Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE II. Rome. A Room in the House of Lepidus.
Capítulo 34 de 818 · 8 min de lectura
Entran Enobarbo y Lépido.
LÉPIDO. Buen Enobarbo, es una acción digna, y os sentará bien rogar a vuestro capitán que hable con suavidad y gentileza.
ENOBARBO. Le rogaré que responda como él mismo. Si César lo provoca, que Antonio mire por encima de la cabeza de César y hable tan fuerte como Marte. Por Júpiter, si yo llevara la barba de Antonio, hoy no me la afeitaría.
LÉPIDO. No es momento para resentimientos personales.
ENOBARBO. Todo momento sirve para el asunto que en él nace.
LÉPIDO. Pero lo pequeño debe ceder ante lo grande.
ENOBARBO. No si lo pequeño llega primero.
LÉPIDO. Vuestra palabra es pasión; pero os ruego que no avivéis las brasas. Aquí viene el noble Antonio.
Entran Antonio y Ventidio.
ENOBARBO. Y allá viene César.
Entran César, Mecenas y Agripa.
ANTONIO. Si aquí nos entendemos bien, a Partia. Escucha, Ventidio.
CÉSAR. No lo sé, Mecenas. Pregunta a Agripa.
LÉPIDO. Nobles amigos, lo que nos unió fue grandioso, y no permitamos que una acción menor nos divida. Si hay algún error, que se escuche con suavidad. Cuando debatimos nuestras diferencias triviales en voz alta, cometemos asesinato al curar heridas. Así pues, nobles compañeros, y porque os lo ruego encarecidamente, tratad los puntos más amargos con las palabras más dulces, y que la aspereza no crezca en el asunto.
ANTONIO. Bien dicho. Si estuviéramos ante nuestros ejércitos, y a punto de luchar, así lo haría.
CÉSAR. Bienvenido a Roma.
ANTONIO. Gracias.
CÉSAR. Sentaos.
ANTONIO. Sentaos, señor.
CÉSAR. No, entonces.
ANTONIO. He oído que os molestan cosas que no son así, o que, siéndolo, no os conciernen.
CÉSAR. Debería ser motivo de burla si, por nada o por poco, dijera estar ofendido, y sobre todo contigo; más motivo de burla aún si alguna vez pronunciara tu nombre en menoscabo cuando ni siquiera me incumbía.
ANTONIO. Mi estancia en Egipto, César, ¿qué fue para ti?
CÉSAR. No más que mi residencia aquí en Roma podría serlo para ti en Egipto. Pero si allí conspiraste contra mi estado, tu estancia en Egipto podría ser mi pregunta.
ANTONIO. ¿Cómo entendéis, conspirar?
CÉSAR. Podéis captar mi intención por lo que aquí me sucedió. Vuestra esposa y vuestro hermano me hicieron la guerra, y su contienda fue tema para ti; tú eras la palabra de la guerra.
ANTONIO. Malentendéis vuestro asunto. Mi hermano nunca me instó en su acción. Lo investigué, y tengo mi información de algunos informes verídicos de quienes empuñaron la espada contigo. ¿No desacreditó él más bien mi autoridad ante la tuya, y libró la guerra tanto contra mi voluntad como por tu causa? De esto mis cartas ya te satisfacían antes. Si queréis buscar una querella, como no tenéis motivo completo para ello, no debe ser por esto.
CÉSAR. Te elogias a ti mismo atribuyéndome defectos de juicio; pero tú remendaste tus excusas.
ANTONIO. No es así, no es así. Sé que no podías carecer—estoy seguro de ello—de la necesidad misma de pensar que yo, tu socio en la causa contra la que él luchaba, no podía con buenos ojos asistir a esas guerras que atentaban contra mi propia paz. En cuanto a mi esposa, ojalá tuvieras su espíritu en otra igual. Un tercio del mundo es tuyo, que puedes gobernar fácilmente, pero no así a una esposa como esa.
ENOBARBO. Ojalá todos tuviéramos tales esposas, para que los hombres pudieran ir a la guerra con las mujeres.
ANTONIO. Tan indomable era ella, sus tumultos, César, nacidos de su impaciencia—que tampoco carecía de astucia política—que, aunque me duele admitirlo, reconozco que te causó demasiada inquietud. Por eso solo debes decir que no pude evitarlo.
CÉSAR. Te escribí cuando estabas de juerga en Alejandría; guardaste mis cartas y con burlas despreciaste mi mensaje ante los presentes.
ANTONIO. Señor, él se me adelantó antes de ser admitido. Había agasajado a tres reyes y no era el mismo de la mañana. Pero al día siguiente le hablé de mí mismo, lo que equivalía a pedirle perdón. Que este asunto no sea parte de nuestra disputa; si hemos de contender, excluyámoslo de nuestra cuestión.
CÉSAR. Has roto el artículo de tu juramento, y nunca tendrás ocasión de acusarme de lo mismo.
LÉPIDO. Calma, César.
ANTONIO. No, Lépido, déjalo hablar. El honor es sagrado en lo que ahora habla, suponiendo que yo careciera de él. Pero sigue, César: ¿el artículo de mi juramento?
CÉSAR. Prestarme armas y ayuda cuando las requiriera, lo cual ambos me negaron.
ANTONIO. Más bien descuidado; y entonces, cuando horas envenenadas me ataron fuera de mi propio conocimiento. En lo que pueda, haré penitencia ante ti. Pero mi honestidad no debe empobrecer mi grandeza, ni mi poder obrar sin ella. La verdad es que Fulvia, para sacarme de Egipto, hizo la guerra aquí, por lo cual yo, motivo ignorante, pido perdón en la medida que mi honor me permite inclinarme en tal caso.
LÉPIDO. Es noble lo que decís.
MECENAS. Si os place no insistir más en los agravios entre ustedes; olvidarlos del todo sería recordar que la necesidad presente exige que se reconcilien.
LÉPIDO. Dignamente dicho, Mecenas.
ENOBARBO. O, si se prestan amor mutuamente por el momento, cuando no oigan más de Pompeyo, pueden devolvérselo. Tendrán tiempo de disputar cuando no tengan nada más que hacer.
ANTONIO. Eres solo un soldado. No hables más.
ENOBARBO. Casi olvido que la verdad debe callar.
ANTONIO. Ofendes a los presentes; por tanto, no hables más.
ENOBARBO. Está bien, entonces. ¡Vuestra piedra reflexiva!
CÉSAR. No me desagrada mucho el asunto, sino la manera de hablar; porque no puede ser que permanezcamos en amistad, siendo tan diferentes nuestras condiciones en los hechos. Pero si supiera qué lazo podría mantenernos firmes, lo buscaría de un extremo al otro del mundo.
AGRIPA. Permíteme, César.
CÉSAR. Habla, Agripa.
AGRIPA. Tienes una hermana por parte de madre, la admirada Octavia. El gran Marco Antonio es ahora viudo.
CÉSAR. No digas eso, Agripa. Si Cleopatra te oyera, bien merecerías el reproche por imprudente.
ANTONIO. No estoy casado, César. Deja que Agripa siga hablando.
AGRIPA. Para mantenerlos en perpetua amistad, para hacerlos hermanos y unir sus corazones con un lazo irrompible, que Antonio tome a Octavia por esposa; cuya belleza merece el mejor de los hombres; cuya virtud y gracias generales dicen lo que nadie más puede expresar. Con este matrimonio, todos los celos pequeños, que ahora parecen grandes, y todos los grandes temores, que ahora traen peligros, serían nada. Las verdades serían cuentos, donde ahora los medios cuentos son verdades. Su amor a ambos haría que cada uno al otro, y todos los amores a ambos, la siguieran. Perdonen lo que he dicho, pues es un pensamiento meditado, no improvisado, reflexionado por el deber.
ANTONIO. ¿Hablará César?
CÉSAR. No hasta oír cómo Antonio es tocado por lo que ya se ha dicho.
ANTONIO. ¿Qué poder tiene Agripa, si yo dijera “Agripa, sea así”, para hacer esto realidad?
CÉSAR. El poder de César, y su poder sobre Octavia.
ANTONIO. ¡Que nunca, para este buen propósito que tan bien se muestra, sueñe yo con impedimento! Dame tu mano. Promueve este acto de gracia; y desde esta hora, que el corazón de hermanos gobierne en nuestro afecto y dirija nuestros grandes designios.
CÉSAR. Aquí tienes mi mano. Te entrego una hermana a quien ningún hermano amó tanto. Que viva para unir nuestros reinos y corazones; y que nunca se separen nuestros afectos.
LÉPIDO. ¡Ojalá, amén!
ANTONIO. No pensaba desenvainar mi espada contra Pompeyo, pues últimamente me ha mostrado extrañas y grandes cortesías. Debo agradecerle, para que mi memoria no sufra mala fama; después de eso, desafiarlo.
LÉPIDO. El tiempo nos apremia. Debemos buscar a Pompeyo de inmediato, o él nos buscará a nosotros.
ANTONIO. ¿Dónde se encuentra?
CÉSAR. Cerca del monte Misena.
ANTONIO. ¿Cuál es su fuerza en tierra?
CÉSAR. Grande y en aumento; pero en el mar es un absoluto señor.
ANTONIO. Así se dice. ¡Ojalá hubiéramos hablado juntos! Apresurémonos. Pero antes de armarnos, despachemos el asunto del que hemos hablado.
CÉSAR. Con mucho gusto, y los invito a ver a mi hermana, a donde los llevaré de inmediato.
ANTONIO. No faltes, Lépido, con tu compañía.
LÉPIDO. Noble Antonio, ni la enfermedad me retendría.
[Toques. Salen todos excepto Enobarbo, Agripa y Mecenas.]
MECENAS. Bienvenido de Egipto, señor.
ENOBARBO. ¡La mitad del corazón de César, digno Mecenas! ¡Mi honorable amigo, Agripa!
AGRIPA. ¡Buen Enobarbo!
MECENAS. Tenemos motivo de alegría de que los asuntos estén tan bien resueltos. Te mantuviste firme en Egipto.
ENOBARBO. Sí, señor, dormíamos de día hasta perder la cuenta y hacíamos la noche clara con la bebida.
MECENAS. Ocho jabalíes asados enteros en un desayuno, y solo doce personas presentes. ¿Es cierto esto?
ENOBARBO. Eso fue como una mosca para un águila. Tuvimos festines mucho más monstruosos, dignos de ser mencionados.
MECENAS. Es una dama triunfante, si los relatos son fieles a ella.
ENOBARBO. Cuando conoció por primera vez a Marco Antonio, le robó el corazón en el río Cidno.
AGRIPA. Allí apareció en verdad, o mi informante la adornó bien.
ENOBARBO.—Te lo contaré. La barca en la que ella se sentaba, como un trono bruñido, ardía sobre el agua. La popa era de oro batido; las velas, púrpuras, y tan perfumadas que los vientos estaban enamorados de ellas; los remos eran de plata, que al compás de las flautas marcaban el ritmo, y hacían que el agua, golpeada por ellos, siguiera más deprisa, como si estuviera enamorada de sus caricias. En cuanto a su persona, no hay palabras que la describan: yacía en su pabellón, de tela de oro, superando a esa Venus en la que la fantasía supera a la naturaleza. A cada lado de ella estaban lindos muchachos con hoyuelos, como Cupidos sonrientes, con abanicos de diversos colores, cuyo viento parecía encender las delicadas mejillas que refrescaban, y lo que deshacían, lo hacían.
AGRIPA.—¡Oh, digno de Antonio!
ENOBARBO.—Sus damas, como las Nereidas, tantas sirenas, la atendían con la mirada, y sus reverencias eran adornos. Al timón, una aparente sirena dirigía la barca. Los cordajes de seda se hinchaban al contacto de esas manos suaves como flores, que con destreza cumplían su oficio. Desde la barca, un extraño e invisible perfume llegaba a los sentidos de los muelles cercanos. La ciudad arrojó a su gente hacia ella, y Antonio, entronizado en la plaza del mercado, se sentó solo, silbando al aire, que, de no estar vacío, habría ido también a contemplar a Cleopatra, y habría abierto una brecha en la naturaleza.
AGRIPA.—¡Rara egipcia!
ENOBARBO.—Al desembarcar, Antonio le envió un mensaje, invitándola a cenar. Ella respondió que sería mejor que él fuera su invitado, lo cual le rogó. Nuestro cortés Antonio, a quien nunca mujer alguna oyó decir "no", tras afeitarse diez veces, va al banquete y, por su ordinario, paga con el corazón lo que solo sus ojos comen.
AGRIPA.—¡Real moza! Hizo que el gran César dejara su espada en reposo. Él la aró, y ella cosechó.
ENOBARBO.—La vi una vez saltar cuarenta pasos por la calle pública y, habiendo perdido el aliento, habló jadeando, de modo que hacía de la imperfección perfección y, sin aliento, derramaba aliento.
MECENAS.—Ahora Antonio debe dejarla por completo.
ENOBARBO.—Jamás. No lo hará. La edad no puede marchitarla, ni la costumbre volver insípida su infinita variedad. Otras mujeres sacian el apetito que alimentan, pero ella provoca hambre donde más satisface. Pues las cosas más viles se ennoblecen en ella, y los santos sacerdotes la bendicen aun cuando es traviesa.
MECENAS.—Si la belleza, la sabiduría y la modestia pueden asentar el corazón de Antonio, Octavia es una bendita lotería para él.
AGRIPA.—Vayámonos. Buen Enobarbo, hazte mi huésped mientras permanezcas aquí.
ENOBARBO.—Humildemente, señor, le agradezco.
[Salen.]



