequeñas diferencias, aún no lo sabemos. ¡Sea como los dioses quieran! Sólo nos queda usar nuestras fuerzas al máximo para salvar la vida. Ven, Menas.
[Salen.]



