Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE VI. The same.

Capítulo 477 de 818 · 2 min de lectura

Entran los enmascarados, Graciano y Salarino.

GRACIANO. Este es el cobertizo bajo el cual Lorenzo nos pidió que esperáramos.

SALARINO. Su hora ya casi ha pasado.

GRACIANO. Y es de maravillar que exceda su tiempo, pues los enamorados siempre se adelantan al reloj.

SALARINO. ¡Oh, diez veces más rápido vuelan las palomas de Venus para sellar los lazos del amor recién hecho que para mantener la fe ya prometida sin quebrantarla!

GRACIANO. Eso siempre sucede: ¿quién se levanta de un banquete con el mismo apetito con que se sentó? ¿Dónde está el caballo que desanda sus fatigados pasos con el mismo ardor con que los recorrió al principio? Todas las cosas son perseguidas con más entusiasmo que disfrutadas. ¡Cuán parecida a un joven o a un pródigo es la nave engalanada que parte de su bahía natal, abrazada y estrechada por el viento libertino! ¡Y cuán semejante al pródigo regresa, con sus costados maltrechos y velas desgarradas, flaca, rota y empobrecida por el viento libertino!

Entra Lorenzo.

SALARINO. Aquí viene Lorenzo, de esto hablaremos después.

LORENZO. Dulces amigos, les ruego paciencia por mi larga demora. No he sido yo, sino mis asuntos, los que los han hecho esperar. Cuando ustedes quieran robar esposas, yo los esperaré igual de largo tiempo. Acérquense. Aquí vive mi padre judío. ¡Eh! ¿Quién está dentro?

Entra Jessica arriba, vestida de muchacho.

JESSICA. ¿Quién eres? Dímelo, para mayor certeza, aunque juraría que reconozco tu voz.

LORENZO. Lorenzo, y tu amor.

JESSICA. Lorenzo, sin duda, y mi amor en verdad, pues ¿a quién amo tanto? Y ahora, ¿quién lo sabe sino tú, Lorenzo, si soy tuya?

LORENZO. El cielo y tus pensamientos son testigos de que lo eres.

JESSICA. Aquí, toma este cofrecillo; vale la pena el esfuerzo. Me alegra que sea de noche, así no me miras, pues me avergüenza mucho este cambio. Pero el amor es ciego, y los enamorados no ven las lindas locuras que cometen, porque si pudieran, el mismo Cupido se sonrojaría de verme así transformada en muchacho.

LORENZO. Baja, pues debes ser mi portadora de antorcha.

JESSICA. ¿Qué? ¿Debo alumbrar mis propias vergüenzas? Ellas solas, en verdad, ya son demasiado luminosas. Es un oficio de descubrimiento, amor, y yo debería estar oculta.

LORENZO. Así lo estás, dulce mía, aun con el hermoso adorno de un muchacho. Pero ven de inmediato, que la noche cerrada se nos escapa y nos esperan en el banquete de Bassanio.

JESSICA. Voy a asegurar las puertas y a adornarme con algunos ducados más, y estaré contigo enseguida.

[Sale arriba.]

GRACIANO. Por mi vida, es una dama noble, y no una judía.

LORENZO. Que me parta un rayo si no la amo de verdad, pues es sabia, si puedo juzgarla, y es hermosa, si mis ojos no me engañan, y es fiel, como ella misma lo ha demostrado. Y por eso, siendo como es, sabia, hermosa y fiel, así ocupará un lugar en mi alma constante.

Entra Jessica.

¿Qué, ya has venido? ¡Vamos, caballeros, deprisa! Nuestros compañeros enmascarados ya nos esperan.

[Sale con Jessica y Salarino.]

Entra Antonio.

ANTONIO. ¿Quién anda ahí?

GRACIANO. ¡Señor Antonio!

ANTONIO. ¡Vaya, vaya, Graciano! ¿Dónde están los demás? Son las nueve en punto, todos nuestros amigos los esperan. No habrá mascarada esta noche, el viento ha cambiado; Bassanio partirá de inmediato. He enviado a veinte a buscarte.

GRACIANO. Me alegra. No deseo mayor placer que zarpar y partir esta noche.

[Salen.]