Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE IV. The palace.
Capítulo 349 de 818 · 4 min de lectura
Entran trompetas sonando; luego dos concejales, el Lord Alcalde, el Heraldo Mayor, Cranmer, el Duque de Norfolk con su bastón de mariscal, el Duque de Suffolk, dos nobles portando grandes copas para los regalos de bautizo; después cuatro nobles llevando un dosel, bajo el cual la Duquesa de Norfolk, madrina, lleva al niño ricamente vestido con un manto, etc., la cola sostenida por una dama; luego sigue la Marquesa de Dorset, la otra madrina, y damas. El cortejo da una vuelta por el escenario, y el Heraldo Mayor habla.
HERALDO MAYOR. Cielo, de tu infinita bondad, concede vida próspera, larga y siempre feliz, a la alta y poderosa Princesa de Inglaterra, Isabel.
Toque de trompetas. Entran el Rey y la Guardia.
CRANMER. [De rodillas.] Y a vuestra real Gracia y a la buena Reina, mis nobles compañeros y yo así rogamos que todo consuelo y gozo, en esta dama tan agraciada que el cielo reservó para hacer felices a los padres, caigan sobre ustedes a cada hora.
REY. Gracias, buen lord Arzobispo. ¿Cuál es su nombre?
CRANMER. Isabel.
REY. Levantaos, lord.
[El Rey besa a la niña.]
Con este beso recibe mi bendición: Dios te proteja, en cuyas manos entrego tu vida.
CRANMER. Amén.
REY. Mis nobles compadres, han sido demasiado generosos. Les agradezco de corazón; así lo hará esta dama, cuando sepa tanto inglés.
CRANMER. Permítame hablar, señor, pues el cielo ahora me lo ordena; y las palabras que pronuncio, que nadie las tome por lisonja, pues hallarán en ellas verdad. Esta real infanta—¡el cielo siempre la rodee!—aunque en su cuna, ya promete a esta tierra mil y mil bendiciones, que el tiempo hará madurar. Ella será—pero pocos de los que hoy viven podrán contemplar tal bondad—un ejemplo para todos los príncipes de su tiempo y todos los que le sigan. Saba jamás fue más ávida de sabiduría y virtud que este alma pura lo será. Todas las gracias principescas que forman una obra tan grandiosa como esta, con todas las virtudes que acompañan a los buenos, se verán duplicadas en ella. La verdad la amamantará; pensamientos santos y celestiales la guiarán siempre. Será amada y temida. Los suyos la bendecirán; sus enemigos temblarán como un campo de trigo azotado por el viento y bajarán la cabeza de tristeza. El bien crecerá con ella. En sus días cada hombre comerá seguro bajo su propia vid lo que plante, y cantará alegres canciones de paz a todos sus vecinos. Dios será verdaderamente conocido, y quienes la rodeen aprenderán de ella los caminos perfectos del honor y por ellos reclamarán su grandeza, no por sangre. Ni esta paz morirá con ella; sino que, como cuando muere el ave prodigiosa, la doncella fénix, sus cenizas crearán un nuevo heredero tan admirable como ella misma, así dejará su bienaventuranza a uno, cuando el cielo la llame de esta nube de oscuridad, quien de las sagradas cenizas de su honor surgirá como estrella, tan grande en fama como ella, y así permanecerá. Paz, abundancia, amor, verdad, temor, que fueron los servidores de esta infanta elegida, serán suyos, y como una vid crecerán junto a él. Dondequiera que brille el sol del cielo, su honor y la grandeza de su nombre estarán, y crearán nuevas naciones. Él florecerá, y, como un cedro de montaña, extenderá sus ramas a todas las llanuras que lo rodean. Los hijos de nuestros hijos verán esto y bendecirán al cielo.
REY. Hablas maravillas.
CRANMER. Ella será para la felicidad de Inglaterra una princesa longeva; muchos días la verán, y ninguno sin una obra que lo corone. ¡Ojalá no supiera más! Pero debe morir, debe, los santos la han de tener; aún virgen, pasará a la tierra como un lirio inmaculado, y todo el mundo la llorará.
REY. Oh, señor Arzobispo, ahora me has hecho hombre. Nunca antes de esta feliz niña obtuve nada. Este oráculo de consuelo me ha complacido tanto que cuando esté en el cielo desearé ver lo que hace esta niña y alabar a mi Creador. Les agradezco a todos. A usted, mi buen Lord Alcalde, y a ustedes, buenos hermanos, les estoy muy agradecido. He recibido mucho honor con su presencia, y me hallarán agradecido. Abran paso, señores. Deben ver a la Reina, y ella debe agradecerles; de lo contrario, se sentirá enferma. Hoy, que nadie piense que tiene asuntos en casa, pues todos se quedarán. Esta pequeña hará de este día una fiesta.
[Salen.]
Epílogo
Entra el Epílogo.
EPÍLOGO. Es muy probable que esta obra no pueda agradar a todos los presentes. Algunos vienen a descansar y dormir uno o dos actos—pero a esos, tememos, los hemos asustado con nuestras trompetas; así que, está claro, dirán que no vale nada—otros, a escuchar cómo se burla de la ciudad y a gritar “¡Eso es ingenioso!”—lo cual tampoco hemos hecho—por eso temo que todo el bien que esperábamos oír de esta obra en este momento depende únicamente de la benévola interpretación de las buenas damas, pues a una así les mostramos. Si sonríen y dicen que está bien, sé que al poco tiempo todos los mejores hombres serán nuestros; pues es mala suerte si ellos no aplauden cuando sus damas se lo piden.
[Sale.]
LA VIDA Y MUERTE DEL REY JUAN
Índice
ACTO I Escena I. Northampton. Una sala de estado en el palacio.
ACTO II Escena I. Francia. Ante los muros de Angers.
ACTO III Escena I. Francia. La tienda del Rey de Francia. Escena II. Lo mismo. Llanuras cerca de Angers. Escena III. Lo mismo. Escena IV. Lo mismo. La tienda del Rey de Francia.
ACTO IV Escena I. Northampton. Una sala en el castillo. Escena II. Lo mismo. Una sala de estado en el palacio. Escena III. Lo mismo. Ante el castillo.



