Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE IV. The Forest of Arden

Capítulo 74 de 818 · 3 min de lectura

Entran Rosalinda disfrazada de Ganímedes, Celia disfrazada de Aliena y Touchstone.

ROSALINDA. ¡Oh Júpiter, cuán cansados están mis ánimos!

TOUCHSTONE. No me importan mis ánimos, si mis piernas no estuvieran cansadas.

ROSALINDA. Siento deseos en mi corazón de deshonrar mi atuendo de hombre y llorar como una mujer, pero debo consolar al vaso más débil, pues jubón y calzas deben mostrarse valientes ante la enagua. Por lo tanto, ánimo, buena Aliena.

CELIA. Les ruego que tengan paciencia conmigo, no puedo avanzar más.

TOUCHSTONE. Por mi parte, prefiero soportarte a cargarte. Sin embargo, no cargaría ninguna cruz si te llevara, porque creo que no tienes dinero en tu bolsa.

ROSALINDA. Bien, este es el bosque de Arden.

TOUCHSTONE. Sí, ahora estoy en Arden, ¡y más tonto yo! Cuando estaba en casa estaba en un lugar mejor, pero los viajeros deben conformarse.

Entran Corin y Silvio.

ROSALINDA. Así debe ser, buen Touchstone. Mira, ¿quién viene ahí? Un joven y un viejo en solemne conversación.

CORIN. Esa es la manera de hacer que ella te desprecie aún más.

SILVIO. ¡Oh Corin, si supieras cuánto la amo!

CORIN. Lo supongo en parte, pues yo también he amado antes.

SILVIO. No, Corin, siendo viejo, no puedes adivinarlo, aunque en tu juventud fuiste tan verdadero amante como cualquiera que haya suspirado sobre una almohada a medianoche. Pero si tu amor alguna vez fue como el mío—y seguro creo que nunca hombre amó así—¿a cuántas acciones ridículas te ha arrastrado tu fantasía?

CORIN. A mil que ya he olvidado.

SILVIO. ¡Oh, entonces nunca amaste tan de corazón! Si no recuerdas la más mínima locura a la que el amor te hizo correr, no has amado. O si no has estado sentado como yo ahora, cansando a tu oyente con las alabanzas de tu amada, no has amado. O si no te has apartado abruptamente de la compañía, como mi pasión me obliga ahora, no has amado. ¡Oh Febe, Febe, Febe!

[Sale Silvio.]

ROSALINDA. Ay, pobre pastor, buscando tu herida, por dura ventura he hallado la mía.

TOUCHSTONE. Y yo la mía. Recuerdo que cuando estuve enamorado rompí mi espada contra una piedra y le dije que tomara eso por venir de noche a ver a Jane Smile; y recuerdo haber besado su batidor, y las ubres de la vaca que sus lindas manos cortadas habían ordeñado; y recuerdo haber cortejado una vaina de guisante en vez de a ella, de la que tomé dos vainas y, devolviéndoselas, le dije entre lágrimas: "Lleva esto por mí". Los que somos verdaderos amantes caemos en extrañas locuras. Pero así como todo es mortal en la naturaleza, así todo en el amor es mortal en locura.

ROSALINDA. Hablas con más sabiduría de la que te das cuenta.

TOUCHSTONE. No, nunca me daré cuenta de mi propia agudeza hasta que tropiece con ella.

ROSALINDA. Jove, Jove, la pasión de este pastor se parece mucho a la mía.

TOUCHSTONE. Y la mía, pero en mí ya se va volviendo algo rancia.

CELIA. Les ruego, alguno de ustedes pregunte a ese hombre si por oro nos dará algo de comer. Estoy casi desfallecida.

TOUCHSTONE. ¡Eh, tú, patán!

ROSALINDA. Silencio, necio, no es tu pariente.

CORIN. ¿Quién llama?

TOUCHSTONE. Sus superiores, señor.

CORIN. Si no, están muy desdichados.

ROSALINDA. Silencio, digo.—Buenas tardes, amigo.

CORIN. Y a usted, caballero, y a todos ustedes.

ROSALINDA. Te ruego, pastor, si el amor o el oro pueden en este lugar desierto comprar hospedaje, llévanos a donde podamos descansar y alimentarnos. Aquí hay una joven muy fatigada por el viaje y desfallece por ayuda.

CORIN. Buen señor, la compadezco y desearía, por ella más que por mí mismo, que mi fortuna pudiera socorrerla mejor. Pero soy pastor de otro hombre y no esquilo las ovejas que apaciento. Mi amo es de disposición áspera y poco le importa hallar el camino al cielo haciendo obras de hospitalidad. Además, su cabaña, sus rebaños y pastos están ahora en venta, y en nuestro redil, por su ausencia, no hay nada de lo que puedan alimentarse. Pero lo que hay, vengan a verlo, y en mi nombre serán muy bienvenidos.

ROSALINDA. ¿Quién es el que comprará su rebaño y pastos?

CORIN. Ese joven pastor que vieron aquí hace un momento, que poco le importa comprar nada.

ROSALINDA. Te ruego, si es honesto hacerlo, compra tú la cabaña, el pasto y el rebaño, y te pagaremos por ello.

CELIA. Y aumentaremos tu salario. Me agrada este lugar y de buena gana perdería aquí mi tiempo.

CORIN. Seguramente la cosa está en venta. Vengan conmigo. Si les agrada, según les cuente, la tierra, la ganancia y este modo de vida, seré su fiel servidor y la compraré con su oro de inmediato.

[Salen.]