Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE III. A lonely part of the Forest
Capítulo 702 de 818 · 10 min de lectura
Entra Aarón, solo, llevando una bolsa de oro.
AARÓN. Quien tuviera juicio pensaría que yo carezco de él, por enterrar tanto oro bajo un árbol y nunca después heredarlo. Que aquel que me juzgue tan abyecto sepa que este oro debe acuñar una estratagema, que, ejecutada con astucia, engendrará una pieza de villanía verdaderamente excelente. Así que reposa, dulce oro, para el desvelo de aquellos que reciben sus limosnas del cofre de la emperatriz.
[Esconde la bolsa.]
Entra Tamora sola hacia el Moro.
TAMORA. Mi amado Aarón, ¿por qué luces tan triste cuando todo presume de alegría? Los pájaros entonan melodías en cada arbusto, las serpientes yacen enrolladas bajo el alegre sol, las hojas verdes tiemblan con el viento fresco y dibujan una sombra ajedrezada en el suelo. Bajo su dulce sombra, Aarón, sentémonos, y mientras el eco parlanchín burla a los perros, respondiendo agudo a los bien afinados cuernos, como si se oyera una doble cacería a la vez, sentémonos y escuchemos su bullicioso aullido; y tras un encuentro como el que se supone disfrutaron el príncipe errante y Dido, cuando una feliz tormenta los sorprendió y los cubrió una cueva guardiana de secretos, podremos, cada uno en los brazos del otro, tras nuestros juegos, gozar de un dorado sueño, mientras perros, cuernos y dulces pájaros melodiosos sean para nosotros como la canción de cuna de una nodriza que arrulla a su niño hasta dormir.
AARÓN. Señora, aunque Venus gobierna tus deseos, Saturno es dominador de los míos. ¿Qué significa mi mirada mortalmente fija, mi silencio y mi melancolía nublada, mi lana de cabello ensortijado que ahora se desenrosca como una víbora cuando se despliega para ejecutar alguna fatal acción? No, señora, estos no son signos venéreos. La venganza está en mi corazón, la muerte en mi mano, sangre y venganza martillean en mi cabeza. Escucha, Tamora, emperatriz de mi alma, que no espera más cielo que el que halla en ti, este es el día del juicio para Basiano; su Filomela debe perder hoy la lengua, tus hijos saquearán su castidad y lavarán sus manos en la sangre de Basiano. ¿Ves esta carta? Recógela, te lo ruego, y entrégale al rey este pergamino de fatal designio. No me cuestiones más; nos han descubierto; aquí viene parte de nuestro esperado botín, que aún no teme la destrucción de sus vidas.
Entran Basiano y Lavinia.
TAMORA. ¡Ah, mi dulce Moro, más dulce para mí que la vida!
AARÓN. Basta, gran emperatriz. Llega Basiano. Sé hostil con él; iré a buscar a tus hijos para respaldar tus disputas, sean cuales sean.
[Sale.]
BASIANO. ¿A quién tenemos aquí? ¿A la emperatriz real de Roma, desprovista de su bien parecida comitiva? ¿O es Diana, vestida como ella, que ha abandonado sus sagrados bosques para presenciar la caza general en este bosque?
TAMORA. ¡Impertinente fiscalizador de mis pasos privados! Si tuviera el poder que dicen tuvo Diana, tus sienes serían adornadas al instante con cuernos, como le ocurrió a Acteón; y los perros se abalanzarían sobre tus miembros recién transformados, intruso descortés que eres.
LAVINIA. Con su venia, gentil emperatriz, se dice que tiene usted un buen don para poner cuernos, y cabe dudar que su Moro y usted se hayan apartado para hacer experimentos. ¡Júpiter proteja hoy a su esposo de sus perros! Es una lástima que lo tomen por ciervo.
BASIANO. Créame, reina, su oscuro cimerio hace que su honor, por el color de su cuerpo, sea manchado, detestado y abominable. ¿Por qué está usted apartada de toda su comitiva, desmontada de su hermoso corcel blanco como la nieve, y ha vagado hasta este paraje oscuro, acompañada solo de un bárbaro Moro, si no la condujo un deseo impuro?
LAVINIA. Y, siendo interceptada en su deporte, hay gran razón para que mi noble señor sea reprendido por su atrevimiento. Le ruego que nos retiremos, y deje que ella goce de su amor de color de cuervo; este valle es perfecto para su propósito.
BASIANO. El rey, mi hermano, será informado de esto.
LAVINIA. Sí, pues estos deslices lo han hecho notorio desde hace tiempo. ¡Buen rey, ser tan grandemente engañado!
TAMORA. Pues tengo paciencia para soportar todo esto.
Entran Quirón y Demetrio.
DEMETRIO. ¿Qué sucede, querida soberana y nuestra graciosa madre? ¿Por qué su alteza luce tan pálida y demacrada?
TAMORA. ¿No creen que tengo razón para verme pálida? Estos dos me han atraído hasta este lugar, un valle estéril y detestado, como pueden ver; los árboles, aunque es verano, están desolados y flacos, cubiertos de musgo y funesto muérdago. Aquí nunca brilla el sol, aquí nada nace, salvo el búho nocturno o el cuervo fatal. Y cuando me mostraron este aborrecido pozo, me dijeron que aquí, en la hora muerta de la noche, mil demonios, mil serpientes silbantes, diez mil sapos hinchados, y tantos erizos, harían tales gritos temibles y confusos que cualquier mortal que los oyera enloquecería al instante, o moriría de inmediato. Apenas me contaron esta infernal historia, me dijeron enseguida que me atarían aquí al tronco de un lúgubre tejo, y me dejarían para esta miserable muerte. Y entonces me llamaron vil adúltera, lujuriosa goda, y todos los términos más amargos que jamás se hayan oído con tal efecto. Y si no hubieran llegado ustedes por maravillosa fortuna, esta venganza habrían ejecutado en mí. Vénguenme, si aman la vida de su madre, o no se llamen más mis hijos.
DEMETRIO. Esto es prueba de que soy tu hijo.
[Hiere a Basiano.]
QUIRÓN. Y esto de mi parte, golpeando fuerte para mostrar mi fuerza.
[También hiere a Basiano, quien muere.]
LAVINIA. ¡Sí, ven, Semíramis, no, bárbara Tamora, pues ningún nombre se ajusta a tu naturaleza salvo el tuyo!
TAMORA. Dame tu puñal; sabrán, hijos míos, que la mano de su madre hará justicia a la afrenta de su madre.
DEMETRIO. Detente, señora, aún queda más por hacerle. Primero trilla el grano, luego quema la paja. Esta dama se jactaba de su castidad, de su voto nupcial, de su lealtad, y con esa esperanza pintada desafía tu poder; ¿y ha de llevarse eso a la tumba?
QUIRÓN. Y si lo hace, ojalá yo fuera eunuco. Arrastren de aquí a su esposo a algún escondite, y hagan de su cadáver almohada para nuestro deseo.
TAMORA. Pero cuando hayan probado la miel que desean, no dejen que esta avispa sobreviva, para picarnos a ambos.
QUIRÓN. Se lo aseguro, señora, nos ocuparemos de eso. Ven, señora, ahora por la fuerza gozaremos de esa honestidad tan bien guardada.
LAVINIA. Oh Tamora, llevas rostro de mujer,—
TAMORA. No quiero oírla hablar; llévensela.
LAVINIA. Dulces señores, rueguen que me escuche una palabra.
DEMETRIO. Escuche, noble señora: sea su gloria ver sus lágrimas; pero que su corazón hacia ellas sea como pedernal implacable ante gotas de lluvia.
LAVINIA. ¿Cuándo enseñaron los cachorros de tigre a la madre? Oh, no aprendas su ira; ella te la enseñó; la leche que mamaste de ella se volvió mármol; aún en su pecho recibiste tu tiranía. Sin embargo, no toda madre cría hijos iguales. [A Quirón.] Ruega tú que muestre piedad de mujer.
QUIRÓN. ¿Qué, quieres que me pruebe bastardo?
LAVINIA. Es cierto que el cuervo no incuba una alondra. Pero he oído—¡oh, si pudiera hallarlo ahora!— que el león, movido por la piedad, soportó que le cortaran sus regias garras. Algunos dicen que los cuervos crían niños abandonados, mientras sus propias crías mueren de hambre en el nido. Oh, sé para mí, aunque tu duro corazón diga no, nada tan bondadoso, pero sí algo piadoso.
TAMORA. No sé qué significa eso; llévensela.
LAVINIA. ¡Oh, déjame enseñarte! Por mi padre, que te dio la vida cuando bien pudo haberte matado, no seas dura, abre tus oídos sordos.
TAMORA. Aunque en persona nunca me hubieras ofendido, aun por él soy implacable. Recuerden, hijos, que derramé lágrimas en vano para salvar a su hermano del sacrificio, pero el fiero Andrónico no quiso ceder. Así que llévensela y hagan con ella lo que quieran; cuanto peor para ella, más querida por mí.
LAVINIA. Oh Tamora, sé llamada reina gentil, y con tus propias manos mátame aquí mismo. Pues no es la vida lo que he suplicado tanto tiempo; pobre de mí, fui asesinada cuando Basiano murió.
TAMORA. ¿Qué suplicas, entonces? Mujer insensata, déjame ir.
LAVINIA. Suplico la muerte inmediata; y una cosa más que la decencia femenina me impide decir. Oh, líbrame de su lujuria peor que la muerte, y arrójame en algún pozo asqueroso, donde ningún ojo humano contemple mi cuerpo. Haz esto y sé una asesina caritativa.
TAMORA. Así robaría a mis dulces hijos de su recompensa. No, deja que sacien su deseo contigo.
DEMETRIO. Vámonos, pues nos has hecho perder demasiado tiempo aquí.
LAVINIA. ¿Sin piedad, sin feminidad? ¡Ah, criatura bestial, mancha y enemiga de nuestro nombre universal! ¡Caiga la confusión—
QUIRÓN. No, entonces te taparé la boca. Trae a su esposo. Este es el hoyo donde Aarón nos mandó ocultarlo.
[Meten el cuerpo de Basiano en el pozo y salen, llevándose a Lavinia.]
TAMORA. Adiós, hijos míos. Asegúrense de que no escape. Que mi corazón no conozca alegría verdadera hasta que todos los Andrónicos hayan sido eliminados. Ahora iré a buscar a mi amado Moro, y dejaré que mis hijos coléricos deshonren a esta ramera.
[Sale.]
Entra Aarón con dos hijos de Tito, Quinto y Martio.
AARÓN. Vamos, señores, el mejor pie adelante. Pronto los llevaré al asqueroso pozo donde vi a la pantera profundamente dormida.
QUINTO. Mi vista está muy nublada, sea lo que sea que eso augure.
MARTIO. Y el mío, te lo prometo. Si no fuera por vergüenza, bien podría dejar nuestro juego para dormir un rato.
[Cae en la fosa.]
QUINTO. ¿Qué, te has caído? ¿Qué agujero tan sutil es este, cuya boca está cubierta de zarzas silvestres, sobre cuyas hojas hay gotas de sangre recién derramada, tan frescas como el rocío de la mañana destilado en flores? Me parece un lugar verdaderamente fatal. Habla, hermano, ¿te has lastimado con la caída?
MARTIO. ¡Oh hermano, herido estoy por el espectáculo más funesto que jamás ojo alguno haya visto y corazón haya lamentado!
AARÓN. [Aparte.] Ahora iré a buscar al rey para que los encuentre aquí, y así pueda sospechar con razón que estos fueron quienes hicieron desaparecer a su hermano.
[Sale.]
MARTIO. ¿Por qué no me consuelas y me ayudas a salir de este agujero profano y manchado de sangre?
QUINTO. Me sorprende un temor extraño; un sudor frío recorre mis temblorosas articulaciones. Mi corazón sospecha más de lo que mis ojos pueden ver.
MARTIO. Para probar que tienes un corazón verdaderamente adivinador, Aarón y tú miren dentro de esta cueva, y verán una espantosa visión de sangre y muerte.
QUINTO. Aarón se ha ido, y mi compasivo corazón no permite que mis ojos contemplen siquiera aquello que me estremece solo de imaginarlo. Oh, dime quién es; pues nunca hasta ahora fui un niño que temiera lo que no conoce.
MARTIO. El señor Basiano yace bañado en sangre, todo en un montón, como un cordero degollado, en esta detestada, oscura y bebedora de sangre fosa.
QUINTO. Si está oscuro, ¿cómo sabes que es él?
MARTIO. En su dedo ensangrentado lleva un anillo precioso que ilumina toda la fosa, el cual, como una vela en algún monumento, brilla sobre las mejillas terrosas del muerto y muestra las desgarradas entrañas de la fosa. Así de pálida brillaba la luna sobre Píramo cuando yacía de noche bañado en sangre virginal. Oh hermano, ayúdame con tu mano desfalleciente, si el miedo te ha hecho desfallecer, como a mí, a salir de este fiero y devorador receptáculo, tan odioso como la brumosa boca del Cocito.
QUINTO. Dame tu mano, para que pueda ayudarte a salir, o, si me falta fuerza para hacerte ese bien, pueda ser arrastrado al vientre devorador de esta profunda fosa, la tumba del pobre Basiano. No tengo fuerzas para llevarte hasta el borde.
MARTIO. Ni yo tengo fuerzas para trepar sin tu ayuda.
QUINTO. Dame tu mano una vez más; no la soltaré de nuevo, hasta que estés aquí arriba, o yo abajo. No puedes venir hacia mí. Yo iré hacia ti.
[Cae dentro.]
Entran el emperador Saturnino y Aarón el Moro.
SATURNINO. ¡Ven conmigo! Veré qué agujero es este, y quién es el que ha saltado dentro. Dime, ¿quién eres tú que descendiste hace poco a esta boca abierta de la tierra?
MARTIO. Los desdichados hijos del viejo Andrónico, traídos aquí en la hora más desafortunada, para encontrar muerto a tu hermano Basiano.
SATURNINO. ¿Mi hermano muerto? Sé que solo bromeas. Él y su dama están en la cabaña al norte de esta agradable cacería; no hace ni una hora que los dejé allí.
MARTIO. No sabemos dónde los dejaste vivos; pero, ay, aquí lo hemos encontrado muerto.
Entran Tamora, Tito Andrónico y Lucio.
TAMORA. ¿Dónde está mi señor el rey?
SATURNINO. Aquí, Tamora; aunque afligido por un dolor mortal.
TAMORA. ¿Dónde está tu hermano Basiano?
SATURNINO. Ahora llegas al fondo de mi herida. El pobre Basiano yace aquí asesinado.
TAMORA. Entonces, demasiado tarde traigo este fatal escrito, el complot de esta tragedia intempestiva; y me asombra mucho que el rostro humano pueda ocultar bajo agradables sonrisas tan asesina tiranía.
[Le entrega una carta a Saturnino.]
SATURNINO. [Lee.] Y si no logramos encontrarnos con él hábilmente, dulce cazador, nos referimos a Basiano, haz tú al menos la tumba para él; sabes a qué nos referimos. Busca tu recompensa entre las ortigas, bajo el saúco que cubre la boca de esa misma fosa donde decidimos enterrar a Basiano. Haz esto y tendrás nuestra amistad para siempre. Oh Tamora, ¿alguna vez se oyó algo igual? Esta es la fosa, y este el saúco. Miren, señores, si pueden encontrar al cazador que debió asesinar aquí a Basiano.
AARÓN. Mi gracioso señor, aquí está la bolsa de oro.
[Mostrándola.]
SATURNINO. [A Tito.] Dos de tus cachorros, feroces sabuesos de sangre, han privado aquí a mi hermano de la vida. Señores, sáquenlos de la fosa y llévenlos a prisión. Que permanezcan allí hasta que ideemos algún tormento jamás oído para ellos.
TAMORA. ¿Qué, están en esta fosa? ¡Oh, cosa asombrosa! ¡Qué fácil es descubrir un asesinato!
TITO. Alto emperador, de rodillas y con lágrimas sinceras te ruego esta gracia: que esta atroz falta de mis malditos hijos, malditos si se prueba su culpa—
SATURNINO. ¿Si se prueba? Ves que es evidente. ¿Quién halló esta carta? Tamora, ¿fuiste tú?
TAMORA. El mismo Andrónico la recogió.
TITO. Fui yo, mi señor, pero permíteme ser su fiador; pues por la venerada tumba de mis padres juro que estarán listos a tu voluntad para responder a la sospecha con sus vidas.
SATURNINO. No los fiarás. Asegúrate de seguirme. Unos lleven el cuerpo asesinado, otros a los asesinos. Que no digan una palabra; la culpa es clara; pues, por mi alma, si hubiera peor fin que la muerte, ese fin debería ejecutarse sobre ellos.
TAMORA. Andrónico, rogaré al rey. No temas por tus hijos; saldrán bien librados.
TITO. Ven, Lucio, ven; no te detengas a hablar con ellos.
[Salen por separado. Los sirvientes llevan el cuerpo.]



