Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE II. Leonato’s Garden.
Capítulo 537 de 818 · 3 min de lectura
Entran Benedicto y Margarita, encontrándose.
BENEDICTO. Te ruego, dulce señora Margarita, que merezcas bien de mí ayudándome a hablar con Beatriz.
MARGARITA. ¿Me escribirás entonces un soneto en alabanza de mi belleza?
BENEDICTO. En un estilo tan elevado, Margarita, que ningún hombre vivo podrá superarlo; porque, en verdad, lo mereces.
MARGARITA. ¡Que ningún hombre me supere! ¿Acaso debo quedarme siempre en la planta baja?
BENEDICTO. Tu ingenio es tan rápido como la boca de un galgo; atrapa al vuelo.
MARGARITA. Y el tuyo tan romo como las espadas de esgrima, que golpean pero no hieren.
BENEDICTO. Un ingenio muy varonil, Margarita; no hará daño a una mujer: así que, te ruego, llama a Beatriz. Te cedo los escudos.
MARGARITA. Danos las espadas, que escudos tenemos de sobra.
BENEDICTO. Si los usas, Margarita, tendrás que ponerles pinchos con una prensa; y son armas peligrosas para doncellas.
MARGARITA. Bien, llamaré a Beatriz para ti, que creo tiene piernas.
BENEDICTO. Y por eso vendrá.
[Sale Margarita.]
El dios del amor, Que allá arriba está, Y me conoce, y me conoce, ¡Cuán dignamente lo merezco,—
Quiero decir, cantando: pero en el amor, Leandro el buen nadador, Troilo el primer empleador de alcahuetes, y un libro entero de esos antiguos cortesanos, cuyos nombres aún fluyen suavemente en el camino llano del verso blanco, pues bien, nunca fueron tan verdaderamente volteados como yo mismo en el amor. Pero no puedo mostrarlo en rima; lo he intentado: no hallo rima para ‘dama’ salvo ‘cama’, una rima inocente; para ‘desdén’, ‘bien’, una rima difícil; para ‘escuela’, ‘mula’, una rima balbuceante; finales muy ominosos: no, no nací bajo un planeta rimador, ni puedo cortejar con palabras festivas.
Entra Beatriz.
Dulce Beatriz, ¿vendrías si te llamara?
BEATRIZ. Sí, señor; y me iré cuando me lo ordenes.
BENEDICTO. ¡Oh, quédate hasta entonces!
BEATRIZ. ‘Entonces’ está dicho; adiós por ahora: y aún, antes de irme, déjame llevarme aquello por lo que vine; que es, saber qué ha pasado entre tú y Claudio.
BENEDICTO. Sólo palabras feas; y por ello te besaré.
BEATRIZ. Palabras feas no son más que viento feo, y el viento feo no es más que mal aliento, y el mal aliento es desagradable; así que me iré sin beso.
BENEDICTO. Has asustado la palabra hasta sacarla de su sentido, tan fuerte es tu ingenio. Pero debo decirte claramente, Claudio acepta mi desafío, y pronto he de tener noticias suyas, o lo tacharé de cobarde. Y ahora dime, ¿por cuál de mis malos atributos te enamoraste primero de mí?
BEATRIZ. Por todos juntos; que mantenían un estado tan político de maldad que no permitían que ninguna virtud se mezclara con ellos. Pero, ¿por cuál de mis buenas partes sufriste tú amor por mí primero?
BENEDICTO. ‘Sufrir amor’, ¡qué buen epíteto! En verdad sufro amor, porque te amo contra mi voluntad.
BEATRIZ. A pesar de tu corazón, creo. ¡Ay, pobre corazón! Si lo desprecias por mí, yo lo despreciaré por ti; pues nunca amaré aquello que mi amigo odia.
BENEDICTO. Tú y yo somos demasiado sabios para cortejar en paz.
BEATRIZ. No lo parece en esta confesión: no hay un sabio entre veinte que se alabe a sí mismo.
BENEDICTO. Un viejo, un viejo ejemplo, Beatriz, que vivió en tiempos de buenos vecinos. Si un hombre no levanta en esta época su propia tumba antes de morir, no vivirá más tiempo en el recuerdo que lo que dura el tañido de la campana y el llanto de la viuda.
BEATRIZ. ¿Y cuánto tiempo crees que es eso?
BENEDICTO. Pregunta: pues, una hora de clamores y un cuarto de hora de lágrimas; por eso es más conveniente para el sabio,—si don Gusano, su conciencia, no encuentra impedimento,—ser trompeta de sus propias virtudes, como yo lo soy de las mías. Basta de alabarme, que yo mismo doy fe de que soy digno de alabanza. Y ahora dime, ¿cómo está tu prima?
BEATRIZ. Muy mal.
BENEDICTO. ¿Y tú cómo estás?
BEATRIZ. Muy mal también.
BENEDICTO. Sirve a Dios, ámame y mejora. Ahí te dejo también, que aquí viene alguien con prisa.
Entra Úrsula.
ÚRSULA. Señora, debe usted ir con su tío. Hay gran revuelo en casa: se ha probado que mi señora Hero ha sido falsamente acusada, el Príncipe y Claudio gravemente engañados; y don Juan es el autor de todo, quien ha huido y se ha marchado. ¿Irá usted enseguida?
BEATRIZ. ¿Irás a oír esta noticia, señor?
BENEDICTO. Viviré en tu corazón, moriré en tu regazo y seré enterrado en tus ojos; y además iré contigo a casa de tu tío.
[Salen.]



