Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE I. Cyprus. Before the Castle.

Capítulo 547 de 818 · 2 min de lectura

Entran Casio y algunos músicos.

CASIO. Maestros, toquen aquí, yo recompensaré su esfuerzo, algo breve; y digan: “Buenos días, general.”

[Música.]

Entra el Payaso.

PAYASO. ¿Por qué, maestros, han estado sus instrumentos en Nápoles, que suenan así por la nariz?

PRIMER MÚSICO. ¿Cómo dice, señor, cómo?

PAYASO. ¿Son estos, les ruego, instrumentos de viento?

PRIMER MÚSICO. Sí, por cierto, señor, lo son.

PAYASO. Oh, ahí cuelga un cuento.

PRIMER MÚSICO. ¿De qué cuelga un cuento, señor?

PAYASO. Pues, señor, de muchos instrumentos de viento que conozco. Pero, maestros, aquí tienen dinero: y al general le gusta tanto su música, que les pide, por amor, que no hagan más ruido con ella.

PRIMER MÚSICO. Bien, señor, no lo haremos.

PAYASO. Si tienen alguna música que no pueda oírse, adelante otra vez. Pero, como dicen, al general no le importa mucho oír música.

PRIMER MÚSICO. No tenemos de esa, señor.

PAYASO. Entonces guarden sus flautas en la bolsa, que yo me voy. ¡Vamos, desvanezcan en el aire, fuera!

[Salen los músicos.]

CASIO. ¿Me oyes, buen amigo?

PAYASO. No, no oigo a tu buen amigo. Te oigo a ti.

CASIO. Te ruego, deja tus juegos de palabras. Aquí tienes una pobre moneda de oro: si la dama que atiende a la esposa del general está despierta, dile que hay un tal Casio que le ruega le conceda unas palabras. ¿Harás esto?

PAYASO. Ella está despierta, señor; si viene hacia aquí, pareceré notificarle.

CASIO. Hazlo, buen amigo.

[Sale el Payaso.]

Entra Yago.

A buen tiempo, Yago.

YAGO. ¿No has ido a la cama, entonces?

CASIO. No, el día ya había amanecido antes de que nos separáramos. Me he atrevido, Yago, a enviar por tu esposa. Mi petición para ella es que consiga para mí algún acceso a la virtuosa Desdémona.

YAGO. La enviaré contigo enseguida, y buscaré la manera de apartar al Moro, para que tu conversación y asuntos sean más libres.

CASIO. Te lo agradezco humildemente.

[Sale Yago.]

Nunca conocí a un florentino más amable y honesto.

Entra Emilia.

EMILIA. Buenos días, buen teniente; lamento tu disgusto, pero seguro que todo saldrá bien. El general y su esposa están hablando de ello, y ella aboga por ti con firmeza: el Moro responde que aquel a quien heriste es de gran fama en Chipre y de gran parentesco, y que por sabia prudencia no podía sino rechazarte; pero protesta que te aprecia y que no necesita otro intercesor que su propio deseo para aprovechar la mejor ocasión y reintegrarte.

CASIO. Sin embargo, te ruego, si lo crees conveniente, o si puede hacerse, dame la oportunidad de una breve conversación a solas con Desdémona.

EMILIA. Por favor, entra. Te acomodaré donde tengas tiempo para hablarle con libertad.

CASIO. Te estoy muy agradecido.

[Salen.]

ESCENA II. Chipre. Una sala en el castillo.

Entran Otelo, Yago y caballeros.

OTELO. Estas cartas, Yago, entrégaselas al piloto, y por él haz llegar mis respetos al senado. Cuando termines, estaré paseando por las defensas; encuéntrame allí.

YAGO. Bien, mi buen señor, lo haré.

OTELO. Esta fortificación, señores, ¿la veremos?

CABALLEROS. Acompañaremos a su señoría.

[Salen.]