Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE V. The same. A garden.

Capítulo 485 de 818 · 3 min de lectura

Entran Launcelot y Jessica.

LAUNCELOT. Sí, en verdad, porque mire usted, los pecados del padre han de recaer sobre los hijos, así que, le prometo, le temo. Siempre he sido franco con usted, y ahora hablo mi agitación sobre el asunto. Así que ánimo, porque de verdad creo que está condenada. Solo hay una esperanza en esto que pueda servirle de algo, y esa tampoco es más que una especie de esperanza bastarda.

JESSICA. ¿Y cuál es esa esperanza, te ruego?

LAUNCELOT. Pues, puede esperar en parte que su padre no la engendró, que no es hija del judío.

JESSICA. Esa sí que sería una esperanza bastarda; así los pecados de mi madre recaerían sobre mí.

LAUNCELOT. En verdad entonces temo que está condenada tanto por su padre como por su madre; así, cuando huyo de Escila, su padre, caigo en Caribdis, su madre. Bien, está perdida por ambos lados.

JESSICA. Me salvaré por mi esposo. Él me ha hecho cristiana.

LAUNCELOT. En verdad, más culpa tiene él, ya éramos suficientes cristianos antes, tantos como podían vivir unos junto a otros. Esto de hacer cristianos hará subir el precio de los cerdos; si todos llegamos a ser comedores de cerdo, pronto no habrá ni una lonja para asar por dinero.

Entra Lorenzo.

JESSICA. Le contaré a mi esposo, Launcelot, lo que dices. Aquí viene.

LORENZO. Pronto me pondré celoso de ti, Launcelot, ¡si así llevas a mi esposa a los rincones!

JESSICA. No tienes por qué temernos, Lorenzo. Launcelot y yo estamos en desacuerdo. Me dice claramente que no hay misericordia para mí en el cielo, porque soy hija de un judío; y dice que tú no eres buen miembro de la comunidad, pues al convertir judíos en cristianos haces subir el precio del cerdo.

LORENZO. Responderé mejor de eso ante la comunidad que tú del vientre de la negra. ¡La mora está embarazada de ti, Launcelot!

LAUNCELOT. Es mucho que la mora sea más de lo razonable; pero si es menos que una mujer honesta, en verdad es más de lo que yo pensaba.

LORENZO. ¡Cómo cualquier necio puede jugar con las palabras! Creo que la mejor gracia del ingenio pronto se convertirá en silencio, y el hablar solo será elogiable en los loros. Entra, mozo; diles que preparen la cena.

LAUNCELOT. Eso ya está hecho, señor, todos tienen hambre.

LORENZO. ¡Por Dios, qué cortante es tu ingenio! Entonces diles que preparen la cena.

LAUNCELOT. Eso también está hecho, señor, solo falta decir "servir".

LORENZO. ¿Quieres servir, entonces, señor?

LAUNCELOT. Tampoco, señor. Sé cuál es mi deber.

LORENZO. ¡Aún más disputas con la ocasión! ¿Vas a mostrar toda la riqueza de tu ingenio en un instante? Te ruego que entiendas a un hombre sencillo en su significado sencillo: ve con tus compañeros, diles que pongan la mesa, sirvan la comida, y nosotros entraremos a cenar.

LAUNCELOT. Por la mesa, señor, será servida; por la comida, señor, será cubierta; por su entrada a la cena, señor, pues, que sea como el humor y las ocurrencias lo dispongan.

[Sale.]

LORENZO. Oh, querida discreción, ¡cómo viste sus palabras! El necio ha plantado en su memoria Un ejército de buenas palabras, y conozco A muchos necios en mejor posición, Adornados como él, que por una palabra ingeniosa Desafían el asunto. ¿Cómo estás, Jessica? Y ahora, dulce mía, dime tu opinión, ¿Qué te parece la esposa del señor Bassanio?

JESSICA. Más allá de toda expresión. Es muy justo Que el señor Bassanio lleve una vida recta, Pues teniendo tal bendición en su dama, Encuentra los gozos del cielo aquí en la tierra, Y si en la tierra no lo merece, Por lógica nunca debería llegar al cielo. Pues si dos dioses jugaran algún partido celestial, Y apostaran dos mujeres terrenales, Y una fuera Porcia, habría que empeñar algo más Con la otra, porque el pobre y tosco mundo No tiene su igual.

LORENZO. Así de buen esposo Tienes en mí como ella de esposa.

JESSICA. No, pero pregunta también mi opinión sobre eso.

LORENZO. Lo haré pronto. Primero vayamos a cenar.

JESSICA. No, déjame alabarte mientras tenga apetito.

LORENZO. No, te ruego, que sirva para la charla de la mesa. Así, digas lo que digas, entre otras cosas lo digeriré.

JESSICA. Bien, te ensalzaré.

[Salen.]

ACTO IV