Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE V. A public road.

Capítulo 667 de 818 · 3 min de lectura

Entran Petruchio, Catalina, Hortensio y sirvientes.

PETRUCHIO. Vamos, en el nombre de Dios; una vez más hacia la casa de nuestro padre. ¡Señor, cómo brilla y resplandece la luna!

CATALINA. ¿La luna? El sol; no es de noche ahora.

PETRUCHIO. Digo que es la luna la que brilla tan fuerte.

CATALINA. Sé que es el sol el que brilla tan fuerte.

PETRUCHIO. Ahora, por el hijo de mi madre, que soy yo mismo, será luna, o estrella, o lo que yo quiera, antes de que vaya a la casa de tu padre. Vamos, y trae de vuelta nuestros caballos. Siempre contradiciendo y contradiciendo; ¡nada más que contradicciones!

HORTENSIO. Di lo que él diga, o nunca llegaremos.

CATALINA. Adelante, te lo ruego, ya que hemos llegado tan lejos, y sea luna, o sol, o lo que tú quieras; y si quieres llamarlo una vela de junco, desde ahora te juro que así será para mí.

PETRUCHIO. Digo que es la luna.

CATALINA. Sé que es la luna.

PETRUCHIO. No, entonces mientes; es el bendito sol.

CATALINA. Entonces, bendito sea Dios, es el bendito sol; pero no es sol cuando tú dices que no lo es, y la luna cambia igual que tu ánimo. Como quieras llamarlo, así será, y así será para Catalina.

HORTENSIO. Petruchio, sigue tu camino; el campo está ganado.

PETRUCHIO. Bien, ¡adelante, adelante! así debe rodar la bola, y no desafortunadamente contra la inclinación. Pero, espera, ¡se acerca compañía!

Entra Vincentio, vestido de viaje.

[A Vincentio] Buenos días, gentil dama; ¿a dónde vas? Dime, dulce Catalina, y dime la verdad también, ¿has visto alguna vez una dama más lozana? ¡Qué guerra de blanco y rojo en sus mejillas! ¿Qué estrellas engalanan el cielo con tanta belleza como esos dos ojos en ese rostro celestial? Hermosa doncella, una vez más buenos días para ti. Dulce Catalina, abrázala por su hermosura.

HORTENSIO. Va a volver loco al hombre, haciéndolo pasar por mujer.

CATALINA. Joven virgen en flor, bella, fresca y dulce, ¿a dónde vas, o dónde está tu morada? Dichosos los padres de tan bella hija; más dichoso el hombre a quien los astros favorables te asignen como encantadora compañera de lecho.

PETRUCHIO. ¿Qué pasa, Catalina? Espero que no estés loca: este es un hombre, viejo, arrugado, marchito, consumido, y no una doncella, como dices que es.

CATALINA. Perdón, anciano padre, por mis ojos equivocados, que han sido tan deslumbrados por el sol que todo lo que miro me parece verde: ahora veo que eres un venerable padre; te ruego me perdones por mi loco error.

PETRUCHIO. Hazlo, buen abuelo, y de paso dinos hacia dónde viajas: si es en nuestra compañía, nos alegrará contar con tu presencia.

VINCENTIO. Noble señor, y tú, mi alegre dama, que con vuestro extraño encuentro tanto me habéis asombrado, mi nombre es Vincentio; mi morada, Pisa; y voy camino a Padua, para visitar a un hijo mío, a quien hace mucho no veo.

PETRUCHIO. ¿Cómo se llama?

VINCENTIO. Lucencio, buen señor.

PETRUCHIO. Feliz encuentro; más feliz aún por tu hijo. Y ahora, por ley, así como por venerable edad, puedo llamarte mi amado padre: la hermana de mi esposa, esta dama, tu hijo la ha desposado. No te asombres, ni te apenes: es de buena reputación, su dote es rica y de noble cuna; además, tan calificada como corresponde a la esposa de cualquier noble caballero. Permíteme abrazar al viejo Vincentio; y vayamos a ver a tu honesto hijo, quien se alegrará mucho de tu llegada.

VINCENTIO. ¿Pero es esto verdad? ¿O es acaso vuestro gusto, como alegres viajeros, gastar una broma a la compañía que encontráis?

HORTENSIO. Te lo aseguro, padre, así es.

PETRUCHIO. Ven, acompáñanos y comprueba la verdad de esto; pues nuestra primera broma te ha hecho desconfiar.

[Salen todos menos Hortensio.]

HORTENSIO. Bien, Petruchio, esto me ha animado. ¡A por mi viuda! Y si ella es terca, entonces tú has enseñado a Hortensio a ser indócil.

[Sale.]

ACTO V